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¡Clamé Desde la Profundidad!
(Out of the Depths I Cried!)

Por David Wilkerson
13 de Septiembre del 1999
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De los profundos, oh Jehová, a ti clamo. Señor, oye
mi voz; Estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica. JAH,
si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?
Empero hay perdón cerca de ti, para que seas temido. (Sal.
130:1-4).
David sufrió increíblemente bajo la vara del Señor. Por
todos lados, las cosas iban horriblemente mal en su vida. El
enfrentó problemas abrumantes, enfermedades, tragedia tras
tragedia, un reino tumultuoso. Sus problemas se remontaban tan
alto que él no creía sobrevivir. Y clamó, “Sálvame, oh Dios,
porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en
cieno profundo, donde no hay pie: He venido a abismos de aguas,
y la corriente me ha anegado. (Sal. 69:1-2).
Sin embargo sus problemas exteriores no le molestaban tanto
como sus horrores internos. Él temía que el Señor le había
abandonado. Él escribió, “Hazme puesto en el hoyo profundo, en
tinieblas, en honduras” (88:6). “Sobre mí se ha acostado tu
ira...” (verso 7). “...he llevado tus terrores...” (verso 15).
“Sobre mí han pasado tus iras...” (verso 16).
David creía que Dios le había abandonado por su pecado-un
pensamiento insoportable. Le suplicó al Señor, “No me anegue
el ímpetu de las aguas, ni me suerba la hondura, ni el pozo
cierre sobre mí su boca.” (69:15). El estaba diciendo, “¡Oh,
Señor, por favor-no permitas que descienda tan profundo que no
pueda salir!”
David tambien sufría por el escándalo que había causado en
Israel. Su pecado fue descubierto, y todo el mundo lo sabía.
Su pesar y su verguenza eran tan abrumantes que le rogó a Dios,
“...No me pongas por escarnio del insensato.” (39:8).
David temía que Dios le iba a quitar la vida como juicio
por su pecado. Cada momento de su vida estaba lleno de
pensamientos de ser deribado en ira. El clamó, “Jehová, no me
reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira.” (38:1).
Mientras que todas estas ansiedades caían sobre David, su
corazón estaba lleno de temor de Dios. El confesó, “Acordábame
de Dios,... y desmayaba mi espíritu.” (77:3). Esto es algo
desconcertante. ¿Por qué se sentía molesto si todos sus
recuerdos de la obra de Dios en su vida le habían dado gozo y
felicidad? ¿Qué podía molestarle ahora?
David estaba ansioso porque todos sus pensamientos estaban
concentrados en como Dios iba a tratar con su pecado. El
sentía la vara del Señor sobre su carne, las flechas de la
verdad penetraban en su alma con ferocidad: “Porque tus saetas
descendieron a mí,...” (38:2).
La conciencia de este hombre se había convertido en una
carga pesada. El sabía que había pecado contra todo el amor y
luz que había recibido del cielo. El Señor en su misericordia
le había librado una y otra vez de sus errores pasados. Y esta
vez, David sabía que merecía ser echado a un lado. Así que
cayó aún más profundo en tristeza y confusión, escribiendo,
“Hanme comprendido mis maldades, y no puedo levantar la vista:
Hanse aumentado más que los cabellos de mi cabeza...” (40:12).
Conozco un sin número de cristianos que son igual que
David. Aman a Jesús-mas sin embargo han pecado horriblemente
contra la luz que les fue dada. Han escuchado miles de
sermones, han leído la Biblia diariamente por años, y han
pasado inumerables horas en oración. Sin embargo han pecado
contra todas las bendiciones de Dios. ¿Cómo? ¡Tienen un pecado
que no han confrontado!
Con el tiempo, su pecado ha cortado su comunión con Jesús.
Y ahora el Espíritu Santo ha señalado su hábito, poniéndolo en
alto ante ellos. Él les está advirtiendo, “¡Basta ya-este
pecado tiene que salir! No aceptaré que continues en él. Desde
ahora, estás bajo plazo. He expuesto tu pecado ante ti-¡pero
pronto puede ser expuesto ante el mundo! Ahora cada vez que
entran en la casa de Dios, no pueden levantar el rostro. Y
lloran como David, “ ¡Mis pecados son muy numerosos para
contar! ¡Mi iniquidad se ha apoderado de mi, ni siquiera puede
levantar mi rostro al cielo!”
