Capítulo VI
La
ocupación
de Canaán
El día tan largamente esperado llegó al fin. Con la muerte de Moisés, Josué
fue comisionado para conducir la nación de Israel a la conquista de Palestina.
Habían transcurrido siglos desde que los patriarcas habían recibido la promesa
de que sus descendientes heredarían la tierra de Canaán.
Mientras tanto y en ese interregno, cada generación sucesiva del pueblo palestino
había estado influenciado por varios otros pueblos procedentes del Creciente
Fértil. Motivados por intereses económicos y militares, atravesaron Canaán de vez en cuando.
Memorias
de Canaán
En el apogeo de los éxitos militares, la poderosa XII Dinastía
(2000-1780 a. C.) extendió espasmódicamente el control egipcio a través de
Palestina incluso hasta llegar tan al norte como el Eufrates.
En las subsiguientes décadas, Egipto no solo declinó en su poderío, sino que
fue ocupado por los poderosos hicsos, que gobernaron
desde Avaris, en el Delta. Poco antes de 1550 a. C.
el gobierno de los hicsos, como invasores e intrusos,
había terminado en la tierra del Nilo.
El reino hitita tuvo sus principios en Asia Menor al comenzar el siglo
XIX a.
C. Referidos en el Antiguo Testamento como los "hijos de Het" los hititas se mencionan frecuentemente como
ocupantes de Canaán. Allá por el 1600 su poder se
había incrementado tanto en el Asia Menor que llegaron a extender sus dominios
hasta Siria & incluso destruyeron Babilonia sobre el Eufrates por el 1550 a. C. Dentro de la siguiente centuria
la expansión hitita fue detenida por dos reinos que entonces surgieron.
Por el tiempo en que los hicsos invadieron
Egipto y Babilonia, se hallaba floreciendo bajo la I Dinastía, ejemplarmente
representada por Hamurabi, el nuevo reino de Mitanni que emergió en las altas tierras de Media. Este pueblo
indoario estaba compuesto de dos grupos: la clase
común, conocida por los hurríanos, y la nobleza, o
clase gobernante, llamada arianos. Procedente del
territorio al este de Harán, esas gentes de Mitanni
continuamente extendieron su reino hacia el oeste de tal forma que en 1500 a.
C. alcanzaron el mar Mediterráneo. El principal deporte del pueblo ario o ariano, era el de las carreras de caballos. Se han
descubierto tratados escritos sobre la cría y el entrenamiento de los caballos,
a principios del presente siglo en Boghazkóy donde
habían estado preservados por los hititas que conquistaron al pueblo mitanni. Por el 1500 a. C., el poder mitanni
detuvo el avance de los heteos por casi un siglo.
Los egipcios
enviaron frecuentemente sus ejércitos a través de Canaán
para desafiar el poder mitanni. Tutmosis
III llevó a cabo diez y siete o diez y ocho campañas en la región de Siria y
más allá todavía. Durante los primeros intentos hacia la conquista asiática,
una confederación siria, apoyada por el rey de Cades (localizado en el río Orontes)
resistió el avance egipcio. Muy verosímilmente la tierra de Siria una tierra de
prósperas ciudades, fértiles llanuras rica en minerales y otros recursos
naturales, y con vitales rutas de
comercio, que unían los florecientes valles del Nilo
y el Eufrates había permanecido bajo la hegemonía mitanni. Tras de la derrota de los sirios en Meguido, el poder de Egipto se extendió hasta Siria. Por un
cierto tiempo los mitanni parecían apoyar a Cades como un Estado‑tapón, pero eventualmente, Tutmosis marchó con sus ejércitos a través del Eufrates y temporalmente acabó con el dominio mitanni en, Siria. Cuando murió Tutmosis,
virtualmente toda Siria se hallaba bajo el gobierno de Egipto.
La
fricción continuó entre el poder egipcio y el mitanni
durante los reinos de Amenofis II (1450‑1425) y
Tutmosis IV (1425‑1417), por lo que Siria
vaciló en su fidelidad y acatamiento. Aunque Saussatar,
rey de Mitanni, extendió su poder hacia el este
llegando hasta Asur y más allá del río Tigris, su hijo Artatama parece
que fue frenado a causa del poder hitita. Esta amenaza parece que fue la causa
de que Artatama I hiciese un convenio de paz con Tutmosis IV. Bajo los términos de esta política, las princesas
mitanias se casaron con los faraones durante tres
reinados sucesivos. Por aquel tiempo, Damasco se hallaba bajo administración
egipcia. Las cartas de Amarna (ca.
1400 a C.) reflejan las condiciones en Siria, indicando que las relaciones
diplomáticas y fraternales existían entre las familias reales de Mitanni y Egipto.
El
poder hitita pronto se incrementó y desafió este control mitanniegipcio
del Creciente Fértil. Bajo el reinado del rey Suppiluliune
(13801346) los hititas cruzaron el Eufrates hasta Wasshugani, reduciendo Mitanni a
la situación de un Estado‑tapón entre el reino hitlta
y el creciente imperio asirio en el valle del Tigris.
Este, por supuesto, eliminó a Mitanni como factor
político en Palestina. Aunque el reino Mitanni estaba
completamente absorbido por los asirios (1250 a. C.), los hurrianos,
conocidos como horeos en el Antiguo Testamento, se
hallaban en Canaán cuando entraron los israelitas.
Posiblemente los heveos eran también de origen mitanni. Con la eliminación de la amenaza mitanni, los hititas dirigieron sus intenciones hacia el
sur. Por casi un siglo, los hititas desde su capital en Boghazköy
y los egipcios rivalizaron por el control de la vacilante frontera de Siria.
Durante este período, Cades se convirtió en el centro
de un reino amorreo revivido. Muy verosímilmente adoptaron una politica de acomodación manteniendo amistad con el más
poderoso.
Cuando
Ramsés II (1304‑1237) llegó al trono, los
egipcios renovaron sus esfuerzos para eliminar los hititas de la Palestina del
norte con objeto de recobrar sus posesiones asiáticas. Mutwatallis,
el rey hitita, se atrincheró firmemente en la ciudad de Cedes y ayudado por
ejércitos procedentes de ciudades de Siria, al igual que de Carquemis,
Ugarit y otras ciudades de la zona. Ramsés extendió su frontera hasta Beirut a expensas de los
fenicios y después marchó por el Orontes hacia Cedes,
enfrentándose un enemigo que tenía comprometido a los egipcios en una situación
de guerra desde hacía ya dos décadas. Esta batalla de Cedes en el año 1286 a.
C. estuvo lejos de ser decisiva para
los egipcios. Tras otras numerosas conquistas de ciudades en Canaáa y en Siria, Ramsés II y Hattusilis, el rey hitita, concluyeron un tratado en 1280
a. C., un prominente pacto de no agresión en la historia. Copias de este famoso
acuerdo han sido halladas en Babilonia, Boghazköy y
en Egipto. Aunque no se mencionan fronteras en el tratado, es muy posible que
el estado amorreo formase una influencia neutralizadora entre los egipcios y
los hititas.
En
los días de Merneptah, unos invasores procedente del
norte, conocidos como los arios, destruyeron el imperio hitita y debilitaron
el amorreo, destruyendo Cedes y otras plazas fuertes. Aunque el imperio hitita
se desintegró, este pueblo es frecuentemente mencionado en el Antiguo
Testamento. Ramsés III rechazó a estos invasores
procedentes del norte, en una gran batalla por tierra y mar y una vez su poder
menguado, unificó la Palestina bajo control egipcio. Tras Ramsés
III, declinó también el poder egipcio, permitiendo la infiltración de los
arameos en el área de Siria, que llegó a ser una poderosa nación,
aproximadamente dos siglos más tarde.
El pueblo de Canaán no estaba organizado en fuertes unidades políticas.
