Capítulo XXV
Después del exilio
Tras de que las esperanzas nacionalistas de Judá fueron perdidas y quedaron reducidas a polvo, con la
quema de Jerusalén en el 586, el profeta Jeremías acompañó un remanente de
judíos a Egipto y allí concluyó su ministerio. Ezequiel, un profeta entre los
exiliados de Babilonia, dedicó su mensaje a los proyectos y perspectivas de una
última restauración del hogar patrio. Su ministerio profético probablemente
terminó alrededor del 570 a. C. Con la vuelta de los judíos a su país nativo, Hageo y Zacarías comenzaron a ejercitar su efectiva
influencia, estimulando a los judíos en sus esfuerzos para reconstruir el
templo. Antes de que transcurriese otro siglo, Mala-quías surgió en Judá como un profeta del Señor.
Los tiempos de la reconstrucción de Jerusalén[1]
Las predicciones escritas de Jeremías concernientes
a un período de setenta años de la cautividad de los judíos, ya era conocida y
estaba en circulación entre los exiliados en Babilonia (Jer.
25:11; 29:10; Dan. 9:1-2). Mientras que los gobernantes de Babilonia
continuaron en el poder, las esperanzas de una vuelta al hogar patrio fueron
escasas. Para aquellos que estaban familiarizados con el mensaje de Isaías
(44:28-45:1), una nueva esperanza tuvo que haber alboreado cuando Ciro, el
persa, emergió frente a los destinos políticos y militares de su país, como
líder absoluto. Con su conquista de Babilonia en el 539, la profecía de
Jeremías levantó un renovado interés entre los piadosos y los devotos (Dan.
9:1-2).
Frente a los judíos, se extendían días
transcendentales. Poco después de la caída de Babilonia, Ciro firmó un
pertinente decreto. Revirtiendo la política de desarraigar de su hogar a los
pueblos conquistados —una práctica de los asirios y de los babilonios de casi
dos siglos— Ciro favoreció al pueblo judío y a otros pueblos cautivos con una
proclamación en que se les permitía volver a su tierra natal. Aproximadamente,
cincuenta mil judíos se reunieron en el largo viaje desde Babilonia a
Jerusalén, para restaurar sus destinos nacionales bajo la jefatura de hombres
tales como Zorobabel y Josué (Esdras 1-3).
Los judíos volvieron llenos de optimismo y
comenzaron la tremenda tarea de reconstruir su país. Erigieron un altar y
restituyeron el culto en Jerusalén, de acuerdo con la ley de Moisés. Con
renovado entusiasmo, volvieron a celebrar las fiestas y las ofrendas
prescritas. Valientemente, emprendieron la reconstrucción del templo en el
segundo año después de la vuelta del exilio. Mientras muchos gritaban de
alegría, otros lloraron mientras reflexionaban en la bellísima estructura
salomónica, que había sido reducida a un montón, de ruinas por los ejércitos de
Babilonia cinco décadas antes.
El optimismo pronto dio paso al desaliento.
Rehusando la ayuda de la población mezclada en la provincia de Samaria, los
judíos se convirtieron en víctimas del odio. Tan hostiles fueron los vecinos
del norte que el proyecto de la construcción fue completamente abandonado por
casi dieciocho años.
No fue sino hasta el segundo año del reinado de
Darío (520 a. C.), cuando los judíos estuvieron en condiciones de renovar sus
esfuerzos. En aquel tiempo, los profetas Hageo y
Zacarías insuflaron el celo y el patriotismo de una nueva generación.[2]
Menos de un mes tras de que Hageo hiciese su apariencia
en público, el pueblo reemprendió el programa de reconstrucción. Su incentivo
aumentó, cuando unas semanas más tarde, Zacarías se unió a Hageo
en mensajes de reproche, aliento y seguridad. Zorobabel
y Josué dieron a su pueblo una valiente jefatura en el noble esfuerzo, a
despecho de la oposición de Tatnai (Esdras 4-6).
Cuando el último apeló al rey persa, Darío hizo una investigación y emitió un
edicto favorable para los judíos. En el término de cinco años, el pueblo de Judá vio cumplidas sus esperanzas en la reedificación del
nuevo templo.
Hageo y Zacarías apenas si se mencionan en el libro de Esdras (5:1-2 y
6:14) como profetas que ayudaron a Zorobabel y Josué.
La efectividad de su ministerio y el impacto que causaron sobre el pueblo de Judá, se aprecia más claramente en sus escritos.