Han perdido todo el gozo y la libertad que una vez
disfrutaban. Ni siquiera pueden orar ni cantar con vida o
poder. Y llevan a su alrededor un sentir de fracaso. Estan
débiles, enfermos en alma, encorvados, listos para desmayar.
¡Y saben que su pecado ha cortado su comunión con Dios!
¿Es ésta una descripción de la condición de tu alma en este
momento? Si es así, dale gracias a Dios por su misericordia.
¡El está implantando en ti un temor santo del Señor! Por eso
es que te estas hundiendo en la profundidad de la convicción.
¡Estas bajo el peso de una conciencia atribulada!
Muchos Creyentes Sinceros Son Diligentes en Sus Esfuerzos
al
Volver su Gracia en una Licencia-¡Sin Embargo Se Dan Cuenta
Que Su Caminar No Da la Medida Con Sus Normas Santas!
Muchos cristianos se sienten aliviados al saber que no
estan incluídos en la lista de ofensas de Pablo: “No sabéis
que los injustos no poseerán el reino de Dios? No erréis, que
ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones,
ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los
robadores, heredarán el reino de Dios.” (1 Cor. 6:9-10).
Más cuando leen el verso que sigue, sienten la penetrante
flecha de la verdad: “Y esto erais algunos: mas ya sois
lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en
el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.”
(verso 11). De repente, recuerdan un pecado que no pueden
sacudir. Piensan, “Espera un minuto-he sido libertado y
santificado. Así que, ¿por qué no puedo dejar este mal hábito?
¡No estoy verdaderamente libre!”
Quizás recientemente has regresado a una vieja lujuria. A
lo mejor has visitado un sitio web pornográfico en el
“internet”, o estas involucrado en adulterio o pecado
homosexual. O quizás has robado a tu jefe, o estas bebiendo a
escondidas camino a tu casa del trabajo. Cualquiera que sea tu
mal hábito, tú sabes que no eres libre en esa área. Más Dios
ha dicho claramente, “¡No entrarás a mi reino si sigues
pecando!”
No te sorprendas si te sientes como David. Cada vez que el
Señor ve a uno de sus hijos luchando con lujuria o con
ataduras, Él se mueve rápidamente para traernos al camino de
la obediencia, paz y descanso. ¿Cómo hace esto? ¡El trae
condiciones a nuestra vida que nos obligan a confrontar
nuestro pecado!
A menudo esto significa llevarnos a la profundidad, como
Dios hizo con Jonás. El permite que sintamos su reprensión y
que seamos tragados por nuestras circunstancias. Mientras
cuando estuvo en la oscura profundidad Jonás clamó a Dios. ¡Y
el Señor respondió rápidamente al clamor de su siervo,
restaurándolo a su bendición y voluntad!
¡La Oración de David Fue
Más Intensa en la Profundidad!
En desesperación, David clamó, “Señor, oye mi voz; estén
atentos tus oídos a la voz de mi súplica.” (Sal. 130:2). Esto
me suena al ruego de un hombre moribundo. Es obvio que David
no estaba haciendo oraciones con el pensamiento. El estaba con
el rostro en tierra-quebrantado, contrito, rogando a Dios
desde lo más profundo de su corazón:
“¡O, Santo Dios Jehová-debes oir mi clamor! No puedo
continuar. Mi pecado está ante mí, y me estoy hundiendo con
temor y miedo. ¡Por favor, Dios, ten misericordia de mí!”
David sabía que su alma necesitaba liberación. Y él se
volvió sólo a Dios para encontrar esa libertad. Él concluyó,
“Estoy en una condición tan desesperada que sólo el Señor
puede ayudarme. No puedo depender en consejeros, amigos, hasta
familia. Mi única esperanza está en la oración. ¡Así que voy a
clamar día y noche hasta que Dios escuche mi súplica!”