Los factores geográficos, al igual que la presión de las naciones vecinas que
la rodeaban, del Creciente Fértil, y que utilizaban a Canaán
como un Estado‑tapón, cuenta mucho para el hecho de que los cananeos
nunca formaron un imperio fuertemente unido. Numerosas ciudades‑estado,
controlaban tanto territorio local como les era posible, con la ciudad bien
fortificada para resistir un posible ataque del enemigo. Cuando los ejércitos
marcharon sobre Canaán, estas ciudades con frecuencia
impedían el ataque mediante el pago de un tributo. No obstante, cuando el
pueblo llegó para ocupar la tierra, como Israel hizo mandada por Josué, tales
ciudades formaron ligas y se unieron oponiéndose al invasor. Esto se halla,
por cierto, bien ilustrado en el libro de Josué.
La localización
de Palestina en el Creciente Fértil y la configuración geográfica de la tierra
en sí misma, con frecuencia afectó a su desarrollo político y cultural. Sobre
las llanuras aluviales del Tigris y el Eufrates, lo mismo que en el valle del Nilo,
numerosas diminutas ciudades‑reinos, y pequeños principados o distritos,
estuvieron más de una vez unidos en una gran nación. Esto no se llevó a cabo
fácilmente en Siria‑Palestina, ya que la topografía era opuesta a la
fusión. Como resultado, Canaán, se hallaba en una
posición debilitada, puesto que ninguna de sus ciudades‑reinos era igual
en fuerza para las fuerzas invasoras que venían procedentes de los reinos más
poderosos establecidos a lo largo del Nilo o del Eufrates. A1 propio tiempo, Canaán
era el precio codiciado de esas naciones más fuertes. Hallándose situada entre
dos grandes centros de civilización, Canaán con sus
fértiles valles estaba frecuentemente sujeta a la invasión de fuerzas más
poderosas. Reyezuelos no lo bastante fuertes para hacer frente a una invasión
enemiga, encontraban la solución al expediente, momentáneamente, al humillarse
y pagar un tributo a grandes reinos como el de Egipto. Con frecuencia, sin
embargo, cuando el invasor se retiraba, los "regalos" terminaban.
Aunque aquellas ciudades‑reinos eran fácilmente conquistadas, resultaba
difícil para los vencedores el retenerlas como posesiones permanentes.
La religión de
Cancán era politeísta.[1] El, era
considerado como la principal entre las deidades cananeas. Parecido a un toro
en una manada de vacas, el pueblo se refería a él como "el padre
toro" y lo consideraban como su creador. Asera
era la esposa de El. En los días de Elías, Jezabel
patrocinó a cuatrocientos profetas de Asera (I Reyes
18:19). El rey Manasés colocó su imagen en el templo
(II Reyes 21:7). Como jefe principal entre setenta dioses y diosas que eran
considerados como vástagos de El y Asera, estaba
Hadad, más comúnmente conocido como Baal, que significaba "señor".
Reinaba como rey de los dioses y controlaba el cielo y la tierra. Como dios de
la lluvia y de la tormenta, era responsable de la vegetación y la fertilidad. Anat, la diosa que amaba la guerra, era hermana, y al
propio tiempo su esposa. En el siglo IX, Astarté,
diosa de la estrella de la mañana, era adorada como su esposa. Mot, el dios de la muerte, era el jefe enemigo de Baal. Yom, el dios del mar, fue derrotado por Baal. Esos y muchos
otros forman la introducción del Panteón cananeo.
Puesto que los
dioses de los cananeos no tenían carácter moral, no es de sorprender que la
moralidad del pueblo fuese extremadamente baja. La brutalidad y la inmoralidad
en las historias y relatos respecto de tales dioses es con mucho, la peor de
cualquier otra hallada en el Cercano Oriente. Puesto que todo ello se reflejaba
en la sociedad cananea, los cananeos, en los días de Josué, practicaban el
sacrificio de los niños, la prostitución sagrada, y el culto de la serpiente
en, sus ritos y ceremonias con la religión. Naturalmente, su civilización
degeneró bajo tan desmoralizadora influencia.
Las
Escrituras atestiguan esta sórdida condición por numerosas prohibiciones dadas
como aviso a los israelitas.[2] Esta
degradante influencia religiosa era ya aparente en los días de Abraham (Gén. 15:16; 19:5). Siglos más tarde, Moisés encargó
solemnemente a su pueblo el destruir a los cananeos, y no solo a castigarles
por su iniquidad, sino para prevenirles de la contaminación del pueblo elegido por
Dios (Lev. 18:24‑28; 20‑23; Deut. 12:31;
20:17‑18).
La
era de la conquista
La experiencia
y el entrenamiento habían preparado a Josué para la misión desafiante de
conquistar Cancán. En Refidín condujo el ejército
israelita, derrotando a Amalec (Ex. 17:8‑16).
Como espía, obtuvo el conocimiento de primera mano de las condiciones
existentes en Palestina (Núm. 13‑14).
Bajo la tutela
de Moisés, Josué fue entrenado para el mando y la dirección de la conquista y
ocupación de la tierra prometida.
Como fue el
caso en el relato de la peregrinación en el desierto, el regisl<ro
de la actividad de Josué está incompleto. No se hace mención de la conquista de
la zona de Siquem entre monte Ebal
y monte Gerizim; pero fue allí donde Josué reunió a
todo Israel para escuchar la lectura de la ley de Moisés (Jos.
8:30‑35). Muy posiblemente, muchas otras zonas locales fueron
conquistadas y ocupadas, aunque no sean mencionadas en el libro de Josué.
Durante la vida de Josué la tierra de Cancán fue poseída por los israelitas,
pero de ningún modo todos sus habitantes fueron expulsados. Así, el libro de
Josué tiene que ser considerado como solo un relato parcial de la empresa
emprendida por Josué. Ello conduce a considerar las siguientes subdivisiones:
I. Entrada en Cancán Josué
1:1‑4:24
Josué asume el
liderazgo 1:1‑18
Envío de dos espías a
Jericó 2:1‑24
Paso sobre el Jordán 3:1‑17
Conmemoraciones 4:1‑24
II. Derrota de las fuerzas oponentes 5:1‑12:24
Preparación para la
conquista 5:1‑15
Campaña central ‑
Jericó y Hai 6:1‑8:35
Campaña del sur ‑
Liga amorreo 9:1‑10:43
Campaña del norte ‑
Liga cananeo 11:1‑15
Tabulación de la
conquista11: 16‑12:24
III. Reparto de Cancán 13:1‑24:33
Plan para la división 13:1‑14:15
Reparto tribal 15:1‑19:51
Ciudades levitas y
refugio 20:1‑21:45
Despedida y muerte de
Josué 22:1‑24:33
No se declara
la duración del tiempo empleado para la conquista y división de Cancán.
Asumiendo que Josué tenía la edad de Caleb, los
acontecimientos registrados en el libro de Josué ocurrieron en un período de
veinticinco a treinta años.[3]
Entrada
en
Cancán
Al asumir Josué
la jefatura de Israel, se aseguró por completo del total apoyo de las fuerzas
armadas de Rubén, de los gaditas y de la tribu de Manasés, quienes se habían asentado al este del Jordán en
la herencia que se les había atribuido antes de la muerte de Moisés. Parece
completamente razonable el asumir que la petición de apoyo, en Jos. 1:16‑18, es la respuesta de la totalidad de la
nación de Israel al dictado de las órdenes de Josué para la preparación del
paso sobre el río Jordán. Dos espías fueron entonces despachados hacia Jericó
para ver la tierra. Por Rahab, quien dio cobijo a
aquellos espías, se supo que los habitantes de Canaán
eran conscientes del Dios de Israel y que había intervenido de una forma
sobrenatural en favor de Israel. Los dos hombres volvieron asegurando a Josué y
a Israel que el Señor había preparado el camino para una victoriosa conquista (Jos. 2:1‑24).
