Capítulo XX
Ezequiel—el
atalaya
de Israel
Ezequiel
estuvo profundamente implicado en los problemas de su generación. Comenzando
su ministerio como profeta en la víspera de la capitulación de Judá, seis años antes de la destrucción de Jerusalén, no
pudo escapar al desastre nacional. Estuvo asimismo viviendo con la aguda
conciencia de la gravedad de la situación de su nación, conforme se aproximaba
la crisis del terrible juicio de Dios. Su mensaje es específico, pertinente, y
se concentró en las circunstancias con las que tuvieron que enfrentarse sus
conciudadanos en el exilio. Cuando la destrucción de Jerusalén se hubo
convertido en historia, volvió su atención a las futuras esperanzas de Israel
como nación.
Un profeta
entre los exiliados
Por
la época del nacimiento de Ezequiel (622/21 a. C.)[1], Jerusalén
estaba en movimiento con la más grande celebración de la pascua en siglos, conforme
el reinado de Josías respondía temporalmente a sus
reformas de ámbito nacional. No sólo las esperanzas religiosas prevalecieron
de forma optimista, sino que la decadencia influencia de la dominación asiría
en Palestina dio lugar al resurgir de proyectos más brillantes en el aspecto
político. Asurbanipal, cuyo reinado como gobernante
de Asiría acabó en el 630 a. C., no había sido sucedido por reyes poderosos lo
suficiente como para resistir a los agresores medas y a los avances de los
babilonios. Las noticias de la caída de Nínive en el
612, indudablemente, aliviaron a Judá de los temores
de que los ejércitos asirios se propusieran de nuevo amenazar su dependencia.
Con
las actividades religiosas floreciendo en el templo, con el apoyo real,
Ezequiel, un miembro de una familia sacerdotal, tuvo que haber disfrutado de
agradables relaciones con el devoto pueblo de Judá.
Su hogar debió haber estado situado en la muralla oriental de Jerusalén, de tal
forma que los atrios exteriores fueran su campo de juego y los adjuntos
recintos del templo constituidos en clases para su entrenamiento formal y su
educación.[2] Aquellos
años juveniles bajo la sombra de Salomón en el templo, le familiarizaron con
todos los detalles del magnífico edificio lo mismo que con la diaria ministración ritual. Además, Ezequiel pudo muy bien haber
asistido a su padre y a otros sacerdotes, durante los años de su adolescencia.
En consecuencia, cuando fue llevado a Babilonia, tuvo que haber conservado
vividos recuerdos del templo y de lo que significó en la vida de su pueblo.
Aunque
Ezequiel, como un muchacho de nueve años, pudo no haberse impresionado con las
noticias de la caída de Nínive, los acontecimientos
que siguieron, no pudieron evitar el causarle una indeleble impresión en sus
años de formación juvenil. Tras la súbita marcha de Josías
y su ejército para Meguido, para que el avance
egipcio hacia el norte quedase bloqueado, y ayudar a los asirios que se
retiraban, Josías es muerto (609 a. C.). Todos los
ciudadanos de Jerusalén, tuvieron que haberse sorprendido ante tan rápidos
cambios. El funeral de Josías, la coronación de Joacaz, la subsiguiente cautividad de este último y la
coronación de Joacim como un vasallo egipcio sobre el
trono de David,—todo sucedió en un lapso de tres
meses. Lo más perturbador de la totalidad del reino, tuvieron que haber sido
las noticias de la decisiva batalla de Carquemis en el
605, conforme los babilonios tomaron ventaja de su victoria para perseguir a
los egipcios en retirada al mando de Necao, hasta las
fronteras de Egipto. Tal vez Ezequiel como un joven de dieciséis o diecisiete
años se considerase afortunado con haber escapado, siendo incluido con Daniel
y otros que fueron tomados como rehenes para Babilonia en el 605 a. C.
Aunque
él nunca menciona o se refiere a Jeremías, es poco probable que no estuviese
enterado del mensaje de este profeta que era tan bien conocido en Jerusalén.
Seguramente Ezequiel tuvo que haber sido testigo de la reacción de la masa en
el sermón de Jeremías en el templo (Jer. 26), cuando
los príncipes rehusaron permitir la ejecución de Jeremías por el pueblo y sus
líderes religiosos. Quizás quedase confuso por el hecho de que Joacim pudo haber derramado la sangre de Urías el profeta y
haber quemado con tanta decisión el rollo de Jeremías, sin haber sido sometido
a un inmediato juicio.
Cuando
Ezequel rayaba en sus recientes veinte años, los
ciudadanos de Jerusalén se hallaban turbados por la política extranjera de Joacim. En el 605, cuando los egipcios se retiraron a sus
fronteras, Joacim se convirtió en un vasallo de Nabucodonosor, mientras que tomaba rehenes para ser
llevados al exilio.[3] Al año
siguiente, Joacim y otros reyes reconocieron a Nabucodonosor como soberano, mientras los ejércitos
babilonios marchaban sin encontrar resistencia por toda Sirio-Palestina. Tras
tres años de supervivencia, Joacim se rebeló y Nabucodonosor retornó a Palestina en el 601.[4]
Aparentemente,
Joacim resolvió su problema mediante la diplomacia y
continuó como gobernante en el trono davídico mientras que babilonios y
egipcios se comprometían en una batalla decisiva. Vacilando en su lealtad, Joacim, al final, precipitó el advenimiento de graves
problemas. Quizás tendría esperanzas de que Egipto le salvaría
cuando se rebelase una vez más. Antes de que las fuerzas más importantes de
Babilonia llegaran, sin embargo, la muerte de Joacim
llevó al trono a Joaquín. Cuando los babilonios pusieron sitio a Jerusalén, la
ciudad fue salvada de la destrucción por la rendición de Joaquín.
Aproximadamente diez mil de los ciudadanos más destacados de Judá, acompañaron a su joven rey a la tierra de exilio.
Esta
vez, Ezequiel no estaba presente meramente para observar lo que les sucedía a
los demás. El exilio se convirtió en parte de su personal experiencia. A la
edad de 25 años, fue repentinamente transferido de Jerusalén y del templo, que
era su centro de interés como sacerdote, al campo de los exiliados junto a las
aguas de Babilonia. Aunque el templo no fue destruido, muchos de sus vasos
sagrados fueron deshechos por la rudeza y la barbarie de los invasores que los
tomaron como botín de guerra y utilizados después en sus templos paganos.[5]
En
este nuevo entorno, Ezequiel y sus compañeros de cautiverio, se establecieron
en Tel-abib en las orillas
del río Quebar, no lejos de Babilonia. A los
exiliados se les entregó parcelas de tierra y aparentemente vivieron bajo
ciertas favorables condiciones. Se les permitió la organización de las
cuestiones civiles y religiosas, de tal forma que los ancianos estuvieron en
condiciones de hallar la tranquilidad y en el curso del tiempo, desarrollar intereses
comerciales. Así los exiliados tuvieron una considerable libertad y
oportunidades para establecer un respetable nivel de vida.[6]
Al
parecer, lo peor de todo en el aspecto de su cautiverio, fue el hecho de que no
pudiesen volver a Palestina. Aunque aquello era una imposibilidad política,
conforme Nabucodonosor incrementaba su poder y
dominio, ellos permanecían optimistas. Los falsos profetas entre los
exiliados, les aseguraron un pronto retorno a su tierra nativa.[7]
Informes de Jerusalén, donde Hananías predice que el
yugo babilonio será destruido en dos años (Jer. 28 : 1 ss.),
alientan a los exiliados con la esperanza de una pronta vuelta al hogar patrio.
