Capítulo XI
Los
realistas del sur
El
quebrantamiento del reino salomónico, dejó a la dinastía davídica con un
pequeño fragmento de su antiguo imperio. Con Jerusalén como capital, la línea
real de David mantuvo una ininterrumpida sucesión,
gobernando el pequeño reino de Judá durante casi un
siglo. Sólo seis reyes reinaron durante esas nueve décadas (931-841 a. C.).
El
reino de Roboam
Reuniéndose
los israelitas en el 931 a. C., bajo el liderazgo de Jeroboam,
apelaron a Roboam, heredero del trono de Salomón,
para reducir los tributos. Tres días esperaron para el veredicto. Mientras que
los ancianos aconsejaron a Roboam el aligerar los
grandes tributos existentes, los hombres más jóvenes sugirieron que los
impuestos tenían que ser incrementados. Cuando Roboam
anunció que seguiría la política sugerida por los últimos, se enfrentó con una
rebelión abierta. Escapando a Jerusalén, apeló a la milicia para suprimir el
levantamiento, pero solamente los hombres de Judá Y
Benjamín respondieron a su llamada. Tomando el consejo de Semaías,
Roboam no suprimió la rebelión.
Aunque
la política tributaria de Roboam fue la causa
inmediata de la disgregación del reino, son dignos de tener en cuenta un cierto
número de otros hechos. La envidia había existido durante algún tiempo entre
las tribus de Judá y las de Efraín (ver Jueces 8:1-3; 12:1-6; II Sam.
2:9; 19:42-43). Aunque David había unificado todo Israel en un gran reino, a
pesada contribución en tributos y la labor hecha por las otras tribus para Jerusalén,
precipitó la rebelión. La muerte de Salomón dio la oportunidad para que esas y
otras tribus se rebelaran contra Judá.
Egipto
pudo haber tenido una parte vital en la disgregación del reino salomónico. Allí
fue donde Jeroboam encontró refugio durante los
últimos días de Salomón. Hadad, el edomita, encontró
asilo en Egipto durante los primeros años, pero retornó a Edom,
incluso durante el tiempo del rey Salomón (I Reyes 11:14-22). Aunque no se dan
detalles, pudo muy bien haber ocurrido que Egipto apoyase a Jeroboam
en rebelión contra la dinastía davídica.[1]
Otro
factor que contribuyó a la división del reino, está explícitamente mencionada
en el relato bíblico —la apostasía de Salomón y la idolatría— (I Reyes
11:9-13). Por consideración a David, el juicio fue pospuesto hasta la muerte de
Salomón. Roboam tuvo que sufrir las consecuencias.
Como
la división actual del reino llegó a ser una realidad, los sacerdotes y los
levitas procedentes de varias partes de la nación, vinieron al Reinó del Sur. Jeroboam sustituyó la idolatría por la verdadera religión
de Israel. Despachó y apartó a quienes habían estado al servicio religioso, por
lo que muchos tuvieron que abandonar sus propiedades y establecerse en Judá. Aquello promovió un real y fervoroso sentimiento
religioso por todo el Reino del Sur durante los tres primeros años del reino de
Roboam (ITCrón. 11:13-17).
Durante
los primeros años de su reinado, Roboam fue muy
activo en la construcción y en la fortificación de muchas ciudades por toda Judá y Benjamín. En cada una, situaba comandantes,
estableciendo y reforzando así su reinado. Tales ciudades tenían, además, como
motivación el establecimiento de sus familias y su distribución, puesto que Roboam, siguiendo el ejemplo de su padre, practicó la
poligamia.
Roboam comenzó su reinado con una sincera y
religiosa devoción. Cuando el reino estuvo bien establecido, él y su pueblo
cometieron apostasía (II Crón.
12:1). Como resultado, Sisac, rey de Egipto, invadió Judá en el año quinto del reinado de Roboam
y tomó muchas de las ciudades fortificadas, llegando incluso a Jerusalén.
Cuando Semaías anunció que esto era un juicio de Dios
caído sobre ellos, el rey y los príncipes se humillaron. En respuesta, el
profeta les aseguró que la invasión egipcia sería atemperada y que Judá no sería destruida. De
acuerdo con la lista de Karnak, Sisac
el Egipcio, apoyado por bárbaros procedentes de Libia
y Etiopía, sometió unas 150 plazas en Edom, Filistea,
Judá e incluso Israel, incluyendo Meguido.[2] Además de su
devastación en Judá, Sisac
atacó Jerusalén, asolándola, y apropiándose de los tesoros del templo. La
espléndida visión de los escudos de oro puro dio paso a otros hechos de bronce
en los días de Roboam.
