Capítulo VII
Tiempos de transición
En los siglos X
y XI Israel estableció y mantuvo la más poderosa monarquía de toda su
historia. Ni antes ni después, la nación tuvo tan extensas fronteras y sostuvo
tanto respeto internacional. Tal expansión fue posible en gran medida a causa
de la no interferencia que pudo haberle llegado desde las extremidades del
Creciente Fértil durante esta época de su historia.
Las naciones vecinas
Egipto había
declinado a una posición de debilidad. Ramsés III
(11981167 a. C.), el Faraón de la XX dinastía que había sido fuerte lo
bastante como para rechazar a todos los invasores, murió a manos de un asesino.
Bajo Ramsés IV‑XII (ca.
1167‑1085) el poder de los reyes egipcios sucumbió gradualmente a la
política agresiva de la familia sacerdotal.[1]
Por el 1085 a. C. Heri‑Hor,
el sumo sacerdote, comenzó a gobernar Egipto desde Karnak
en Tebas, mientras que príncipes de la familia
controlaban Tanis. La pérdida de prestigio de Egipto
se refleja por el tratamiento despectivo que se permitió Wen‑Amun[2]
en, su jornada hacia Biblos como un enviado egipcio (ca. 1080 a. C.). No fue sino hasta el cuarto año de Roboam (927 a. C.) en que Egipto estuvo en posición de
invadir Palestina (I Reyes 14: 25‑26).
Los asirios,
bajo Tiglat‑pileser
(1113‑1074 a. C.), extendieron su influencia hacia el oeste, a Siria y a
Fenicia. Sin embargo, antes de que transcurriera mucho tiempo, los propios
asirios sintieron los efectos de la invasión procedente del Oeste[3]
Durante el reinado de Asur‑Rabi
11 (1012975 a. C.), los establecimientos asirios a lo largo del Eufrates fueron; desplazados por emigración de las tribus
arameas. Sólo después del año: 875 a. C. Asiria
volvió a recobrar el control del alto valle del Eufrates
para desafiar a los poderes occidentales en Palestina.
El enemigo que
tan seriamente amenazaba el creciente poder Israel era el de los filisteos.
Rechazados en su intento de entrar en Egipto, los filisteos se establecieron en
gran número sobre la llanura marítima de Palestina poco después del 1200 a. C.[4]
Cinco ciudades se convirtiere en plazas fuertes de los filisteos: Ascalón, Asdod, Ecrón, Gaza y Gat
Sam. 6:17). Sobre cada una de esas ciudades
independientes gobernaba un "señor" que supervisaba el cultivo de la
tierra anexionada. Aunque eran' activamente competitivos con los fenicios en el
lucrativo negocio del comercio, como registraba Wen‑Amun, los filisteos amenazaban con dominar Israel en los
días de Sansón, Elí, Samuel y Saúl. Independientes en
mismas, las cinco ciudades y sus gobernantes se unían ocasionalmente par
propósitos políticos y militares.
La explicación
real de la superioridad filistea sobre Israel se encuentra en el hecho de que
los filisteos guardaban el secreto del hierro fundido. Los heteos en Asia Menor
habían sido fundidores de hierro antes del 12 a. C. pero los filisteos fueron
los primeros que utilizaron el proceso en Palestina. Guardando su monopolio
celosamente, tenían a Israel a su merced. Esto queda claramente reflejado en I Sam. 13:19‑22. "Ahora no se encuentra un solo
herrero en toda la tierra de Israel". No solo se encontraban 1a israelitas
sin herreros para forjar espadas y lanzas, sino que incluso dependían de los
filisteos para el arreglo de sus instrumentos de trabajo agrícola. Con
semejante amenaza pesando sobre Israel, se encontraba al borde caer en una
esclavitud sin remisión por parte de los filisteos.
Aunque Saúl
ofreció alguna resistencia al enemigo que avanzaba, fue sino hasta los tiempos
de David, en que el poder de los filisteos quedó roto. Por la ocupación de Edom, David aprendió los secretos de la utilización del
hierro y ganó acceso a los recursos naturales que existían en península del Sinaí. En tales condiciones, se encontró capaz de unir firmemente
la nación de Israel y de establecer una supremacía militar, que n un fue
seriamente desafiada por los filisteos.
