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JUAN EL BAUTISTA
PERFIL Y OBRA DE UN RESTAURADOR
ELISEO APABLAZA F.


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Juan el Bautista vino para preparar el camino del Señor, antes de su primera venida. Asimismo, antes de que el Señor venga otra vez, el ministerio de Juan estará presente también. Esta vez no será realizado por un hombre particular, sino por un hombre corporativo, la iglesia, más específicamente, por los vencedores dentro de la iglesia.

¿Cuál es el perfil de los restauradores? ¿Cuál es su obra? Un mirada a la figura de Juan nos permitirá obtener importantes enseñanzas, a la que vez que nos instruirá acerca de los pasos que hemos de seguir en la obra de Dios.

***

Dos condiciones para el retorno

De acuerdo a la Palabra de Dios, deben cumplirse dos condiciones para el retorno del Señor Jesucristo a la tierra:

La predicación del evangelio a todo el mundo: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin". (Mateo 24:14)

La restauración de todas las cosas: "A quien (al Señor Jesús) es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo". (Hechos 3:21)

Estas son, a la vez, los dos requisitos que han de cumplirse para la venida del Señor y también las dos grandes áreas de trabajo para los hijos de Dios en este tiempo: la predicación del evangelio, y la obra de la restauración de la iglesia.

Nosotros no podemos descuidar ni una ni otra. Hay muchos hoy que solamente están preocupados de predicar el evangelio, y para ello utilizan todos los recursos a su alcance; eso está bien. Pero, de alguna manera, nosotros podemos percibir, por lo que el Señor ha hecho en nosotros en estas últimas dos décadas, que la encomienda más importante que se nos ha dado es contribuir a la restauración de la iglesia, porque a través de ella será posible la restauración de las demás cosas.

Así que, sin descuidar la predicación del evangelio, nos preocuparemos también de la obra de la restauración, que es el segundo requisito que tiene que cumplirse para la Venida del Señor.

La restauración de todas las cosas

Es de notar que en el Nuevo Testamento (versión griega) aparece una sola vez la palabra "restauración", y es esta de Hechos 3:21. En Romanos 11:12 de algunas versiones españolas se usa también la palabra "restauración", pero no así en el original griego, donde se usa el término correspondiente a "plenitud". Así que, podemos afirmar que una sola vez aparece la palabra "restauración" en el Nuevo Testamento. ¿Por qué no más? Porque los días del Nuevo Testamento no son días de restauración, sino fundamentalmente de instauración, de establecer cosas. Son tiempos de establecer la iglesia y cada uno de sus ministerios. Que es lo que el Señor hoy quiere restaurar.

Por lo tanto, la restauración de que se habla en el Nuevo testamento se refiere a una época futura con respecto a aquellos tiempos, y que es el presente para nosotros.

He aquí una cosa interesante: hay un solo personaje en el Nuevo Testamento del cual se habla que hará una obra de restauración, y ese es Juan el Bautista. Así que vamos a relacionar Hechos 3:21 con Juan el Bautista, y sacaremos ejemplo para ver cómo tiene que ser la restauración final de todas las cosas.

Porque antes de la Primera Venida del Hijo de Dios debía ocurrir una restauración, y ella debía ocurrir por el ministerio de Juan el Bautista. Esa obra está desglosada por el ángel Gabriel en Lucas 1:16-17, y por el Espíritu Santo a través de Zacarías, padre de Juan, en Lucas 1:76-79.

Asimismo, al final de los tiempos, que son los nuestros, debe haber una nueva obra de restauración.

La restauración primera

El Señor afirmó de Juan: "Él es aquel Elías que había de venir" (Mat.11:14) con lo cual hace referencia a la profecía de Malaquías 4:5-6 que dice: "He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición."

Si nosotros examinamos el cumplimiento de esta profecía, a la luz de Mateo 17:11-12 y Lucas 1:17, nos daremos cuenta de que la profecía de Malaquías se cumplió sólo parcialmente en Juan el Bautista.

En efecto, Mateo 17:11-12 dice: "A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron." Y Lucas 1:17 dice: "E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto". La profecía de Malaquías anuncia el ministerio de Elías para el tiempo previo al "día de Jehová, grande y terrible", el cual no era el día del Señor Jesús. El día del Señor Jesús no fue un día "grande y terrible" porque el Señor no vino a traer juicio, sino salvación. La profecía de Malaquías advierte, además, que las relaciones familiares deben ser restauradas "no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición", lo cual tampoco ocurrió a la venida del Señor Jesús, porque el Señor no hirió la tierra con maldición, al contrario, Él trajo bendición. Esto nos sugiere que esta profecía de Malaquías todavía no tiene pleno cumplimiento.