A
despecho de su inicial fervor religioso, Roboam
sucumbió a la idolatría. Iddo, el profeta que
escribió una historia del reino de Roboam, pudo haber
sido el mensajero de Dios para avisar al rey. Por añadidura a la idolatría y a
la invasión por Egipto, una intermitente situación de guerra entre el Reino del
Norte y el Reino del Sur hicieron los días de Roboam
tiempos de desazón constante. El Reino del Sur declinó rápidamente bajo su mandato
real.
Abiam, continuador de la idolatría
Durante
su reinado de tres años, Abiam (913-910 a. C.) apenas
sí persistió en las líneas de conducta de su padre, tan de cortos alcances (I Reyes
15:1-8; II Crón. 13:1-22). Activó la crónica situación
de estado de guerra entre Israel y Judá, desafiando
agresivamente a Jeroboam dentro del territorio
efraimita. Un movimiento envolvente llevó las tropas de Israel a una ventajosa
posición, pero en el conflicto que siguió, las fuerzas, superadas en número de Abiam, derrotaron a los israelitas. Al tomar Betel, Efraín,
Jesana, con los pueblos de los alrededores, debilitó Abiam el Reino del Norte.
Abiam continuó en la tradición del inclusivismo religioso comenzando por Salomón y promovido
por Roboam. No abolió el servicio religioso en el
templo; pero simultáneamente permitía el culto de dioses extraños. La extensión
de esta acción se encuentra mejor reflejada en las reformas de su sucesor. De
esta forma, la idolatría se hizo más fuerte y se extendió con más amplitud por
todo el reino de Judá en los días de Abiam. Esta política idolátrica habría tenido como
resultado la supresión y cambio de la familia real en Jerusalén, de no haber
sido por la promesa que en la Alianza se le prometió a David (I Reyes 15:4-5).
Asa inicia la reforma
Asa
gobernó en Jerusalén durante cuarenta y un años (910-869 a. C.). Unas
condiciones de paz prevalecieron, por lo menos, los primeros diez años de su largo
reinado. Consideraciones de tipo cronológico implican que era muy joven cuando
murió Abiam. En esto, puede que tenga que ver el
hecho de que Maaca continuó como reina madre durante
los primeros catorce o quince años del reinado de Asa. A despecho de su
influencia, adoptó un programa de reforma en los cuales los altares extranjeros
y los lugares altos fueron suprimidos y los pilares y los asherim
destruidos. El pueblo fue amonestado para que guardase celosamente la Ley de
Moisés y los mandamientos. Políticamente, este tiempo de paz fue utilizado
ventajosamente por el joven rey para fortificar las ciudades de Judá y reforzar el ejército.
En
el décimo cuarto año de su reinado (897-896 a. C.), Judá
fue atacada Ppr el sur con un potente ejército de los
etíopes. Puede que Zera, su caudillo, hiciese esto
bajo la presión de Osorkón I, sucesor de Sisac en el trono de Egipto.[3] Con la ayuda divina Asa y
su ejército rechazaron a los invasores, persiguiéndoles hasta más allá de Gerar, y volvieron a Jerusalén con abundante botín de
guerra, especialmente ganado vacuno, ovejas y camellos.
Exhortado
por el profeta Azarías tras de tan gran victoria, Asa
activó valerosamente su reforma por todo su reino, suprimiendo ídolos en varias
ciudades. En el tercer mes del décimo quinto año, hizo una gran asamblea cpn su propio pueblo así como con mucha gente procedente
del Reino del Norte que había desertado, cuando reconocieron que Dios estaba
con él e hicieron abundantes sacrificios durante aquellas fiestas, tras la
reparación e1 altar del Señor. Alentado por el profeta y el rey, el pueblo se
avino una alianza de servir a Dios de todo corazón. Indudablemente, fue con
apoyo público con el que quitó de su puesto a Maaca,
como reina madre de Asera, la diosa cananea de la
fertilidad, fue aplastada, destruida y quemada en el valle de Cedrón. Debido al
apoyo popular, estas festividades religiosas fueron las más grandes que
cualquiera de las habidas en Jerusalén desde la erección del templo de Salomón.