Del
norte, la principal amenaza para Israel y su expansión, procedía Aram.[5]
Ya a principios de los tiempos patriarcales, los arameos se hab
establecido en el distrito de Khabur en la alta Mesopotamia, conocido co Aram‑Naharaim. La zona bajo
su control, pudo muy bien haberse extendí hacia el oeste hasta Alepo y al sur hasta Cades sobre
el Orontes. H dónde pudieron haberse extendido en la
zona de Damasco y hacia el s durante la época de los jueces, es algo incierto.
El
estado arameo más poderoso fue Soba, situado al norte de Damas Hadad‑ezer, gobernador de Soba, extendió sus
dominios hacia el Eufra (II Sam.
8:3‑9) y posiblemente tomó por la fuerza algunas colonias asirias de Asur‑Rabi II, rey de Asiria (1012‑975
a. C.). Las dinastías hititas en Hamat y Carquemis, fueron gradualmente reemplazadas por los arameos
conforme se expandieron, hacia el norte. Otros estados arameos situados hacia
el sur de Damasco, fueron Maaca, Gesur
y Tob. A1 este del Jordán y al sur de monte Hermón yace Maaca, con Gesur directamente hacia el sur.[6]
Puesto que su madre procedía de aquella zona, Absalón
se apresuró a acudir a Gesur en busca de seguridad
después de haber matado a Amnón.[7]
Tob (Jue. 3:11) estaba al
sudeste del mar de Galilea, pero al norte de Galaad.[8]
Estos estados, bajo la jefatura de Hadad‑ezer, representaban una
formidable coalición para la expansión de Israel en los días de David.
Los fenicios o
cananeos ocuparon la costa marítima del Mediterráneo hacia el norte. Mientras
los arameos estaban formando un fuerte reino más allá de la cadena del Líbano,
los fenicios se concentraban en intereses marítimos. Por el tiempo de David,
las ciudades de Tiro y Sidón habían establecido un
fuerte estado incluyendo el territorio costero inmediato. Mediante el comercio
y los tratados, extendieron su influencia comercialmente por todo el
Mediterráneo. Hiram, rey de Tiro, y David, rey de
Israel, lo encontraron mutuamente beneficioso para mantener una actitud de
amistad sin fricciones militares.
Los edomitas, que habitaban la zona montañosa del sur del mar
Muerto, fueron gobernados por reyes antes del resurgimiento de la monarquía de Israel
(Gén. 36:31‑39). Aunque Saúl luchó contra los edomitas (I Sam. 14: 47) fue
David quien, realmente les sometió ,ellos. La
declaración de que habían convertido en servidores de David, quien había
estacionado guarniciones por todo el país, tiene la mayor importancia (II Sam. 8:14). De las minas de Edom,
David obtuvo recursos naturales tales como cobre y hierro que Israel necesitaba
desesperadamente para acabar con el monopolio filisteo en la producción de
armamentos.
Los amalecitas,
también descendientes de Esaú (Gén.
36:12), mantuvieron el territorio al este de Edom
hacia la frontera egipcia. Saúl intentó destruir a los amalecitas (I Sam 15) pero fracasó en hacer una completa purga. Más
tarde, los amalecitas atacaron a Siclag una ciudad
ocupada por David cuando era un fugitivo del territorio filisteo, pero apenas
si son mencionados.
Los moabitas, situados al este del mar Muerto, fueron
derrotados por Saúl (I Sam. 14:47) y conquistados por
David. Por casi dos siglos, permanecieron obedientes a Israel como una nación
tributaria.
Los amonitas
ocuparon la franja del territorio sobre la frontera oriental de Israel. Saúl
les derrotó en Jabes‑galaad
cuando se estableció por sí mismo temo un rey (I Sam.
11:1‑11). Cuando los amonitas desafiaron las aperturas a la amistad de
David por una alianza con los arameos, no les venció (II Sam.
10) pero conquistó Rabá en Amón, su ciudad capital
(II Sam. 12:27). Nunca más desafiaron la superioridad
israelita .durante el período del reinado.