Como una
visible confirmación de la promesa de Dios, de que estaría con Josué como lo
había estado con Moisés, y la seguridad adicional de la victoria en Palestina,
Dios procuró un milagroso paso a través del Jordán. Esto constituyó una
razonable base para que todos los israelitas ejerciesen su fe en Dios (Jos. 3:7‑13). Con los sacerdotes que portaban el Arca
abriendo el camino y permaneciendo en medio del Jordán, los israelitas pasaron
por un terreno seco. forma las aguas se detuvieron para realizar este paso y
hacerlo.
De qué posible,
no se establece en el relato. Ciertos hechos declarados estar, sin embargo,
mostrando su significación positiva. El lugar del paso está identificado como
"cerca de Jericó" que sería aproximadamente de ocho kms. al norte del mar Muerto. Las aguas se cortaron o se
detuvieron en Adam, que hoy está identificada con ed‑Damieh, localizada a 32 kms. del mar Muerto o aproximadamente a 24 kms. desde donde Israel cruzó realmente.[4] El Jordán
sigue un curso de 322 kms. en la distancia de 97 kms. entre el mar de Galilea y el mar Muerto, descendiendo
183 metros. En Adam, los arrecifes de piedra caliza
salpican los bancos de corriente. Tan recientemente como en el pasado 1927,
parte de un arrecife de 46 mts. cayó en el Jordán,
bloqueando el agua durante veintidos horas. Tanto si
Dios causó que esto ocurriera o no cuando Israel pasó el río, es algo que no
está claramente determinado, pero puesto que el Señor empleó medios naturales
vara hacer cumplir su voluntad en otras ocasiones (Ex. 14:21), existe la
posibilidad de que un terremoto pudo haber sido la causa de la obstrucción en
semejante ocasión.
También fue
hecha la provisión para que Israel no olvidase lo sucedido. Se elevaron dos
memoriales para este propósito. Bajo la supervisión de Josué, doce grandes
piedras apiladas una sobre otra, marcan el lugar donde el sacerdocio con el
arca de la alianza en el medio del Jordán, permaneció de pie mientras que el
pueblo marchó cruzando el río (Jos. 4:9). En Gilgal, se erigió otro memorial en formó de amontonamiento
de piedras ( Jos. 4:3, 8 y 20). Doce hombres,
representando a las tribus de Israel, llevaron doce piedras a Gilgal para este memorial que recordaba a las futuras
generaciones la provisión milagrosa que se había hecho para los israelitas en
el cruce del río Jordán. De esta forma, las acciones de Dios deberían ser
recordadas por el pueblo de Israel en los años venideros.
La conquista
Acampados en Gilgal, Israel estaba realmente preparado para vivir en Canaán como la nación elegida por Dios. Durante cuarenta
años, mientras que la generación incrédula había muerto en el desierto, la
circuncisión como un signo de la alianza (Gén. 17:1‑27)
no había sido observada. Mediante este rito, las nuevas generaciones recordaban
dolorosamente la alianza y la promesa de Dios hecha para llevarles hacia la
tierra que "manaba leche y miel". La entrada en aquella tierra fue
también marcada por la observancia de la Pascua y el cese de la provisión del
maná. El pueblo redimido se alimentaría de entonces en adelante de los frutos
de aquella tierra.
El
propio Josué estaba preparado para la conquista a través de una experiencia
similar a la que tenía Moisés cuando Dios le llamó (Ex. 3). Mediante una
teofanía, Dios impartió a Josué la conciencia de que la conquista de la tierra
dependía entonces no solamente de su persona; sino que estaba divinamente
comisionado y dotado de los poderes precisos. Incluso aunque estaba a cargo de
Israel, Josué no era sino un servidor más y sujeto al mando del ejército del
Señor (Jos. 5:13‑15).
La
conquista de Jericó fue una sencilla victoria.[5] Israel no
atacó la ciudad de acuerdo con las normas usuales de estrategia militar, sino
simplemente siguiendo las instrucciones del Señor. Una vez por día, durante
seis días, los israelitas marcharon alrededor de la ciudad. Al séptimo día,
cuando marcharon siete veces alrededor de las murallas de la ciudad, éstas
cayeron y los israelitas pudieron entrar fácilmente y posesionarse de ella.
Pero no se permitió a los israelitas el apropiarse del botín ni los despojos
por sí mismos. Las cosas que no fueron destruidas ‑‑objetos
metálicos‑ fueron colocadas en el tesoro del Señor. Excepto Rahab y la casa de sus padres, los habitantes de Jericó
fueron exterminados.
La milagrosa
conquista de Jericó fue una convincente demostración para los israelitas de que
sus enemigos podían ser vencidos. Hai fue el próximo
objetivo de conquista. Siguiendo el consejo de su reconocimiento previo, Josué
envió un ejército de tres mil hombres, que sufrieron una grave derrota. Por
medio de la oración y de una investigación de Josué y los ancianos, se reveló
el hecho de que Acán había pecado en la conquista de
Jericó apropiándose de un atractivo ornamento de origen mesopotámico, además de
plata y oro. Por esta deliberada acción de desafío a las órdenes emanadas del
Señor sobre el botín y los despojos de la victoria, Acán
y su familia fueron apedreados en el valle de Acor.
Seguro del
éxito, Josué renovó sus planes de conquistar Hai.
Contrariamente al procedimiento anterior, los israelitas echaron mano al
ganado y a otros objetos de propiedad movible. Las fuerzas enemigas fueron
atraídas hacia campo abierto de tal forma, que los treinta mil hombres que
había estacionados más allá de la ciudad por la noche, estuviesen en
condiciones de atacar Ha¡ desde atrás y prenderle fuego. Los defensores fueron
aniquilados, el rey fue ahorcado y el lugar reducido a cascotes.
Wright identifica et‑Tell,
localizado a unos 2,5 kms. al sudeste de Betel, como
la situación de Ha¡. Las excavaciones llevadas a cabo indican que et‑Tell
floreció como una fortaleza cananeo en 3330‑2400 a. C. Subsiguientemente
fue destruida y quedó en ruinas hasta aproximadamente el año 1000 a. C. Betel,
sin embargo, fue una floreciente ciudad durante este tiempo y, de acuerdo
siempre con Albright, que excavó allí en 1934, fue
destruida durante el siglo XIII. Puesto que nada se establece en el libro de
Josué respecto a su destrucción, Wright sugiere tres
posibles explicaciones:

(1) el relato
de Hai es una invención posterior para justificar las
ruinas; (2) el pueblo de Betel utilizó Ha¡ como puesto fronterizo militar; (3)
la teoría de Albright de que el relato de la
conquista de Betel fue más tarde transferida a Ha¡. Wright
apoya la última teoría, asumiendo la última fecha del éxodo y la conquista.[6]
Otros no están
tan ciertos respecto a la identificación de et‑Tell y Hai.
El Padre H. Vincent sugiere que los habitantes de Ha¡
tenían un sencillo puesto fronterizo militar allí, por cuya razón no queda nada
hoy que suministre evidencia arqueológica de su existencia en la época de
Josué. Unger plantea la posibilidad de que el actual
lugar de Ha¡ pueda todavía ser identificada en la vecindad de Bete1.[7]
Aunque nada
esté definitivamente establecido respecto a la conquista de Betel, esta ciudad,
que figura tan prominentemente en tiempos del Antiguo Testamento desde los
días de la entrada de Abraham en Canaán, se menciona
en Jos. 8:9, 12, y 17. Una razonable inferencia es la
de que los betelitas estuvieron implicados en la
batalla de Hai. No se afirma nada respecto a su
destrucción, pero el rey de Betel está citado como habiendo sido muerto (Jos. 12:16). Los espías enviados a Ha¡ llevaron la impresión
de que Hai no era muy grande (Jos.
7:3). Más tarde, cuando Israel hace su segundo ataque, el pueblo de Hai, al igual que los habitantes de Betel, abandonaron sus
ciudades para perseguir al enemigo (Jos. 8:17). Es
probable que Hai solamente fuese destruida en
aquella ocasión y que Betel fuese ocupada sin destruirla. La conflagración del
siglo XIII puede ser identificada con el relato dado en Jueces 1:22‑26,
subsiguiente al tiempo de Josué.