Hageo
—promotor del programa de construcción —Hageo 1:1-2:23
Se conoce poco respecto a Hageo,
más allá de su identificación corno profeta. Muy probablemente nació en
Babilonia y retornó con la migración a Jerusalén en los años 539-538 a. C. Su
tarea específica fue inducir a los judíos a renovar su trabajo en el templo.
Comenzando a últimos de agosto del 520 a. C. Hageo emitió cuatro mensajes al pueblo, antes de que
terminase dicho año. La brevedad de su libro puede indicar que él registró
solamente sus mensajes orales. La siguiente perspectiva del libro está basada
en cuatro oráculos:
I. Amonestación y respuesta del pueblo Hageo
1:1-15
II. La mayor gloria del nuevo templo 2:1-9
III. La seguridad de las bendiciones 2:10-19
IV. Un mensaje personal 2:20-23
La segunda década, desde que se añadió la primera
piedra al templo, transcurrió rápidamente. El entusiasmo religioso expresado
cuando se echaron los cimientos había sido decisivamente sofocado por los
hostiles samaritanos. Mientras tanto, el pueblo se había dedicado a la
construcción de sus propios hogares.
Hageo dirigió sus primeras palabras a Zorobabel,
el gobernador, y a Josué, el sumo sacerdote. Valientemente, declaró que no era
justo que el pueblo demorase la construcción del templo. Volviéndose al
laicado, les recordó que el Señor de los ejércitos era la fuente y posesor de
todas las bendiciones materiales. En lugar de dedicar sus esfuerzos al santo
proyecto, se habían dedicado a construir sus propios hogares. Por tanto, la
sequía y las malas cosechas habían sido su premio (1:1-11).
Hasta entonces, ningún profeta había gozado de tan
rápidos resultados en Judá. El pueblo respondió entusiásticamente a la exhortación de Hageo.
Veinticinco días después tuvo la satisfacción de ver renovada la actividad en
la construcción (1:12-15).
La construcción del nuevo templo continuó a pasos
agigantados por casi un mes antes de que Hageo
entregase un nuevo mensaje. La ocasión se produjo el último día de la Fiesta
de los Tabernáculos.[3]
Hasta allí, sólo habíase dado una cosecha escasa y
por ello la celebración fue notablemente mediocre en comparación con las
elaboradas festividades en el atrio del templo en los tiempos pre-exflicos. Probablemente,
debían quedar todavía unos pocos entre los ancianos que habían visto el
anterior templo —menos en número, sin embargo, que en el 538 a. C., cuando la
nueva fundación había sido asentada. Comparando lo que se hacía con la gloria
de la estructura salomónica, se volvieron pesimistas y descorazonados. El
trabajo se retardaba conforme el espíritu del desaliento comenzó a penetrar en
la totalidad del grupo.
El oportuno mensaje de Hageo
salvó la situación. Amonestando a los judíos a renovar sus esfuerzos, el
profeta les aseguró que Dios, a través de su Espíritu, estaba entre ellos. Por
añadidura, les llegó la palabra procedente del Señor de los ejércitos: Dios
sacudiría a las naciones, el Señor haría que la gloria de aquel templo
excediese a la del primero, y el Todopoderoso suministraría la paz y la
prosperidad en aquel lugar. Aunque la promesa era inequívoca y específica, el
tiempo de su cumplimiento está velado en las ambiguas palabras "dentro de
poco". Para la generación de Hageo, esta promesa
fue una fuente de aliento en su inmediata tarea.
Tras dos meses de rápido progreso en el programa de
la construcción, Hageo recibió otro mensaje de Dios.[4]
El pueblo había experimentado años de escasez en el período en que había
descuidado la construcción del templo, pero entonces que habían recomenzado los
trabajos, Dios les bendeciría abundantemente. Aunque la semilla no había sido
segada, ellos marcaron aquel día como el principio de bendiciones materiales
mucho mayores.[5] Mejores
cosechas vendrían para su disfrute inmediatamente.
El mismo día tuvo un mensaje personal para Zorobabel. Como descendiente del linaje real y como
gobernador de Judá, él representaba al trono de
David. En aquel día, cuando Dios haga estremecer los cielos y la tierra,
derribe los tronos, y destruya la fuerza de las naciones paganas, el Señor de
los ejército., hará un sello para Zorobabel. Puesto
que tales acontecimientos no ocurrieron en los tiempos de Zorobabel,
la promesa dirigida a él lo fue como a un representante de la línea hereditaria
del trono de David, la cual aguarda su cumplimiento.[6]
La declaración, estableciendo que él estaba elegido por el Señor de los
ejércitos, proporcionó el valor necesario para la efectiva jefatura en un
tiempo en que los gobernadores persas en aquella zona, amenazaban con detener
la construcción en Jerusalén.