Bajo
el caudillaje de Elí y Samuel
Los tiempos de Elí y Samuel marcan la era de transición desde el esporádico
e intermitente caudillaje de los Jueces hasta la implantación de la monarquía
Israelita. Los dos hombres están mencionados en el libro de los jueces, pero se
les considera en los primeros capítulos de I Samuel (1:1‑8: 22) como una
introducción a la narrativa respecto al primer rey de Israel. Esos capítulos
pueden ser subdivididos como sigue:
I. Elí como sacerdote y juez 1
Sam. 1:1‑4:22
Nacimiento de Samuel 1:1‑2:11
Servicio del Tabernáculo 2:12‑26
Dos advertencias a Elí 2:27‑3:21
Juicio sobre Elí
4:1‑22
II. Samuel como
profeta, sacerdote y juez 5:1‑8:22
El arca restituida a Israel 5:1‑7:2
Resurgimiento y victoria 7:3‑14
Sumario del ministerio de Samuel 7:15‑8:3
La petición de
un rey 8:4‑22
III. Caudillaje
transferido a Saúl 9:1‑12:25
Samuel unge a Saúl privadamente 9:1‑10:16
Saúl elegido
por Israel 10:17‑27
Victoria sobre los amonitas 11:1‑11
La inauguración pública de Saúl 11:12‑12:25
La historia de Elí sirve como fondo para el ministerio de Samuel. Como
sumo sacerdote, Elí estaba a cargo del culto y
sacrificio en el tabernáculo en Silo. Fue a él, a quien los israelitas
consideraron y buscaron para guía jefatura de los asuntos civiles y religiosos.
La religión de
Israel se hallaba a un bajo nivel en los días de Elí.
El mismo fracasó en enseñar a sus propios hijos en, reverenciar a Dios;
"no tenían conocimiento del Señor" (I Sam.
2:12) y bajo su jurisdicción asumieron responsabilidades sacerdotales tomando
ventaja del pueblo conforme se aproximaba al culto y al sacrificio. No sólo
robaban a Dios solicitando la porción sacerdotal antes del sacrificio, sino que
se conducían de tal forma que el pueblo aborrecía el llevar sacrificios a Silo.
También profanaron el santuario con las acciones paganas propias de la religión
cananea. Como era de esperar, rehusaron el escuchar la amonestación y la
denuncia de semejante conducta. No es de sorprender que Israel continuase
degenerándose al incrementar tales prácticas religiosas corrompidas.
En semejante
atmósfera corrompida, Samuel fue llevado desde su niñez y dejado al ciudadano
de Elí. Dedicado a Dios y alentado por una santa madre,
Samuel creció en el entorno del tabernáculo, incorruptible a la maléfica
influencia falta de religiosidad de los hijos de Elí.
Un profeta cuyo
nombre se ignora, reprobó a Elí porque honraba a sus
hijos más de lo que honraba a Dios (I Sam. 2:27). Su
relajación había provocado el juicio de Dios, de ahí que sus hijos perdieran
sus vidas inútilmente Y un fiel sacerdote ministrase en su lugar. La
reiteración de este decreto llegó a Samuel cuando Dios le habló durante la
noche (I Sam. 3:1‑18).
Pronto y de
forma repentina aquellas proféticas palabras recibieron su total cumplimiento.
Cuando los asustados israelitas vieron que estaban perdiendo su enfrentamiento
con los filisteos, se impusieron sobre los hijos de Elí
para llevar el arca del pacto de Dios, el objeto más sagrado de Israel, al
campo de batalla. La religión había llegado a un extremo tal, que el arca, que
representaba la verdadera potencia de Dios, les salvaría de la derrota. Pero no
podían forzar a Dios a que les sirviera. Su derrota fue aplastante. El enemigo
capturó el arca, matando a los hijos de Elí. Cuando Elí oyó las sorprendentes noticias de que el arca estaba en
manos de los filisteos, sufrió un colapso que le costó la vida.