Tales
celebraciones religiosas en Judá, indudablemente
perturbaron a Baasa. Israel había sido derrotada por Abiam poco antes de
que Asa se convirtiera en rey. Desde entonces, había sido aún más debilitado
por la revolución, cuando la dinastía de Jeroboam
fue suprimida. Contemporáneamente, Asa estableció su reinado durante una era de
paz. La deserción de su pueblo hacia Jerusalén, en el décimo quinto año de Asa
(896-895 a. C.) indujo con presteza a Baasa a
fortificar Rama (II
Crónicas 16:1).[4] Puesto que los caminos que
procedían desde el Reino del Norte convergían en Rama, a ocho kms. al norte de Jerusalén, Asa
consideró la cuestión como un acto agresivo estratégico. Enviando a Ben-Adad, el rey de Siria, un
presente de oro y plata tomado del templo, Asa contrarrestó la agresión israelita.
Ben-Adad entonces se
apoderó de territorio y ciudades en el Norte de Israel. Cuando Baasa se retiró de Rama, Asa utilizó la piedra y la madera
recogida allí para construir y fortificar con ellas Geba
y Mizpa.
Aunque
la alianza de Asa con Ben-Adad
parece que tuvo éxito, Hanani, el profeta, amonestó
severamente al rey por su afiliación impía. Valientemente recordó a Asa que
había confiado en Dios al oponer satisfactoriamente y con éxito a libios y a
etíopes bajo Zera. Cuando se encaró con este problema
había ignorado a Dios. En consecuencia, se vería sujeto a guerras a partir de
entonces. Oyendo aquello, Asa se enfureció de tal modo que metió a Hanani en prisión. Otras personas igualmente sufrieron a
causa de su antagonismo.
No
hay registros respecto a las guerras o actividades durante el reinado de Asa,
que fue largo y dilatado. Dos años antes de su muerte, cayó enfermo de gravedad
fatal. Ni incluso en esta situación y este período de sufrimiento buscó al
Señor. Aunque Asa era un piadoso y justiciero gobernante durante los primeros
quince años de su reinado, no hay indicación en los relatos bíblicos de que
jamás se recobrase de su actitud de desafío ante las palabras del profeta.
Aparentemente, el resto de su reinado de 41 años no estuvo caracterizado por una
positiva y justa actividad que marcó su comienzo. El encarcelamiento de Hanani, el profeta, parece implicar que no tenía temor del
Señor ni de su mensajero (II Crón.
17:3). I
Josafat
—Un administrador piadoso
El
reino de 25 años de Josafat (872-848 a. C.) fue uno de los más alentadores y
marcó una era de esperanza en la historia religiosa de Judá.
En los primeros años de su reinado, Josafat hizo revivir la política de reforma
religiosa que había sido tan efectiva en la primera parte del reinado de Asa.
Puesto que Josafat tenía treinta y cinco años de edad cuando comenzó a
gobernar, debió haber permanecido, muy probablemente, bajo la influencia de los
grandes líderes religiosos de Judá, en su infancia y
juventud. Su programa estuvo bien organizado. Cinco príncipes, que estaban
acompañados por nueve levitas principales y dos sacerdotes, fueron enviados por
todo Judá para enseñar la ley. Además de esto,
suprimió los lugares altos y los asherim paganos,
para que el pueblo no estuviera influenciado por ellos. En lugar de buscar a
Baal, como el pueblo probablemente había hecho durante las últimas dos décadas
del reinado de Asa, este rey y su pueblo se volvieron hacia Dios.
Este
nuevo interés hacia Dios tuvo un amplio efecto sobre las naciones circundantes,
al igual que sobre Judá. Conforme Josafat fortificaba
sus ciudades, los filisteos y los árabes no declararon la guerra a Judá, sino que reconocieron la superioridad del Reino del
Sur, llevando presentes y tributos al rey. Este providencial favor y apoyo le
animaron a construir ciudades para almacenes y fortalezas por todo el país,
estableciendo en ellas unidades militares. Además, contaba con cinco
comandantes de ejército en Jerusalén, ligados y responsables directamente hacia
su persona (II Crón. 17:1-19). Como natural consecuencia,
bajo el mandato de Josafat, el Reino del Sur prosperó política y
religiosamente.