El cumplimiento parcial de una profecía en una época y su completación en otra, no es algo extraño para quienes conocen las Escrituras. Algo similar ocurre con la profecía de Isaías 61:1-2 respecto al Señor Jesús. Cuando el Señor estuvo en Nazaret y se le dio el libro del profeta Isaías, leyó el pasaje de 61:1-2, pero no completo, porque no todo tenía cumplimiento ese día. Veamos Lucas 4:17-21: "Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros." El pasaje de Isaías, luego de anunciar el año agradable del Señor ("el año de la buena voluntad de Jehová") seguía así: "y el día de venganza del Dios nuestro", pero el Señor no leyó esto último. ¿Por qué? Porque esa parte del pasaje no se estaba cumpliendo en ese momento. Se trataba del anuncio de un juicio que el Señor no traía todavía a este mundo.

De modo que, tanto la profecía de Malaquías referente a Juan, como la de Isaías referente al Señor Jesús, no se han cumplido cabalmente aún. Sin embargo, falta muy poco para que se cumpla del todo. El ministerio restaurador de este día, y la Segunda Venida del Señor, a las puertas, cumplirán ambas profecías en plenitud.

La restauración segunda

De manera que así como hay dos venidas del Señor, hay también dos restauraciones. Así como fue necesario realizar una obra restauradora previa a la Primera Venida del Señor, también será necesario que ocurra así antes de su Segunda Venida. La obra restauradora de Juan preparó el camino para la salvación de Dios, manifestada en el Señor Jesucristo; la segunda obra restauradora preparará el camino para la segunda venida del Señor, que es para juicio. El Señor vino la primera vez para salvación; y vendrá por segunda vez para juicio.

El pasaje de Mateo 17:11-12 tiene dos tiempos verbales: (a) pasado: "Elías ya vino y no le conocieron" y (b) futuro: "Elías viene primero y restaurará todas las cosas".

Este pasaje anuncia una restauración definitiva (de "todas las cosas"), ya que la restauración de Juan no tuvo pleno cumplimiento. ("hicieron con él todo lo que quisieron"). Juan restauró algunas cosas, pero la restauración futura será de "todas las cosas".

Es interesante notar que en Mateo 17:11 se dice que "Elías restaurará todas las cosas", lo mismo que en Hechos 3:21: "hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas". Esto parece indicar que un ministerio semejante al de Juan (aunque no por Juan mismo, porque él ya vino) será el encargado de la restauración final de todas las cosas. Este ministerio recae, como todo el propósito final de Dios, sobre la iglesia, el cuerpo de Cristo, con cuya Cabeza conforma este "varón perfecto", que tiene "la medida de la estatura de la plenitud de Cristo". (Efesios 4:13).

La primera restauración fue hecha por un hombre (Juan), pero la segunda será realizada por un hombre corporativo, un remanente no muy numeroso ni con figuración pública, pero que tiene el carácter y el espíritu de Juan, que es, a su vez, el carácter y el espíritu de Elías.

De manera que nosotros vemos una semejanza y también una diferencia entre los tiempos de Juan, previos a la venida del Señor, y los tiempos actuales, previos a la segunda venida del Señor.

La semejanza es que habrá en nuestros días un proceso de restauración como la hubo en los días de Juan. Y la diferencia es que esta restauración deberá comenzar con la iglesia, para abarcar luego todas las cosas. Primero el Señor tiene que suscitarse un pueblo conforme a su corazón y luego, a través de él, restaurar todas las cosas, esto es, "reunir todas las cosas en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos." (Efesios 1:10).

Los tiempos de Juan

Cuando vino Juan el pueblo desconocía la voz de Dios. Hacía más de cuatrocientos años que había venido el último profeta: Malaquías. Los tiempos eran de sequía espiritual. Dios se había estado callado por varias generaciones, y el corazón de la gente estaba endurecido. Nadie esperaba al Mesías, o por lo menos, en la forma en que vino. La mayoría de los que le esperaban, deseaban un Mesías guerrero que les libertara del yugo romano. Pero el Señor no tenía ningún interés en una salvación política.

Sin embargo, había unos pocos que tenían el espíritu correcto.

En efecto, el Señor por el Espíritu había ido despertando el corazón de algunos que "esperaban la redención en Jerusalén" (Luc.2:38) y la "consolación de Israel" (Luc.2:25).

Cuando José y María vinieron al templo a ofrecer lo establecido por la ley para la purificación (Lev.12:1-8), el Señor convocó a Simeón y Ana, dos ancianos piadosos, quienes habían recibido la promesa de ver con sus propios ojos la salvación de Dios. Ellos vivían en la esperanza de la visitación de Dios.

Simeón era un hombre piadoso y justo que "esperaba la consolación de Israel", y el Espíritu Santo estaba sobre él. El había recibido una revelación del Espíritu, y por el mismo Espíritu había sido movido a ir al templo. Aunque seguramente ese día había allí mucha gente, sin embargo, él reconoció a ese Niño, de unos cuarenta días, que era el Ungido del Señor.

Los ojos de Simeón estaban ungidos para ver en Él más que un niño. Las palabras que salieron de su boca nunca antes habían sido dichas ante nadie sobre la tierra. "Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel." (Lucas 2:30-32). He ahí el que sería la Luz de los gentiles, la Gloria de Israel y la Salvación de unos y otros.