Aquello fue un
día de catástrofe para Israel. Aunque la Biblia no dice nada respecto a la
destrucción de Silo, otra evidencia aboga de que por ese tiempo, los filisteos
redujeron a ruínas el santuario central que había sostenido
y mantenido unidas a todas las tribus. Cuatro siglos más tarde, Jeremías
advirtió a los habitantes de Jerusalén, de no depositar su confianza en el
templo (Jer. 7:12‑24; 26:6‑9). Mientras
que los israelitas habían confiado en el arca para su propia seguridad, así,
la generación de Jeremías asumió que Jerusalén, como lugar de la residencia de
Dios, no podía caer en manos de las naciones gentiles. Jeremías sugirió de que
se fijasen en las ruínas de Silo y se aprovecharan de
aquel histórico ejemplo Las excavaciones arqueológicas pusieron al descubierto
el aniquilamiento de Silo en el siglo XI. Su destrucción en aquel tiempo cuenta
para el hecho de que poco tiempo después los sacerdotes oficiaban en Nob (I Sam. 21:1). Es también
digno de notar en relación con esto que Israel, en ninguna ocasión intentase
volver el arca a Silo.
La victoria
filistea desmoralizó efectivamente a los israelitas. Cuando la nuera de Eli dio a luz un hijo, ella le puso por nombre "Icabod" porque, ella sintió profundamente que las
bendiciones de Dios hubiesen sido retiradas de Israel (I Sam.
4:19‑22). El nombre del niño significaba "¿Dónde está la
gloria?" y al mismo tiempo podía demostrar que la religión cananea había
ya penetrado en el pensar de los israelitas, ya que un devoto de Baal, habría
sido como una alusión a la muerte del dios de la fertilidad.[9]
El lugar de
Samuel en la historia de Israel es único. Siendo el último de los Jueces,
ejerció la jurisdicción por toda la tierra de Israel. Además, ganó el
reconocimiento como el más grande profeta de Israel desde los tiempos de
Moisés. También ofició como sumo sacerdote, aunque él no pertenecía al linaje
de Aarón, a quien pertenecían las responsabilidades del sacerdocio.
La Biblia ha conservado
comparativamente poco respecto al ministerio real de este gran caudillo. Cuando
Elí murió, y la amenaza de la opresión filistea se
hizo más pronunciada, los israelitas se volvieron naturalmente hacia Samuel
para que les sirviera de caudillo. Después de haber escapado al despojo y
destrucción de Silo, Samuel estableció su hogar en Ramá,
donde erigió un altar. No hay indicación, sin embargo, de que aquello se
convirtiese en el centro religioso o civil de la nación. El tabernáculo, que de
acuerdo con el Salmo 78:60 había sido abandonado por Dios, no se menciona en
relación con Samuel. Israel recuperó el arca de manos de los filisteos (I Sam. 5:1‑7:2); pero lo guardó en Quiriat‑jearim en el hogar privado de Abinadab
hasta los días de David. Aparentemente, no estaba en uso público durante este
tiempo. Samuel, no obstante, actuó con sus deberes sacerdotales, al ofrecer
sacrificios en Mizpa, Ramá,
Gilgal, Belén y dondequiera que se precisasen por
todo el país.[10] Y
continuó cumpliendo con este deber y esta función incluso tras haber entregado
todos los asuntos de estado a Saúl.
En el curso del
tiempo, Samuel reunió a su alrededor un grupo profético, sobre el cual tuvo
una enorme influencia (I Sam. 19:18‑24). Es muy
verosímil que Natán, Gad y
otros profetas activos en el tiempo de David, recibiesen sus ímpetus
procedentes de Samuel.
Para ejecutar
sus responsabilidades judiciales, Samuel iba anualmente a Betel, Gilgal y Mizpa (I Sam. 7:15‑17) y puede inferirse de que en los
primeros años, antes de que delegase las responsabilidades en sus hijos Joel y Abías (I Sam. 8:1‑5)
incluyese puntos tan, distantes como Beerseba en, su
circuito por la nación.
Acredita a
Samuel, el hecho de que prevaleciese sobre Israel para purgar el culto cananeo
de sus filas (I Sam. 7:3 ss.).
En Mizpa, el pueblo se reunía para la oración, el
ayuno y el sacrificio. La palabra de la convocación se divulgó hasta los
filisteos, quienes por esta causa tomaron la ventaja de la situación para
lanzar un salto. En medio del fragor, una terrible tormenta de truenos sembró
el miedo en los corazones de los filisteos mercenarios produciendo la confusión
y poniéndoles en fuga. Evidentemente, el efecto de los truenos adquirió un
carácter portentoso en su significado para los filisteos, ya que nunca más intentaron
comprometer a los israelitas en una batalla mientras Samuel estuvo al mando de
las tribus.