Muchos matrimonios cristianos necesitan la liberación que
David buscaba desesperadamente. Por toda la tierra, veo
parejas hundidas en la desesperación. Cónyuges que dicen
amarse uno al otro, pero ni siquiera tienen consideración
cuando se dirigen la palabra. Demuestran más bondad a un
extraño que a su cónyuge. Con el tiempo, su hogar se ha
convertido en un congelador de maldad. No se dan cuenta, pero
están cayendo en destrucción, perdiendo todo control en su
relación.
Quizás tu matrimonio ha caído. Tú y tu cónyuge han caído a
lo profundo, y te despiertas pensado si habrá esperanza.
Últimamente, has sido tentado a dejar la relación por completo.
Amado, ¡necesitas despertar y reconocer tu condición! Has
caído en un hoyo oscuro, lleno de actitudes impías. Y esta
condición no desaparecerá sola. Si no tomas control, empeorará
hasta que finalmente terminará con tu matrimonio.
¡Despierta ahora a la voz del Espíritu Santo! Hay pecado en
tu matrimonio-y es cometido por ambos, tú y tu cónyuge. Tienen
que confrontarlo, ¡o permanecerán en el fondo de la oscuridad
para siempre!
Así que, ¿a quién estás llevando tus penas? ¿Te estás
desahogando con tu mejor amigo? Si es así, ¿estás creando un
caso contra tu cónyuge? Si estas viendo a un consejero, ¿estarás
buscando una justificación para terminarlo todo?
Por favor no se confundan-yo creo en la consejería
matrimonial. Pero si quieres llegar al fondo del problema,
sólo existe un lugar donde ir. No tienes que mirar más lejos
que tu propio corazón. Y, como David, ¡necesitas clamar al
Señor por misericordia!
¿Te encuentras tan desesperado como David? ¿Te has
encerrado con el Señor, te has postrado y has gemido ante Él?
Una oración aburrida, callada y haragana no logrará nada. Si
no estás descargando tu corazón ante Dios, realmente no
quieres sanidad-¡quieres alejarte de Él!
David testificó, “...Bramo a causa de la conmoción de mi
corazón. ...Y mi suspiro no te es oculto.” (Sal. 38:8-9).
Tienes que clamar a toda voz, como David, “¡Señor, escucha mi
súplica! ¡No te dejaré hasta que me contestes!”
Déjame ilustrarte la clase de desesperación que David
experimento. Suponte que vas camino a casa. Al doblar la
esquina de tu calle, ves camiones de bomberos estacionados
frente a tu casa. Humo negro está saliendo de las ventanas,
todo el lugar está a punto de encenderse en llamas. Y tú sabes
que tu cónyuge e hijos estan atrapados adentro.
Dime-¿cuán calmado y callado estarías en ese momento? ¿Cuánto
tiempo estarías sin hacer nada, ¿esperaràs que el fuego se
apague por sí solo? Te sentarías ahí calladamente orando,
“¿Jesús, espero que tú apagues el fuego?” ¡No! Si tuvieras
amor en tu corazón, ¡correrías a tu casa a través del humo y
tratarías de hacer algo!
Si tu matrimonio está en problemas, entonces tu hogar se
está quemando-¡y tu relación está ardiendo en llamas! Y si tú
permites que este fuego continue, ¡vas a perderlo todo!
Pues, ¿tienes el temor de Dios por tu matrimonio? ¿Te
sientes cargado con culpabilidad y condenación acerca de tu
parte en su desintegración? Si es así, no trates de calmar tu
conciencia. Dios te está mandando Su palabra fuerte porque te
ama. En forma misericordiosa, Él te está advirtiendo, tratando
de despertarte antes que te autodestruyas. Así que corre a Él,
y ora con toda diligencia. Es ahí donde comienza la
sanidad-¡llamando Su Nombre con urgencia!
David Sabía que No Podía Permancer en la
Profundidad de la Desesperación Por Mucho Tiempo,
O Sería Destruído
David sabía que necesitaba una palabra que cambiaría su
vida, o toda esperanza sería perdida. Así que clamó, “JAH, si
mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?”
(Sal. 130:3).
