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JUAN EL BAUTISTA
PERFIL Y OBRA DE UN RESTAURADOR
ELISEO APABLAZA F.
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Juan el Bautista vino para preparar el camino del Señor, antes de
su primera venida. Asimismo, antes de que el Señor venga otra vez,
el ministerio de Juan estará presente también. Esta vez no será
realizado por un hombre particular, sino por un hombre corporativo,
la iglesia, más específicamente, por los vencedores dentro de la
iglesia.
¿Cuál es el perfil de los restauradores? ¿Cuál es su obra? Un
mirada a la figura de Juan nos permitirá obtener importantes
enseñanzas, a la que vez que nos instruirá acerca de los pasos que
hemos de seguir en la obra de Dios.
***
Dos condiciones para el retorno
De acuerdo a la Palabra de Dios, deben cumplirse dos condiciones
para el retorno del Señor Jesucristo a la tierra:
La predicación del evangelio a todo el mundo: "Y será predicado
este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas
las naciones; y entonces vendrá el fin". (Mateo 24:14)
La restauración de todas las cosas: "A quien (al Señor Jesús) es
necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración
de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos
profetas que han sido desde tiempo antiguo". (Hechos 3:21)
Estas son, a la vez, los dos requisitos que han de cumplirse para
la venida del Señor y también las dos grandes áreas de trabajo
para los hijos de Dios en este tiempo: la predicación del
evangelio, y la obra de la restauración de la iglesia.
Nosotros no podemos descuidar ni una ni otra. Hay muchos hoy que
solamente están preocupados de predicar el evangelio, y para ello
utilizan todos los recursos a su alcance; eso está bien. Pero, de
alguna manera, nosotros podemos percibir, por lo que el Señor ha
hecho en nosotros en estas últimas dos décadas, que la encomienda
más importante que se nos ha dado es contribuir a la restauración
de la iglesia, porque a través de ella será posible la
restauración de las demás cosas.
Así que, sin descuidar la predicación del evangelio, nos
preocuparemos también de la obra de la restauración, que es el
segundo requisito que tiene que cumplirse para la Venida del Señor.
La restauración de todas las cosas
Es de notar que en el Nuevo Testamento (versión griega) aparece
una sola vez la palabra "restauración", y es esta de Hechos 3:21.
En Romanos 11:12 de algunas versiones españolas se usa también la
palabra "restauración", pero no así en el original griego, donde
se usa el término correspondiente a "plenitud". Así que, podemos
afirmar que una sola vez aparece la palabra "restauración" en el
Nuevo Testamento. ¿Por qué no más? Porque los días del Nuevo
Testamento no son días de restauración, sino fundamentalmente de
instauración, de establecer cosas. Son tiempos de establecer la
iglesia y cada uno de sus ministerios. Que es lo que el Señor hoy
quiere restaurar.
Por lo tanto, la restauración de que se habla en el Nuevo
testamento se refiere a una época futura con respecto a aquellos
tiempos, y que es el presente para nosotros.
He aquí una cosa interesante: hay un solo personaje en el Nuevo
Testamento del cual se habla que hará una obra de restauración, y
ese es Juan el Bautista. Así que vamos a relacionar Hechos 3:21
con Juan el Bautista, y sacaremos ejemplo para ver cómo tiene que
ser la restauración final de todas las cosas.
Porque antes de la Primera Venida del Hijo de Dios debía ocurrir
una restauración, y ella debía ocurrir por el ministerio de Juan
el Bautista. Esa obra está desglosada por el ángel Gabriel en
Lucas 1:16-17, y por el Espíritu Santo a través de Zacarías, padre
de Juan, en Lucas 1:76-79.
Asimismo, al final de los tiempos, que son los nuestros, debe
haber una nueva obra de restauración.
La restauración primera
El Señor afirmó de Juan: "Él es aquel Elías que había de venir"
(Mat.11:14) con lo cual hace referencia a la profecía de Malaquías
4:5-6 que dice: "He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que
venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el
corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos
hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con
maldición."
Si nosotros examinamos el cumplimiento de esta profecía, a la luz
de Mateo 17:11-12 y Lucas 1:17, nos daremos cuenta de que la
profecía de Malaquías se cumplió sólo parcialmente en Juan el
Bautista.
En efecto, Mateo 17:11-12 dice: "A la verdad, Elías viene primero,
y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no
le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron." Y
Lucas 1:17 dice: "E irá delante de él con el espíritu y el poder
de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los
hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para
preparar al Señor un pueblo bien dispuesto". La profecía de
Malaquías anuncia el ministerio de Elías para el tiempo previo al
"día de Jehová, grande y terrible", el cual no era el día del
Señor Jesús. El día del Señor Jesús no fue un día "grande y
terrible" porque el Señor no vino a traer juicio, sino salvación.
La profecía de Malaquías advierte, además, que las relaciones
familiares deben ser restauradas "no sea que yo venga y hiera la
tierra con maldición", lo cual tampoco ocurrió a la venida del
Señor Jesús, porque el Señor no hirió la tierra con maldición, al
contrario, Él trajo bendición. Esto nos sugiere que esta profecía
de Malaquías todavía no tiene pleno cumplimiento.
El cumplimiento parcial de una profecía en una época y su
completación en otra, no es algo extraño para quienes conocen las
Escrituras. Algo similar ocurre con la profecía de Isaías 61:1-2
respecto al Señor Jesús. Cuando el Señor estuvo en Nazaret y se le
dio el libro del profeta Isaías, leyó el pasaje de 61:1-2, pero no
completo, porque no todo tenía cumplimiento ese día. Veamos Lucas
4:17-21: "Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo
abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu
del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas
nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de
corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos;
a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable
del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro y se sentó; y
los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a
decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros."