Eventualmente,
los jefes tribales sintieron que debían formar una resistencia contra la
agresión filistea y de acuerdo con ello, clamaron por un rey. Como excusa para
el establecimiento de la monarquía, resaltaron que Samuel era ya anciano y sus
hijos no estaban moralmente dotados para tomar su lugar. Samuel, astutamente,
rechazó la propuesta, implorándoles elocuentemente el "no imponer sobre sí
mismo una institución cananea, extraña a su forma de vida".[11]
Cuando a despecho de aquello, persistieron en su demanda, Samuel aceptó; pero
sólo tras la divina intervención (I Sam. 8).
Cuando Samuel
consintió con cierta repugnancia a la innovación del reinado, n,o tenía idea de a quien Dios
podría elegir. Un día, mientras estaba oficiando en un sacrificio, fue
encontrado por un benjarninita que llegó para
consultarle algo concerniente a la localización de unos asnos perdidos de su
padre. Advertido de su llegada, Samuel comprobó que Saúl era el elegido de Dios
para ser el primer rey de Israel. No sólo Samuel atendió a Saúl como huésped de
honor en la fiesta sacrifical, sino que privadamente
le ungió como "príncipe sobre su pueblo" indicando mediante aquellas
palabras que el reinado era una cuestión sagrada de fe. Mientras volvía a Gabaa, Saúl fue testigo del cumplimiento de la predicción
hecha por Samuel en sus palabras en confirmación de ser elegido para aquella
responsabilidad. En una subsiguiente convocación en Mizpa,
Saúl públicamente fue elegido y entusiásticamente
apoyado por la mayoría en su aclamación popular de "¡Viva el rey!" (I
Sam. 10:17‑24). Puesto que Israel no tenía
capitalidad, se volvió hacia su ciudad nativa de Gabaa
en Benjamín.
La amenaza
amonita a Jebes de Galaad proporcionó a Saúl la oportunidad
de afirmar su jefatura.[12]
En respuesta a su llamada nacional, el pueblo acudió en su apoyo, resultando
una impresionante victoria sobre los amonitas. En una asamblea de todo Israel
en Gilgal, Samuel públicamente proclama a Saúl como
rey. Les recordó que Dios había aprobado su deseo. Sobre la base de la historia
de Israel, les aseguró la prosperidad nacional, teniendo en cuenta que el rey
y todos los ciudadanos obedecerían la ley de Moisés. Este mensaje de Samuel fue
divinamente confirmado a los israelitas con una súbita lluvia, un fenómeno
ocurrido durante la cosecha del trigo.[13]
El pueblo quedó profundamente impresionado y agradeció a Samuel por aquella
continuada intercesión. Aunque los israelitas habían vuelto a un rey para su
gobierno, las palabras de seguridad de Samuel, el profeta que había barrido la
marea de apostasía e iniciado un efectivo movimiento profético en su enseñanza
y ministerio, les volvió conscientes de su sincero interés por su bienestar:
"Lejos sea de mi que pequé yo contra el Señor cesando de rogar por
vosotros" (I Sam. 12:23).
El primer rey de Israel
Seúl gozó del
entusiástico apoyo de su pueblo, tras una inicial victoria sobre los amonitas
en Jebes de Galaad. Es cierto que no todos considera‑'
ron su acceso al reinado con la misma satisfacción; pero aquellos contrarios no
pudieron soportar su extraordinaria popularidad (I Sam.
10:27; 11:12, 13). Y así, mediante una deliberada desobediencia Saúl pronto
arruinó sus 1 oportunidades para obtener el éxito deseado. A causa de las
sospechas el odio, sus esfuerzos estuvieron tan mal dirigidos y la fuerza
nacional se disgregó de tal forma
que su reinado acabó en un completo fracaso.