Existían
relaciones amistosas entre Israel y Judá. La alianza
matrimonial entre la dinastía de David y Omri, debió
realizarse verosímilmente en la primera década del reinado de Josafat (ca. 865 a. C.), puesto que Ocozías,
el hijo de esta unión, tenía veintidós años cuando ascendió al trono de Judá en el 841 a. C. (II Reyes 8:26).[5] Este nexo de unión con la
dinastía gobernante del Reino del Norte, aseguró a Josafat del ataque y la
invasión procedente del Norte.
Aparentemente,
transcurrió más de una década del reinado de Josafat sin noticias entre los
primeros dos versículos de II Crón.
18. El año era el 853 a. C. Después de la batalla de Qarqar,
en la cual Acab había participado en la alianza siria, para oponerse a la fuerza expansiva de los asirios, Acab agasajó a Josafat de lo más suntuosamente en Samaría. Mientras Acab consideró
la recuperación de Ramot de Galaad,
que Ben-Adad el rey sirio
no le había devuelto de acuerdo con el tratado de Afee, invitó a Josafat a
unirse a él en la batalla. El rey de Judá respondió
favorablemente; pero insistió en asegurarse de los servicios y del consejo de
un verdadero profeta. Micaías predijo que Acab sería muerto en la batalla. Al tener conocimiento de
aquello, Acab se disfrazó. Al ser herido mortalmente
por una flecha perdida, Josafat consiguió escapar volviendo en paz a Jerusalén.
Jehú confrontó a Josafat valientemente con
la palabra del Señor. Su fraternización con la familia real de Israel, estaba
disgustando al Señor. El juicio divino vendría seguidamente, sin duda. Para Jehú esto fue un gran acto de valor desde que su padre, Hanani, fue llevado a prisión por Asa por haber amonestado
al rey. Concluyendo su mensaje, Jehú felicitó a
Josafat por quitar de en medio los asherim y el
someterse y buscar a Dios.
En
contraste con Asa, su padre, Josafat respondió favorablemente a esta
amonestación. Personalmente fue por toda Judá desde Beerseba hasta Efraín
para alentar al pueblo a volverse hacia Dios. Completó esta reforma, nombrando
jueces en todas las ciudades fortificadas, amonestándoles a que juzgasen con el
temor de Dios, más bien que a tenor de juicios particulares o aceptando
sobornos. Los casos en disputa debían apelarse a Jerusalén, donde los levitas,
los sacerdotes y los cabeza de familia importantes, tenían a su cargo el rendir
justas decisiones.[6]
Amarías, el jefe de los sacerdotes, era en última instancia responsable de
todos los casos religiosos. Las cuestiones civiles y criminales, estaban a
cargo de Zebadías, el gobernador de la casa de Judá.
Poco
después de todo esto, Josafat se vio enfrentado a una terrorífica invasión
procedente del sudeste. Un mensajero informó que una gran multitud de amonitas
y moabitas se dirigían hacia Judá
procedentes de la tierra de Edom, al sur del mar
Muerto. Si aquello era el castigo implicado en la predicción de Jehú sobre la pendiente ira de Dios, entonces es que
Josafat había preparado sabiamente a su pueblo.[7] Cuando proclamó el ayuno,
el pueblo de todas las ciudades de Judá respondió
inmediatamente. En la nueva corte del templo, el propio rey condujo la oración,
reconociendo que Dios les había otorgado la tierra prometida, manifestado su
presencia en el templo dedicado en los días de Salomón y prometido la
liberación, si se postraban humildemente ante El. En las simples palabras:
"ni sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos", Josafat
expresó su fe en Dios, cuando concluyó su oración (II Crón.
20:12). Mediante Jahaziel, un levita de los hijos de
Asa, la asamblea recibió la seguridad divina de que incluso sin tener que
luchar ellos verían una gran victoria. En respuesta, Josafat y su pueblo se
inclinaron y adoraron a Dios, mientras que los levitas audiblemente alabaron
al Señor.
A
la mañana siguiente, el rey condujo a su pueblo al desierto de Tecoa y les alentó a ejercitar su fe en Dios y en los
profetas. Cantando alabanzas a Dios, el pueblo marchaba contra el enemigo. Las
fuerzas enemigas fueron lanzadas en una terrible confusión y se masacraron unos
a otros. El pueblo de Judá empleó tres días en
recoger el botín y los despojos de la guerra. Al
cuarto día, Josafat reunió a su pueblo en el valle de Beraca
para una reunión de acción de gracias, reconociendo que sólo Dios les había
dado la victoria.[8] En
una marcha triunfante, el rey les condujo a todos de vuelta a Jerusalén. El
temor de Dios cayó sobre las naciones de los alrededores cuando supieron de
esta milagrosa victoria. Josafat de nuevo volvió a gozar de paz y quietud.