Si yo interpretara las palabras de David en el idioma
moderno, sonarían así: “Oh, Señor-yo te veía como el gran
investigador privado en el cielo-trazando todos mis
movimientos del día, tomando nota de todos mis fracasos,
grabando mis llamadas telefónicas, escuchando cada uno de mis
pensamientos, grabando en video cada uno mis pasos,
desarrollando un caso diariamente contra mí. Y has acumulado
suficiente prueba para condenarme para siempre.
“Señor, con toda la evidencia que has acumulado, ¿qué
oportunidad tengo? ¿Cómo podré mantenerme, cuando mis propias
palabras malignas y hechos secretos testifican contra mí? ¿Qué
otra cosa puedo hacer sino esperar ser juzgado y condenado?
“Todos los días despierto temiendo tu horrible ira contra
mi pecado. ¿Quién puede mantenerse ante un Dios santo que
castiga la iniquidad? Ni siquiera el alma más santa, humilde y
confiada puede escapar tu juicio. Y si ellos no dan la medida
con tu ley, ¿qué oportunidad tengo yo? ¡He pecado más que
todos ellos!
“Yo sé que mi pecado no te agrada, Señor. Y sé que no
permitirás que continue. Pero si no veo aunque sea una señal
de tu misericordia, pronto, seré destruido. Mi alma está
desecha, sin esperanzas. ¡No puedo seguir!”
Muchos cristianos luchan como David. Cuando el temor santo
y justo de Dios es implantado en su alma, Su terrible majestad
acampa sobre ellos. Ríos de Su ley señalan directamente a su
corazón, y comienzan a languidezer en agonía. Como David,
claman, “Señor, ¿quién puede estar delante de ti? ¿Quién puede
soportar tu santidad?”
Nuestro ministerio recibe cartas regularmente de cristianos
sinceros que luchan contra la homosexualidad. El tono de sus
escritos suenan como la agonía de David. Muchas de estas
personas preciosas han crecido en la iglesia, y aman a Jesús
con todo su corazón. Pero no pueden liberarse de su lujuria
homosexual. Terminan en la desesperación, destrozados bajo la
culpabilidad y la condenación. Un desesperado jóven escribió,
“Pastor David, si no encuentro una liberación rápida de esta
atadura, no tengo otra opción. Me voy a quitar la vida.”
Trágicamente, una gran multitud de homosexuales, lesbianas,
alcohólicos, y drogadictos se han quitado la vida porque han
caído tan hondo en la profundidad. No podían escapar saber que
le estaban fallando a Dios contínuamente. Y constantmente
pensaban, “Debo tener el poder para vencer esto, pero no lo
tengo. ¿Cómo podré librarme?”
Jonás hizo la misma pregunta. El estaba literalmente en el
fondo, en el piso del oceano, sin poder escapar su dilema. El
también clamó, “Echásteme en el profundo, en medio de los
mares, Y rodeóme la corriente; Todas tus ondas y tus olas
pasaron sobre mí. Descendí a las raíces de los montes...” (Jonás
2:3-6).
Según Jonás, ¿quién lo lanzó a la oscura profundidad? ¡El
Señor! Ciertamente, fue Dios quien llevó al profeta al mismo
fondo y preparó un gran pez para que se lo tragara. Cuando
Jonás llamó sus problemas “tus ondas y tus olas,” él se estaba
refiriendo al Señor.
Sin embargo, Dios no estaba enojado con Jonás, solamente
contando sus pecados. Entonces, ¿por qué permitió que esto le
sucediera a él? ¿Por qué lo envió a lo profundo? ¡El quería
detener a su siervo de huir de Su voluntad! El quería que
Jonás siguiera su plan, para que fuera bendecido. En resumen,
¡Dios llevó a Jonás a las profundidades para restaurarlo!
Jonás 2:2 nos dice exactamente lo que Dios buscaba: “Clamé
de mi tribulación a Jehová, Y él me oyó; del vientre del
sepulcro clamé, Y mi voz oiste.” El Señor estaba esperando que
Jonás se volviera a Él-¡que clamara sólo a Él! “Y yo dije:
Echado soy de delante de tus ojos: Mas aun veré tu santo
templo.” (verso 4). “Cuando mi alma desfallecía en mí,
acordéme de Jehová...” (verso 7).
