Últimamente me he sentido muy
desalentado por lo que nosotros los cristianos llamamos
consejería. Ahora mismo hay más consejeros cristianos
adiestrados que en toda la historia de la iglesia. Y hay
disponible gran cantidad de libros de ayuda personal y
manuales sobre cómo manejar relaciones, ofreciendo consejo
espiritual sobre todos los temas, desde matrimonio,
acondicionamiento físico, hasta la crianza de los niños.
Sin embargo, trágicamente, ahora tenemos
más individuos, matrimonios y familias perturbados en la
iglesia que nunca antes. La confusión en los hogares
cristianos hoy en día es indecible, y, amado, esto no debiera
ser así.
Déjame decirte honestamente que no estoy
en contra de la consejería cristiana. Muchas personas están
respondiendo a la consejería que están recibiendo, y sus
vidas, sus matrimonios y sus hogares están siendo sanados. De
hecho, la consejería ha sido un ministerio importante en la
iglesia de Jesucristo. Casi todas las congregaciones grandes
en América tienen al menos un consejero a tiempo completo en
su cuerpo administrativo. Aquí en Times Square Church, usamos
unos cuántos consejeros.
Pero veo más y más cristianos
perturbados que no responden a la consejería que reciben.
Pueden ser ministrados por semanas, y aún meses, sin mostrar
ningún resultado. Un pastor o consejero puede llevarlos paso
a paso por las Escrituras, mostrándoles la clara verdad de la
palabra de Dios. Les puede decir: “Esto es lo que Dios dice
sobre su problema. Él dice que se supone que usted haga
esto…" Les confronta con la realidad de que recibirán el
juicio de Dios si no abandonan su pecado.
Sin embargo, este consejo no se recibe.
¿Por qué? Hay un velo espiritual sobre los ojos de esta
gente. Tienen una terrible ceguera que no les permite ver su
propia culpa y la necesidad de cambiar.
En muchas familias cristianas las
personas se están atacando unos a otros, peleando
amargamente. En algunos casos se están demandando unos a
otros, llevando sus familiares a la corte. Las madres se
enajenan de sus hijas, los padres no le hablan a sus hijos.
Ellos claman que aman a Jesús, sin embargo, persisten en su
ira, en su amargura. Es todo un caos.
Desde que comencé a pastorear me he
encontrado en medio de muchas contiendas familiares. Y puedo
testificar que pocas de esas guerras se pueden resolver sin la
intervención sobrenatural. ¿Por qué? Todos quieren que la
otra persona cambie.
Una de las partes envueltas me dice:
“¿Por qué él es tan terco? Es terrible. Él necesita
cambiar.” Entonces escucho algo similar de la otra parte:
“¿Cómo es que puede tener un corazón tan duro? Ella sabe que
estoy haciendo lo mejor que puedo. ¿Es esto lo que recibo por
ser bueno con ella?”
Siempre es culpa de la otra persona, es
la otra persona la que necesita ayuda. Por esto pienso que la
consejería no tendrá algún impacto hasta que el pueblo de Dios
tome una decisión. Todos tenemos que apropiarnos de esta
oración cada día, de una manera sincera: “Oh Señor, cámbiame
a mí.”
Pasamos mucho tiempo orando: “Señor,
cambia mis circunstancias… cambia a mis compañeros de trabajo…
cambia la situación de mi familia… cambia las condiciones de
mi vida…” Sin embargo, en pocas ocasiones hacemos esta
oración que es la más importante: “Cámbiame, oh Señor. El
problema real no es mi esposa, mi hermano, mi amigo. Yo soy
quien necesita la oración."
Dios orquestra los pasos y las vidas de
todos sus hijos. Él no permite que nos ocurra algo
simplemente por que sí o por casualidad. Y eso significa que
él ha permitido tu crisis. ¿Qué te está tratando de decir
Dios a través de esa situación? Él te está diciendo que
necesitas cambiar.
Nos guste o no, todos estamos en el
proceso de cambiar, de una manera u otra. En la dimensión
espiritual, no existe tal cosa como simplemente existir sino
que estamos continuamente siendo cambiados para bien o para
mal. Estamos siendo más como nuestro Señor, o más como el
mundo; o crecemos más en Cristo o nos apartamos de él.