Cuando Jeremías avisa por carta que tendrán que establecer y permanecer
setenta años en el cautiverio, los falsos profetas se hicieron mas activos (Jer. 29). Semaías escribe a Jerusalén cargando a Jeremías con la
responsabilidad de su cautiverio y pide que le pongan en el cepo. En una carta
pública a los exiliados, Jeremías, a su vez, identifica a Semaías
como yn falso profeta. Aparentemente, la actividad
del falso profeta y de otros iguales a él, llega a ser tan grave que dos de sus
líderes son ejecutados.
En
el cuarto año de su reinado (594 a. C.) Sedequías
hace un viaje a Babilonia. Tanto si se les permite a los exiliados que se
agrupen en Babilonia Para ver a Sedequías conduciendo
un carro o no, es cosa dudosa, ya que ™|as allá dé su excitación, la aparición
de Sedequías en persona para pagar «romo, levantó las
esperanzas para un rápido retorno. Más verosímil es que «lo ahogase sus
propósitos de liberación, y se hubiera impuesto la predicción e
Jeremías, de que Jerusalén sería destruida durante el curso de sus vidas.
Al
año siguiente, Ezequiel recibe-la llamada al ministerio profetice. N0 se
indica hasta qué extremo él compartió las falsas esperanzas de sus compañeros
de exilio. Es comisionado para ser como un atalaya de sus camara-das
de exilio. Su mensaje es esencialmente el mismo que Jeremías había proclamado
con tanta insistencia; es decir, la destrucción de Jerusalén En oposición a los
falsos profetas, Ezequiel es llamado para advertir al pueblo de que su bien
amada ciudad será destruida. No podrán volver a su país natal en un próximo
futuro.
En
su presentación, Ezequiel es un maestro de la alegoría. El simbolismo, las
experiencias personales dramatizadas, y las visiones están más íntimamente entrelazados
en su vida y su enseñanza que en cualquier otro profeta de los tiempos del
Antiguo Testamento. Desde el tiempo de su llamada, en el 593, hasta las
noticias de la destrucción de Jerusalén, está informado, y Ezequiel dirige sus
esfuerzos hacia el convencimiento del pueblo de que Jerusalén está esperando el
juicio de Dios. En vista de las condiciones de] pecado y la idolatría que
prevalecen en la tierra de Judá, es razonable esperar
la caída de Jerusalén. En su ministerio público al igual que en su respuesta a
la demanda hecha por la delegación de los ancianos, Ezequiel afirma
valientemente que Jerusalén no puede escapar al día que se avecina de la
retribución.
Tras
la caída de Jerusalén, Ezequiel vuelve su atención a las esperanzas para el
futuro. Los proyectos de la restauración constituyen el tema de su nuevo
mensaje. Con la destrucción de Jerusalén y el templo como una realidad, los
exiliados tal vez fueron condicionados a escuchar el mensaje de la esperanza.
Se conoce poco respecto a los años subsiguientes al exilio de Ezequiel. La
última referencia fechada en su libro extiende su ministerio hasta el año 571
a. C. (29:17). Aparte del hecho de saberse que está casado, no se conoce nada
tampoco con relación a su familia. Puesto que tenía treinta años en el tiempo
de su llamada, no pudo haber vivido para ver la caída de Babilonia y el retorno
de los exiliados, bajo el reinado de Ciro, el rey de Persia.
El libro de
Ezequiel
Desde
un punto de vista literario, el libro de Ezequiel resalta en distinción con Hageo y Zacarías como los mejores fechados entre los libros
proféticos.[8] Los
datos del libro y sus fechas a lo largo de todo el libro, están
cronológicamente en orden, con la excepción de 29:17, 32:1, y 17- Ello ocurre
en las profecías contra las naciones fechadas en el 589 y 571 respectivamente.
El resto de las fechas están en cronológica secuencia, desde el 593
a. C., en 1:1, hasta el 585 a. C. en 33:21, cuando las noticias de Jerusalén
y su destino trágico, llegan hasta él. La fecha final está anotada en 40:1,
situando la visión del estado restaurado de Israel para el año 573 a. C.
El
libro de Ezequiel está lógicamente dividido en tres partes principal^
Los capítulos 1-24 describen la condenación pendiente de Jerusalén- ** sección
inmediata (25-32) está dedicada a las profecías contra las naciones extranjeras.
Los restantes capítulos (33-48) marcan un cambio completo sn
énfasis, puesto que la crisis anticipada en la primera sección ocurrió con la
destrucción de Jerusalén. El nuevo tema es el avivamiento y la restauración de
los israelitas a su propia tierra. Para un análisis más detallado de este
libro, puede ser usada la siguiente subdivisión:
I. La llamada y
la comisión de Ezequiel Ezeq. 1:1-3:21
II. La condenación de Jerusalén 3:22-7:27
III. El templo abandonado por
Dios 8:1-11:25
IV. Los líderes condenados 12:1-15:8
V. Condenación del pueblo
elegido de Dios 16:1-19:14
VI. La última medida completa 1-24:27
VII. Naciones extranjeras 1-32:32
VIII. Esperanzas para la restauración
33:1-39:29
IX. El estado restaurado 40:1-48:35
El
contenido de este libro, tal y como está considerado aquí, es considerado como
la composición literaria de Ezequiel.[9]
El establecimiento para su ministerio en Babilonia entre sus conciudadanos,
está allí. Aunque Jerusalén es el punto focal de la discusión en 1-24, el
contexto no requiere que el autor esté en Palestina, tras la llamada de
Ezequiel al ministerio profetice.[10]
Es significativo anotar que él discute el destino de Jerusalén con los
exiliados, y en ningún momento indica que se está dirigiendo a los residentes
en Jerusalén en persona como hizo el profeta Jeremías.
I. La llamada y
la comisión dada a Ezequiel 1:1-3:21
Introducción
1:1-3
Visión
de la gloria de Dios 1:3-28
El
atalaya de Israel 2:1-3:21
La
fecha es en el 593 a. C. En su quinto año en Babilonia, los cautivos no tienen
más brillantes perspectivas de un pronto retorno a la patria. Están confusos y
desasosegados al oír a los falsos profetas contrarrestar la advertencia de
Jeremías. La ejecución de dos falsos profetas, Acab y
Sedequías, por Nabucodonosor
evidentemente no obscureció sus esperanzas de retornar a Jerusalén en un
próximo futuro. En medio de su confusión, Ezequiel es llamado para el ministerio
profetice.
La
llamada de Ezequiel es de lo más impresionante. Comparado con la visión de
Isaías y la simple comunicación a Jeremías, la llamada de Ezequiel al servicio
profético puede ser descrita como fantástica. Tiene lugar junto al río Quebar en los alrededores de Babilonia. No hay ningún
templo a la vista con el que pudiera haber asociado la presencia de Dios. Es
grande la distancia entre él y Jerusalén, de tal forma que él apenas si tiene
recuerdos del santuario donde Dios había manifestado su presencia en los días
de Salomón. Si Babilonia se hallaba a la vista, Ezequiel pudo haber visto los
grandes templos de Marduc y otros dioses babilonios,
que ya habían sido reconocidos por el triunfante conquistador Nabucodonosor. Y allí, en aquel entorno pagano, Ezequiel
recibe una llamada para ser un portavoz de Dios.
Ezequiel
se hace consciente de la presencia de Dios mediante una visión (1:4-28).
Inicialmente su atención queda presa por una gran nube brillante con fuego.