El relato
bíblico del reinado de Saúl que se da en I Sam. 13:1‑31:13,
puede ser convenientemente subdividido en la forma siguiente:
I. Victorias nacionales y fracasos personales I Sam. 13:1‑15:35
Seúl falla en esperar
para Samuel 13:1‑15a
Los filisteos
derrotados en Micmas 13:15b‑14:46
La sumisión, de las
naciones vecinas 14:47‑52
Desobediencia en una
victoria amalecita 15:1‑35
II. Seúl el rey y David el fugitivo 16:1‑26:25
Resurgir de David a la
fama nacional 16:1‑17:58
Seúl busca insidiar a
David 18:1‑19:24
Amistad de David y Jonatán 20:1‑42
La huida de Davdi y sus consecuencias 21:1‑22:23
La persecución de Saúl
a David 23:1‑26:25
III. El
conflicto filisteo‑israelita 27:1‑31:13
Los filisteos permiten el refugio de
David 27:1‑28:2
Seúl busca ayuda en Endor 28:3‑25
David recobra sus posesiones 29:1‑30:31
La muerte de Saúl 31:1‑13
Saúl fue un
guerrero que condujo a su nación a numerosas victorias militares. En el lugar
estratégico sobre una colina a tres kms. al norte de Jerusalén, Saúl fortificó Gabaa[14]
para contraatacar la superioridad militar de los filisteos. Aprovechando el
victorioso ataque hecho por sus hijos Jonatán, Saúl
puso en fuga a los filisteos en la batalla de Micmas
(I Sam. 13‑14). Entre otras naciones derrotadas
por Saúl (I Sam. 14:47‑48) se contaban los
amalecitas (I Sam. 15:1‑9).
El éxito
inicial del primer rey de Israel, no obscureció su debilidad personal. El rey
de Israel tenía una posición única entre los gobernantes contemporáneos en lo
cual, él fue el responsable en conocer el profeta que representaba a Dios. En
este respecto, Saúl falló por dos veces. Esperando impacientemente la llegada
de Samuel a Gilgal, Saúl mismo ofició el sacrificio
(I Sam. 13:8). En su victoria sobre los amalecitas,
se entregó a las presiones del pueblo en lugar de ejecutar las instrucciones de
Samuel. El profeta le advirtió solemnemente que a Dios no se le complacía
mediante sacrificios, que debían ser sustituidos por la obediencia. Con este
amargo reproche Samuel dejó al rey Saúl que siguiera sus propios impulsos y
decisiones. Mediante su desobediencia, Saúl había perdido el derecho al trono.
La unción de
David por Samuel en una ceremonia privada, fue desconocida para Saúl.[15]
Con la muerte de Goliat, David emerge en el escenario nacional. Cuando fue
enviado por su padre a llevar suministros a sus hermanos que servían en el
ejército israelita acampado contra los filisteos, oyó las blasfemias y las
amenazas de Goliat. David razonó que Dios que le había ayudado a él en matar
osos y leones, también sería capaz de matar a su enemigo, quien desafiaba a los
ejércitos de Israel. Cuando los filisteos comprobaron que Goliat, el gigante de
Gat, había sido muerto, huyeron ante Israel. El
reconocimiento nacional de David como héroe fue expresado subsiguientemente en
el dicho popular, "Seúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles"
(I Sam. 18:7).
En anteriores
ocasiones, David había hecho gala de sus dotes musicales en la corte del rey,
para calmar el espíritu turbado de Saúl. Tan grave era el desorden mental del
rey, que incluso intentó matar al joven músico. Tras esta heroica hazaña, Saúl
no sólo tomó conciencia del reconocimiento de David, posiblemente para premiar
a su familia con la exención de tributos, que también le agregó
permanentemente a su corte real.
Dejado a sus
propios recursos, Saul se hizo sospechoso y
extremadamente celoso de David. Con numerosas y sutiles añagazas Saúl intentó
suprimir al joven héroe nacional. Expuesto a los tiros de jabalina de Saúl o a
los peligros de la batalla, David escapó con éxito de todas las maniobras concebidas
para su perdición. Incluso cuando Saúl fue personalmente a Naiot,
donde David se había refugiado con Samuel, fue influenciado con el espíritu de
los profetas hasta el extremo de que le resultó inútil dañar o capturar a
David.[16]
Estando
agregado a la corte real, resultó ventajoso para David en varios aspectos. En
hazañas militares, se distinguió por sí mismo conduciendo las unidades del
ejército de Israel en victoriosos ataques contra los filisteos. En sus
relaciones personales con Jonatán, compartió una de
las amistades más nobles que se advierten en los tiempos del Antiguo Testamento.