Con
un nuevo rey, Ocozías, sobre el trono omrida de Israel, Josafat entró una vez más en íntima
afinidad con esta malvada familia. En un esfuerzo conjunto, intentaron fletar
barcos en Ezión-geber para
propósitos comerciales. De acuerdo con la predicción del profeta Eliezer, los barcos naufragaron (II Crón.
20:35-37). Cuando Ocozías le propuso otra nueva
aventura, Josafat declinó la proposición (I Reyes 22:47-49).
Antes
del fin de su reinado, Josafat de nuevo entró en alianza con un rey de Israel.
Esta vez fue con Joram, otro de los hijos de Acab. Cuando Acab murió, Moab cesó de pagar tributos a Israel. Aparentemente, Ocozías, en su corto reinado, no dijo nada al respecto.
Cuando Joram se convirtió en rey, invitó a Josafat a
unir sus fuerzas con él en una marcha a través de Edom
para someter a Moab (II Reyes 3:l-27).[9] Josafat de nuevo tuvo conciencia
del hecho de que estaba aliado con reyes impíos, cuando el profeta Elíseo salvó
a los tres ejércitos de la destrucción.
Josafat
murió en el año 848 a. C. En agudo contraste con la dinastía omrida, condujo a su pueblo en la lucha contra la idolatría
en todos sus aspectos. Por su íntima asociación con los reyes malvados e impíos
de Israel, sin embargo, fue severamente amonestado por varios profetas. Esta
política de alianza matrimonial no afectó seriamente a su nación, mientras él
vivió, pero fue causa de que quedase casi eliminada la dinastía davídica de Judá, menos de una década después de su muerte. Esta
complacencia de su política inclusivista, anuló con
mucho, los esfuerzos de toda una vida, en el bueno y piadoso rey Josafat.
Joram vuelve a la
idolatría
Joram, el hijo de Josafat, gobernó sobre Judá durante ocho años (848-841 a. C.). Aunque era
corregente con su padre, no asumió mucha responsabilidad hasta después de
morir Josafat. En el relato escriturístico (II Crón.
21:1-20; II Reyes
8:16-24) se dan ciertas fechas sobre la base de su acceso al trono en el 853,
mientras que otros se refieren al 848 a. C. cuando asumió el completo dominio
del remo.[10]
La
muerte de Josafat precipitó rápidos cambios en Judá.
El pacífico gobierno que había prevalecido bajo Josafat, fue pronto reemplazado
por el derramamiento de sangre y una gran idolatría. Tan pronto como Joram estuvo seguro en el trono, asesinó a seis de sus
hermanos, a quienes Josafat había asignado el mando de sendas ciudades
fortificadas. Muchos de los príncipes siguieron la misma suerte. El hecho de
que adoptase los mismos caminos pecaminosos de Acab y
Jezabel parece razonable atribuirlo a la influencia
de su esposa, Atalía. Restauró los lugares altos y la
idolatría, que su padre había suprimido y destrozado. También se produjeron
cambios en otras cuestiones y aspectos. De acuerdo con Thiele,
Joram, en este tiempo, incluso adoptó para Judá el sistema del año de no accesión, y su numeración,
utilizado en el Reino del Norte.[11]
Elías
el profeta reprochó severamente a Joram por escrito (II Crón.
21:11-15). Mediante aquella comunicación escrita, Joram
fue advertido de estar pendiente de juicio por su crimen al matar a sus
hermanos y conducir a Judá por los perversos caminos
del Reino del Norte. El tenebroso futuro suponía una plaga para Judá y una enfermedad incurable para el propio rey.
Edom se revolvió contra Joram.
Aunque él y su ejército estaban rodeados por los edomitas,
Joram huyó y Edom ganó así
su independencia. Los filisteos y los árabes que habían reconocido a Josafat
pagándole tributos, no solamente se revolvieron, sino que avanzaron hacia
Jerusalén, llegando a atacar y a destrozar el propio palacio del rey. Se llevaron
con ellos un enorme tesoro y tomaron como cautivos a los miembros de la
familia de Joram, con la excepción de Atalía y un hijo, Joacaz o Ocozías.