Así que, ¿estás cambiando para tener un
espíritu más dulce como Jesús? ¿Te miras seriamente al espejo
cada día y oras ”Señor, quiero ser más conforme a tu imagen en
cada área de mi vida”?.
O, ¿has permitido que la amargura se
haya arraigado, convirtiéndose en rebelión y en dureza de
corazón? ¿Has aprendido a escudarte de la convicción que
producen la palabra de Dios y la voz de su Espíritu? ¿Están
saliendo por tu boca cosas que alguna vez pensaste que un
cristiano era incapaz de pronunciar? ¿Te estás endureciendo
más allá de la posibilidad de cambiar?
Si esto está describiendo como tú te
sientes, déjame hablarte llanamente: Nunca recibirás
liberación hasta que cambies. Tu vida será más caótica y tu
situación empeorará. Deja de defender tu causa, señalando a
otros, justificándote. Dios no te alcanzará hasta que
despiertes y admitas: “Nada cambiará para mí a menos que yo
cambie”.
Clama honestamente al Señor en oración:
“Cámbiame, oh Señor. Escudríñame, oh Dios; muéstrame dónde he
fallado y me he descarriado. Expón mi orgullo, mi ira, mi
terquedad y mi pecado. Ayúdame a rendirlo todo.”
¿Cuántos más expertos, consejeros,
noches de soledad y luchas infructuosas tendrás que soportar
antes de que despiertes a la verdad? Para que ocurra alguna
sanidad o restauración, tienes que tomar responsabilidad. Tu
milagro depende de que tú cambies.
La palabra de Dios muestra claramente
dos pasos que tienes que tomar si deseas cambiar. Presta
atención a esta palabra y experimentarás un cambio que
perdurará:
1. Hay un velo sobre tus ojos,
que te está cegando -
y tiene que ser removido.
Pablo describe un cambio que tiene que
ocurrir antes que sea posible que ocurra cualquier otro
cambio:
“Así que, teniendo tal esperanza, usamos
de mucha franqueza; y no como Moisés, que ponía un velo sobre
su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en
el fin de aquello que había de ser abolido. Pero el
entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy,
cuando leen en el antiguo pacto, les queda el mismo velo no
descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el
día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre
el corazón de ellos.
“Pero cuando se conviertan al Señor, el
velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está
el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” (2 Corintios
3:12-18).
En este pasaje, Pablo está hablando
principalmente sobre la ceguera de los judíos con relación a
Jesús como el Mesías. A la vez, el también está estableciendo
un principio que aplica a todas las personas, sean judías o
gentiles. Él está hablando el no poder ver a la verdad
bíblica. Fíjate en el versículo 14: “Pero el entendimiento
de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen en
el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el
cual por Cristo es quitado.”
Por favor, entiende esto. La gente a la
que Pablo escribió era sincera. Estudiaron fielmente los
libros de Moisés, la ley y los profetas, los salmos de David.
Reverenciaron la palabra de Dios, enseñando de ella y
citándola libremente. Pero todavía tenían un velo sobre sus
ojos.
Pensamos que hay un velo espiritual
cubriendo los ojos de los judíos, los musulmanes y otros, que
no les permite ver la verdad sobre Jesús. Sin embargo,
también hay un velo cubriendo los ojos de muchos creyentes.
Ellos leen las claras advertencias de Dios en las Escrituras,
las escuchan cuando las predican con poder, sin embargo, no
son afectados por ella. De hecho, ellos continúan haciendo
las mismas cosas que denuncia la palabra de Dios. Considera
estos ejemplos:
§
Jesús mismo dice: “Porque si
perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a
vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los
hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas. " (Mateo 6:14-15).
¿Cuánto más claro puede ser Dios sobre
este asunto del perdón? Sin embargo, muchos cristianos
todavía tienen amargura, deseos de venganza. Dicen: “Oh, he
perdonado a esa persona”, pero no están hablando de corazón.
Y el Señor lo conoce.
Es posible que tal cristiano haya sido
maltratado o despreciado por alguien – su jefe, su esposa, un
compañero de trabajo, un amigo. Ahora el piensa que se
justifica tener ira o no perdonar. Sin embargo, la palabra
nos dice que si él permite aunque sea una onza de falta de
perdón en su corazón, sus pecados se comenzarán a acumular en
contra de él.