Los demás no lo vieron así ni le recibieron, pero Simeón, que le esperaba, pudo verle. Simeón vivía en la esperanza de verle y no fue defraudado.

También estaba Ana, profetisa, de más de cien años, que servía de noche y de día con ayunos y oraciones. Ella también le vio y dio gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención. Ella esperaba la redención y la vio.

Simeón esperaba; Ana servía. Simeón era justo y piadoso y el Espíritu Santo estaba sobre él. Ana, por su parte, no se apartaba del templo y servía de día y de noche con ayunos. Si unimos ambas descripciones, ambos caracteres, tenemos un cuadro completo de cómo son aquellos que esperan Su venida.

El carácter contemplativo de Simeón (él "esperaba"), más el carácter diligente de Ana (ella "servía") configuran, juntos, el equilibrio perfecto. Es Marta y María juntas (Lucas 10:38-42). Tales personas, que contemplan al Señor adorándole cada día, y que también le sirven, son las que aman su venida (2ª Tim.4:8). Tales viven en el espíritu del arrebatamiento y de la restauración.

PERFIL DE UN RESTAURADOR

Ya hemos visto cómo el Señor presentó a Juan el Bautista como quien restauraría todas las cosas. Además, dijo de él que era más que profeta, y el mayor de los nacidos de mujer (Mat.11:9,11). Por tanto, vale la pena mirar a Juan y aprender de él cómo es un verdadero restaurador, uno que prepara el camino para la Venida del Señor.

Crecía fuerte y apartado

En Lucas 1:80 se dice de Juan: "Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel."

De Juan el Bautista se dicen aquí, por lo menos, dos cosas: que crecía fortaleciéndose en el espíritu, y que vivía en lugares desiertos.

Lo primero significa que él se estaba preparando desde muy joven para una obra tremendamente difícil, para una lucha feroz. El venía como punta de lanza después de cuatrocientos años en que el Señor se había estado callado. El venía como aquel arado que surca una tierra endurecida por años. Los campesinos saben muy bien: cuando se pasa el arado la segunda vez y la tercera vez la tierra está molida. Pero la primera pasada es como romper una caparazón granítica. Para hacer esa obra se necesita estar fortalecido en el espíritu.

¡Cuántos corazones endurecidos por el pecado! ¡Cuántos pecados amontonados sobre las conciencias! Y ahora viene la Palabra de Dios por boca de Juan y tiene que ser blandida con poder para romper esa dureza y para abrir el surco, y para que detrás de ese surco viniera el Señor Jesús predicando el evangelio. Mirad qué honor para Juan. Por eso dice el Señor que no se había levantado un profeta más grande que Juan. A Juan le fue concedido abrir el surco para que el Señor encontrara un pueblo preparado, dispuesto. Un pueblo que ya se había bautizado en las aguas del arrepentimiento, que se había arrepentido de sus pecados y había recibido perdón.

La predicación de Juan fue dramática, extraordinariamente apelativa. El era un hombre tremendamente fuerte, y tenía que fortalecerse en el espíritu. Es la única alternativa para un restaurador.

En Romanos 8 leemos: "Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz … y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios … porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis." (6,8,13). ¿De qué nos habla esto? De que un hombre de Dios tiene que hacer morir las obras de la carne, y la única manera de lograrlo es andando en el espíritu, es ocupándose en las cosas del espíritu. ¿Cómo vamos a ser fortalecidos en el espíritu ocupándonos en las cosas de la carne?

Este es un llamado a los siervos de Dios, a los profetas, a los varones santos que hoy ministran al pueblo de Dios, un llamado a dejar de una vez por todas las cosas de la carne. Nosotros estamos tan habituados hoy en día a seguirle el juego a la carne. ¿Se imaginan ustedes al apóstol Pablo mirando en el Coliseo romano un espectáculo de gladiadores? Sin embargo, nosotros tenemos permanentemente abierta una ventana a los modernos circos romanos y nos metemos en ellos sin salir de nuestra casa. ¿Proveemos de esa manera para el espíritu? No, estamos proveyendo para la carne.

Si Pablo estuviese hoy entre nosotros rasgaría vestiduras al vernos a nosotros tan tibios y tan mezclados con el mundo, y dándole lugar a la carne en todas esas cosas. ¿Cómo seremos fortalecidos en el espíritu si nosotros no somos capaces de renunciar a lo mínimo? Proveemos para la carne y después nos lamentamos de que no tenemos poder para echar fuera demonios, para cortar ligaduras de impiedad, para dar vista a los ciegos, para poner las manos sobre los enfermos y que se sanen. Nos hemos sentido muchas veces burlados por el enemigo. Que el Señor tenga misericordia de nosotros.