Cuatro criaturas elaboradamente descritas hacen su apariencia, yendo de un lado
al otro como el relámpago en una tempestad. Esas criaturas parecen tener
características tanto naturales como sobrenaturales. Íntimamente relacionadas
con cada criatura, hay una rueda que se mueve en todo momento. Con el espíritu
de las criaturas en las ruedas la conducta es espectacular pero ordenada. Por
medio de alas para cada criatura, se mueven bajo el firmamento. Ezequiel
también ve un trono sobre el cual está sentada una persona que tiene parecido
con un ser humano, con su forma rodeada por el brillo de un arco iris. Sin
explicar o interpretar todas esas cosas, Ezequiel dice que todas esas
manifestaciones en apariencia, tienen parecido con la gloria de Dios. Allí, en
un país pagano lejos del templo de Jerusalén, Ezequiel toma conciencia de la
presencia de Dios.[11]
Aunque
él cae postrado ante aquella divina manifestación, Dios le ordena que se
levante mientras que el Espíritu le llena y le capacita para obedecer.
Dirigiéndose a él como un "hijo del hombre", él es comisionado para
ser un mensajero para su propio pueblo que es desobediente, testarudo y
rebelde.[12] El
mensaje le es dado en forma simbólica. Se le ordena que se coma un rollo de
lamentaciones, angustias y penas que se convierte en su boca en la dulzura de
la miel. Avisado por anticipado de que el pueblo no le escuchará, ni aceptará
su mensaje, a Ezequiel se le ordena que no les tenga ningún temor. Al
desaparecer la gloria de Dios, el Espíritu hace consciente a Ezequiel de la
realidad literal de que se encuentra entre los exiliados del Tel-abib cerca del río Quebar. Sobrecogido por cuanto ha visto, se pasa
reflexionando sobre todas aquellas cosas, siete días.
Tras
una semana de silencio, Ezequiel es comisionado para que sea como un atalaya
para la casa de Israel (3:16-21). Viviendo entre su pueblo, se hace consciente
de su propia responsabilidad para lo que tiene que advertirles. Si ellos
perecen a pesar de su aviso, él no será culpable. Sin embargo, si falla en
advertirles y ellos perecen, él será cargado con el peso de la sangre
derramada. Siendo un guardián fiel, es una cuestión de vida o muerte.
II. La condenación de Jerusalén 3:22-7:27
La
destrucción descrita 3:22-5:17
La
idolatría trae juicio 6:1-7:27
Mediante
una simbólica acción, Ezequiel no sólo detiene la atención de los exiliados,
sino que vividamente describe el destino que pende sobre Jerusalén. Bajo
estrictas órdenes de ser sordo y hablar solamente a su auditorio como el Señor
le ha ordenado, Ezequiel graba un bosquejo de Jerusalén en un ladrillo de
arcilla. Colocando los elementos precisos de guerra a su alrededor, el profeta
demuestra el inmediato futuro de la ciudad, tan bien conocida y tan amada por
los que le escuchan. Ellos no necesitan explicación verbal, puesto que están
totalmente familiarizados con cada calle de la ciudad de la cual han sido tan
recientemente sacados por los conquistadores babilonios.
Por
un período de 390 días, Ezequiel yace sobre su lado izquierdo, representando
así el castigo de Israel, el Reino del Norte. Por otros 40, yace sobre el lado
derecho, significando el juicio que aguarda a Judá,
el Reino del Sur. Durante este tiempo, las reacciones prescritas para Ezequiel,
normal a las consideraciones de un asedio, quedan limitadas a un suministro de
unos 340 gramos de pan y menos de un litro de agua. Para cocer su pan, Ezequiel
recibe instrucciones de utilizar excrementos humanos como combustible,
describiendo de esta forma la inmundicia de Israel. Esto resulta tan
aborrecible para Ezequiel, que Dios le permite que lo substituya por
excrementos de vaca. Una razonable interpretación sugiere que el profeta
normalmente duerme cada noche, pero durante el día representa el sino de
Jerusalén, al yacer de lado. Rehúsa comprometerse en conversaciones ordinarias
y habla solo como dirigido por Dios. Indudablemente por la pauta de su
conducta, la totalidad de la comunidad de exiliados va de vez en cuando a la
casa de Ezequiel para ver por sí mismos lo que el profeta está demostrando.[13]
Al
final de este período (5:1 ss.), cuando la peculiar
conducta de Ezequiel es conocida por toda la colonia de exilados, el pueblo
tuvo que haberse sentido sorprendida al verle afeitarse la cabeza y la barba
dividiendo cuidadosamente sus cabellos en tres partes iguales, pesándolas. Al
quemar un tercio, cortando otro en trozos pequeñísimos con la espada y
esparciendo el último tercio al viento, Ezequiel, de forma realista, demuestra
y anuncia lo que Dios hará con Jerusalén en Su juicio.
Un
tercio de su población morirá de hambre y de peste, otro tercio caerá por la
espada, y el tercio restante, será esparcido por el viento. Dios no tendrá
compasión de ellos. Los cargos contra ellos — ellos han escarnecido el
santuario de Dios con abominaciones y cosas detestables (5:11).
Los
detalles del juicio pendiente están claramente delineados en 6-7. Dondequiera
que los israelitas han rendido culto a los ídolos, las víctimas del hambre y la
peste y por la espada, yacerán esparcidas por toda la tierra. Los cuerpos
muertos ante sus altares serán el silencioso testimonio de que los dioses que
han adorado, no podrán salvarles. Para reforzar el énfasis Ezequiel recibe la
orden de patear el suelo y hacer sonar las palmas de sus manos. Por este severo
juicio, Dios hará que le reconozcan como al Señor.[14]
La
terrible destrucción está próxima. La sentencia de Dios en todos sus temibles
aspectos, está a punto de ser ejecutada sobre Judá y
Jerusalén. La injusticia, la violencia, y el orgullo están sujetos a la ira de
Dios. El asunto está terminado. Nadie responde a los sonidos de la trompeta que
les llama a la guerra. La espada les rodea mientras que el hambre prevalece
dentro de la capital. Dios está volviendo su rostro para que puedan profanar su
santuario y permitir que todos los ladrones hagan su rapiña. A causa de sus
crímenes sangrientos El trae lo peor de las naciones contra ellos. Los
profetas, ancianos, sacerdotes y el rey, todos fracasarán mientras que el
desastre se hace una realidad en Judá. El
Todopoderoso está realmente juzgándoles sobre la base de sus terribles
pecados.
III. El templo abandonado por
Dios 8:1-11:25
El
sitio de la visión 8:1-4
La
idolatría en Jerusalén 8:5-18
El
juicio ejecutado 9:1-10:22
La
misericordia de Dios en el juicio 11:1-25
En
el tiempo de catorce meses, el espectacular ministerio de Ezequiel resurge el
interés popular y la reacción entre los exiliados. El oportuno tema del sino de
Jerusalén es de preocupación corriente para un pueblo que tiene un interés y un
intenso deseo de volver a su país natal a la primera y más rápida oportunidad.
Tienen la noción de que Dios no destruirá a su pueblo, que es el custodio de la
ley, ni su templo que representa su gloria y presencia con ellos (Jer. 7-12). A su debido tiempo (592 a. C.) una delegación
de ancianos llega a conferenciar con el profeta. Con los ancianos aparentemente
esperando ante él, Ezequiel tiene una visión de las condiciones y de los
acontecimientos que sobrevendrán en el templo (8:1-11:25). El relata este
mensaje como está indicado en la declaración concluyente del pasaje.[15]
¿Qué
es el análisis de las condiciones en Jerusalén desde el punto de vista de Dios
según está revelado por Ezequiel? Las condiciones religiosas son un lejano
grito de la conformidad a la ley y a los principios de Dios. Aunque la gloria
del Señor está todavía en Jerusalén, Ezequiel ve cuatro horribles escenas de
prácticas idolátricas en las sombras del templo. Una razonable interpretación
es reconocer con Keil, que no todas esas prácticas
prevalecieran realmente en el propio templo sino que la visión representa las
condiciones idolátricas existentes por todo Judá.[16]
Más
conspicua es la imagen de los celos. Tal vez esto es una representación hecha
por el hombre del Dios de Israel, una explícita violación del primer mandamiento.