El pasaje de Isaías, luego de anunciar el año agradable del Señor
("el año de la buena voluntad de Jehová") seguía así: "y el día de
venganza del Dios nuestro", pero el Señor no leyó esto último. ¿Por
qué? Porque esa parte del pasaje no se estaba cumpliendo en ese
momento. Se trataba del anuncio de un juicio que el Señor no traía
todavía a este mundo.
De modo que, tanto la profecía de Malaquías referente a Juan, como
la de Isaías referente al Señor Jesús, no se han cumplido
cabalmente aún. Sin embargo, falta muy poco para que se cumpla del
todo. El ministerio restaurador de este día, y la Segunda Venida
del Señor, a las puertas, cumplirán ambas profecías en plenitud.
La restauración segunda
De manera que así como hay dos venidas del Señor, hay también dos
restauraciones. Así como fue necesario realizar una obra
restauradora previa a la Primera Venida del Señor, también será
necesario que ocurra así antes de su Segunda Venida. La obra
restauradora de Juan preparó el camino para la salvación de Dios,
manifestada en el Señor Jesucristo; la segunda obra restauradora
preparará el camino para la segunda venida del Señor, que es para
juicio. El Señor vino la primera vez para salvación; y vendrá por
segunda vez para juicio.
El pasaje de Mateo 17:11-12 tiene dos tiempos verbales: (a) pasado:
"Elías ya vino y no le conocieron" y (b) futuro: "Elías viene
primero y restaurará todas las cosas".
Este pasaje anuncia una restauración definitiva (de "todas las
cosas"), ya que la restauración de Juan no tuvo pleno cumplimiento.
("hicieron con él todo lo que quisieron"). Juan restauró algunas
cosas, pero la restauración futura será de "todas las cosas".
Es interesante notar que en Mateo 17:11 se dice que "Elías
restaurará todas las cosas", lo mismo que en Hechos 3:21: "hasta
los tiempos de la restauración de todas las cosas". Esto parece
indicar que un ministerio semejante al de Juan (aunque no por Juan
mismo, porque él ya vino) será el encargado de la restauración
final de todas las cosas. Este ministerio recae, como todo el
propósito final de Dios, sobre la iglesia, el cuerpo de Cristo,
con cuya Cabeza conforma este "varón perfecto", que tiene "la
medida de la estatura de la plenitud de Cristo". (Efesios 4:13).
La primera restauración fue hecha por un hombre (Juan), pero la
segunda será realizada por un hombre corporativo, un remanente no
muy numeroso ni con figuración pública, pero que tiene el carácter
y el espíritu de Juan, que es, a su vez, el carácter y el espíritu
de Elías.
De manera que nosotros vemos una semejanza y también una
diferencia entre los tiempos de Juan, previos a la venida del
Señor, y los tiempos actuales, previos a la segunda venida del
Señor.
La semejanza es que habrá en nuestros días un proceso de
restauración como la hubo en los días de Juan. Y la diferencia es
que esta restauración deberá comenzar con la iglesia, para abarcar
luego todas las cosas. Primero el Señor tiene que suscitarse un
pueblo conforme a su corazón y luego, a través de él, restaurar
todas las cosas, esto es, "reunir todas las cosas en Cristo en la
dispensación del cumplimiento de los tiempos." (Efesios 1:10).
Los tiempos de Juan
Cuando vino Juan el pueblo desconocía la voz de Dios. Hacía más de
cuatrocientos años que había venido el último profeta: Malaquías.
Los tiempos eran de sequía espiritual. Dios se había estado
callado por varias generaciones, y el corazón de la gente estaba
endurecido. Nadie esperaba al Mesías, o por lo menos, en la forma
en que vino. La mayoría de los que le esperaban, deseaban un
Mesías guerrero que les libertara del yugo romano. Pero el Señor
no tenía ningún interés en una salvación política.
Sin embargo, había unos pocos que tenían el espíritu correcto.
En efecto, el Señor por el Espíritu había ido despertando el
corazón de algunos que "esperaban la redención en Jerusalén"
(Luc.2:38) y la "consolación de Israel" (Luc.2:25).
Cuando José y María vinieron al templo a ofrecer lo establecido
por la ley para la purificación (Lev.12:1-8), el Señor convocó a
Simeón y Ana, dos ancianos piadosos, quienes habían recibido la
promesa de ver con sus propios ojos la salvación de Dios. Ellos
vivían en la esperanza de la visitación de Dios.
Simeón era un hombre piadoso y justo que "esperaba la consolación
de Israel", y el Espíritu Santo estaba sobre él. El había recibido
una revelación del Espíritu, y por el mismo Espíritu había sido
movido a ir al templo. Aunque seguramente ese día había allí mucha
gente, sin embargo, él reconoció a ese Niño, de unos cuarenta días,
que era el Ungido del Señor.
Los ojos de Simeón estaban ungidos para ver en Él más que un niño.
Las palabras que salieron de su boca nunca antes habían sido
dichas ante nadie sobre la tierra. "Porque han visto mis ojos tu
salvación, la cual has preparado en presencia de todos los
pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo
Israel." (Lucas 2:30-32). He ahí el que sería la Luz de los
gentiles, la Gloria de Israel y la Salvación de unos y otros.