Mediante su íntima asociación con el hijo del rey, David estuvo en condiciones
de captar los bastardos designios de Saúl más
minuciosamente y de esa forma, asegurarse contra cualquier peligro innecesario.
Cuando David y Jonatán, comprobaron que había ya
llegado el momento para que David huyera, ambos sellaron su amistad mediante
una alianza (I Sam 20:11‑23).
David huyó con los
filisteos buscando seguridad. Denegado el refugio por Aquis,
rey de Gat, fue hacia Adulam
donde cuatrocientos compañeros de las tribus se reunieron a su entorno. Estando
al cuidado de semejante grupo, procuró hacer los convenientes arreglos para
algunas de sus gentes que residían en el país moabita. Entre los consejeros
asociados con él, estaba el profeta Gad.
Cuando Saúl oyó
que Abimelec, el sacerdote de Nob,
había proporcionado suministros a David en ruta hacia los filisteos ordenó su
ejecución con ochenta y cinco sacerdotes. Abiatar, el
hijo de Abimelec, escapó y se reunió con el bando
fugitivo de David.
Hacía ya tiempo
que Saúl daba rienda suelta a sus maliciosos sentimientos hacia David mediante
una abierta persecución. Varias veces David estuvo seriamente en peligro. Tras
socorrer la ciudad de Keila de los ataques filisteos,
residió allí hasta que fue desalojado por Saúl. Escapando a Zif,
seis kms, al sur del Hebrón,, fue traicionado por los zifeos
y rodeado por el ejército de Saúl. Un ataque de los filisteos previno a Saúl de
capturar esta vez a David. Después, en otra expedición a En‑gadi (I Sam. 24) y finalmente en Haquila,
Saúl también fue frustrado en sus esfuerzos para matarle.
David tuvo
muchas ocasiones de haber podido matar al rey de Israel En cada ocasión rehusó
el hacerlo, teniendo la conciencia y el reconocimiento de que Saúl estaba
ungido por Dios. Aunque Saúl solía reconocer temporalmente su aberración,
pronto volvía a su abierta hostilidad.
Mientras que
David y su grupo se hallaba en los desiertos del Patán, rendían servicios a los residentes de
aquella zona protegiendo sus propiedades contra los ataques de bandas de
ladrones y bandidos.[17]
Nabal, un pastor de Maón que pastoreaba sus ovejas
cerca del pueblo de Carmelo, ignoró la demanda de David de "protección
monetaria". Para encubrir su propia codicia rehusando compartir su
riqueza, Nabal protestaba de que David había huido de
su amo. Dándose cuenta de que la situación era grave, Abigail, la esposa de
Nabal, juiciosamente conjuró la venganza por su apelación personal a David con
regalos. Cuando Nabal se recuperó de su intoxicación y comprendió cuán cerca
había estado de la venganza a manos de David, quedó tan impresionado que murió
diez días después. Como consecuencia, Abigail se convirtió en la esposa de
David.
David temía que
cualquier día Saúl podría sorprenderle inesperadamente. Para asegurarse a sí
mismo y a su grupo de casi seiscientos hombres, además de mujeres y niños, le
fue concedido permiso por Aquis para residir en territorio
filisteo y en la ciudad de Siclag. Se quedó allí
aproximadamente durante el último año y medio del reinado de Saúl. Cerca del
fin de este período, David acompañó a los filisteos a Afec
para luchar contra Israel. Pero le fue negada su participación. Entonces volvió
a Siclag a tiempo de recobrar sus posesiones perdidas
en un ataque por sorpresa por los amalecitas.
Los ejércitos
de Israel acampados en el monte de Gilboa para luchar
contra los filisteos, a quienes había derrotado otras varias veces, se encontraron
con que más que el miedo al enemigo era la turbación del rey de Israel quien
complicó las cosas por aquel tiempo. Samuel, hacía tiempo ignorado por Saúl,
no estaba disponible para una entrevista. Saúl se volvió a Dios pero no hubo
respuesta para él, ni en sueños, ni por Urim o por el
profeta. Estaba enfermo de verdadero pánico. En su desesperación se volvió
hacia los medios espiritualistas que él mismo había barrido en el pasado.[18]
Localizando a la mujer en Endor, que tenía un
espíritu similar, Saúl preguntó por Samuel. Fuese cual fuese el poder que tenía
esta mujer, se hace aparente en lo que se registra en I Sam.