Sea cual sea lo que signifique, la imagen de los celos es una temible
provocación al santo Dios de Israel.[17]
Como representantes de Israel, los setenta ancianos adoran a los ídolos en el
templo. Aparentemente ellos tienen concepciones humanísticas de un Dios
omnisciente. A la entrada de la puerta norte del templo, las mujeres están
llorando por Tamuz, el dios de la vegetación que
murió en el verano y volvió a la vida al llegar la estación de las lluvias.[18]
En el atrio ulterior, entre el porche y el altar, veinticinco hombres están de
cara hacia el este adorando al sol, cosa que estaba explícitamente prohibida (Deut. 4:19; 17:3).[19]
Esta
provocación es la causa de que Dios deje libre su ira en el juicio. Los
culpables están advertidos. La gloria de Dios se mueve desde el querubín hasta
el umbral del templo. La misericordia, sin embargo, precede al juicio conforme
un hombre vestido con ornamentos de lino, marca a todos los individuos que
deploran la idolatría en el templo. Comenzando con los ancianos en el templo,
los seis ejecutores van por toda Jerusalén matando a todos aquellos que no
tengan la marca sobre la frente. Sobrecogido por la pena, Ezequiel apela a Dios
en Su misericordia, pero se le recuerda que Jerusalén está llena con sangre e
injusticia. Este es el tiempo de la ira—Dios ha olvidado al país.
Cuando
el hombre vestido de lino informa que ha identificado y marcado a todos los
justos por toda la ciudad, Ezequiel ve la manifestación de la gloria de Dios
que él había visto en el momento de su llamada. En esta aparición, las
criaturas vivientes, en la parte sur del templo, son identificadas como
querubines. El hombre vestido de lino recibe entonces el divino mandato de ir
y colocarse entre las ruedas que giran y el querubín para obtener carbones
ardientes y esparcirlos sobre la ciudad de Jerusalén. La divina gloria se
transfiere entonces desde el atrio hasta la puerta oriental del templo.
Ezequiel
es llevado por el Espíritu a la puerta oriental donde veinticinco hombres
responsables del bienestar de Jerusalén se hallan reunidos (11:1-13). Bajo el
liderazgo de Jaazanías y Pelatías,
dos príncipes cuya identidad es incierta, aquellos hombres malinterpretan las
advertencias y se quedan complacientemente en la esperanza de que Jerusalén les
protegerá de los juicios de Dios.[20]
La falacia de esto es evidente para Ezequiel, con la muerte de Pelatías. Jerusalén no será un caldero para protegerles de
la condenación pendiente, ellos serán juzgados en los límites de Israel. El
pueblo de Dios ha desobedecido sus mandamientos y conformado su conducta
siguiendo la pauta de las naciones circundantes.
Aplastado
por la pena, Ezequiel cae sobre su rostro ante Dios, implorándole que salve a
los que quedan. En réplica, se le asegura que Dios, que ha esparcido a su pueblo,
lo volverá a reunir trayéndoles de nuevo al hogar patrio. En la tierra del
exilio, Dios será un santuario para ellos. Cuando ellos sean traídos de vuelta
a la tierra de Israel, El impartirá un nuevo espíritu sobre ellos y un nuevo
corazón condicionándoles para la obediencia.
En
conclusión, Ezequiel ve en esta visión la partida de la presencia de Dios. La
gloria de Dios que se cernió sobre Jerusalén, ahora se dirige a la montaña
oriental de la ciudad. Jerusalén con su templo es abandonada para el juicio. La
destrucción que pende sobre ella, es sólo una cuestión de tiempo.
La
visión (8:11) revela a Ezequiel las condiciones en Jerusalén como vistas por
Dios. Como un antiguo ciudadano de Jerusalén, Ezequiel estaba familiarizado con
la prevaleciente idolatría, pero entonces, como un guardián comisionado para la
casa de Israel, él comparte la divina perspectiva. La copa de la iniquidad de Judá está casi llena a rebosar. Esta divina revelación, la
comparte con los exiliados (11:25).
IV. Los líderes condenados 12:1-15:8
Demostración
del exilio 12:1-20
Los
falsos líderes 12:21-14:11
La
condición sin esperanza 14:12-15:8
Por
una acción simbólica, Ezequiel manifiesta ante su auditorio israelita en
Babilonia las amargas experiencias en abastecer para los residentes que
permanecen en Jerusalén. Lo más patético es la última partida, de un ciudadano
que es forzado a marchar de su hogar, conociendo que su ciudad está condenada y
que se encamina hacia el exilio. Ezequiel demostró esto al salir de su hogar a
través de un agujero de la muralla, llevando sobre sus hombros un fardo
conteniendo algunas cosas necesarias. En forma similar, el príncipe de
Jerusalén hará su salida final de la capital de Judá
(12:1-16). Describiendo las condiciones en los últimos días del asedio,
Ezequiel come ansiosamente su pan y bebe su agua con temor y temblor
(12:17-20).
Los
jefes religiosos son responsables por engañar al pueblo, asegurándoles la paz,
cuando la ira de Dios les está aguardando. Las mujeres, de igual forma, han
sido culpables de causar en el pueblo el que crea en las mentiras.[21]
Todos los que profetizan falsamente están condenados por el mal que han causado
hablando. Ezequiel, con valentía, culpa a los ancianos, que concurren ante él
para inquirir del Señor, teniendo ídolos en sus corazones. El profeta les urge
a que se arrepientan, no sea que la ira de Dios caiga también sobre ellos.
Jerusalén es
tan pecadora, que no habrá nadie que pueda salvarla de su destrucción
(14:12-15:8). Muy verosímilmente, el pueblo cree que a causa del grupo de
justos que hay en la ciudad, Dios pospondrá sus juicios, como había hecho en el
pasado. En una final y solemne advertencia, Ezequiel dice a su auditorio que
incluso si Noé, Daniel o Job estuviesen en Jerusalén, Dios no salvaría a la
ciudad. Ellos sólo pueden salvarse a sí mismos. Como una viña en el bosque
dispuesta para ser quemada, así los habitantes de Jerusalén esperan el juicio
de Dios.
V. El pueblo elegido de Dios
condenado 16:1-19:14
La
historia espiritual de Israel 16:1-63
El
rey infiel 17:1-24
La
responsabilidad individual 18:1-32
Lamentación
por los príncipes de Israel 19:1-14
En
lenguaje alegórico, Ezequiel describe la corrupción de la religión israelita.
Cuando Israel era como un niño recién nacido, inerme y desamparado, ellos
fueron elegidos por Dios y tiernamente nutridos como el pueblo de su elección.
Gozando de esas divinas bendiciones, Israel cometió deliberadamente la
idolatría en su apostasía, como una ramera en sus pasos pecaminosos. En lugar
de ser devotos de Dios, ha malgastado las cosas materiales que tan
abundantemente se le habían suministrado. Los padres incluso llegaron a ofrecer
a sus hijos en sacrificio a los ídolos. En el curso del tiempo, acariciaron el
favor de las naciones paganas, tales como Egipto, Asiría y Caldea. La caída de Samaría debería haber sido interpretada como un aviso dado
a tiempo.[22] La
sentencia conra Judá
concluye con una promesa de restauración (16:53-63). Dios recordará su pacto
con ellos en reconciliación tras de que hayan sido debidamente castigados por
sus pecados.