Juan vivía en lugares desiertos. ¿Significa esto que nos vamos a tener que transformar en ermitaños? No, esto simplemente nos habla de una consagración, de una separación del mundo de corazón, nos habla de una íntima comunión con Dios. ¿Cómo ha de recibir sino en el yermo, en la soledad y en el silencio, el adiestramiento de un carácter hecho a la medida de Dios? Juan no estaba hecho a la medida de los hombres. No se acomodaba a la opinión de los hombres. El no se contaminaba con los pecados de los hombres. Era un nazareo, es decir, uno consagrado, apartado, cuya señal externa era que no bebía vino ni sidra, ni se cortaba el cabello. El nazareato es una señal de consagración. Nosotros también somos nazareos. Somos personas consagradas. Somos personas a las cuales Dios santificó, separó, y a las cuales Dios les encomendó una alta y delicada tarea. Nada menos que eso somos: nazareos: apartados, santificados. Estando en el desierto, Juan recibió palabra de Dios y comenzó su ministerio. (Luc. 3:2-3).

Con el espíritu y el poder de Elías

En Lucas 1:17 dice: "E irá delante de él (del Señor) con el espíritu y el poder de Elías". Elías fue el profeta de los juicios de Dios sobre los profetas de Baal. Cuatrocientos cincuenta fueron degollados por su mano, luego de hacer caer fuego sobre el sacrificio mojado. Oró para que no lloviese y no llovió, y luego oró para que lloviese y llovió. Hizo descender fuego del cielo sobre los mensajeros que mandó el rey Ocozías. Sustentó a la viuda de Sarepta multiplicándole la harina y el aceite.

El espíritu y el poder de Elías era absolutamente necesario para una labor tan ardua. Por eso era preciso que Juan fuera lleno del Espíritu aún desde el vientre de su madre (Luc. 1:41-44), y que creciera fortaleciéndose en el espíritu.

Juan tuvo que tratar con corazones endurecidos por el pecado. Su predicación fue como una clarinada que resonó en los severos desiertos de Judea y Galilea. "Y salía a él Jerusalén y toda Judea y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados."( Mateo 3:5-6). Muchos acudían a oírle. Era un gigante que, cual imán santo y vociferante, atraía a los hombres y derribaba la dureza y la altivez de los corazones: "¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento … " (Mateo 3:7-8). El pueblo acudía confesando sus pecados. Ellos sentían que su conciencia era convencida y reactivada. Ellos se sentían conmocionados ante la santidad que irradiaba el profeta y ante la justicia que proclamaban sus labios.

Era el poder de Dios que tocaba sus corazones y les conducía al arrepentimiento.

Necesitamos hoy el espíritu y el poder de Elías. Al igual que Juan, nosotros podemos colaborar con Dios. Dios también puede usarnos a nosotros, si nos ponemos en sus manos. Y hoy no estamos solos. No hay profetas solitarios hoy. Está el cuerpo con sus muchos miembros que se ayudan mutuamente. El Juan de hoy es corporativo. Y qué bueno es que sea así, porque hoy hay que restaurar más cosas que ayer. Se necesita una mayor capacidad, una mayor potencia, una mayor gloria.

Rudo y violento

En Mateo 11:7-9 y 12 dice: "Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de Juan a la gente: "¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. Pero, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta … Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan."

Lo primero que vemos aquí es que Juan no es una caña sacudida por el viento. Una caña es una paja, muy débil, que cualquier viento mueve. Juan, en cambio, era un hombre rudo, tremendamente enérgico. Tenía una gran autoridad.

En el versículo 12 se habla, como ustedes pueden ver, de violencia y no de valentía, como a veces se escucha. Era violento. Juan aquí nos enseña la manera cómo se conquista el reino de los cielos. La salvación se recibe por gracia; y la posición que mejor ilustra esto es la de estar sentados. En esa posición se recibe, sin esfuerzo por nuestra parte, "la abundancia de la gracia y el don de la justicia" (Rom.5:17). Sentados en lugares celestiales hemos recibido todas estas cosas (Efesios 1:3; 2:6). Pero aquí tenemos que el reino de los cielos se conquista en posición firme (Efesios 6:10-13), y aun en forma violenta.

Juan era violento. Lo era primeramente con sí mismo, en la abstinencia y en la negación de los apetitos de su alma. Luego lo era en su predicación. El denunciaba el pecado de fariseos, saduceos, publicanos y soldados, sin temor. Su recibimiento era: "Generación de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera?" (Lucas 3:7-14). Denunciaba con temeridad los pecados de Herodes, el rey, a quien decía: "No te es lícito tener la mujer de tu hermano." ¿No era acaso Herodes quien detentaba el poder? ¿No temía Juan las represalias del rey? Y Herodes, "oyéndole se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana" (Marcos 6:20). Había en Herodes una mezcla de temor, de perplejidad y de admiración hacia Juan. Porque Juan estaba del lado del Espíritu Santo y donde está el Espíritu allí hay poder.

¡Cómo necesitamos hombres hoy profetas que denuncien el pecado, que no contemporicen con la liviandad imperante en la cristiandad! Tal camino no es popular, no arrastrará multitudes, no llenará las arcas de nadie; es, al contrario, un camino de soledad, de incomprensión. Pero es el camino de la vida, el camino angosto que pocos hallan.