En la actualidad, el Señor hace lo mismo con nosotros: Él
nos liberta al permitirnos decender a la profundidad. Él
permite que nos hundamos en la desesperación acerca de nuestro
pecado hasta que no tenemos otra alternativa que recurrir a Él.
Y finalmente, desde el vientre de nuestro infierno clamamos,
“¡Oh Señor, por favor escuchamos! He llegado al fondo, sin
esperanzas. ¡Tienes que liberarme!”
Quizás has llegado al fondo de tu pecado. No puedes obtener
la victoria sobre esa lujuria o amargura que te asedia. Y
ahora el Señor ha permitido que desciendas a las profundidades.
Sin embargo, todo es con un propósito. El espera que, como
Jonás, tu “mires hacia Él.”
Tenlo por seguro, que cuando Jonás clamó al Señor, Dios lo
libró rápidamente: “Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en
tierra.” (verso 10). Dios le dijo al pez, “Basta ya-ahora
vomítalo. ¡Mi siervo me ha llamado, y le voy a contestar!”
Tu padre celestial no quiere que permanezcas en el fondo,
desmayando bajo la pesada carga de la culpa y condenación. Su
deseo es que aprendas tu lección allí-¡y que dependas de Él!
Demasiados Cristianos Permanecen en
la Profundidad, en Desaliento Total.
Para muchos creyentes, hundirse hasta el fondo significa el
final. Se abruman tanto por sus fracasos que desarrollan un
sentido de que no son dignos. Y con el tiempo se sienten
atrapados sin esperanzas de ayuda alguna. Isaías escribió
acerca de tales creyentes, “Pobrecita, fatigada con tempestad,
sin consuelo...” (Isaías 54:11).
A veces algunos se enojan con Dios. Se cansan de esperar a
que Él se mueva. Así que claman en forma acusante, “Señor, ¿dónde
estabas cuando te necesitaba? Clamé a ti para que me libraras,
pero nunca contestaste. Hice todo lo que puedo hacer, mas no
he sido liberado. ¡Estoy cansado de arrepentirme y de llorar,
sin ver el cambio!” Muchos creyentes sencillamente dejan de
luchar y se entregan a su lujuria.
Otros caen en neblinas de apatía espiritual. Estan
convencidos que Dios no se interesa por ellos. Se dicen a si
mismos, “...Mi camino es escondido de Jehová, y de mi Dios
pasó mi juicio...” (40:27). “...Dejóme Jehová, y el Señor se
olvidó de mí.” (49:14).
Aún otros terminan poniendo toda su atención en su pecado,
tratando de mantenerse en un estado de constante convicción.
Sin embargo, esto sólo hace que esten desconcertados, clamando,
“...Nuestras rebeliones y nuestros pecados están sobre
nosotros, y a causa de ellos somos consumidos: ¿cómo pues
viviremos?” (Ezequiel 33:10) El hecho es que sentir convicción
no es un fin en si mismo. Cuando somos humillados por la
culpabilidad y la tristeza acerca de nuestro pecado, no
estamos supuestos a quedarnos con esos sentimientos. Estan
supuesto a llevarnos al final de nosotros mismos-¡y a la
victoria en la cruz!
¡David Fue Sacado de la Profundidad al
Recordar la Naturaleza Perdonadora de Dios!
Después de tanto llorar y clamar al Señor, David terminó
testificando, “Empero hay perdón cerca de ti, Para que seas
temido.” (Salmo 130:4). El Espíritu Santo comenzó a inundar su
alma con recuerdos de la misericordia de Dios. Y
repentinamente, David recordó todo lo que había aprendido
acerca de la naturaleza perdonara del Padre. “...Tú empero,
eres Dios de perdones, clemente y piadoso, tardo para la ira,
y de mucha misericordia,...” (Neh. 9:17).
David comenzo a regocijarse, recordándose a si mismo,
“Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, Y grande en
misericordia para con todos los que te invocan.” (Salmo 86:5).
“El es quien perdona todas tus iniquidades,...” (103:3).
Esta es una de las promesas fundamentales del Nuevo Pacto.
Jeremías declara, “...porque perdonaré la maldad de ellos, y
no me acordaré más de su pecado.” (31:34). Y Pablo añade en el
Nuevo Testamento: “...perdonándoos todos los pecados,” (Colosenses
2:13). ¡Dios nos ha prometido perdón para cada pecado!