En
otra alegoría o adivinanza (17:1-24), Ezequiel presenta la condenación
política de Judá, ilustrando específicamente el
precedente capítulo. El rey de Babilonia, como un águila o un buitre que se
cierne sobre la copa de de un cedro, ha interrumpido la dinastía davídica. El
rey substituto, obviamente Sedequías, romperá su
convenido con Babilonia y volverá a Egipto en busca de ayuda, en lugar de
depositar su fe en, Dios. En consecuencia, será tomado y llevado cautivo para
morir en la tierra del exilio.
Aparentemente,
los exiliados han llegado a la conclusión de que se hallan sufriendo a causa de
los pecados de sus padres (18:1 ss.). Seguramente, el
exilio era un lugar de sufrimiento colectivo (11:14-21) pero en claros y
definidos términos Ezequiel traza una línea de demarcación entre los justos y
los infieles. Incluso aunque todos tengan que sufrir al presente, la última
distinción entre ellos es una cuestión de vida o muerte. Los injustos perecen,
los justos tendrán que vivir. Como las leyes básicas del Pentateuco están
dirigidas al individuo, así Ezequiel en ello, resalta la responsabilidad de
cada israelita.
Habiendo
tratado con el problema del individuo, Ezequiel revierte al tema de la máxima
importancia: el destino de Jerusalén. En una lamentación (19:1-14), expresa el
patético desarrollo que tendrán los acontecimientos, mostrando al príncipe de Judá como a un león capturado con cepos Y enjaulado para su
deportación a Babilonia. El lamenta que la destrucción del reino sea tan
completa, y que no quede un retoño ni siquiera un cetro Para un gobernante.[23]
VI. La última medida completa 20:1-24:27
El
fracaso de Israel 20:1-44
El
juicio en proceso 20:45-22:31
Consecuencias
de la infidelidad 23:1-49
Ezequiel
atemperado para el juicio 24:1-27
Durante dos
años, el profeta, como un atalaya, ha advertido fielmente al pueblo. Una vez más
en el 591 una delegación de ancianos toma asiento ante él, para inquirir la
voluntad del Señor. Sedequías está todavía en el
trono de Jerusalén.
Ezequiel
revisa una vez más la historia de Israel. Esta vez resalta que Dios
eligió a Israel en Egipto, le dio su ley, y les llevó a la tierra de Canaán, pero ellos no han hecho otra cosa que provocarle
con sus ídolos, ritos paganos, y sacrificios. En su ira, Dios le ha esparcido
y finalmente los volverá a traer purificados en, gracia a su propio nombre
(21:1-44).
La
pronunciación de esta revisión recarga el énfasis del juicio que sigue como
secuencia natural. Dios está encendiendo un fuego para consumir el Neguev (20:45-49). Está afilando su espada, llevando al rey
de Babilonia a Jerusalén en un acto de juicio (21-22). Los príncipes han
derramado sangre inocente, el pueblo es culpable de los males sociales,
quebrantando la ley y olvidando a Dios. Jerusalén se convertirá en un horno
para purificar al pueblo, mientras que derrama su ira.
El
pecado de los pactos con los extranjeros, está desarrollado en el capítulo 23,
según Samaria, llamada Ahola y Jerusalén, llamada Aholiba, llevan sobre sí el cargo de la prostitución. Las
alianzas con naciones extrañas, que frecuentemente implican el reconocimiento
de dioses paganos, constituyen una grave ofensa hacia el Señor.[24]
Infortunadamente, Judá falló en ver la caída de
Samaria como un aviso. En vista de sus pecados Jerusalén está advertida de que
los caldeos vendrán a ejercitar su juicio sobre ellos.[25]
La copa de la ira de Dios está a la mano.
En
el mismo día, 15 de enero del 588, en que los ejércitos babilónicos rodearon a
Jerusalén, Ezequiel recibió otro mensaje (24).[26]
No se indica si Ezequiel dramatizó esto en una acción, sombólica
o la produjo verbalmente en forma de alegoría. Teniendo ante él un cordero
escogido en la sartén, que representa a Jerusalén, Ezequiel saca la
consecuencia de la destrucción. La sartén con manchas de orín, figurando
manchas de sangre, es colocada sobre el fuego hasta que se funde. En el
proceso de su fundición, las manchas sangrientas son quitadas, ilustrando
claramente con ello que las manchas de sangre de Jerusalén serán quitadas sólo
por la completa destrucción. En el curso de esta representación gráfica, muere
la esposa de Ezequiel. Como una señal significativa para su auditorio, se le
ordena a Ezequiel no llevar luto públicamente. Tampoco el pueblo lo llevará
cuando reciba las noticias de que el templo de Jerusalén ha sido destruido. El
Dios soberano hace esto para que ellos sepan que El es el Señor. En conclusión,
Dios asegura a Ezequiel que cuando las noticias del sino de Jerusalén, le
lleguen, su sordera terminará.
VII. Naciones extranjeras 25:1-32:32
Amón,
Moab, Edom y Filistea 25:1-17
Fenicia
26:1-28:26
Egipto
29:1-32:32
Las
profecías fechadas en estos capítulos, con la excepción del 29:17-21, ocurren
durante el décimo o duodécimo año del cautiverio de Ezequiel. Esto aproxima el
período del asedio y sitio de Nabucodonosor en
Jerusalén, al 588-586. Con la capitulación de Jerusalén pendiente, surge
indudablemente la cuestión de a qué nación, entre las otras, tendrá Dios
planeado llevarse a Judá. ¿Tendrán ellos que ir allí
para juicio?
En
el capítulo que abre este pasaje, los amonitas, moabitas,
edomitas y filisteos son denunciados por su orgullo y
gozosa actitud ante el sino de Judá. Aunque aliados a
Judá para conjurarse en una rebelión contra Babilonia
(Jer. 27:3), ellos la abandonaron para oír el fragor
del combate de la invasión de Nabucodonosor. Por su
arrogancia y su odio hacia la religión de Israel, serán castigados. La
ejecución contra ellos comienza en el subsiguiente período; pero el completo
cumplimiento de esta predicción espera al último establecimiento de la
supremacía de Israel en, su propio suelo. A través de Israel, Dios llevará su
venganza contra Edom (25:14).
Los
más largos pasajes están dirigidos contra los fenicios y sus ciudades de Tiro y
Sidón y contra Egipto. Con los ejércitos de Babilonia
concentrados sobre Jerusalén, los exiliados pueden haber imaginado por qué
Fenicia y Egipto escaparon al vengativo empuje de Nabucodonosor.
En
un análisis de mayor extensión, Ezequiel trata del destino de Tiro y su
príncipe con una adecuada lamentación para cada uno de ellos (26:1-28:19). Sidón, que era de menor importancia, recibe sólo una breve
consideración (28:20-23). Por contraste, Israel será restaurada (28:24-26). La
condenación de Tiro es cierta, puesto que Dios está llevando a Nabucodonosor contra ella.[27]
La lamentación, de Tiro describe la pérdida de la gloria y la supremacía que
había gozado en su estratégica situación, en su belleza arquitectónica, su
fuerza militar y sobre todo, en su fabulosa riqueza comercial.[28]
Tampoco Sidón escapará a la destrucción (28:24-26).
Para
hacer un paralelo de la caída de Tiro, Ezequiel habla del destino del príncipe
que gobierna la ciudad y el reino de Tiro (28:1-10). Aunque bueno a sus propios
ojos, el rey de Tiro es solamente un hombre por lo que a Dios concierne. Por
sus vanas aspiraciones, será castigado.