Piensa en el terrible peligro en que se
encuentra este cristiano. Día tras día sus pecados se
amontonan. Sus oraciones no son oídas. Él está totalmente
por su cuenta, siempre en peligro, su alma expuesta a los
poderes satánicos. Y cuando él se presente ante Dios para ser
juzgado, cada uno de sus pecados se levantará y lo acusará.
Ni una de sus transgresiones habrá sido perdonada – porque él
no pudo perdonar a otros.
Él oirá al Señor decir: “Te advertí, te
llamé, te hablé tan llanamente como pude – pero no quisiste
escuchar. Más bien, persististe en no perdonar. Y ahora, yo
no te perdonaré.” Este será el resultado final de la ceguera
espiritual.
§
“Porque Jehová Dios de Israel
ha dicho que el aborrece el repudio [divorcio]...” (Malaquías
2:16). La palabra establece muy claramente que Dios aborrece
el divorcio. Sin embargo, muchos cristianos hoy le dicen a
sus pastores o amigos: “He orado con respecto a divorciarme de
mi esposa y el Señor me ha dado su aprobación.”
No. Dios responde a esta mentira
directamente en el próximo versículo: “Habéis hecho cansar a
Jehová con vuestras palabras. Y decís: ¿En qué le hemos
cansado? En que decís: Cualquiera que hace mal agrada a
Jehová, y en los tales se complace; o si no, ¿dónde está el
Dios de justicia?” (Versículo 17).
En otras palabras, el Señor está
diciendo: “Vas a la iglesia, me alabas y presentas una
sonrisa cristiana. Sin embargo, traicionas a tu esposa – y
tratas mi palabra con engaño. Te he dicho que aborrezco el
divorcio, sin embargo, lo llevas a cabo. Incluso lo llegas a
considerar como algo bueno, diciendo que yo lo apruebo. Pero
estás ciego. Rehúsas creer que te voy a juzgar por tu
desobediencia.”
Hoy en día la tasa de divorcios en los
cristianos es tan alta como la de los no creyentes. Dime –
¿es que la palabra de Dios es un chiste? ¿Se pueden poner sus
advertencias a un lado como si fueran tan sólo sugerencias en
vez de mandatos? No, nunca. Un velo cubre los ojos de la
iglesia. Y Dios nos está advirtiendo: “Toda la consejería del
mundo no te servirán de nada si tú no obedeces mis
mandamientos. Mi palabra tiene que convertirse en la regla de
tu vida.”
(Esto no es para censurar a aquellos que
están divorciados. El divorcio es inevitable en algunas
situaciones como por ejemplo, en casos de abuso físico,
adulterio o cuando un esposo o esposa incrédula abandona el
hogar.)
§
“Pero yo os digo: Amad a
vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien
a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan o
persiguen.” (Mateo 5:44) “La blanda respuesta quita la ira”
(Proverbios15:1) “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol
sobre vuestro enojo.” (Efesios 4:26)
Mil consejeros te pondrán decir que
tienes derecho a airarte, a sentir resentimiento, a no
perdonar. Pero al fin y al cabo, sus palabras no cuentan. La
palabra de Dios es la palabra final. Y si no le temes – si no
estás preparado para obedecer sus mandamientos en todo – no
tienes esperanza de liberación.
La Biblia habla clara y fuertemente a
todos los que obedecerían al Señor. “No puedes cambiar si
persistes en mantenerte ciego a la palabra de Dios.”
2. El velo se puede
quitar solamente
convirtiéndonos al Señor.
Pablo dice que para que se nos quite la
ceguera tenemos que convertirnos al Señor. “Pero cuando se
conviertan al Señor, el velo se quitará.” (2 Corintios
3:16). La palabra griega que se utiliza para convertir
significa “el invertir el rumbo”. En resumen, Pablo está
diciendo “Tienes que admitir que el rumbo que estás tomando te
ha llevado a estar vacío, a la ruina y a la desesperación.”
Si estás en confusión – si hay algo mal
en tu vida y las cosas se están deteriorando – ahora sabes que
tendrás que cambiar el rumbo. Puedes pensar: “Es mi esposo
el que está mal. Estoy esperando que él cambie.” O “Mi
esposa va a la ruina a menos que cambie. O “Mi jefe está
mal. Algo tiene que cambiar en él.”
Nosotros vemos claramente los errores y
las malas acciones de otros. Sin embargo, no vemos nuestra
propia necesidad de cambiar. Tenemos que hacer una pausa para
enfrentar la realidad – para admitirle al Señor: “Señor, yo
soy quien necesita cambiar. Por favor, Padre, muéstrame en
qué me he desviado.”