Los demás no lo vieron así ni le recibieron, pero Simeón, que le
esperaba, pudo verle. Simeón vivía en la esperanza de verle y no
fue defraudado.
También estaba Ana, profetisa, de más de cien años, que servía de
noche y de día con ayunos y oraciones. Ella también le vio y dio
gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la
redención. Ella esperaba la redención y la vio.
Simeón esperaba; Ana servía. Simeón era justo y piadoso y el
Espíritu Santo estaba sobre él. Ana, por su parte, no se apartaba
del templo y servía de día y de noche con ayunos. Si unimos ambas
descripciones, ambos caracteres, tenemos un cuadro completo de
cómo son aquellos que esperan Su venida.
El carácter contemplativo de Simeón (él "esperaba"), más el
carácter diligente de Ana (ella "servía") configuran, juntos, el
equilibrio perfecto. Es Marta y María juntas (Lucas 10:38-42).
Tales personas, que contemplan al Señor adorándole cada día, y que
también le sirven, son las que aman su venida (2ª Tim.4:8). Tales
viven en el espíritu del arrebatamiento y de la restauración.
PERFIL DE UN RESTAURADOR
Ya hemos visto cómo el Señor presentó a Juan el Bautista como
quien restauraría todas las cosas. Además, dijo de él que era más
que profeta, y el mayor de los nacidos de mujer (Mat.11:9,11). Por
tanto, vale la pena mirar a Juan y aprender de él cómo es un
verdadero restaurador, uno que prepara el camino para la Venida
del Señor.
Crecía fuerte y apartado
En Lucas 1:80 se dice de Juan: "Y el niño crecía, y se fortalecía
en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su
manifestación a Israel."
De Juan el Bautista se dicen aquí, por lo menos, dos cosas: que
crecía fortaleciéndose en el espíritu, y que vivía en lugares
desiertos.
Lo primero significa que él se estaba preparando desde muy joven
para una obra tremendamente difícil, para una lucha feroz. El
venía como punta de lanza después de cuatrocientos años en que el
Señor se había estado callado. El venía como aquel arado que surca
una tierra endurecida por años. Los campesinos saben muy bien:
cuando se pasa el arado la segunda vez y la tercera vez la tierra
está molida. Pero la primera pasada es como romper una caparazón
granítica. Para hacer esa obra se necesita estar fortalecido en el
espíritu.
¡Cuántos corazones endurecidos por el pecado! ¡Cuántos pecados
amontonados sobre las conciencias! Y ahora viene la Palabra de
Dios por boca de Juan y tiene que ser blandida con poder para
romper esa dureza y para abrir el surco, y para que detrás de ese
surco viniera el Señor Jesús predicando el evangelio. Mirad qué
honor para Juan. Por eso dice el Señor que no se había levantado
un profeta más grande que Juan. A Juan le fue concedido abrir el
surco para que el Señor encontrara un pueblo preparado, dispuesto.
Un pueblo que ya se había bautizado en las aguas del
arrepentimiento, que se había arrepentido de sus pecados y había
recibido perdón.
La predicación de Juan fue dramática, extraordinariamente
apelativa. El era un hombre tremendamente fuerte, y tenía que
fortalecerse en el espíritu. Es la única alternativa para un
restaurador.
En Romanos 8 leemos: "Porque el ocuparse de la carne es muerte,
pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz … y los que viven
según la carne no pueden agradar a Dios … porque si vivís conforme
a la carne, moriréis; mas si por el espíritu hacéis morir las
obras de la carne, viviréis." (6,8,13). ¿De qué nos habla esto? De
que un hombre de Dios tiene que hacer morir las obras de la carne,
y la única manera de lograrlo es andando en el espíritu, es
ocupándose en las cosas del espíritu. ¿Cómo vamos a ser
fortalecidos en el espíritu ocupándonos en las cosas de la carne?
Este es un llamado a los siervos de Dios, a los profetas, a los
varones santos que hoy ministran al pueblo de Dios, un llamado a
dejar de una vez por todas las cosas de la carne. Nosotros estamos
tan habituados hoy en día a seguirle el juego a la carne. ¿Se
imaginan ustedes al apóstol Pablo mirando en el Coliseo romano un
espectáculo de gladiadores? Sin embargo, nosotros tenemos
permanentemente abierta una ventana a los modernos circos romanos
y nos metemos en ellos sin salir de nuestra casa. ¿Proveemos de
esa manera para el espíritu? No, estamos proveyendo para la carne.
Si Pablo estuviese hoy entre nosotros rasgaría vestiduras al
vernos a nosotros tan tibios y tan mezclados con el mundo, y
dándole lugar a la carne en todas esas cosas. ¿Cómo seremos
fortalecidos en el espíritu si nosotros no somos capaces de
renunciar a lo mínimo? Proveemos para la carne y después nos
lamentamos de que no tenemos poder para echar fuera demonios, para
cortar ligaduras de impiedad, para dar vista a los ciegos, para
poner las manos sobre los enfermos y que se sanen. Nos hemos
sentido muchas veces burlados por el enemigo. Que el Señor tenga
misericordia de nosotros.