Egipto,
que usualmente juega una parte vital en las relaciones internacionales de Judá, recibe una extensa consideración en estas profecías
(29-32). En su asociación con Israel, la nación de Egipto ha sido como una
caña, que se abandona al enemigo cuando llega la conquista. Egipto y sus gobernantes
también están inculpados con orgullo—el faraón se jacta de que el no Nilo, del cual depende la existencia de Egipto, estaba
hecho por él.
La
conquista y la rapiña aguardan a Egipto. Aunque sea restaurada en un período de
cuarenta años de desolación, Egipto nunca llegará a adquirir su antigua
posición. Nunca proporcionará de nuevo una falsa segundad para Israel. Dios
enviará a Nabucodonosor a Egipto para que despoje su
riqueza, ya que los malos hombres poseen la tierra. Los divinos actos del
juicio serán evidentes en la destrucción de los ídolos en Menfis
y la «erróla de las multitudes en Tebas.
En
forma de advertencia, Egipto es comparado a Asiría, que sobresalía como un
cedro del Líbano por encima de todos los demás árboles (31:1-18).[29]
Como el poderoso reino de Asiría, Egipto caerá. Ezequiel compara la destrucción
a su descenso en el Hades. Un año y dos meses más tarde, tras haber sabido la
caída de Jerusalén, se lamenta una vez más de la humillación que pende sobre
Egipto (32:1-16). El canto fúnebre del funeral (32:17-32), tal vez fechado en
el mismo mes[30],
expande la lamentación, situando ya en la lista seis naciones para ir al
Hades. Egipto, en su destino, se unirá a poderes tan grandes como Asiría, Elam, Mesec y Tubal,
y las naciones vecinas tales como Edom, los sidonios
y los príncipes del norte-indudablemente, una referencia a los gobernantes
sirios. Todos esos darán la bienvenida a Egipto en el Hades, en el día de la
calamidad.
VIII. Esperanzas para la
restauración 33:1-39:29
El
atalaya con una nueva comisión 33:1-33
Los
pastores de Israel 34:1-31
Contraste
entre Edom e Israel 35:1-36:38
Promesa
de restauración y triunfo 37:1-39:29
El
mensaje de Ezequiel está ligado a los tiempos en que él vive. Desde el tiempo
de su llamada, en el 593 a. C., ha conducido, por la palabra y por la acción
simbólica, el destino de Jerusalén. Durante el sitio de Jerusalén, se le dio
un, mensaje concerniente al lugar de las naciones extranjeras en la economía
del Dios de Israel. Con la destrucción de Jerusalén cumplida, Ezequiel, una vez
más, dirige su atención a las esperanzas nacionales de Israel.
Un
fugitivo procedente de Jerusalén informa a Ezequiel y a los exiliados en enero
del 585 a. C. que la ciudad ha capitulado realmente ante el ejército de
Babilonia. Indudablemente, los informes oficiales en Babilonia habían anunciado
previamente la conquista de Judá. Probablemente, la
fecha dada (33:21-22) está íntimamente relacionada a la totalidad del contenido
de este capítulo.[31]
Dios, que había previamente revelado a Ezequiel el hecho de la caída de Jerusalén,
en la víspera de la llegada de este mensajero, entonces invita al mensajero a
que hable de nuevo. Esta terminación de su período de sordera, es un signo de
la divina confirmación (24:27). Dios ya había condicionado a Ezequiel, al
recordarle que él es un atalaya de la casa de Israel (33:1-20). Dirigiéndose de
nuevo como "hijo del hombre", él es el responsable para advertir a su
propio pueblo.
Tras
de la llegada del fugitivo, Ezequiel es preparado para el mensaje transicional (33:24-33). El remanente no arrepentido que
hay en Palestina, transfiere entonces su confianza desde el templo arruinado al
hecho de que ellos son la semilla de Abraham.[32]
Con. Jerusalén en ruinas, seguramente ninguno de los que se encuentran entre el
auditorio de Ezequiel es lo bastante estúpido para pensar que puede intentar
una rebelión con éxito frente a Nabucodonosor.
Ezequiel es advertido de que el pueblo será lo bastante curioso para escuchar
su mensaje; pero no lo obedecerá.
El
tema de la esperanza comienza con una discusión de los pastores de Israel
(34-1:31). En contraste con los falsos pastores, que están condenados por su
egoísmo, Dios aparece descrito como el verdadero Pastor de Israel.[33]
Mirando en el futuro lejano de los israelitas, se les asegura su
restauración nacional. Haciendo un pacto de paz con ellos, Dios les establecerá
en su propia tierra para gozar de bendiciones sin límites bajo el pastor,
identificado como "mi siervo David".[34]
Puesto que la historia no tiene datos del cumplimiento de esta promesa para Israel,
parece razonable anticipar esta realización en el futuro.
La
tesis de la restauración de Israel está desarrollada en 35:1-36:38, en
contraste a la antítesis de la destrucción de Edom. Edom o monte de Seir está cargado
con los delitos de enemistad, odio sangriento, avidez y codicia de la tierra de
Israel e incluso de blasfemia contra Dios.[35]
Edom, incluyendo a todas las naciones (36:5), está ya
marcada para su devastación. Por contraste, los israelitas serán reunidos
desde todas las naciones y una vez más gozarán del favor de Dios en su propia
tierra. Israel ha profanado el nombre de Dios entre las naciones; pero El
actuará trayéndoles de nuevo en gracia a Su nombre. Por una transformación,
Dios les impartirá un nuevo corazón y un nuevo espíritu, purificándoles en la
preparación para que sean Su pueblo.
Sin
duda, tanto Ezequiel como su auditorio tuvieron que haberse preguntado cómo
sucedería tal cosa. Con Jerusalén en ruinas y el pueblo en el exilio, las
perspectivas no podían ser más obscuras y sombrías. En 37:1-39:29, la
restauración de Israel en triunfo sobre todas las naciones, queda desarrollada
y dibujada. Por divina revelación, Ezequiel llega a la seguridad de que todo
esto tendrá su cumplimiento.
El
Espíritu del Señor conduce a Ezequiel en medio de un valle lleno con huesos
secos. Dios invita al profeta a que hable a aquellos huesos. Ante su asombro
total, Ezequiel ve cómo los huesos se animan con la vida. Esta resurrección de
los huesos muertos, significa la reavivación y la restauración de la totalidad
de la casa de Israel, incluyendo tanto al Reino del Norte como al del Sur.
Serán reunidos como los israelitas serán reagrupados procedentes de entre las
naciones con la específica promesa de que un rey gobernará sobre ellos. El
gobernante o "pastor", de nuevo identificado como "mi siervo
David", deberá ser el príncipe para siempre en tanto el pueblo se conforma
a los estatutos y ordenanzas de Dios. En la tierra de Israel, Dios establecerá
una vez más su santuario de forma tal, que todas las naciones conocerán que El ha santificado y purificado
a su nación de Israel.
El
establecimiento de Israel no permanecerá oculto ni sin desafío. Naciones
procedentes de las partes del norte, especialmente Gog
y Magog, reunirán en masa sus ejércitos para luchar
contra Israel en los postreros días. Viviendo en ciudades sin vallar y gozando
de una prosperidad sin precedentes, Israel se convertirá en el objeto
codiciado de los enemigos invasores procedentes del norte. Esto, sin embargo,
será un día de divina vindicación. Las fuerzas de la naturaleza en forma de
terremotos, lluvia granizo, fuego y azufre serán dejadas sueltas contra el
feroz invasor. La confusión, el derramamiento de sangre y la pestilencia
prevalecerán mientras luchan el uno con el otro. Ave de presa y bestias
salvajes devorarán los ejércitos de Gog y Magog y el enemigo quedará sin ayuda, permitiendo así que
Israel tome todos sus despojos de guerra. Durante
siete meses, enterrarán a los muertos y purificarán la tierra.