Siguiendo esta
gran, victoria, los israelitas erigieron un altar en el monte Ebal con objeto de presentar sus ofrendas al Señor, de
acuerdo con lo ordenado por Moisés. Allí, Josué hizo una copia de la ley de
Moisés. Con Israel dividido de forma tal que una mitad del pueblo permaneciese
frente al monte Ebal y la otra mitad frente al monte Gerizim, de cara al arca, la ley de Moisés fue leída al
pueblo (Jos. 8:30‑35). De esta forma, los
israelitas fueron solemnemente puestos sobre el recuerdo de sus
responsabilidades, conforme se hallaban al borde de ocupar la tierra prometida,
a no ser que se apartasen del curso que Dios les había trazado.
Cuando la
noticia de la conquista de Jericó y de Hai se
esparció por toda Canaán, el pueblo, en varias
localidades, organizó la resistencia a la ocupación de Israel (Jos. 9:1‑2). Los habitantes de Gabaón,
una ciudad situada a 13 kms. al norte de Jerusalén,
imaginaron astutamente un plan de engaño. Fingiendo ser de una lejana tierra
por la evidencia de sus ropas rotas y sucias y sus alimentos descompuestos,
llegaron al campamento israelita en Gilgal y
expresaron su temor del Dios de Israel, ofreciéndoles ser sus sirvientes si
Josué hacía un convenio con ellos. A causa de haber fallado en buscar la guía
divina, los líderes de Israel cayeron en la trampa y se negoció un tratado de
paz con los gabaonitas. Tras tres días, se descubrió
que Gabaón y sus tres ciudades dependientes se
hallaban en las proximidades. Aunque los israelitas murmuraron contra sus
jefes, el tratado no se violó.
En su lugar,
los gabaonitas fueron encargados de suministrar
madera y agua para el campamento israelita.
Gabaón era una de las
grandes ciudades de Palestina. Cuando capituló a Israel, el rey de Jerusalén,
se alarmó grandemente. En respuesta a su llamada, otros reyes amorreos de Hebrón. Jarmut, Laquis y Egión formaron una
coalición con él para atacar la ciudad de Gabaón.
Habiendo hecho una alianza con Israel, la ciudad sitiada despachó
inmediatamente mensajeros en demanda de socorro para aquel lugar. Mediante la
marcha de toda una noche desde Gilgal. Josué apareció
inesperadamente en Gabaón, donde derrotó y empujó al
enemigo a través del paso de Bet‑horón (también conocido como el valle de Ajalón) hasta Azeca y Maceda.
La ayuda
sobrenatural en esta batalla resultó una aplastante victoria para los
israelitas. Además del elemento sorpresa y pánico en campo enemigo, las
piedras del granizo hicieron enormes bajas entre los amorreos, más de las que
hicieron los combatientes de Israel (Jos. 10:11).
Además, a los israelitas se les permitió un largo día para que persiguieran al
enemigo. La ambigüedad del lenguaje concerniente a este largo día de Josué, ha
dado origen a variadas interpretaciones. ¿Era este un lenguaje poético?
¿Solicitó Josué una mayor duración de la luz del sol o para descanso del calor
del día?[8] Si se trata de
un lenguaje poético, entonces sólo se trata de una llamada hecha por Josué
para ayuda y fortaleza.[9] Como resultado
los israelitas estuvieron tan llenos de fortaleza y vigor que la tarea de un
día fue llevada a cabo en medio día. Aceptado como una prolongación de la
duración de la luz, esto fue un milagro en el cual el sol o la luna y la
tierra, quedaron detenidos.[10] Si el sol y la
luna retuvieron sus cursos regulares, pudo haber sido un milagro de refracción
o un espejismo dado sobrenaturalmente, extendiendo la luz del día de forma tal
que el sol y la luna parecieron quedar fuera de sus cursos regulares. Esto
proporcionó a Israel más tiempo para perseguir a sus enemigos.[11] La llamada de
Josué en favor de la ayuda divina pudo haber sido una solicitud de alivio para
que disminuyera el calor del sol, ordenando que el sol permaneciese silencioso
o sordo, es decir, que evitara el brillar tanto. En respuesta, Dios envió una
tormenta de granizo que les proporcionó tanto el alivio del calor solar y la destrucción
del enemigo. Los soldados, refrescados, hicieron un día de marcha en medio día
de duración desde Gabaón hasta Maceda,
una distancia de 48 kms.[12] y les pareció
un día completo cuando en realidad sólo había transcurrido medio día. Aunque el
relato de Josué no nos proporcione detalles de cómo ocurrió aquello, resulta
aparente que Dios intervino en nombre de Israel y la liga amorea
fue totalmente derrotada.
En Maceda, los cinco reyes de la liga amorrea fueron atrapados
en una cueva y subsecuentemente despachados por Josué. Con la conquista de Maceda y Libra, esta última situada en la entrada del valle
de Ela, donde más tarde David venció
a Goliat, los reyes de aquellas dos ciudades igualmente fueron muertas. Josué,
entonces asaltó la bien fortificada ciudad de Laquis
(la moderna Tell‑ed‑Duweir) y al segundo día de sitio, derrotó dicha plaza
fuerte. Cuando el rey de Gezer intentó ayudar a Laquis, también pereció con sus fuerzas; sin embargo, no se
afirma que se conquistase la ciudad de Gezer. El
siguiente movimiento de Israel fue la victoria al tomar Eglón,
que actualmente está identificada con la moderna Tell‑el‑Hesi.
Desde allí, las tropas atacaron hacia el este en la tierra de las colinas, y
bloquearon Hebrón, que no fue fácilmente defendida.
Entonces, dirigiéndose hacia el sudoeste cayeron como una trompa y tomaron Debir, o Quiriat‑sefer. Aunque las fuertes ciudades‑estado de Gezer y Jerusalén no fueron conquistadas, quedaron aisladas
por esta campaña, de tal forma que la totalidad del área meridional, desde Gabaón hasta Cales‑barrea y Gaza,
quedaron bajo el control de Israel cuando Josué condujo sus guerreros
endurecidos por la batalla de nuevo al campamento de Gilgal.
La conquista y
ocupación del norte de Canaán está brevemente
descrita. La oposición fue organizada y conducida por Jabín, rey de Hazor, que tenía bajo su mando una gran fuerza de carros de
batalla. Una gran batalla tuvo lugar cerca de las aguas de Merom
con el resultado de que la coalición cananeo fue totalmente derrotada por
Josué. Los caballos y los carros de combate fueron destruídos.y
la ciudad de Hazor quemada hasta reducirla a cenizas.
No se hace mención a la destrucción de otras ciudades en Galilea.
Hazor, identificada
como Tell‑el‑Quedah, está
estratégicamente situada aproximadamente a 24 kms. al
norte del mar de Galilea a unos ocho kms. al oeste
del Jordán. En 1926‑1928, John Garstang dirigió una excavación arqueológica de este lugar.
Más recientemente, excavaciones de mayor importancia de Hazor
fueron llevadas a cabo y dirigidas por el Dr. Yigael Yadin, en 1955‑58.[13] La acrópolis
en sí misma, consistía en veinticinco acres que alcanzaban una altura de
cuarenta mts. y que aparentemente fue fundada en el
tercer milenio a. C. Un área más baja hacia el norte consistente en unas sesenta
y siete hectareas estuvo ocupada durante el segundo
milenio a. C. y tal vez tuviera una población tan importante como 40.000
habitantes. En los registros de Egipto y Babilonia, Hazor
es frecuentemente mencionada, indicando su importancia estratégica. La parte
baja de la ciudad, aparentemente fue construida durante la segunda mitad del
siglo XVIII de la era de los hicsos. Tras de que
Josué destruyera este poderoso centro cananeo, el poder en Hazor
tuvo que haber sido restablecido suficientemente para suprimir a Israel, hasta
que fue nuevamente aplastada (Jue. 4:2) tras de lo
cual Hazor fue incorporada por la tribu de Neftalí.