¡Tenemos que llenarnos de este poder y predicar la Palabra como una trompeta clara que anuncie a todo el mundo que nos rodea, a todo este país, esta es la verdad de Dios, estos son los pecados que hoy se cometen, esta es la hipocresía que nosotros condenamos, esta es la tibieza, esta es la ambigüedad que desagrada a Dios. Este es el contubernio con el pecado que nosotros no podemos admitir.

No podemos, sin embargo, ser rudos y violentos en la carne, y ponernos a vociferar palabras iracundas, sin sentido. El Señor nos libre de eso. Si vamos a estar llenos del Espíritu, como esperamos estarlo cada vez más, el Espíritu va a ser nuestro freno. Será a la vez nuestra fuerza y nuestro freno. Qué bueno que así es el Espíritu.

Austero

Los escribas y fariseos preguntaron al Señor: "¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben?" (Lucas 5:33). El Señor mismo dijo de Juan que él ni comía pan ni bebía vino. Si los discípulos de Juan ayunaban, obviamente él también lo hacía. ¿Qué pasa con el ayuno?

El ayuno es una herramienta poderosa. Con el ayuno se debilita el cuerpo, pero se fortalece el espíritu. El Señor dijo en cierta oportunidad, refiriéndose a ciertos demonios: "Pero este género no sale sino con oración y ayuno"( Mateo 17:21). El ayuno es un ejercicio piadoso que va acompañado de un quebrantamiento interior, producto del dolor por la ruina de la cristiandad, por la ruina del testimonio de Dios. Porque la mentira corre y juguetea por las plazas y la verdad está escondida. Eso tiene que producirnos dolor, al extremo que a veces no tengamos deseos de comer, para fortalecernos en el espíritu y romper las ligaduras de impiedad.

En Isaías 58 se habla del ayuno y su relación con los restauradores. En los versículos 6 y 7 tenemos los dos aspectos que conlleva el ayuno que es agradable delante del Señor. En el versículo 6 dice: "¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?". Esto tiene una aplicación preferentemente espiritual. Pero en el versículo 7 se refiere a algo material: "¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?" Estas son cosas prácticas, relacionadas con la misericordia. Ambos aspectos deben ir juntos.

Muchos han predicado contra el ayuno usando estos versículos. Han dicho que el verdadero ayuno es hacer misericordia. No, hermanos, la verdad de Dios siempre tiene un equilibrio. Se tocan estos dos aspectos aquí. Si nosotros ayunamos y somos impíos, inmisericordes, nuestro ayuno no tendrá ningún valor. Pero tampoco podemos pensar que sólo con hacer obras de misericordia ya no necesitamos ayunar. Tienen que ir las dos cosas para que sea un ayuno agradable delante de Dios.

Si hace así, el siervo del Señor recibirá las bendiciones que están prometidas: "Entonces nacerá tu luz como el alba … e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia …Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan. Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar." (58:8, 11-12). Vemos, pues, que el ayuno está estrechamente relacionado con el carácter y la obra de los restauradores, la cual consiste en edificar ruinas antiguas, levantar cimientos de generaciones pasadas, reparar portillos y restaurar calzadas para habitar.

Ante la pregunta de los escribas y fariseos sobre por qué sus discípulos no ayunaban, el Señor contestó: "Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos? Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado; entonces, en aquellos días ayunarán." (Luc.5:34-35). Y en Mateo 6, el Señor da instrucciones sobre cómo se debe ayunar. Por tanto, se da por sentado que el pueblo de Dios es un pueblo que ayuna. Hay muchas cargas nuestras que serían liberadas si nosotros ayunáramos. Y muchos males entre nosotros serían corregidos, muchos yugos del diablo serían quebrantados si nosotros nos ejercitáramos en esto.

Pero, al igual que todas las cosas, tiene que ser hecho con prudencia, y en el espíritu.

Una antorcha que ardía y alumbraba

Esta es una característica de Juan que a nosotros nos habla mucho. "El era antorcha que ardía y alumbraba" (Juan 5:35). No dice solamente que alumbraba, sino que ardía y alumbraba. Y esto tiene una significación. Cuando algo arde, se consume por dentro; está toda la cosa involucrada en el acto de arder. Ninguna antorcha puede arder y escapar sana y salva. El hombre de Dios ha de estar totalmente involucrado desde adentro, desde el corazón. El arder es un asunto interior y que tiene que ver con el fuego. El alumbrar, en cambio, es un asunto exterior, y está relacionado con la luz.

Decir que Juan ardía y alumbraba es decir que su brillo no era un asunto exterior. No era una justicia externa. No era una piedad para la exportación. Si es que daba Juan algún brillo –y de hecho lo dio– era porque ardía. Tenía un fuego por dentro que lo quemaba. En Juan había absoluta concordancia entre lo interior y lo exterior.

Muchos hay que desean alumbrar, esto es, tener un brillo exterior que les granjee el reconocimiento y el aplauso de los hombres, pero que no están dispuestos a arder. Dar brillo sin arder es una hipocresía.