Juan vivía en lugares desiertos. ¿Significa esto que nos vamos a
tener que transformar en ermitaños? No, esto simplemente nos habla
de una consagración, de una separación del mundo de corazón, nos
habla de una íntima comunión con Dios. ¿Cómo ha de recibir sino en
el yermo, en la soledad y en el silencio, el adiestramiento de un
carácter hecho a la medida de Dios? Juan no estaba hecho a la
medida de los hombres. No se acomodaba a la opinión de los
hombres. El no se contaminaba con los pecados de los hombres. Era
un nazareo, es decir, uno consagrado, apartado, cuya señal externa
era que no bebía vino ni sidra, ni se cortaba el cabello. El
nazareato es una señal de consagración. Nosotros también somos
nazareos. Somos personas consagradas. Somos personas a las cuales
Dios santificó, separó, y a las cuales Dios les encomendó una alta
y delicada tarea. Nada menos que eso somos: nazareos: apartados,
santificados. Estando en el desierto, Juan recibió palabra de Dios
y comenzó su ministerio. (Luc. 3:2-3).
Con el espíritu y el poder de Elías
En Lucas 1:17 dice: "E irá delante de él (del Señor) con el
espíritu y el poder de Elías". Elías fue el profeta de los juicios
de Dios sobre los profetas de Baal. Cuatrocientos cincuenta fueron
degollados por su mano, luego de hacer caer fuego sobre el
sacrificio mojado. Oró para que no lloviese y no llovió, y luego
oró para que lloviese y llovió. Hizo descender fuego del cielo
sobre los mensajeros que mandó el rey Ocozías. Sustentó a la viuda
de Sarepta multiplicándole la harina y el aceite.
El espíritu y el poder de Elías era absolutamente necesario para
una labor tan ardua. Por eso era preciso que Juan fuera lleno del
Espíritu aún desde el vientre de su madre (Luc. 1:41-44), y que
creciera fortaleciéndose en el espíritu.
Juan tuvo que tratar con corazones endurecidos por el pecado. Su
predicación fue como una clarinada que resonó en los severos
desiertos de Judea y Galilea. "Y salía a él Jerusalén y toda Judea
y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por
él en el Jordán, confesando sus pecados."( Mateo 3:5-6). Muchos
acudían a oírle. Era un gigante que, cual imán santo y vociferante,
atraía a los hombres y derribaba la dureza y la altivez de los
corazones: "¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la
ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento … "
(Mateo 3:7-8). El pueblo acudía confesando sus pecados. Ellos
sentían que su conciencia era convencida y reactivada. Ellos se
sentían conmocionados ante la santidad que irradiaba el profeta y
ante la justicia que proclamaban sus labios.
Era el poder de Dios que tocaba sus corazones y les conducía al
arrepentimiento.
Necesitamos hoy el espíritu y el poder de Elías. Al igual que
Juan, nosotros podemos colaborar con Dios. Dios también puede
usarnos a nosotros, si nos ponemos en sus manos. Y hoy no estamos
solos. No hay profetas solitarios hoy. Está el cuerpo con sus
muchos miembros que se ayudan mutuamente. El Juan de hoy es
corporativo. Y qué bueno es que sea así, porque hoy hay que
restaurar más cosas que ayer. Se necesita una mayor capacidad, una
mayor potencia, una mayor gloria.
Rudo y violento
En Mateo 11:7-9 y 12 dice: "Mientras ellos se iban, comenzó Jesús
a decir de Juan a la gente: "¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una
caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre
cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan
vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. Pero, ¿qué
salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta …
Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los
cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan."
Lo primero que vemos aquí es que Juan no es una caña sacudida por
el viento. Una caña es una paja, muy débil, que cualquier viento
mueve. Juan, en cambio, era un hombre rudo, tremendamente enérgico.
Tenía una gran autoridad.
En el versículo 12 se habla, como ustedes pueden ver, de violencia
y no de valentía, como a veces se escucha. Era violento. Juan aquí
nos enseña la manera cómo se conquista el reino de los cielos. La
salvación se recibe por gracia; y la posición que mejor ilustra
esto es la de estar sentados. En esa posición se recibe, sin
esfuerzo por nuestra parte, "la abundancia de la gracia y el don
de la justicia" (Rom.5:17). Sentados en lugares celestiales hemos
recibido todas estas cosas (Efesios 1:3; 2:6). Pero aquí tenemos
que el reino de los cielos se conquista en posición firme (Efesios
6:10-13), y aun en forma violenta.
Juan era violento. Lo era primeramente con sí mismo, en la
abstinencia y en la negación de los apetitos de su alma. Luego lo
era en su predicación. El denunciaba el pecado de fariseos,
saduceos, publicanos y soldados, sin temor. Su recibimiento era: "Generación
de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera?" (Lucas
3:7-14). Denunciaba con temeridad los pecados de Herodes, el rey,
a quien decía: "No te es lícito tener la mujer de tu hermano." ¿No
era acaso Herodes quien detentaba el poder? ¿No temía Juan las
represalias del rey? Y Herodes, "oyéndole se quedaba muy perplejo,
pero le escuchaba de buena gana" (Marcos 6:20). Había en Herodes
una mezcla de temor, de perplejidad y de admiración hacia Juan.
Porque Juan estaba del lado del Espíritu Santo y donde está el
Espíritu allí hay poder.
¡Cómo necesitamos hombres hoy profetas que denuncien el pecado,
que no contemporicen con la liviandad imperante en la cristiandad!
Tal camino no es popular, no arrastrará multitudes, no llenará las
arcas de nadie; es, al contrario, un camino de soledad, de
incomprensión. Pero es el camino de la vida, el camino angosto que
pocos hallan.
¡Tenemos que llenarnos de este poder y predicar la Palabra como
una trompeta clara que anuncie a todo el mundo que nos rodea, a
todo este país, esta es la verdad de Dios, estos son los pecados
que hoy se cometen, esta es la hipocresía que nosotros condenamos,
esta es la tibieza, esta es la ambigüedad que desagrada a Dios.