En forma
resumida, Jos. 11:16‑12:24 relata para la
conquista de Israel la totalidad de la tierra de Canaán.
El territorio cubierto por las fuerzas de ocupación extendidas desde Cades‑barnea, o las
extremidades del Neguev, que llegaba al norte hasta
el valle del Líbano, bajo monte Hermón. Sobre el lado
oriental del Jordán, se divide el área que previamente había sido conquistada
bajo Moisés y que se extendía desde monte Hermón ea el norte, hasta el valle de Arnón,
al este del mar Muerto.
Existe una
lista de treinta y un reyes derrotados por Josué. Con tantas ciudades‑estados,
cada una con su propio rey y tan pequeño territorio, fue posible para Josué y
los israelitas el derrotar a aquellos gobernantes locales en pequeñas
federaciones. Incluso aunque los reyes fueron derrotados, no todas las ciudades
fueron realmente capturadas u ocupadas. Mediante su conquista, Josué sometió a
los habitantes hasta el extremo de que durante el subsiguiente período de paz,
los israelitas pudieron establecerse en la tierra prometida.
El
reparto de Canaán
A pesar de que
los reyes cabecillas habían sido derrotados y prevaleció un período de paz,
quedaron muchas zonas no ocupadas en la tierra (13:1‑7). Josué fue
divinamente comisionado para repartir el territorio conquistado a las nueve
tribus y media. Rubén, Gad, y la mitad de Manasés habían recibido sus partes al este del Jordán,
bajo Moisés y Eleazar (Jos. 13:8‑33; Núm. 32).
Durante el
período de la conquista, el campamento de Israel estuvo situado en Gilgal, un poco al nordeste de Jericó, cerca del Jordán.
Bajo la supervisión de Josué y Eleazar, el reparto fue hecho a algunas de las
tribus, mientras todavía estaban allí acampadas. Caleb,
que había sido un hombre de fe poco común cuarenta y cinco años anterior a
aquella época, cuando los doce espías fueron enviados a Canaán
(Núm. 13‑14), entonces recibió una especial consideración, siendo
recompensado con la ciudad de Hebrón en su herencia
(14:6‑15). La tribu de Judá se apropió de la
ciudad de Belén, además de la zona existente entre el mar Muerto y el mar
Mediterráneo. Efraín y la mitad de Manasés
recibieron la mayor parte de la zona al oeste del Jordán entre el mar de
Galilea y el mar Muerto (Jos. 16:117:18).
Silo fue
establecido como el centro religioso de Israel (Jos.
18:1). Fue allí donde las tribus restantes fueron invitadas a poseer sus
territorios ya asignados. Mientras se le dio a Simeón la tierra al sur de Judá, las tribus de Benjamín y de Dan recibieron su parte
inmediatamente al norte de Judá. Se les entregó su
pertenencia a Manasés en el norte, comenzando con el
valle de Meguido y monte Carmelo, Isacar,
Zabulón, Aser y Neftalí.
Las ciudades para
refugio fueron designadas por toda la tierra prometidá
(20:1‑9). Al oeste del Jordán esas ciudades eran Cades
en Neftalí, Siquem en
Efraín, y Hebrón en Judá.
A1 este del Jordán en cada una de las áreas tribales, estaban los siguientes: Beser en Rubén, Ramot de Galaad dentro de las fronteras de Gad,
y Golán en Basán, en el
área de Manasés. A esas ciudades, cualquiera podía
huir buscando seguridad para caso de venganza de sangre por la muerte de un
hombre.
La tribu de Leví no recibió reparto territorial, ya que era la
responsable de los servicios religiosos en toda la nación. Las demás tribus
tenían la obligación de proporcionar toda clase de facilidades a los levitas y,
de esa forma, la tierra de pastoreo de cada una de las cuarenta y ocho ciudades
estaba a disposición de los levitas para que pudiesen dar alimento a sus
rebaños.
Con una
recomendación por sus fieles servicios y una admonición a permanecer fieles a
Dios, Josué despidió a las tribus transjordanas que
habían servido con el resto de la nación, bajo su mando, en la conquista del
territorio al oeste del Jordán. Tras su retorno a la Transjordania,
erigieron un altar, una acción que alarmó a los israelitas que se habían
comportado en Canaán debidamente. Finees,
el hijo del sumo sacerdote, fue enviado a Silo para hacerse cargo de la
situación. Su investigación le aseguró de que el altar levantado en, la tierra
de Galaad, servía al propósito de mantener un debido
culto a Dios.
La Biblia no
establece cuanto tiempo vivió Josué tras sus campañas militares. Una inferencia
basada en el libro de Josué, 14:6‑12, es que la conquista de Canaán fue llevada a cabo en un período de aproximadamente
siete años. Josué pudo haber muerto poco después de esto o pudo haber vivido
como veinte o treinta años como máximo. Antes de morir a la edad de 110 años,
reunió a todo Israel en Siquem y severamente les
amonestó a temer al Señor. Les recordó que Dios había advertido a Abraham de
que no sirviera a ningún ídolo y había verificado el convenio de la alianza
hecho con los patriarcas trayendo a Israel a la tierra prometida. Se hizo una
alianza pública mediante la cual los jefes aseguraron a Josué que ellos
servirían al Señor. Después de la muerte de Josué, Israel cumplió esta promesa
sólo hasta el paso de la generación más vieja.
Cuando
gobernaban los Jueces
Los
acontecimientos registrados en el libro de los Jueces están íntimamente
relacionados a los de los tiempos de Josué. Puesto que los cananeos no habían
sido totalmente desalojados y la ocupación de Israel no era completa,
similares condiciones continuaron en el período de los Jueces. En consecuencia,
el estado de guerra continuó en zonas locales o en ciudades que fueron vueltas
a ocupar en el curso del tiempo. Referencias tales como las citadas en Jueces
1:1; 2:6‑10, y 20:26‑28 parecen indicar que los acontecimientos en Josué y
Jueces están íntimamente relacionados cronológicamente o son incluso
sincrónicos.
La cronología
de este período es difícil de discernir. El hecho de que se hayan sugerido
cuarenta o cincuenta métodos diferentes para medir la era de los Jueces, es
indicativo del problema. Los años conforme están repartidos para cada Juez en
el relato bíblico, son como sigue:
años
Opresión mesopotámica 8
3:8
Otoniel ‑ liberación y tranquilidad 40 3:11
Opresión de Moab 18
3:14
Aod ‑ liberación y tranquilidad 80 3:30
Opresión cananea – Jabín 20 4:3
Débora y Barac ‑
liberación y tranquilidad 40
5:31
Opresión madianita 7
6:1
Gedeón ‑ liberación y tranquilidad 40 8:28
Abimelec ‑ el rey marioneta 3 9:22
Tola ‑ período de judicatura 23 10:2
Jair ‑ período de judicatura 22 10:3
Opresión amonita 18
10:8
Jefté ‑ liberación y tranquilidad 6 12:7
Ibzán – magistratura 7
12:9
Elón – magistratura 19
12:11
Abdón – magistratura 8
12:14
Opresión filistea 40
13:1
Sansón ‑ hazañas y magistratura 20 15:20
________
Total 410 años
Indudablemente,
este cálculo de años y tabulación es la que tiene Pablo en la memoria cuando
divide el período de Josué hasta Samuel, incluyendo 40 años para la judicatura
de Elí (Hechos 13:20). Incluso con la aceptación de
la temprana fecha de la ocupación de Cancán bajo Josué (1400 a. C.), es
imposible permitir una cronológica secuencia para esos años, puesto que David
estaba plenamente establecido en el trono de Israel por el año 1000, a. C. En I
Reyes 6:1, se calcula un período de 480 años, desde el tiempo del Éxodo al
cuarto año del reinado de Salomón. Incluso permitiendo un mínimo de 20 años por
cada uno para Elí, Samuel y Saúl, 40 años para David,
4 años para Salomón, 40 años para la peregrinación por el desierto y un mínimo
de 10 años para Josué y los ancianos, un total de 154 años tendría que ser
añadido a 410, haciendo una gran tabulación de 566 años. La obvia conclusión es
que el período de los Jueces no corresponde a una secuencia cronológica.