Juan nos habla de fuego y nos habla de luz. Las dos cosas tienen que ir juntas. "Aviva el fuego del don de Dios que está en ti", le dice Pablo a Timoteo. El Señor le dice a Laodicea que no sea tibia. Juan dijo del Señor: "El os bautizará en Espíritu Santo y fuego". Bendito fuego es el Espíritu Santo que reposa en nuestro corazón. Está allí, hermanos. A veces está medio escondido, oprimido, entristecido, resistido, pero está. En la medida en que nosotros le demos libertad y salida; en la medida en que nosotros se lo permitamos, entonces tendrá expresión y podrá actuar.

Algunos de nosotros hemos descuidado la obra del Espíritu Santo. Hemos pensado que la gente se va a salvar solamente confesando el nombre del Señor, aún cuando lo hagan en frío, sin que no haya ninguna operación de vida en su interior. Sin un quebrantamiento ni un arrepentimiento de sus pecados. El Señor es poderoso para salvar, y El solo sabe quienes lo dicen de corazón y quiénes no; quienes confiesan de verdad al Señor y quiénes lo hacen sólo como una mera fórmula. Lo claro es que si el Espíritu Santo no obra en el corazón del hombre no hay regeneración, no hay nuevo nacimiento y, por tanto, no hay creación nueva, y tampoco entrada al reino de los cielos. Podrá haber convencimiento, adoctrinamiento, cualquier cosa, pero menos algo realmente espiritual y verdadero.

El que arde se quema y desaparece. Juan ardió y "por un tiempo quisisteis regocijaros en su luz", dijo el Señor. (en griego dice literalmente: "por una hora"). Por una hora ardió, alumbró, se extinguió y desapareció. Ese es el proceso de un siervo. Nosotros no queremos que nuestro nombre se perpetúe. Cuando hayamos hecho nuestra parte en este servicio, desaparezcamos. Cuando hayamos hecho las obras que él preparó de antemano para nosotros, desaparezcamos.

"David sirvió a su generación y murió." Apenas Cristo aparece es bueno que nosotros desaparezcamos.

Que Él crezca pero que yo mengüe

Estas palabras de Juan nos producen una profunda conmoción. Son unas palabras tan preciosas en un siervo: "Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos" (Juan 3: 27-31).

Juan se hace a un lado y levanta al Señor. ¡Qué bendito! Ese es el espíritu de Juan. Juan es sólo el amigo del esposo. Su alegría no otra que el esposo esté contento. El no se alegra en la esposa, sino en el gozo del esposo con la esposa. Se gozó grandemente de la voz del esposo. Su gozo estaba cumplido, porque había acabado su misión. El amigo del esposo había ayudado al esposo a conseguir la esposa que deseaba. Ahora se retira satisfecho.

"Y muchos venían a Él (a Jesús) y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad. Y muchos creyeron en él allí." (Juan 10:41-42). Muchos creyeron en el Señor Jesús por el testimonio de Juan. Lo que quedó en la mente y el corazón de ellos fue, no sus señales, porque no las hizo, sino "todo lo que Juan dijo de éste". Si Juan hubiese hecho señales habría atraído sobre sí la atención, pero él no quería eso. El buscaba dar un testimonio verdadero acerca de Jesús, para que ellos le conocieran y creyeran en Él. Juan "vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por Él" (Juan 1:7).

Y cuando le preguntaron quién era, Juan dijo: "Yo soy la voz de uno que clama en el desierto". (Juan 1:23). No era más que la voz, porque su misión era dar testimonio. Lo demás no interesaba, debía ir a la muerte. Lo que el Señor necesitaba de él era su voz y su testimonio, y lo que el Señor necesitó de él lo tuvo. ¡Oh, qué gloria para un siervo ser ocupado por su Señor! ¡Oh, si tan sólo viéramos para qué nos quiere, y luego ofrecerle en servicio lo necesario, silenciando lo demás! Menguar en todo lo que no le es útil, para que sólo Él crezca.

La culminación de su ministerio fue el día en que Juan dijo: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" y le bautizó. Esa sola frase bien valió todas las penas que Juan tuvo que pasar. Todos los largos años en el desierto, creciendo en lugares apartados y fortaleciéndose en el espíritu. Valió la cárcel y su muerte terrible. Bien valieron todos sus desvelos. Sus treinta y poco más años apenas vividos. Todo eso tuvo sentido ese día cuando él dijo esas palabras.

Qué privilegio fue decir: "¡Les presento al Mesías! De Él hablaron todos los profetas desde Moisés. Moisés queda pequeño, como un siervo, ante Él. Aún Abraham queda muy pequeño, porque antes que Abraham naciera Él ya era. Este es verdaderamente grande. Ustedes lo ven joven, pero Él es el Verbo encarnado, que existía en el principio. Este es el Mesías. Y yo ni siquiera soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. ¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!".

¡Qué diferente fue la actitud de los sacerdotes, celosos de la popularidad del Señor, que buscaban ocasión para matarle! (Juan 11:47-48; 12:9-11; 17-19). Ellos veían en la predicación del Señor sólo pérdida para sus intereses personales, tal como el platero Demetrio ante la predicación de Pablo. (Hechos 19:23-41).