28:3‑25, que la intervención del poder sobrenatural en mostrar al profeta
Samuel en forma de espíritu, estaba más allá de su control. A Saúl se le
recordó una vez más por Samuel, que a causa de su desobediencia, había perdido
el derecho a la legitimidad del reino. En su mensaje a Saúl, el profeta predijo
la muerte del rey y de sus tres hijos, lo mismo que la derrota de Israel.
Con el corazón
endurecido y el pensamiento de tales trágicos acontecimientos que habían de
caer sobre él, Saúl volvió al campamento aquella funesta noche. En el curso de
la batalla en la llanura de Jezreel, las fuerzas
israelitas fueron derrotadas, retirándose a monte Gilboa.
Durante la persecución, los filisteos tomaron la vida de los tres hijos del
rey. El propio Saúl fue herido por arqueros enemigos. Para evitar un bestial
tratamiento a manos del enemigo, se clavó contra su espada, acabando así su
vida. Los filisteos vencieron con una victoria definitiva, ganando el
indisputable control del fértil valle desde la costa del río Jordán. Ocuparon
también muchas ciudades de donde los israelitas se vieron forzados a huir. Los
cuerpos de Saúl y sus hijos fueron mutilados y colgados en la fortaleza
filistea de Bet‑sán,
pero los ciudadanos de Jabes de Galaad
los rescataron para su enterramiento. Más tarde, David hizo lo necesario para
transferir los restos a la propiedad de la familia de Saúl en Zela, en la tribu de Benjamín (II Sam.
21:14).
Ciertamente
trágica fue la terminación del reinado de Saúl como primer rey de Israel.tn Aunque elegido por Dios
y ungido por la oración por el profeta Samuel, fracasó en poner en práctica
aquella obediencia que era esencial en el sagrado y único principio de fe que
Dios le permitió: el ser "príncipe sobre su pueblo."
***
[1] De acuerdo con el papiro Harris
aproximadamente el IS por 100 de la tierra cultivable agrícolamente estaba
bajo el control de los sacerdotes, mientras que el 2 por 100 de la población
servía como esclavos.
[2] Para lo relativo al viaje de Wen‑Amon a Fenicia, ver Pritchard, Ancient Near Eastern
Texls, pp. 25‑29.
[3] Merrill
F. Unger.
[4] James
H. Breastcd. A History of
[5] El nombre común de «Aramea» en el Antiguo Testamento es «Siria». Para
un a sis más detallado, ver Unger,
op. cit., pp. 38‑55.
[6] Ver Deut.
3:14; Joc. 12:5 y 13:11.
[7] Ver II Sam.
3:3, 13:37.
[8] Ver 11 Sam. 10:8‑10.
[9] C. H. Gordon,
Urgaritic Manua! (Roma: Pontificium
Institutum Biblicum, 19551.
p. 236.
[10] Ver 1 Sam. 7:5‑9;
[11] Mendelsohn, tcSamuel's Denunciation of Kingship in the Light of the Akkadian Documents from
[12] La brutal humillación de tener un ojo perdido como castigo, había sido
atestiguada en Ugarit como una maldición. Ver GomSou, The Worid of the Old Te.starnert
(Garden City, N. J.; Doubleday, 1958), p. 158.
[13] Normalmente Palestina carecía de la lluvia desde abril a octubre. El
recibir una copiosa lluvia durante la cosecha del trigo, aproximadamente del
IS de mayo al 15 de junio, fue considerado como un milagro.
[14] Sarll pudo haber sufrido una grave derrota al
principio cuando reconstruyó Gabaa como una plaza
fuerte. Ver Wright Biblical Archaeology, pp. 121‑123.
[15] I Sam. 1618 no está necesariamente en un orden cronológico.
[16] Para la discusión de Saúl entre los profetas, ver New Bible Coinmentary,
p. 298.
[17] Ver Cyrus Gordon, The World of the
Ancient Testament, p. 163.
[18] El ocultismo practicado por las naciones circundantes, era contrrario a la Ley de Moisés, Ver. Lev. 19:31; 20:6, 27;
Deum. 18:10-11., Para más detalles ver Cerril F. Unger
Biblical Demonology pp.
148-152.