Garstang tiene en
cuenta para este período, considerando a Samgar,
Tola, Jair, Ibzán, Elón y Abdón como jueces locales cuyos años son sincrónicos
con aquellos de los períodos mencionados[14] Omitiendo esto
de la tabulación cronológica, el número total de años entre el

Exodo y el cuarto
año del reinado de Salomón, aproxima la cifra de 480 años. En Jueces 11:26, se
dan 300 años como el tiempo transcurrido entre la derrota de los amonitas bajo
Moisés y los días de Jefté. Restando los anos de
Josué y los ancianos, y añadiendo 20 años para Sansón, el tiempo que
corresponde a los Jueces desde Otoniel a Sansón se
aproximaría a tres siglos (1360‑1060 a. C.).
La última fecha
para la conquista bajo Josué (1250‑1225 a. C.) limita el período
permitido a los Jueces, incluyendo los días de Elí,
Samuel y Saúl, a dos siglos o menos. Con este cómputo en I Reyes 6:1, y Jueces
11:26, se tiene la consideración de ser unas últimas inserciones y no fiables
históricamente. Aunque Garstang considera la
referencia en I Reyes como una inserción, él lo fecha antes y lo acepta como
fiable. Esta cronología más corta necesitaría una ulterior sincronización de
períodos de opresión y permanencia en los días de los Jueces.
Obviamente,
cualquier pauta cronológica propuesta para esta era de los jueces no es sino
una solución sugerida. Los datos de la Escritura son suficientes para
establecer una cronología absoluta. Parece completamente cierto que los
autores de Josué y Jueces no intentan dar un relato que encaje en una completa
cronología para el período en cuestión. La fe a las tradiciones de I Reyes 6:1
y Jueces 11:26 exige la cronología más larga.
Israel no tenía
capital política en los días de los Jueces. Silo, que fue establecido como
centro religioso en los días de Josué (Jos. 18:1),
continuó como tal en los días de Elí (I Samuel 1:3).
Puesto que Israel no tenía rey (Jueces 17:6; 18:1; 19:1; y 21:25) no existía
plaza central donde un juez pudiera oficiar. Aquellos jueces intervenían en
lugares de liderazgo según la situación local o nacional pudiese demandar. La
influencia y el reconocimiento de muchos de ellos, era indudablemente limitada
a su comunidad local o tribu. Algunos de ellos eran caudillos militares que
liberaron a los israelitas del enemigo opresor, mientras que otros fueron
reconocidos como magistrados a quienes el pueblo se dirigía para decisiones
políticas o de carácter legal. Sin tener un gobierno central, ni capitalidad,
las tribus israelitas fueron gobernadas espasmódicamente sin inmediata
sucesión, cuando uno de los jueces fallecía. Con algunos de los jueces
restringidos a zonas locales, es también razonable asumir que varias
judicaturas se superpusieran.
Para
la bíblica representación gráfica de las condiciones de esta época, como se da
en Jueces y Rut, considérese el siguiente análisis:
I. Condiciones
prevalecientes Jueces 1:1‑3:6
Areas no ocupadas 1:1‑2:5
Ciclos religioso‑político 2:6‑3:6
II. Naciones
oprimidas y liberadores 3:7‑16:31
Mesopotamia – Otoniel 3:7‑11
Moab – Aod 3:12‑30
Filistea‑ Samgar 3:31
Canaán (Hazor) ‑ Débora y Barac 4:1‑5:31
Madián ‑ Gedeón (Jerobaal) 6:1‑8:35
Abimalec, Tola y Jair 9:1‑10:5
Amón – Jefté 10:6‑12:7
Ibzán, Elón, y Abdón1 2:8‑15
Filistea – Sansón 13:1‑16:31
III. Condiciones culturales
en los días de los Jueces 17:1‑Rut
4:22
Micaía y su idolatría 17:1‑13
Migración de los danitas 18:1‑31
Crimen y guerra civil 19:1‑21:35
La historia de Rut Rut 1:1‑4:22
La anotación
"en estos días no había rey en Israel; y cada lo que bien le parecía"
(Jue. 21:25) describe claramente las c que
prevalecían en la totalidad del período de los Jueces.
El versículo
que sirve de apertura a Jueces, sugiere que este que este libro tiene relación con
los acontecimientos que tuvieron lugar tras la muerte de Josué. El relato de
Jueces 2:6‑10, puede apoyar la idea de que algunos de tale'
acontecimientos se refiere en parte a la conquista de ciertas ciudades bajo` el
mando de Josué. La conquista de Hebrón en Jueces 1:10‑15,
puede ponerse como paralelo al relato de Josué 15:14‑19. Otras
declaraciones reflejan los cambios que ocurrieron en un largo período de
tiempo. Jerusalén no fue conquistada en los días de Josué (15:63) y, de
acuerdo con Jueces 1:8, la ciudad fue quemada por el pueblo de Judá, pero en el versículo está claramente establecido que
los benjaminitas no desalojaron a los jebuseos de
Jerusalén. La ciudad no fue realmente ocupada por los israelitas hasta los días
de David. La victoria judaica tuvo que haber sido solo temporal.
Aunque
Josué había derrotado las principales fuerzas de la oposición cuando conducía a
Israel hacia Canaán y dividió la tierra a las
diversas tribus, muchos locales permanecieron en manos de los cananeos y otros
habitantes. En su mensaje final a los israelitas Josué advirtió al pueblo de
no mezclarse o contraer matrimonio con los habitantes locales que se quedaron,
sino que les amonestó a apartar a aquellas gentes idolátricas y ocupar sus
tierras. Se hicieron ulteriores intentos para desalojar a tales gentes, pero
según lo escrito se deduce que los israelitas sólo fueron parcialmente obedientes.
Mientras
que se conquistaron algunas zonas, ciertas ciudades fuertemente fortificadas
tales como Taanac y Meguido
permanecieron en posesión de los cananeos. Cuando Israel fue lo suficientemente
fuerte, Israel quiso forzar a aquellas gentes al trabajo y a pagar tributos;
pero fracasaron en su propósito de expulsarles fuera de la tierra.
Consecuentemente, los amorreos, cananeos y otros, permanecieron en la tierra
que había sido entregada por completo a Israel para su posesión y ocupación.
Hubiera parecido completamente natural, que cuando Israel se hubiera
debilitado, aquellas gentes incluso volviesen a tomar posesión de sus tierras,
ciudades y poblados que Israel hubo una vez conquistado (ver Jueces 1:34).
La ocupación
parcial de la tierra dejó a Israel en permanentes dificultades. Mediante la
fraternización con los habitantes, los israelitas participaron en el culto a
Baal, conforme apostataban del culto a Dios. Los pueblos particularmente
mencionados que fueron culpables de que Israel se apartase de Dios, fueron los
cananeos, los heteos, los amorreos, los ferezeos, los
heveos y los jebuseos. Durante este período de
apostaría, los matrimonios mixtos condujeron a mayores abandonos en el servicio
y verdadero culto a Dios. En el curso de una generación el populacho de Israel
llegó a ser tan idólatra que las bendiciones prometidas por Dios a través de Moisés y Josué, les fueron retiradas. A1 rendir culto a Baal los israelitas
rompieron con el primer mandamiento del Decálogo.
El juicio les
llegó en forma de opresión. Ni Egipto ni la Mesopotamia
eran lo bastante fuertes como para dominar el Creciente Fértil durante esta
era. La influencia egipcia en Palestina había disminuido durante el reinado de Tut‑ank‑Amón (1360 a.