Este es el contubernio con el pecado que nosotros no podemos
admitir.
No podemos, sin embargo, ser rudos y violentos en la carne, y
ponernos a vociferar palabras iracundas, sin sentido. El Señor nos
libre de eso. Si vamos a estar llenos del Espíritu, como esperamos
estarlo cada vez más, el Espíritu va a ser nuestro freno. Será a
la vez nuestra fuerza y nuestro freno. Qué bueno que así es el
Espíritu.
Austero
Los escribas y fariseos preguntaron al Señor: "¿Por qué los
discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y
asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben?"
(Lucas 5:33). El Señor mismo dijo de Juan que él ni comía pan ni
bebía vino. Si los discípulos de Juan ayunaban, obviamente él
también lo hacía. ¿Qué pasa con el ayuno?
El ayuno es una herramienta poderosa. Con el ayuno se debilita el
cuerpo, pero se fortalece el espíritu. El Señor dijo en cierta
oportunidad, refiriéndose a ciertos demonios: "Pero este género no
sale sino con oración y ayuno"( Mateo 17:21). El ayuno es un
ejercicio piadoso que va acompañado de un quebrantamiento
interior, producto del dolor por la ruina de la cristiandad, por
la ruina del testimonio de Dios. Porque la mentira corre y
juguetea por las plazas y la verdad está escondida. Eso tiene que
producirnos dolor, al extremo que a veces no tengamos deseos de
comer, para fortalecernos en el espíritu y romper las ligaduras de
impiedad.
En Isaías 58 se habla del ayuno y su relación con los
restauradores. En los versículos 6 y 7 tenemos los dos aspectos
que conlleva el ayuno que es agradable delante del Señor. En el
versículo 6 dice: "¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar
las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar
ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?". Esto
tiene una aplicación preferentemente espiritual. Pero en el
versículo 7 se refiere a algo material: "¿No es que partas tu pan
con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que
cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?"
Estas son cosas prácticas, relacionadas con la misericordia. Ambos
aspectos deben ir juntos.
Muchos han predicado contra el ayuno usando estos versículos. Han
dicho que el verdadero ayuno es hacer misericordia. No, hermanos,
la verdad de Dios siempre tiene un equilibrio. Se tocan estos dos
aspectos aquí. Si nosotros ayunamos y somos impíos, inmisericordes,
nuestro ayuno no tendrá ningún valor. Pero tampoco podemos pensar
que sólo con hacer obras de misericordia ya no necesitamos ayunar.
Tienen que ir las dos cosas para que sea un ayuno agradable
delante de Dios.
Si hace así, el siervo del Señor recibirá las bendiciones que
están prometidas: "Entonces nacerá tu luz como el alba … e irá tu
justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia
…Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y
dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como
manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan. Y los tuyos
edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y
generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos,
restaurador de calzadas para habitar." (58:8, 11-12). Vemos, pues,
que el ayuno está estrechamente relacionado con el carácter y la
obra de los restauradores, la cual consiste en edificar ruinas
antiguas, levantar cimientos de generaciones pasadas, reparar
portillos y restaurar calzadas para habitar.
Ante la pregunta de los escribas y fariseos sobre por qué sus
discípulos no ayunaban, el Señor contestó: "Podéis acaso hacer que
los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con
ellos? Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado;
entonces, en aquellos días ayunarán." (Luc.5:34-35). Y en Mateo 6,
el Señor da instrucciones sobre cómo se debe ayunar. Por tanto, se
da por sentado que el pueblo de Dios es un pueblo que ayuna. Hay
muchas cargas nuestras que serían liberadas si nosotros ayunáramos.
Y muchos males entre nosotros serían corregidos, muchos yugos del
diablo serían quebrantados si nosotros nos ejercitáramos en esto.
Pero, al igual que todas las cosas, tiene que ser hecho con
prudencia, y en el espíritu.
Una antorcha que ardía y alumbraba
Esta es una característica de Juan que a nosotros nos habla mucho.
"El era antorcha que ardía y alumbraba" (Juan 5:35). No dice
solamente que alumbraba, sino que ardía y alumbraba. Y esto tiene
una significación. Cuando algo arde, se consume por dentro; está
toda la cosa involucrada en el acto de arder. Ninguna antorcha
puede arder y escapar sana y salva. El hombre de Dios ha de estar
totalmente involucrado desde adentro, desde el corazón. El arder
es un asunto interior y que tiene que ver con el fuego. El
alumbrar, en cambio, es un asunto exterior, y está relacionado con
la luz.
Decir que Juan ardía y alumbraba es decir que su brillo no era un
asunto exterior. No era una justicia externa. No era una piedad
para la exportación. Si es que daba Juan algún brillo –y de hecho
lo dio– era porque ardía. Tenía un fuego por dentro que lo quemaba.
En Juan había absoluta concordancia entre lo interior y lo
exterior.
Muchos hay que desean alumbrar, esto es, tener un brillo exterior
que les granjee el reconocimiento y el aplauso de los hombres,
pero que no están dispuestos a arder. Dar brillo sin arder es una
hipocresía.
Juan nos habla de fuego y nos habla de luz. Las dos cosas tienen
que ir juntas. "Aviva el fuego del don de Dios que está en ti", le
dice Pablo a Timoteo. El Señor le dice a Laodicea que no sea
tibia. Juan dijo del Señor: "El os bautizará en Espíritu Santo y
fuego". Bendito fuego es el Espíritu Santo que reposa en nuestro
corazón. Está allí, hermanos. A veces está medio escondido,
oprimido, entristecido, resistido, pero está. En la medida en que
nosotros le demos libertad y salida; en la medida en que nosotros
se lo permitamos, entonces tendrá expresión y podrá actuar.