Con
todas las naciones conscientes de los juicios de Dios, a Israel se le asegura
la restauración de su buena fortuna. Ellos vivirán con seguridad en la tierra
donde nadie tendrá miedo. No quedará nadie entre las naciones, cuando Dios
vierta su Espíritu sobre ellas.
IX. El estado restaurado 40:1-48:35
El
nuevo templo 40:1-43:12
Regulaciones
para el culto 43:13-46:24
La
tierra de las bendiciones 47:1-48:35
El
tiempo de la pascua durante el mes de Nisan (573),
indudablemente, recuerda a los exiliados el más grande milagro que Dios hubo
llevado a cabo en nombre de Israel a quien liberó del cautiverio de Egipto.
Durante los catorce años que habían transcurrido desde la destrucción de
Jerusalén, los exilados, probablemente, adaptados a su nuevo entorno, no
hubieron tenido ninguna esperanza de un inmediato retorno. Como mucho, si creyeron
en la predicción de Jeremías concerniente a un período de exilio de setenta
años, sólo unos pocos de los que habían sido tomados en Jerusalén, podrían
haber retornado. Sin duda, la promesa de Ezequiel de la definitiva restauración
les aseguró del amor de Dios y de Su cuidado por la nación de Israel.
Ezequiel
tuvo otra visión. Similar a la revelación de los capítulos Salí, el profeta ve
la realidad de la restauración. De nuevo, el punto focal es el templo de
Jerusalén, que simboliza la presencia real de Dios con su pueblo. Un hombre inominado, lo más probable un ángel del Señor, toma a Ezequiel
para hacer una visita del templo, sus alrededores y la tierra de Palestina. La
gloria de Dios, que primeramente abandonó al templo a su condenación, entonces
retorna a su sagrado santuario. Una vez más, Dios habita allí entre su pueblo.
A Ezequiel se le instruye para que observe bien aquel viaje de
la restaurada Israel. Todo lo que ve y oye, lo comparte con sus
compañeros en el exilio (40:4).
Desde
el ventajoso punto de la cima de una alta montaña, Ezequiel ve una estructura
parecida a una ciudad representando el templo y su entorno.[36]
El guía, con una vara de medir en la mano, inspecciona cuidadosamente las
murallas del área del templo y la de varios edificios, mientras que conduce a
Ezequiel en aquel espectacular viaje. Lo más extraordinario del viaje por el
templo es la reparación de la gloria de Dios, que Ezequiel identifica con la
revelación que tuvo en el canal de Quebar (ver 1 y
8-11). A Ezequiel se le asegura entonces que aquel es el nuevo templo que Dios
establecerá para su eterno habitar con su pueblo. Nunca más se despreciará el
nombre de Dios con la idolatría. A los penitentes y contritos, que hay entre el
auditorio de Ezequiel, este mensaje del templo restaurado les ofrece la
esperanza. Y son alentados a conformar sus vidas en obediencia a los
requerimientos de Dios (43:10-13).
Las
nuevas regulaciones para un culto aceptable están cuidadosamente prescritas
(43:13-46:24). Ezequiel ve el altar y toma nota de las ofrendas y sacrificios
que proporcionan al pueblo una base aceptable para su aproximación a Dios. Al
entrar en el templo, se postra en reconocimiento de la gloria de Dios que llena
todo aquel santuario. Una vez más, recibe instrucciones para marcar bien las
ordenanzas y detalles para aquellos a quienes se les permita oficiar en el
nuevo templo. Por romper la alianza y profanar el templo con la idolatría, el
sacerdote está sujeto a grave castigo. Dios bendecirá a Israel con una clase
sacerdotal restaurada y un príncipe que enseñará al pueblo, establecerá la
justicia y observará las fiestas y las estaciones.
La
visión culmina en los viajes de Ezequiel por la tierra de Israel (47:1-48:35).
Comenzando en las puertas del templo, el profeta ve un río que sale hacia el
sur desde debajo del umbral hasta Arabia, suministrando agua fresca para la
abundante vida del mar y para la irrigación de la tierra en la producción de
frutos. La totalidad de la zona, resurge con una nueva vida y la industria de
la pesca florece, abundando la vida en las granjas en toda la tierra. La tierra
de Canaán está cuidadosamente dividida en parcelas
para cada tribu, desde la entrada de Hamat en el
norte hasta el río de Egipto, en el sur. El príncipe y los levitas recibirán
una parcela próxima a la ciudad en donde el templo está situado.[37]
Esta ciudad, en la cual se manifiesta la divina presencia de Dios, es
identificada como "El Señor está allí".
Israel
restaurado a la tierra prometida—esta es la esperanza que Ezequiel tiene para
su generación en la tierra del exilio. Dios reagrupará a su pueblo en triunfo y
lo bendecirá una vez más.
***
[1] Para un reciente estudio sobre la fecha de Ezequiel, ver Cari
Cordón Howie The Date and Composition of Ezequiel, Journal of Biblical Literature
Monograph Series, Vol. IV, (Filadelfia 1930)' De
acuerdo con el capítulo II, «The Date of the Prophecy».
pp. 27-46, él ministerio de Ezequiel desde el 593 (1:2) hasta el 571 (29:17) a.
C. sobre la base de los hechos y la tradición.
[2] Ver Stephen L. Caiger, «Lives
of the Prophetsx, p. 223.
[3] Para discusión
de estos acontecí míen los, ver
Dr. J.
Wiseman,
Chronicles of Chaldean Kings, pp. 23-32, y
su traducción de la tablilla B. M. 21946, pp. 67-74. Ver también Dan. 1:1.
[4] Ver II Reyes
24:1.
[5] Ver
Dan. 5:1-4.
[6] Ver C R Whitíey The Exile Age (Londres, 1957) (Londres, 1957). También ver los
precedentes capítulos sobre Esdras, Nehemías y Esther en este volumen.
[7] Comparar
Jer. 29:21 y Ezequiel 13:3, 16
[8] Howie,
op. cit., p.
46, reconoce las fechas individuales por todo el libro como correctas aunque no
todos los materiales dados entre dos fechas tengan necesariamente, o pertenecer
en él, cronológicamente.
[9] Para un
sumario de varias teorías del autor, ver Whitley, op. cit., pp. 82 y ss.
[10] Ver Howie, op. cit., capítulo
I, «The
Residence of Ezequiel», pp. 5-26, para una de las variadas
teorías sobre el lugar del ministerio de
Ezequiel. Howie
concluye el ministerio de Ezequiel se produjo en Babilonia Whitley, op. cit., pp. 54 y ss., n acepta
esta opinión tradicional.
[11] La
presencia de Dios con su pueblo estaba vividamente manifestada en una siempre,
desde su liberación de Egipto. Ver Ex. 14:19, 20, 24; Núm. 10:11-12, 34, etc.
Cuando Salomón dedicó el templo, la visible presencia de Dios en una nube fue
identificada como la gloria de Dios. Ver II Crón. 5:14 y 7:3. Puesto que
Ezequiel era un sacerdote, pudo haberle sorprendido encontrar estas
manifestaciones en un entorno pagano tan lejos del templo.
[12] Esta
designación está exclusivamente utilizada por Ezequiel en el Antiguo Testamento
con la excepción de Dan. 7:13. Ello recarga el énfasis de que en presencia de
U'0"' el profeta es humano y meramente un «hijo del hombre».