C.). Asiria surgía poderosa (1250 a. C.), pero ya no
se interfería en las cuestiones de Canaán. Esto permitió
a los pueblos de las inmediaciones, al igual que a las ciudades‑estados
usurpar sobre las posesiones de Israel en Canaán. Los
oponentes políticos de esta época son los mesopotámicos, moabitas,
filisteos, cananeos, madianitas y amonitas. Estos invasores tomaron ventaja de
los israelitas, arrebatándoles sus propiedades y cosechas. Cuando la situación
llegó a hacerse insoportable, se desesperaron lo bastante como para volverse
hacia Dios.
El
arrepentimiento fue el siguiente paso de este ciclo. Conforme los israelitas
perdían su independencia y se sometían a la opresión, reconocieron que estaban
sufriendo las consecuencias de su desobediencia a Dios. Cuando se hicieron
conscientes de su pecado, se volvieron hacia Dios en penitencia Su llamada no
fue en vano.
La liberación
llegó a través de campeones que Dios envió para desafiar a los opresores. Jefes
militares que condujeron a los israelitas a atacar al enemigo, fueron como
notables, Otoniel, Aod, Samgar, Débora y Barac, Gedeón, Jefté y Sansón.
Especialmente dotados con una divina capacidad, aquellos jefes rechazaron a los
enemigos e Israel de nuevo gozó de un pedodo de paz
y tranquilidad.
Estos ciclos
religioso‑políticos se sucedieron frecuentemente en los días de los Jueces. El pecado, la tristeza, la
súplica y fa salvación eran cosa del día. Cada generación, aparentemente, tenía
bastante gente que era consciente de la posibilidad de asegurarse el favor de
Dios y sus bendiciones, y la idolatría rechazada, restaurándose la adhesión a
los preceptos de Dios que quedaban así instaurados.
Los
jueces y las naciones opresoras
La opresión por
un período de ocho años por una fuerza de invasión procedente de las altiplanicias de Mesopotamia, de
comienzo al primer ciclo. Garstang sugiere que Cusham‑Risha‑taim era un rey heteo que se había anexionado el norte de
la Mesopotamia, también conocido por Mitanni, y extendió su poder hasta la tierra de Israel.[15] Otoniel, de la tribu de Judá,'¡
tomó la iniciativa en convertirse en campeón de la causa de Israel, conforme s
el Espíritu del Señor cayó sobre él. Siguió a esto un período de calma de
cuarenta años.
Moab fue la próxima
nación que invadió a Israel. Apoyados por los amonitas y amalecitas, los moabitas ganaron una posición en territorio de Israel, y
exigió tributos. Aod, de la tribu de Benjamín se
levantó como liberador para terminar con los diez y ocho años de la dominación
moabita. Habiendo .pagado el tributo, Aod obtuvo una
audiencia privada con Eglón, el rey de Moab. Utilizando la espada con la mano izquierda, Aod le atacó cuando estaba desprevenido, y mató al citado
rey de Moab, escapando después antes que fuera
descubierta su hazaña. Los moabitas quedaron
desmoralizados, mientras que los israelitas se envalentonaron para apoyar a Aod en toda su ofensiva contra el enemigo. Aproximadamente
unos 10.000 moabitas perdieron la vida en el
encuentro, lo que proporcionó a Israel una notable victoria. Con la expulsión
de Moab, Israel gozó de un período de tranquilidad de
ocho años. Durante esta época, Ramsés II, que gobernaba
Egipto (1290-1224 a. C.) y Merneptah su hijo (1224‑1214)
mantuvieron un equilibrio. de poder con los heteos controlando Palestina tan
lejos como al sur de Siria. La sola mención de Israel en las inscripciones egipcias procede
de la. baladronada de Merneptah de que Israel era
considerada como un erial.[16] En su
totalidad las condiciones de paz prevalecieron por algún tiempo.
Solamente
en un versículo se hace mención a la carrera de Samgar.
No se indica nada respecto a la opresión, ni existen tampoco detalles respecto
al origen de Samgar ni a su pasado. Una lógica
inferencia parece ser que los filisteos penetraron dentro del territorio de
Israel y que Samgar se levantó para ofrecerles
resistencia, matando a 600 enemigos en un valeroso esfuerzo.
El
hostigamiento por los cananeos, seguido por un período de veinte años, conforme
la influencia egipcia declinaba en Palestina bajo Merneptah
y otros gobernantes débiles, ocurrió cerca del siglo XIII. Mientras Jabín, rey
de los cananeos, gobernaba en Hazor, situado al norte
del mar de de Galilea, Sísara, el capitán del
ejército de Jabín, persiguió a los israelitas desde Haroset‑goim, situada cerca del arroyo de Cisón
a la entrada noroeste de la llanura de Esdraelón.
Durante la
época de esta opresión cananea, Débora ganó el, reconocimiento como profetisa
en la tierra de Efraín, cerca de Ramá y Betel. Habiendo
enviado por Barac, no sólo le amonestó para que
entrase en la batalla, sino que personalmente se unió a él en Cedes en Neftalí. Allí, Barac reunió una
fuerza combatiente y se dirigió hacia el sur al monte de Tabor, situado al
nordeste de la llanura triangular de Esdraelón. Sin
embargo, puesto que Sísara tenía la ventaja de 900
carros de guerra en su fuerza combatiente, Barac tuvo
miedo de asumir la responsabilidad de combatir a los cananeos con sus 10.000
infantes. Incluso aunque Débora le aseguró la victoria conforme los cananeos
fueron, atraídos con engaño hacia el Cisón, Barac no quiso aventurarse fuera sin su valerosa
acompañante.
Las fuerzas
cananeas fueron sorprendentemente confundidas. Un cuidadoso examen del relato,
parece indicar que cuando los carros de guerra del enemigo se hallaban. en le
valle de Cisón, una repentina lluvia redujo la
ventaja de los cananeos. Los carros guerreros tuvieron que ser abandonados al
quedar atascados en el fango (5:4, 20, 21; 4:15).[17] Con las
fuerzas cananeas derrotadas y Sísara muerto, por Jael, los israelitas ganaron una paz que duró cuarenta
años. La victoria fue celebrada en un canto que expresa la alabanza por la ayuda
divina (Jueces 5).
La reversión de
Israel a la idolatría fue seguida por incursiones procedentes del Desierto
Sirio por nómadas hostiles montados en camellos, conocidos como madianitas,
amalecitas e Hijos de Este, que llegaron a hacerse dueños de las cosechas y el
ganado de los israelitas. Siete años de depredación fue un período excesivo,
de tal forma, que los israelitas tuvieron que buscar refugio seguro en las
cuevas y en lugares montañosos.
En un pueblo
llamado Ofra, Gedeón se
hallaba ocupado secretamente buscando grano para su padre, cuando el ángel del
Señor le comisionó para liberar a su pueblo. Aunque Ofra
no puede ser definitivamente identificado, probablemente estaba situado cerca
del valle de Jezreel en la Palestina central, donde
la presión madianita era mayor. Lo primero que hizo Gedeón
fue destruir el altar de Baal en el estado de su padre. Aunque las gentes de la
población se alarmó ante el hecho, el padre de Gedeón,
Joás, no era partidario de la idolatría. Por esta
memorable acción Gedeón fue llamado Jerobaal que significa "Contienda Baal contra él"
(Juec. 6:32).
Cuando las
fuerzas del enemigo estaban acampadas en el valle de Jezreel,
Gedeón reunió un ejército. Por el uso de un vellón
dos veces expuesto, tuvo la seguridad de que Dios le había llamado ciertamente
para liberar a Israel (Jueces 6:36‑40). Cuando Gedeón
anunció a su ejército de 32.000 hombres reunidos de Manasés,
Aser, Zabulón y Neftalí, que cualquiera que tuviese miedo podría volverse
a casa vio a 22.000 hombres salir de las filas. Como resultado de una nueva
comprobación perdió otros 9.700 hombres. Con una compañía de solo 300 hombres
que preparó para la batalla, se dispuso a atacar a las hordas nómadas.