Un verdadero siervo de Dios no busca crecer por encima del Señor, ni que su nombre repiquetee en la memoria de los hombres. Un siervo no acapara para sí la gente que ha recibido su palabra o que se ha convertido por su ministerio. Su única y verdadera misión es que su Señor sea "predicado a los gentiles, y creído en el mundo", que es la esfera de su competencia aquí abajo. Es preciso que el siervo del Señor sepa menguar todas las veces que sea necesario, para que el Señor y sólo Él sea exaltado.

Muy luego el ministerio de Juan declina. Es encarcelado y muere degollado. Muere en forma terrible e impía, por el capricho de una mujer que quería ver su cabeza cortada.

En Juan 1:35-37 dice: "El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús." El ya no tenía ascendiente sobre sus propios discípulos ni sobre la gente que se iba tras el Señor Jesús (Juan 3:26). "¿Ustedes están conmigo? Pueden irse, yo ya no tengo ninguna razón de ser ahora. Síganlo a El". Y Juan se fue quedando solo. Le preguntaban ¿qué pasa?, y él decía: "Él es el que había de venir; por Él vine yo. Síganlo a Él".

Un vaso de barro

En cierta ocasión Juan envió a decir al Señor: "¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?". Juan estaba en la cárcel. Tal vez pensaba que se había equivocado con respecto al Señor. En su debilidad, en su aflicción, en sus privaciones en la cárcel, hace esa pregunta que a nosotros nos sorprende. Entonces el Señor le manda a decir: "Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio." (Mateo 11:2-5).

En seguida, el Señor se puso a hablar de Juan. ¿Le reconvino por sus dudas? No. Lo elogia. "¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?" No, este es el mayor profeta que ha nacido de mujer". Y es que, aun en medio de nuestra debilidad, y pese a nuestras preguntas incrédulas, la gracia del Señor cubre nuestra vergüenza. La gracia del Señor nos sobrelleva. El es fiel, es paciente. "En aquel día" va a hablar bien de nosotros. Por su misericordia, por su gracia.

Esta es la debilidad de Juan. Tal como Elías en el monte Horeb. Una debilidad inesperada, pero que nos alienta a nosotros, porque nos damos cuenta de que los profetas de antaño eran hombres como nosotros, sujetos a pasiones igual que nosotros, débiles igual que nosotros (Stgo.5:17-18). Por lo tanto, nosotros cobramos aliento.

Pensar que en este tiempo tan difícil, tan peligroso como el que estamos viviendo, el Señor puede hacer algo con nosotros, Él puede obtener alguna ganancia con nosotros. Oh, que así sea. Porque Él es el fuerte, el poderoso; Él es el Fiel y Verdadero.

LA OBRA DE UN RESTAURADOR

"Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lucas 1:16-17).

De estos dos versículos podemos desglosar cuatro frentes de acción en la obra de un restaurador (1) Hará que muchos se conviertan al Señor (2) Hará volver los corazones de los padres a los hijos (3) Hará volver los corazones de los rebeldes a la prudencia de los justos (4) Preparará al Señor un pueblo bien dispuesto Y de otro lugar (Lucas 1:77), extraemos un quinto frente de acción que es: (5) Dará conocimiento de salvación a su pueblo.

Hará que muchos se conviertan al Señor

A Juan, en sus días, le cupo el privilegio de que por su predicación muchos se convirtieran al Señor. Nosotros encontramos, por ejemplo, en Hechos 18 que Apolos, ese varón elocuente que predicaba la gracia de Dios, se habían convertido por los efectos de la predicación de Juan y se había bautizado en el bautismo de Juan. Y nótese que él era de Alejandría, un lugar lejano (norte de Africa). No sabemos si llegó a creer por la predicación de Juan mismo o por la de alguno de sus discípulos.

Pablo, predicando en Antioquía de Pisidia, dice: "Antes de su venida (de Cristo), predicó Juan el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel. Mas cuando Juan terminaba su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies" (Hechos 13: 24-25). En Efeso, dijo algo similar: "Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo"(Hechos 19:4). Esto demuestra que la obra de Juan era vastamente conocida en sus días, y mucho más allá de los límites de Israel. Tanto es así que muchos de los convertidos de Juan llegaron después a conocer al Señor Jesucristo.

Esta fue la obra de Juan y esta es también nuestra obra, esto es, hacer que muchos se conviertan al Señor. No es un mero adoctrinamiento. No es una mera persuasión en la mente, sino que es una conversión del corazón producto de la acción del Espíritu Santo. De nada sirve un barniz exterior si por dentro queda el hombre viejo con sus pecados y su corazón indiferente a Dios.

Hará volver el corazón de los padres a los hijos

Aquí tenemos una enseñanza muy importante relacionada con la familia.. La profecía de Malaquías decía: "Hará volver el corazón de los padres a los hijos, y de los hijos a los padres" (4:6). Sin embargo, acá cuando el ángel Gabriel cita a Malaquías, lo hace solo en su primera parte, y no en la segunda. ¿Por qué? La razón es simple. Cuando el corazón de los padres se vuelve de veras a los hijos, entonces necesariamente ocurrirá que el corazón de los hijos se volverá a los padres.