¿Cómo puedes cambiar tu rumbo? ¿Cómo
puedes convertirte al Señor y quitarte el velo de tus ojos?
Aquí está la receta que Pablo nos da para el cambio:
1. El cambio es una obra exclusiva del
Espíritu Santo. “¿Cómo no será más bien con gloria el
ministerio del espíritu?” (2 Corintios 3:8) Nosotros
simplemente no podemos cambiarnos a nosotros mismos.
Solamente el Espíritu de Dios nos puede conformar a la
gloriosa imagen de Cristo. Todos los hemos oído decir:
“Cuando una persona se convierte al Señor, Dios quita el velo
de sus ojos.” Esto es solamente obra del Espíritu.
También leemos: “Porque el Señor es el
Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay
libertad.” (versículo 17). La palabra “libertad” aquí
significa “que ya no se es un esclavo, exento de deudas,
libre, desencadenado”. Esto describe la libertad que
recibimos cuando se abren nuestros ojos. De repente, podemos
ver las cosas en una nueva luz. Solamente el Espíritu Santo
puede romper la manera en que hemos visto las cosas por toda
una vida, solamente él puede convertirnos y encaminarnos en el
rumbo correcto.
En resumen, esta conversión que Pablo
habla aquí significa confiar completamente en el Espíritu de
Dios. También significa el alejarnos de toda consejería que
no sea basada en la Biblia, de todas tus propias ideas y
planes, y clamar solamente al Espíritu Santo para que te
dirija y te guíe.
Pablo experimentó este tipo de
conversión. En Hechos 9, cuando todavía se conocía como Saulo,
él estaba en un rumbo incorrecto. Hablando de tener un velo
cubriendo sus ojos – él estaba yendo a Damasco para allí
perseguir a los cristianos. Saulo realmente pensaba que le
estaba haciendo un favor a Dios arrestando a los creyentes y
enviándolos a la cárcel.
Pero el Señor interceptó a este hombre y
creó una crisis en su vida. Cuando Jesús se encontró con
Saulo en el camino a Damasco, le golpeó con una luz tan
poderosa que literalmente le dejó ciego. Saulo, ciego, tuvo
que ser guiado hasta una casa en Damasco, donde permaneció
hasta que el siervo de Dios, Ananías, llegó. Ananías le dijo:
“... Hermano Saulo, el Señor Jesús, que
se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado
para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo...”
(Hechos 9:17)
Saulo rindió su pasado, su presente,
todo al Espíritu Santo – e inmediatamente se le quitó el velo
de sus ojos.
2. El cambio también requiere lo que
Pablo llama una cara descubierta. El escribe: “Por tanto,
nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo
la gloria del Señor...” (2 Corintios 3:18). La raíz de la
palabra “cara descubierta” aquí tiene un significado
impresionante. Significa que estoy totalmente comprometido a
permitirle a Dios que exponga toda cosa oculta de tu corazón –
con el fin de ser liberado definitivamente de ella.
Esta cara descubierta clama:
“Escudríñame, Señor, mira si en mí hay camino de perversidad.
Muéstrame si estoy viviendo contrario a tu palabra. Quiero
ser libertado de todo lo que no es tuyo. Quita mi orgullo,
mis ambiciones, mi intelecto egoísta, mi razonamiento. Sé que
no puedo encontrar la salida a mi situación. Espíritu Santo,
necesito tu poder y tu sabiduría. Dejo ante ti toda esperanza
que tengo de poder resolver las cosas a mi manera.”
Para muchos creyentes, esto es muy
difícil de hacer. Durante toda su vida como creyentes, han
sobrevivido por sus propios ingenios, por su propia
sabiduría. Y ahora se les hace muy difícil admitir que han
echado las cosas a perder y que necesitan rendir el control de
sus vidas.
Hace unos años atrás el Señor tuvo que
quitar mi orgullo en esta área. Ahora, gracias al Señor,
admito libremente cuando he echado las cosas a perder. Mi
oración constante es: “Dios, cometo tantas torpezas. Cometo
errores tan terribles, me meto en tantos líos. Por favor,
Señor – arréglalos tú. Yo no puedo arreglarlo. Sólo tú
puedes.” Gracias a Dios, él se deleita en arreglar nuestros
líos cuando nosotros procuramos hacer su voluntad.