En las faldas
del monte More, hacia la terminación oriental de la llanura de Meguido, permanecía acampada la gran hueste de los
madianitas con sus camellos. Gedeón, dividiendo su
banda de 300 hombres en tres compañías, hizo un ataque por sorpresa durante la
noche. Al principio de la mitad de la guardia ‑tras las 10 de la noche‑
cuando el enemigo dormía profundamente, los hombres de Gedeón
soplaron las trompetas, aplastaron sus cántaros y gritaron el grito de batalla
diciendo "¡Por la espada del Señor y de Gedeón!"
(Juec. 7:20). Los madianitas sumidos en la mayor
confusión huyeron a través del Jordán. Por su fe en Dios, Gedeón
puso así en fuga al enemigo y liberó a los israelitas de la opresión (ver Heb. 11:32).
En la
persecución de los madianitas, la condición sin ley de los días de los Jueces
se refleja de nuevo (Jueces 8). Tras pacificar a los celosos efrateos, que no
habían compartido la gran victoria, Gedeón encaminó a
los madianitas hacia la Tran.sjordania, tomando una
apreciable cantidad de botín de objetos valiosos, objetos de oro, collares de
camellos, joyas de toda clase, al igual que ornamentos de púrpura de los que
vestían los reyes madianitas. Como resultado, el pueblo ofreció a Gedeón el reinado hereditario.,¡ El rechazo de Gedeón refleja su actitud de resistencia contra la
tendencia''', hacia la monarquía. Sin embargo, Gedeón
hizo un efod de oro de los despo‑,
jos tomados al enemigo. Tanto si aquello era un ídolo
o un simple memorial de su victoria o una acción contraria al efod con que se adornaban los sumos sacerdotes (Ex. 27:6‑14)
es algo que no está claro. En cualquier caso, el!' objeto se convirtió en un
símbolo para Gedeón y su familia, al igual que para los
israelitas, allanando el camino hacia la idolatría. Aunque Gedeón
había,,' ganado la seguridad para Israel de los invasores, por cuarenta años,
median‑. te su victoria militar, su influencia en religión fue negada.
Poco después de su muerte, el pueblo se volvió abiertamente hacia el culto de
Baal, olvidando que Dios les había garantizado la liberación.
Abimalec, un hijo de
una concubina de Gedeón, se nombró a sí mismo como
rey en Síquem por un período de tres años tras la
muerte de Gedeón.
Ganó la
adhesión de los siquemitas, matando traidoramente a
todos los setenta hijos de Gedeón, excepto a Jotam. Este último, dirigiéndose a los hombres de Síquem, desde el monte Gerizim,
por medio de una parábola, compara a Abimelec con una
zarza que fue invitada a reinar sobre los árboles. Invocó la maldición de Dios
sobre Siquem por su conducta con la familia de Gedeón.
La revuelta
pronto estalló bajo Gaal, quien incitó a los siquemitas a rebelarse. En el transcurso de la lucha civil
que siguió, Abimelec fue muerto finalmente por una
piedra de molino que una mujer dejó caer sobre su cabeza cuando se aproximaba a
una torre fortificada dentro de la ciudad.
Esto acabó con
todos los intentos de establecer la monarquía en Israel en los días de los
Jueces.
Se
conoce poco respecto a Tola y a Jair. Puesto que no
se conocen grandes hechos que les conciernan, sus responsabilidades fueron
meramente judiciales. Tola, de la tribu de Isacar,
paró en Samir, situada en algún lugar del país de las
colinas de Efraín. Se le asigna un gobierno de 23 años.
Jair hizo su oficio de juez en
el territorio de Galaad al este del Jordán durante 22
años. El hecho de que tuviese una familia de 30 hijos indica no sólo una
ostentosa poligamia, sino también su rango y su posición de riqueza en la
cultura de la época.
La
apostasía de nuevo prevaleció en Israel, vuelto hacia el culto de Baal y otras
deidades paganas. La opresión de esta época proviene de dos direcciones: los
filisteos presionaban desde sudoeste y los amonitas invadieron desde oriente.
La liberación en la Transjordania y su zona llegó
bajo el caudillaje de Jefté.
A
causa de ser hijo de una ramera, Jefté fue condenado
al ostracismo desde su comunidad hogareña a temprana, edad. Llegó a ser un jefe
de bandoleros o capitán de merodeadores en Tob, que
probablemente estaba situada al nordeste de Galaad.
Cuando los galaaditas buscaron un caudillo, fue
llamado Jefté. Antes de aceptar este nombramiento, se
hizo un solemne pacto mediante le cual los ancianos galaaditas
le reconocieron como jefe y caudillo.
Cuando Jefté apeló a los amonitas, éstos respondieron con la
fuerza. Antes de presentar batalla, hizo un voto que le obligaba a ser cumplido
en el caso de que volviera victorioso. Vigorizado con el Espíritu del Señor, Jefté obtuvo una gran victoria de tal forma que los
israelitas fueron liberados de los amonitas quienes les habían oprimido durante
diez y ocho años. Cuando Efraín protestó de que no se les había llamado para
tomar parte en la batalla contra los amonitas, Jefté
supo responderle militarmente con su ejército.
¿Sacrificó Jefté realmente a su hija en cumplimiento del voto que
había pronunciado? En aquel dilema, no habría agradado ciertamente a Dios que
se le hiciera un sacrificio humano, que en ningún lugar de la Escritura tiene
la divina aprobación. De hecho, este fue uno de los grandes pecados por los
cuales los cananeos tenían que ser exterminados. Por otra parte, ¿cómo pudo
agradar a Dios no cumpliendo con su voto? Aunque los votos en Israel eran
voluntarios, una vez que una persona hacía un voto, se hallaba bajo la
obligación de cumplirlo (Núm. 6:1‑21). La clara implicación en Jueces
11, es que Jefté cumplió el suyo (v. 39). Su manera de
hacerlo está sujeta a varias interpretaciones.
Que los líderes
israelitas no se conformaban a la religión pura en los días de los Jueces,
resulta aparente en los registros bíblicos[18] Jefté, que tenía un pasado a medias cananeo, pudo haber
conformado la realización de su voto, prevaleciendo las costumbres paganas,
sacrificando a su hija.[19] Puesto que las
montañas eran consideradas como símbolos de la fertilidad por los cananeos, su
hija fue a las montañas a guardar luto por su virginidad con objeto de evitar
cualquier posible cesación de la fertilidad de la tierra.[20]
Periódicamente, durante cada año, las doncellas israelitas empleaban cuatro
días recordando el luto de la muchacha sacrificada.[21]
Si la
familiaridad de Jefté con la ley le volvió consciente
del disgusto de Dios con los sacrificios humanos, él pudo haber dedicado a su
hija al servicio del tabernáculo.[22] Haciéndolo
así, pudo haber cumplido con su voto y conformado su actuación a la ideal
esencial de la completa consagración significada en la ofrenda del fuego.
Puesto que su hija era su único vástago,; Jefté
perdió el derecho de sus esperanzas a la posteridad.[23] En esta forma,
pudo haber conjugado sus obligaciones del cumplimiento del voto pronunciado
sin hacer ningún sacrificio humano, un voto que tal vez hubiese sido realizado
apresuradamente bajo una determinada presión.
Aunque la
manera en la cual Jefté cumplió su voto no está
detallada en la narrativa bíblica, hizo frente al desafío de liberar a su
pueblo de la opresión y está considerado como un héroe de la fe (Heb. 11:32).
Ibzán juzgó en
Israel durante siete años. Se ignora si Belén, el lugar de su actividad y
enterramiento, es la bien conocida ciudad de Judá o
un pueblo en Zabulón. La mención de treinta hijos y treinta hijas indica
su posición, riqueza
e influencia.
Elón