Dos
años antes de su muerte, Joram fue tocado con una
terrible e incurable enfermedad. Tras un período de terribles sufrimientos,
murió en el 841 a. C. Los trágicos y sorprendentes efectos de este corto
reinado, están reflejados en el hecho de que nadie lamentó su muerte. Ni
siquiera se acordó darle el honor usual de ser enterrado en la tumba destinada a
los reyes.
Ocozías promueve el baalismo
Ocozías tuvo el más corto de los reinados
durante este período, siendo rey de Judá menos de un
año (841 a. C.).[12]
Mientras que Joram había asesinado a todos sus
hermanos cuando llegó al trono, los hijos de Joram fueron
todos muertos por los árabes con la excepción de Ocozías.
Consecuentemente, el pueblo de Judá no tuvo otra
alternativa que coronar rey a Ocozías. Bajo el
consejo personal de su madre, la maldad de Acab y Jezabel encontró completa expresión cuando Ocozías se convirtió en rey de Judá.
Bajo la dominación de aquella mujer y la influencia de su tío, Joram, que gobernaba Samaría, Ocozías tuvo poco que elegir. La pauta ya había sido
establecida por su padre.
Siguiendo
el consejo de su tío, el nuevo rey se unió a los israelitas en la batalla
contra Siria. Puesto que Hazael acababa de reemplazar
a Ben-Adad como rey de
Damasco, Joram decidió que aquella era la oportunidad
de recuperar Ramot de Galaad
de los sirios. En el conflicto que siguió, Joram fue
herido. Ocozías, estaba con Joram
en Jezreel, el palacio de verano de la dinastía omrida, cuando la revolución estalló en Israel. Mientras Jehú marchaba contra Jezreel, Joram fue mortalmente herido, mientras que Oco-cías buscó refugio en Samaría.
En otra persecución posterior, fue fatalmente herido y moría en Meguido. Como muestra de respeto por Josafat, su nieto, Ocozías fue enterrado con los honores de rey en Jerusalén.
Sin
un heredero calificado para hacerse cargo del reino de Judá,
Atalía ocupó el trono en Jerusalén. Para asegurar su
posición comenzó con la ejecución de la familia real (II Crón.
22:10-12). Lo que Jezabel, su madre, había hecho con
los profetas en Israel, Atalía hizo con la familia de
David en Judá. A través de una alianza matrimonial
arreglada por Josafat con el malvado Acab, esta nieta
de Etbaal, rey de Tiro, se convertía en la esposa del
heredero del trono de David. Indudablemente, ella no se mantuvo todo el tiempo
que vivió Josafat. Lo que ella hizo en Judá, tras su
muerte, es trágicamente aparente en los acontecimientos que se desarrollaron en
los días de su marido, Joram, y de su hijo, Ocozías. A esto, siguió un período de terror que duró seis
años (841-835 a. C.).
***
[1] Albright, W. F., The
Biblical Períod, pp. 29-31.
[2] Ibld., p.
30.
[3] Ibid., p.
32
[4] Vei la discusión de Thiele en The Mysterious Numbers of the
Hebrew Kings, pp. 60. El
trigesimosexto año fecha desde el comienzo del Reino
del Sur.
[5] Nótese que II Crón. 22:2 da su edad
como de 42 años, pero a la lu? de II Clon ¿l:20 y H Reyes
8:17, el número 42 es un error de transcripción.
[6] Para el
fondo histórico de esta cuestión, ver Ex. 18:21. 22; Deut. 1:13-17; 16:18-20.
[7] Edersheun interpreta esto como el juicio anunciado por Jeliú.
Ver Bible History,
Vol. VI, pp. 78.
[8] Desde la partición de Palestina, el Dr. Lambie
ha erigido el Hospital Beraca, sn
este mismo valle.
[9] Para
mayor detalle y discusión, ver capítulo X.
[10] Nótese
que la discusión de Thiele acerca de esto, clarifica
aparentes contradicciones tales como II de Reyes 1:17 y 8:16, Ver. Mysterious, Numbers of the Hebrew
Kings, pp. 61-65. Joram
fue hecho quizá corregente antes de que Josafat venciese a Acab
en batalla contra Siria en 853 a. C.
[11] Thiele, op. cit., p. 62. Este sistema era usado en Israel
mientras que por su parte Judá utilizaba el sistema
del año de accesión.
[12] Nótese que a él le llama también Ocozías en II Crón. 22:1, 6, mientras en II Crón. 21 17, Joacaz.