Algunos de nosotros hemos descuidado la obra del Espíritu Santo.
Hemos pensado que la gente se va a salvar solamente confesando el
nombre del Señor, aún cuando lo hagan en frío, sin que no haya
ninguna operación de vida en su interior. Sin un quebrantamiento
ni un arrepentimiento de sus pecados. El Señor es poderoso para
salvar, y El solo sabe quienes lo dicen de corazón y quiénes no;
quienes confiesan de verdad al Señor y quiénes lo hacen sólo como
una mera fórmula. Lo claro es que si el Espíritu Santo no obra en
el corazón del hombre no hay regeneración, no hay nuevo nacimiento
y, por tanto, no hay creación nueva, y tampoco entrada al reino de
los cielos. Podrá haber convencimiento, adoctrinamiento, cualquier
cosa, pero menos algo realmente espiritual y verdadero.
El que arde se quema y desaparece. Juan ardió y "por un tiempo
quisisteis regocijaros en su luz", dijo el Señor. (en griego dice
literalmente: "por una hora"). Por una hora ardió, alumbró, se
extinguió y desapareció. Ese es el proceso de un siervo. Nosotros
no queremos que nuestro nombre se perpetúe. Cuando hayamos hecho
nuestra parte en este servicio, desaparezcamos. Cuando hayamos
hecho las obras que él preparó de antemano para nosotros,
desaparezcamos.
"David sirvió a su generación y murió." Apenas Cristo aparece es
bueno que nosotros desaparezcamos.
Que Él crezca pero que yo mengüe
Estas palabras de Juan nos producen una profunda conmoción. Son
unas palabras tan preciosas en un siervo: "Respondió Juan y dijo:
No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo.
Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo,
sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa es el
esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se
goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está
cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. El que
de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es
terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es
sobre todos" (Juan 3: 27-31).
Juan se hace a un lado y levanta al Señor. ¡Qué bendito! Ese es el
espíritu de Juan. Juan es sólo el amigo del esposo. Su alegría no
otra que el esposo esté contento. El no se alegra en la esposa,
sino en el gozo del esposo con la esposa. Se gozó grandemente de
la voz del esposo. Su gozo estaba cumplido, porque había acabado
su misión. El amigo del esposo había ayudado al esposo a conseguir
la esposa que deseaba. Ahora se retira satisfecho.
"Y muchos venían a Él (a Jesús) y decían: Juan, a la verdad,
ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad.
Y muchos creyeron en él allí." (Juan 10:41-42). Muchos creyeron en
el Señor Jesús por el testimonio de Juan. Lo que quedó en la mente
y el corazón de ellos fue, no sus señales, porque no las hizo,
sino "todo lo que Juan dijo de éste". Si Juan hubiese hecho
señales habría atraído sobre sí la atención, pero él no quería eso.
El buscaba dar un testimonio verdadero acerca de Jesús, para que
ellos le conocieran y creyeran en Él. Juan "vino por testimonio,
para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen
por Él" (Juan 1:7).
Y cuando le preguntaron quién era, Juan dijo: "Yo soy la voz de
uno que clama en el desierto". (Juan 1:23). No era más que la voz,
porque su misión era dar testimonio. Lo demás no interesaba, debía
ir a la muerte. Lo que el Señor necesitaba de él era su voz y su
testimonio, y lo que el Señor necesitó de él lo tuvo. ¡Oh, qué
gloria para un siervo ser ocupado por su Señor! ¡Oh, si tan sólo
viéramos para qué nos quiere, y luego ofrecerle en servicio lo
necesario, silenciando lo demás! Menguar en todo lo que no le es
útil, para que sólo Él crezca.
La culminación de su ministerio fue el día en que Juan dijo: "He
aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" y le
bautizó. Esa sola frase bien valió todas las penas que Juan tuvo
que pasar. Todos los largos años en el desierto, creciendo en
lugares apartados y fortaleciéndose en el espíritu. Valió la
cárcel y su muerte terrible. Bien valieron todos sus desvelos. Sus
treinta y poco más años apenas vividos. Todo eso tuvo sentido ese
día cuando él dijo esas palabras.
Qué privilegio fue decir: "¡Les presento al Mesías! De Él hablaron
todos los profetas desde Moisés. Moisés queda pequeño, como un
siervo, ante Él. Aún Abraham queda muy pequeño, porque antes que
Abraham naciera Él ya era. Este es verdaderamente grande. Ustedes
lo ven joven, pero Él es el Verbo encarnado, que existía en el
principio. Este es el Mesías. Y yo ni siquiera soy digno de
desatar encorvado la correa de su calzado. ¡Este es el Cordero de
Dios que quita el pecado del mundo!".
¡Qué diferente fue la actitud de los sacerdotes, celosos de la
popularidad del Señor, que buscaban ocasión para matarle! (Juan
11:47-48; 12:9-11; 17-19). Ellos veían en la predicación del Señor
sólo pérdida para sus intereses personales, tal como el platero
Demetrio ante la predicación de Pablo. (Hechos 19:23-41).