[13] Ver H. L. Ellison, Ezekiel:
The Man and His Message
(Grand Rapids: Eerdmans, pp. 31-35, para una lógica interpretación. En vista de los datos dados en
1:1 y 8:1, 5, permiten un intervalo 413 días, parece razonable asumir que los
últimos 40 días del año de los 390 para Israel y los 40 días para Judá fueron coincidentes, puesto que ambos están
compartidos en el exilio. Para Israel, los 390 días se extenderían desde la
división en el 391 hasta aproximadamente el 539 a. C, cuando cayó Babilonia.
Los LXX lee 190 en lugar de 390 en 4:5,
9.
[14] La
expresión «Sabe que soy el Señor» se da en esta simple forma 54 veces y en
variaciones otras 18 veces más. Dios se hace conocer a Sí mismo en gracia o en
juicio para que ellos comprueben que Dios estaba actuando. Para discusión de este
tema Ellison, op.
cit., pp. 37-39.
[15] Ellison,
op. cit., p.
40, sugiere que Ezequiel habló intermitentemente a los ancianos que tenía ante
sí.
[16] Ver C.
F. Keil, Commentary on Ezekiel en referencia sobre 8:1-4.
[17] De acuerdo con G. E.
Wright, The Oíd Testament against its Enviroiiment, pp. 24 y ss.. ninguna
imagen de Jehová ha sido jamás encontrada por los arqueólogos.
[18] Por una
mayor descripción, ver G. A. Cooke, Ezekiel I, pp. 96-97. Esto representa un
antiguo rito religioso que procede de aproximadamente el año 3000 a. C., en
Babilonia en forma popular este mito fue común durante la época del Antiguo
Testamento y en los tiempos de Canaán a Babilonia.
[19] La
posición de estos hombres parece justificar la inferencia de que ellos
representan el sacerdocio. Ellison, op. cit., p. 43, y
otros, identifican esto con el culto de Shamash, el dios sol de Babilonia cargando a esos 25
líderes con el reconocimiento de que los dioses de Babilonia estaban derrotando
a Jehová, Dios de Israel.
[20] Ellison,
op. cít., pp.
45-47, interpreta esto como una predicción de las condiciones que existían
durante el asedio unos cuantos años más tarde. Los jefes pro-egipcios ignoraron
los avisos de Jeremías y se hallaban en la confianza de que Jerusalén
resistiría, como su fe fanática en el templo, indicado por Jer.
7:4. Sin embargo, aquellos jefes fueron ejecutados en Ribla,
II Reyes 25:18-21.
[21] «Hechicera»
sería un mejor término moderno que «profetisa» para las mujeres descritas en
13:17-23, de acuerdo con Ellison, op.
cit., pp. 56-57. Las únicas otras «profetizas»
mencionadas en las Escrituras son Miriam, Debora, Julda y Noadias.
[22] Ver. Jer. 3:6-13.
[23] Ver Is. 6:13.
[24] La
demanda de un rey en los días de Samuel (I Sam. 8:5)
refleja el hecho de que el pueblo estaba impresionado con los reyes paganos.
Salomón hizo un pacto con Egipto, I Reyes 3:1. En el Reino del Norte, Jehú pagó tributo al rey asirio Salmanasar
III, como está representado en el Obelisco Negro, ver Pritchard,
Ancient Near Eastern Texis, p. 280. El
Reino de Judá estuvo más seriamente implicado con
Asiría, por Acaz, II Reyes 16:7 e Is.
7:1-17, quienes desafiaron a Isaías al hacer un tratado con Tiglat-pileser III. Nótese también Ezequías y los babilonios en Is.
39:6.
[25] Nótese
la advertencia de la condenación de Jerusalén anunciada por
Isaías. Is. 39:6 y II Reyes, 20:17.
[26] El año
9.° y en el mes 10.°, día 10.° —15 de enero del 588 a.
C—. Ver Parker ;v Dubberstein,
Babylonian Chronology, p. 26 y Thiele, The Mysteríous
Numbers of hebrew Kings, p. 164. Nótese también Jer. 39:1, y II, Reyes 25:1.
[27] El sitio de Tiro,
586-573 a. C.
finalizó cuando Etbaal, rey de Tiro,
reconoció la supremacía de Babilonia. La ciudad isla no fue conquistada
hasta Alejandro Magno, construyendo un
estriberón o muelle en el 332 a. C. para forzar la completa sumisión.
[28] Para un
breve tratamiento de esta profecía, ver Ellison, op. cit., pp.
99-116.
[29] Este
mensaje está fechado en mayo-junio del 587 a. C. Los exilados estaban esperando
que Egipto hubiera salvado a Jerusalén de la destrucción por los babilonios,
quienes habían comenzado el asedio en enero del 588. Sobre el uso de «Asirio»
como sucede en el texto hebreo en Ezequiel 31:3, comparar las versiones del Rey
Jaime, American Standard y la Revised
Standard.
[30] Keil,
op. cít., como
referencia, sugiere que esto fue compuesto 14 días más tarde en el mes 12.»
(32:1). Debido a un error del copista el mes fue omitido aquí. La Biblia de
Jerusalén sigue a la griega e inserta el «primer mes». Puesto que 32:1 está
fechado en e. mes 12.°, parece razonable fechar esto
en el mismo mes, permitiendo la secuencia cronológica.
[31] Ellison,
op. cít., p.
118, escribe «11.°» en 33:21 sobre la base de Hebreos
8. MSS, algunos manuscritos de los LXX y la siriaca,
identificando esta fecha con agosto, del 586 a. C. Ver también Doederlein e Hitzig en sus
comentarios a la referencia. G. A.
Cuuke en ICC ad. loe asume un doble sistema de
fechas. De acuerdo con Thiele en su completo estudio
de la cronología, The Mysterious
Numbers of the Hebrew Kings,
p. 161-166, y carta de la pág. 74-75, Sedequías huyó de
Jerusalén en el 19 de julio del 586, y la final destrucción de Jerusalén
comenzó el 15 de agosto del 586. Aunque normalmente era una jornada
de tres
meses de duración, este fugitivo
particular llegó al exilio
en enero 585 á. C.
[32] Ver Jer. 40-43 sobre la actitud del resto en no querer seguir la advertencia de Jeremías.
[33] «Pastora,
aquí es utilizado metafóricamente con el significado de «rey» de acuerdo con Ellison
op. cít., p. 121. Ver Salmo 23, para el perfecto pastor. También Juan 10.
[34] Ver Ellison op. Cit.,
pp. 119-122, para un sumario de los gobernantes de Israel, pertenecientes al linaje de David fue jamás reconocido como rey.
[35] Esaú
y sus descendientes, conocidos como edomitas se
establecieron en el Monte de Seir al sur del Mar
Muerto. Gen. 36. Nótese la continua animosidad en el Antiguo Testamento entre
Israel y Edom. Ver Núm. 21, etc.
[36] Para un
diagrama del templo y sus edificios como están descritos aquí, ver F Davidson, The New Bible Commentaty,
bajo el artículo titulado «Ezequiel»,
pp. 664-665.
[37] E1 tema básíco de Ezequiel 33-48, de que Israel será
restaurado a su propia tierra como hecho supremo, bajo el mandato de un
príncipe, concuerda con el terna Isaías que asegura que Israel gozará de un período
absoluto de paz universal, cuando Sión sea el punto
focal de todas las naciones bajo el control de su gobernante ideal, que deberá
ejecutar la perfecta justicia. Ver Is. 2, 4, 11, 35 y
65-66.