El cristal que Pablo menciona en este
pasaje es un espejo. Y, amado, nuestro espejo es la palabra
de Dios. Ella es la única que nos refleja con exactitud
nuestra condición. Pablo nos dice: “Ve al espejo de la
verdad de Dios, y contempla tu vida. Dile al Señor que estás
en el rumbo incorrecto y que deseas cambiar. Pídele a su
Espíritu que te humille y que te abra su palabra. No prestes
atención a los consejos de otros, a tus propias ideas, a tus
propias maquinaciones. Más bien, vuélvete al Espíritu Santo
en completa confianza. Cree lo que él te dice.”
Si confías en el Espíritu Santo
solamente, alejándote de todas las otras ayudas, él quitará el
velo de tus ojos. El también enviará a tu vida personas
dirigidas por el Espíritu Santo – y tú comenzarás a cambiar en
ese mismo momento.
3. Pablo concluye que poco a poco somos
transformado a la semejanza de Cristo. Este proceso
simplemente no ocurre de un día para otro. Ocurre
lentamente... paso a paso... según le buscamos y obedecemos su
palabra: “Somos transformados de gloria en gloria en la misma
imagen, como por el Espíritu del Señor.” (2 Corintios 3:18).
Puede ser que tú no lo sienta, pero
estás cambiando cada vez que abres las Escrituras y lees la
palabra de Dios con un corazón abierto, cada vez que te
arrodillas y sacas tiempo de calidad para estar con el Señor,
cada vez que clamas al Señor para que te guíe y te enseñe. A
lo mejor piensas que no estás progresando nada – pero sí estás
progresando.
Pablo nos muestra
tres evidencias
maravillosas del cambio que
el Espíritu Santo opera en nosotros
El Espíritu procura traer estos tres
cambios maravillosos a nuestras vidas:
1. El primer cambio es un aumento en el
conocimiento de que Dios va a ser misericordioso con nosotros
a lo largo de toda nuestra prueba. “Por lo cual, teniendo
nosotros este ministerio según la misericordia que hemos
recibido, no desmayamos.” (2 Corintios 4:1).
Este es el ministerio misericordioso que
hemos recibido del Espíritu Santo: Él abre nuestros ojos a
las tiernas misericordias de Cristo para nosotros. Él
implanta en nosotros un conocimiento interno de que el Señor
está de nuestro lado, que él es por nosotros. Y él nos
muestra cuán comprometido está el Señor para librarnos de caer
– cuánto él se compadece por lo que estamos pasando, cuánto
nuestros sentimientos y nuestras flaquezas le afectan a él.
Puede ser que ahora mismo estés
sintiendo que has sido abusado o que nadie te ama. El diablo
te podría estar haciendo creer que Dios te ha abandonado a tu
propia suerte – que mereces sufrir, que todo ha terminado para
ti, que no hay esperanza. Amado, esas son mentiras del
infierno. Más que todo, Dios desea quitar de ti el concepto
pervertido que tienes de él. El te ama tiernamente – y ha
establecido un tiempo para otorgar todas sus misericordias
sobre ti.
David lloró miserablemente al sentirse
abrumado por su situación: “Mi corazón está herido, y seco
como la hierba, por lo cual olvido de comer mi pan... Velo, y
soy como el pájaro solitario sobre el tejado. Cada día me
afrentan mis enemigos... Y mi bebida mezclo con lágrimas...
Mis días son como sombra que se va...” (Salmo 102:4, 7-9,
11). Él gimió: “Estoy en una condición terrible física,
mental y emocionalmente.”
Y fue en ese mismo momento que Dios
determinó liberar a David. Y el Señor se movió rápidamente en
misericordia, le ayudó y le confortó. David testificó: “Te
levantarás y tendrás misericordia de Sión, porque es el tiempo
de tener misericordia de ella, porque el plazo ha llegado.”
(Salmo 102:13).
Dios estableció un momento para librar a
David en su hora más difícil – cuando él pensaba: “He sido
reducido a nada.” De la misma manera, hoy, Dios ha
establecido una hora para librarnos y enviar su favor sobre
nosotros – y esto generalmente ocurre en el peor momento de la
prueba. Ese es el momento en el que ya no luchamos para hacer
las cosas a nuestra manera. Más bien, admitimos: “Señor, no
puedo – todo esto es un lío. Te lo entrego a ti.”