Un verdadero siervo de Dios no busca crecer por encima del Señor,
ni que su nombre repiquetee en la memoria de los hombres. Un
siervo no acapara para sí la gente que ha recibido su palabra o
que se ha convertido por su ministerio. Su única y verdadera
misión es que su Señor sea "predicado a los gentiles, y creído en
el mundo", que es la esfera de su competencia aquí abajo. Es
preciso que el siervo del Señor sepa menguar todas las veces que
sea necesario, para que el Señor y sólo Él sea exaltado.
Muy luego el ministerio de Juan declina. Es encarcelado y muere
degollado. Muere en forma terrible e impía, por el capricho de una
mujer que quería ver su cabeza cortada.
En Juan 1:35-37 dice: "El siguiente día otra vez estaba Juan, y
dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo:
He aquí el Cordero de Dios. Le oyeron hablar los dos discípulos, y
siguieron a Jesús." El ya no tenía ascendiente sobre sus propios
discípulos ni sobre la gente que se iba tras el Señor Jesús (Juan
3:26). "¿Ustedes están conmigo? Pueden irse, yo ya no tengo
ninguna razón de ser ahora. Síganlo a El". Y Juan se fue quedando
solo. Le preguntaban ¿qué pasa?, y él decía: "Él es el que había
de venir; por Él vine yo. Síganlo a Él".
Un vaso de barro
En cierta ocasión Juan envió a decir al Señor: "¿Eres tú el que
había de venir o esperaremos a otro?". Juan estaba en la cárcel.
Tal vez pensaba que se había equivocado con respecto al Señor. En
su debilidad, en su aflicción, en sus privaciones en la cárcel,
hace esa pregunta que a nosotros nos sorprende. Entonces el Señor
le manda a decir: "Id y haced saber a Juan las cosas que oís y
veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados,
los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es
anunciado el evangelio." (Mateo 11:2-5).
En seguida, el Señor se puso a hablar de Juan. ¿Le reconvino por
sus dudas? No. Lo elogia. "¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una
caña sacudida por el viento?" No, este es el mayor profeta que ha
nacido de mujer". Y es que, aun en medio de nuestra debilidad, y
pese a nuestras preguntas incrédulas, la gracia del Señor cubre
nuestra vergüenza. La gracia del Señor nos sobrelleva. El es fiel,
es paciente. "En aquel día" va a hablar bien de nosotros. Por su
misericordia, por su gracia.
Esta es la debilidad de Juan. Tal como Elías en el monte Horeb.
Una debilidad inesperada, pero que nos alienta a nosotros, porque
nos damos cuenta de que los profetas de antaño eran hombres como
nosotros, sujetos a pasiones igual que nosotros, débiles igual que
nosotros (Stgo.5:17-18). Por lo tanto, nosotros cobramos aliento.
Pensar que en este tiempo tan difícil, tan peligroso como el que
estamos viviendo, el Señor puede hacer algo con nosotros, Él puede
obtener alguna ganancia con nosotros. Oh, que así sea. Porque Él
es el fuerte, el poderoso; Él es el Fiel y Verdadero.
LA OBRA DE UN RESTAURADOR
"Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor
Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el poder de
Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos,
y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al
Señor un pueblo bien dispuesto" (Lucas 1:16-17).
De estos dos versículos podemos desglosar cuatro frentes de acción
en la obra de un restaurador (1) Hará que muchos se conviertan al
Señor (2) Hará volver los corazones de los padres a los hijos (3)
Hará volver los corazones de los rebeldes a la prudencia de los
justos (4) Preparará al Señor un pueblo bien dispuesto Y de otro
lugar (Lucas 1:77), extraemos un quinto frente de acción que es:
(5) Dará conocimiento de salvación a su pueblo.
Hará que muchos se conviertan al Señor
A Juan, en sus días, le cupo el privilegio de que por su
predicación muchos se convirtieran al Señor. Nosotros encontramos,
por ejemplo, en Hechos 18 que Apolos, ese varón elocuente que
predicaba la gracia de Dios, se habían convertido por los efectos
de la predicación de Juan y se había bautizado en el bautismo de
Juan. Y nótese que él era de Alejandría, un lugar lejano (norte de
Africa). No sabemos si llegó a creer por la predicación de Juan
mismo o por la de alguno de sus discípulos.
Pablo, predicando en Antioquía de Pisidia, dice: "Antes de su
venida (de Cristo), predicó Juan el bautismo de arrepentimiento a
todo el pueblo de Israel. Mas cuando Juan terminaba su carrera,
dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras
mí uno de quien no soy digno de desatar el calzado de los pies" (Hechos
13: 24-25). En Efeso, dijo algo similar: "Juan bautizó con
bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en
aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el
Cristo"(Hechos 19:4). Esto demuestra que la obra de Juan era
vastamente conocida en sus días, y mucho más allá de los límites
de Israel. Tanto es así que muchos de los convertidos de Juan
llegaron después a conocer al Señor Jesucristo.
Esta fue la obra de Juan y esta es también nuestra obra, esto es,
hacer que muchos se conviertan al Señor. No es un mero
adoctrinamiento. No es una mera persuasión en la mente, sino que
es una conversión del corazón producto de la acción del Espíritu
Santo. De nada sirve un barniz exterior si por dentro queda el
hombre viejo con sus pecados y su corazón indiferente a Dios.
Hará volver el corazón de los padres a los hijos
Aquí tenemos una enseñanza muy importante relacionada con la
familia.. La profecía de Malaquías decía: "Hará volver el corazón
de los padres a los hijos, y de los hijos a los padres" (4:6). Sin
embargo, acá cuando el ángel Gabriel cita a Malaquías, lo hace
solo en su primera parte, y no en la segunda. ¿Por qué? La razón
es simple. Cuando el corazón de los padres se vuelve de veras a
los hijos, entonces necesariamente ocurrirá que el corazón de los
hijos se volverá a los padres.