El Señor le exige primeramente a los padres que se vuelvan a los hijos, porque la mayor responsabilidad es de ellos. La primera generación determina la reacción de la segunda. La más grande pérdida en los hijos se ocasiona cuando los padres no saben sembrar en ellos la semilla de la verdad. Durante al menos quince años los hijos han estado a entera disposición de sus padres, con una mente dócil, receptiva, con un corazón sensible, y los padres han podido sembrar en ellos todo lo que hubiesen querido, sea amor u odio.

Tenemos que ver que de verdad los padres pueden sembrar todo lo que quieran en el corazón de sus hijos. Ahora bien, ¿qué hicimos nosotros, como padres, en esos quince años? Este es el punto. Por eso somos directamente responsables. Ellos fueron una "tabula rasa", recibieron todas las influencias nuestras, sin restricciones. Si no supimos sembrar en ellos la buena semilla, debemos arrepentirnos y dar el primer paso. Al fracasar los padres en esta labor, y al comenzar a cosechar el fruto amargo de la apostasía y la rebeldía de sus hijos, ellos deben ser los primeros en comenzar a recuperar las cosas.

Alguien podrá tal vez decir: "Yo me he vuelto a mi hijo, pero mi hijo no se vuelve a mí". Es que la semilla que se sembró por largos años tiene que dar fruto todavía. "El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción" (Gál.6:8). Usted tiene que segar todavía todo lo que sembró, mientras espera en la misericordia del Señor. Sólo le cabe inclinar la cabeza delante de El y pedir que el plazo de concluir esta mala cosecha llegue luego. Pero, sin duda, va a venir el día en que usted ganará el corazón de su hijo. Los padres deben arrepentirse ante Dios de sus malas obras, y luego hacer lo mismo ante sus hijos. Ellos tienen que buscar delante de Dios la forma cómo recuperar el lugar que ellos abandonaron de su corazón, para luego sembrar, dentro de lo posible –y si ello es aún posible– la semilla de la verdad.

En los tiempos de Juan el corazón de los padres estaba distanciado de los hijos, y la primera cosa que se debía hacer era producir un vuelco a favor de ellos.

Tal panorama no difiere un ápice de la situación actual. La indiferencia y rebeldía de los hijos, hoy, es simplemente la consecuencia de un desinterés y de una displicencia de los padres hacia los hijos. Su "no estoy ni ahí" de ahora, fue precedido de un "no estoy ni ahí" de ayer por parte de sus padres en cuanto a obedecer al Señor en lo tocante a su responsabilidad con sus hijos.

En Proverbios hay, al menos, quince lugares en que se dan instrucciones para los padres en cuanto a la crianza de sus hijos. ¿Qué de estos pasajes? ¿los conocen los padres creyentes? (10:5; 13:24; 15:20; 17:2; 17:25; 19:18; 19:26-27; 20:7; 20:11; 22:6; 22:15; 23:13-14; 23:26; 28:24; 29:15,17) ¿Y Efesios 6:4; y Colosenses 3:21?

Hay dos ejemplos del Antiguo Testamento, que son polos opuestos en este asunto de la responsabilidad de los padres frente a los hijos. Uno es Abraham, el otro es Elí. Veamos qué enseñanza nos dan uno y otro.

"Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra? Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él. (Gén.18:17-19)

El Señor razona consigo mismo acerca de si encubrir o no a Abraham lo tocante a Sodoma y Gomorra, sabiendo de antemano que él va mandar a sus hijos correctamente. ¡Es por causa de la fidelidad de Abraham como padre, en cuanto a la enseñanza de sus hijos, que Dios le confía un secreto importante!. Abraham había de mandar (esto es una orden) que guarden el camino del Señor. Era enérgico en esto. ¿Qué vemos luego en Isaac su hijo? El carácter de Isaac como hijo es uno de los más preciosos de toda la Biblia. Era un hombre manso, que esperó pacientemente los tiempos para su vida. Era pacífico en grado sumo, y muy sumiso. Abraham nos muestra un positivo ejemplo de cómo se enseña a los hijos.

Veamos ahora el ejemplo de Elí. El Señor le habla a Elí de esta manera;: "¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas, que yo mandé ofrecer en el tabernáculo; y has honrado a tus hijos más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel?" (1 Sam.2:29). Una de las causas de la caída de Elí, ya no como padre, sino como sumo sacerdote, fue que había honrado a sus hijos más que al Señor. ¡Qué terrible cosa! Aquí los hijos son un problema que impide que un hombre de Dios pueda desarrollar su ministerio.

En 1 Samuel 3:13 el Señor agrega: "Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios y él no los ha estorbado." Aquí hay un secreto que el Señor no quiere revelar ("la iniquidad que él sabe"), y que ha provocado la molestia del Señor. Los hijos de Elí han blasfemado a Dios y él no los ha estorbado. ¿Qué significa que un padre estorbe a un hijo? S