2. El segundo cambio que ocurre es que
ya no estamos abrumados por pensamientos de derrota, de darnos
por vencidos: “... según la misericordia que recibimos, no
desmayamos.” (2 Corintios 4:1).
Dios quiere que quitemos nuestros ojos
de las circunstancias y que dejemos de enfocarnos en lo mal
que están las cosas. La verdad es que puede ser que nuestros
problemas no terminen pronto. De hecho, podrían empeorar. Y
él sabe que si nos enfocamos en cambiar nuestra situación,
caeremos más profundamente en ansiedad y depresión. Nos
cansaremos y desmayaremos, perdiendo nuestra esperanza.
Según el Señor revela su misericordia
hacia nosotros, nuestro desmayo comenzará a desaparecer.
Pronto comenzaremos a crecer en la seguridad de que Dios está
obrando en nosotros. Y nada satisface más a nuestro ser
interior que saber que “Dios tiene su mano sobre mí. No he
llegado todavía – pero sé que estoy en la dirección correcta.
Me estoy moviendo hacia el Señor.”
Cada día tu fe se fortalecerás más. Él
plantará en ti su paz y su reposo. Y tú te podrás levantar
tan alto sobre tus circunstancias, que nada te podrá llevar a
desesperarte otra vez.
3. El tercer cambio que ocurrirá en
nosotros es una renuncia total a las cosas ocultas y
deshonestas. “Antes bien renunciamos a lo oculto y
vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra
de Dios, sino por la manifestación de la verdad
recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios.” (2
Corintios 4:2) Esto significa que ya no iremos a las
Escrituras tratando de justificar nuestro pecado. No
buscaremos excusas para hacer el mal.
Dios desea que nuestra vida sea un libro
abierto. Por lo tanto, él anhela que quitemos de nuestra vida
todo pecado oculto – toda deshonestidad, las cosas
clandestinas, engaños, mentiras, fraude. Por eso es que el
Espíritu Santo busca cada cosa en nosotros que no es semejante
a Cristo, Y si de verdad queremos cambiar, estaremos
dispuestos a que él trate con nosotros.
Hasta que experimentes el cambio de Dios
en cada una de estas áreas, te puedes olvidar de recibir
consejería, consultar programas de auto-ayuda, o de restaurar
relaciones. Pon todo a un lado por el momento, hasta que
estés listo a renunciar a todo tu pecado oculto.
Cuando te hayas sometido a la palabra de
Dios y al poder transformador de su Espíritu, no será
necesario que convenzas a otros de que has cambiado. Según
caminas en su verdad, el Espíritu Santo te recomendará a las
conciencias de los que están a tu alrededor, “...por la
manifestación de la verdad recomendándonos a toda conciencia
humana delante de Dios”.
La palabra griega para “recomendar” aquí
significa “aprobación de Dios”. Pablo dice: “No tendrás que
impresionar a nadie de que tú has cambiado. Dios se moverá en
sus conciencias, diciéndoles en su interior: Esta persona
tiene mi bendición y mi aprobación.”
Ningún argumento podrá refutar la
evidencia interna que el Espíritu de Dios ha puesto en ti. De
hecho, tu cambio atraerá a otros o será como una reprensión
para ellos. El aura de Cristo que emana de ti será como un
golpe a sus propias conciencias. Y será entonces cuando
encontrarás el poder para influenciar a otros – a través de
los cambios que están ocurriendo en ti. Encontrarás que se
restaurarán relaciones. Y podrás recuperar tu autoridad
espiritual en tu hogar.
Ya no seguirás pensando en los cambios
que tienen que ocurrir en otros. Más bien, te animarás con
los cambios que Dios está obrando en ti. Concluirás: “Señor,
sé que todo está en tus manos. Me entrego a tu voluntad. Haz
en mí lo que tengas que hacer.”
Ahora es el momento para dejar todas
nuestras circunstancias en sus manos. Olvídate de tratar de
salir de tu crisis. Más bien, enfócate en el Señor que te
está cambiando y haciendo de ti un vencedor. Permanece en su
palabra. Clama a su nombre diligentemente. Confía en el
Espíritu Santo. Y que este sea el clamor constante de tu
corazón: “Cámbiame, oh Señor.”