El Señor le exige primeramente a los padres que se vuelvan a los
hijos, porque la mayor responsabilidad es de ellos. La primera
generación determina la reacción de la segunda. La más grande
pérdida en los hijos se ocasiona cuando los padres no saben
sembrar en ellos la semilla de la verdad. Durante al menos quince
años los hijos han estado a entera disposición de sus padres, con
una mente dócil, receptiva, con un corazón sensible, y los padres
han podido sembrar en ellos todo lo que hubiesen querido, sea amor
u odio.
Tenemos que ver que de verdad los padres pueden sembrar todo lo
que quieran en el corazón de sus hijos. Ahora bien, ¿qué hicimos
nosotros, como padres, en esos quince años? Este es el punto. Por
eso somos directamente responsables. Ellos fueron una "tabula
rasa", recibieron todas las influencias nuestras, sin
restricciones. Si no supimos sembrar en ellos la buena semilla,
debemos arrepentirnos y dar el primer paso. Al fracasar los padres
en esta labor, y al comenzar a cosechar el fruto amargo de la
apostasía y la rebeldía de sus hijos, ellos deben ser los primeros
en comenzar a recuperar las cosas.
Alguien podrá tal vez decir: "Yo me he vuelto a mi hijo, pero mi
hijo no se vuelve a mí". Es que la semilla que se sembró por
largos años tiene que dar fruto todavía. "El que siembra para su
carne, de la carne segará corrupción" (Gál.6:8). Usted tiene que
segar todavía todo lo que sembró, mientras espera en la
misericordia del Señor. Sólo le cabe inclinar la cabeza delante de
El y pedir que el plazo de concluir esta mala cosecha llegue
luego. Pero, sin duda, va a venir el día en que usted ganará el
corazón de su hijo. Los padres deben arrepentirse ante Dios de sus
malas obras, y luego hacer lo mismo ante sus hijos. Ellos tienen
que buscar delante de Dios la forma cómo recuperar el lugar que
ellos abandonaron de su corazón, para luego sembrar, dentro de lo
posible –y si ello es aún posible– la semilla de la verdad.
En los tiempos de Juan el corazón de los padres estaba distanciado
de los hijos, y la primera cosa que se debía hacer era producir un
vuelco a favor de ellos.
Tal panorama no difiere un ápice de la situación actual. La
indiferencia y rebeldía de los hijos, hoy, es simplemente la
consecuencia de un desinterés y de una displicencia de los padres
hacia los hijos. Su "no estoy ni ahí" de ahora, fue precedido de
un "no estoy ni ahí" de ayer por parte de sus padres en cuanto a
obedecer al Señor en lo tocante a su responsabilidad con sus
hijos.
En Proverbios hay, al menos, quince lugares en que se dan
instrucciones para los padres en cuanto a la crianza de sus hijos.
¿Qué de estos pasajes? ¿los conocen los padres creyentes? (10:5;
13:24; 15:20; 17:2; 17:25; 19:18; 19:26-27; 20:7; 20:11; 22:6;
22:15; 23:13-14; 23:26; 28:24; 29:15,17) ¿Y Efesios 6:4; y
Colosenses 3:21?
Hay dos ejemplos del Antiguo Testamento, que son polos opuestos en
este asunto de la responsabilidad de los padres frente a los
hijos. Uno es Abraham, el otro es Elí. Veamos qué enseñanza nos
dan uno y otro.
"Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer,
habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de
ser benditas en él todas las naciones de la tierra? Porque yo sé
que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el
camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir
Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él.
(Gén.18:17-19)
El Señor razona consigo mismo acerca de si encubrir o no a Abraham
lo tocante a Sodoma y Gomorra, sabiendo de antemano que él va
mandar a sus hijos correctamente. ¡Es por causa de la fidelidad de
Abraham como padre, en cuanto a la enseñanza de sus hijos, que
Dios le confía un secreto importante!. Abraham había de mandar
(esto es una orden) que guarden el camino del Señor. Era enérgico
en esto. ¿Qué vemos luego en Isaac su hijo? El carácter de Isaac
como hijo es uno de los más preciosos de toda la Biblia. Era un
hombre manso, que esperó pacientemente los tiempos para su vida.
Era pacífico en grado sumo, y muy sumiso. Abraham nos muestra un
positivo ejemplo de cómo se enseña a los hijos.
Veamos ahora el ejemplo de Elí. El Señor le habla a Elí de esta
manera;: "¿Por qué habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas,
que yo mandé ofrecer en el tabernáculo; y has honrado a tus hijos
más que a mí, engordándoos de lo principal de todas las ofrendas
de mi pueblo Israel?" (1 Sam.2:29). Una de las causas de la caída
de Elí, ya no como padre, sino como sumo sacerdote, fue que había
honrado a sus hijos más que al Señor. ¡Qué terrible cosa! Aquí los
hijos son un problema que impide que un hombre de Dios pueda
desarrollar su ministerio.
En 1 Samuel 3:13 el Señor agrega: "Y le mostraré que yo juzgaré su
casa para siempre por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos
han blasfemado a Dios y él no los ha estorbado." Aquí hay un
secreto que el Señor no quiere revelar ("la iniquidad que él
sabe"), y que ha provocado la molestia del Señor. Los hijos de Elí
han blasfemado a Dios y él no los ha estorbado. ¿Qué significa que
un padre estorbe a un hijo? S | | |