Sin embargo, esta promesa de perdón está limitada a ciertas
personas. ¡Solamente se aplica aquellos que han sido
aplastados y estan enfermos por sus pecados...quienes han
llegado a la profundidad de culpabilidad...quienes han
soportado el examen del alma por el Espíritu Santo...quienes
se han arrepentido y se han vuelto a Cristo en fe!
Jesús mismo dice que no todo el que dice, “Señor, Señor,”
entrará al reino de Dios. Tristemente, multitudes de
cristianos no sienten molestia alguna por su pecado. Sus malos
hábitos no le molestan en lo más mínimo. Se han convencidos a
si mismos que Dios es tan misericordioso y tan lleno de gracia,
que les perdonará aunque continuen tercamente en pecado.
No - ¡nunca! ¡Se han apropiado de una paz falsa! Han
ahogado las convicciones, búsquedas y tratos del Espíritu
Santo. ¡Han buscado perdón antes que la culpabilidad madure y
se convierta en tristeza piadosa!
Al mismo tiempo, el perdón de Dios se puede obtener tan
sólo a traves de la fe. No podemos razonarlo. El don de la
sangre expiatoria de Cristo es tan profundo, tan lleno de
gracia, tan misterioso, que está más allá de la capacidad del
entendimiento humano. Podemos ver la ley claramente aplicada a
nuestro pecado. Podemos sentir condenación, temor y culpa por
nuestras deudas. Pero nuestro Padre celestial está
amorosamente a nuestro lado todo el tiempo, listo para
perdonar. La sangre de Cristo, el amor del Padre, el deseo de
perdonar del Señor-todas estas bendiciones son conocidas sólo
por fe: “...Que el justo por la fe vivirá.” (Gálatas 3:11).
Quizás piensas - ¿cuántas veces te perdonará el Señor por
cometer el mismo pecado una y otra vez? Esta seguro, que Su
increíble perdón es ilimitado. Cada vez que pecas, puedes ir a
Jesús y encontrar liberación. Sin embargo el perdón del Señor
no es ciego. Puedes estar seguro que nuestro Padre celestial
nos perdona-pero hasta cierto punto, Él nos castiga para que
no sigamos en ese pecado.
Cuando mis cuatro hijos estaban creciendo, tuve que
castigarlos por portarse mal. Los llamaba a mi habitación para
pegarles-y cuando veían la correa en mis manos, comenzaban a
llorar. Gritaban, “¡No, papi! Lo siento. ¡Por favor, perdóname!”
Yo los perdonaba. Pero eso no quitaba que les aplicara la
correa. Yo sabía que si no les pegaba, iba a perder
significado para ellos-se convertiría en un chiste en vez de
una fuente de disciplina. De igual manera, la ley de Dios
existe para recordarnos sus normas santas. Es una lumbrera de
Su santidad, recordándonos de Sus caminos - ¡y que Él hace lo
que dice!
Déjame dejarte con una palabra de esperanza. Si estás en
las profundidades ahora mismo por tu pecado-si estás llorando
porque la vara del Señor esta en tus espaldas-animate. El te
está castigando por Su tierno amor. ¡El te está hundiendo
porque El quiere que conozcas Su temor!
Exáctamente, ¿qué significa temer al Señor? Significa poder
decir, “Sé que mi Padre me ama. Estoy seguro, le pertenezco, y
sé que El nunca me abandonará. El siente mi dolor cada vez que
lucho. Y El es paciente conmigo mientras lucho contra el
pecado. El siempre está listo para perdonarme cada vez que le
llamo. Pero tambien sé que El nunca va a permitir que continue
desobedeciendo Su palabra. Mi Padre celestial no me librará de
la corrección-¡porque Él me ama profundamente!”
Ese es el punto final de todo. Dios quiere que aceptemos Su
perdón para que le temamos. “Empero hay perdón cerca de ti,
Para que seas temido.” (Salmo 130:4). Una vez que temamos al
Señor, querremos más que obedecerle. Querremos agradarle,
poner una sonrisa en Su rostro. ¡Ese es el resultado bendito
del temor santo de Dios!
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