Zacarías —Israel en un mundo en el ocaso —Zacarías 1:1 - 14:21
Jerusalén bullía con actividad y movimiento, cuando
Zacarías anunció sus declaraciones apocalípticas. En los días de vacilación que
siguieron a Hageo en su segundo mensaje, Zacarías recibió
ulterior inspiración para los bandos en lucha de los judíos. Con toda
probabilidad, pertenecía al linaje sacerdotal de Iddo,
que había retornado a Palestina (Neh. 12:1,4,16). Si
él es el sacerdote citado en Neh. 12:16, era todavía
un hombre joven en el 520 a. C. cuando comenzó su ministerio.
Los mensajes de Zacarías en 1-8 están
definitivamente relacionados con la época de la reconstrucción del templo. El
resto de este libro puede ser razonablemente fechado en los últimos años de su
vida y subsiguientes a la dedicación del templo. Obsérvese el siguiente
análisis del libro de Zacarías:[7]
I. La llamada al arrepentimiento Zacarías
1:1-6
II. Las visiones nocturnas 1:7-6:8
III. La coronación de Josué 6:9-15
IV. El problema del ayuno 7:1-8:23
V. El pastor rey 9:1-11:17
VI. El gobernante universal 12:1-14:21
Las palabras de apertura de Zacarías siguen en pos
del mensaje de aliento de Hageo en la Fiesta de los
Tabernáculos. Citando la desobediencia de sus antepasados por vía de
advertencia, Zacarías apoya el esfuerzo de su colega para activar a los judíos.
Sólo un genuino cambio de corazón evocará el favor de Dios (1:1-6).
El segundo oráculo de Zacarías le llega en una
secuencia de visiones nocturnas.[8]
En rápida sucesión, se aprecian descritas mediante el profeta, los
acontecimientos corrientes y los problemas con que se encara su pueblo. Con
cada aspecto de esta revelación, llegan las provisiones de Dios para su
estímulo. Aunque cada visión merece un estudio especial con respecto a su
significación para el futuro, el efecto de conjunto del panorama era
vitalmente significativo para el auditorio de Zacarías en su noble lucha
durante aquellos meses llenos de ansiedad.
Cuatro jinetes aparecen en la escena del comienzo.
Volviendo de una patrulla de rigor, informan que todo está en calma. En
respuesta a una pregunta que concierne al hado de Jerusalén, el Señor de los
ejércitos anuncia que Sión será confortado en la
restauración del templo de Jerusalén (1:7-17).
Cuatro cuernos y cuatro carpinteros son presentados
entonces al profeta. La destrucción de los primeros por los últimos representa
la ruina de las naciones responsables de la dispersión de Judá,
Israel y Jerusalén (1:18-21).
Un medidor aparece a la vista de Zacarías. Tan
populosa y próspera habrá quedado Jerusalén que será necesario ensancharla más
allá de las murallas. Cuando el Señor aparezca como la gloria de esta ciudad,
El será también como una muralla de fuego protector. Reuniendo a Israel, el
Señor aterrorizará a las naciones de tal forma que se conviertan en un despojo
para el pueblo que una vez fue tomado en cautiverio. Judá
será de nuevo herencia de Dios cuando el Todopoderoso elija, una vez más, a
Jerusalén como su lugar de morada (2:1-13).
En otra visión todavía, Zacarías ve a Josué vestido
con ropas sucias. Satanás, el acusador del sumo sacerdote de Israel, es
reprochado por Dios que ha elegido a Jerusalén. Josué es vestido en seguida con
los debidos ornamentos. Condicionado por su obediencia, Josué recibe la
seguridad de que entonces puede representar aceptablemente a su pueblo ante
Dios. La promesa para el futuro está investida en el siervo identificado como
el "Renuevo".[9]
En un solo día el Señor de los ejércitos borrará todas las culpas de la tierra,
para que vuelvan la paz y la prosperidad (3:1-10).
Especialmente digno de notarse es la visión del
candelabro de oro con dos olivos. Por su importancia, Zacarías es despertado
por un ángel. El recipiente que sirve como depósito reservorio para la
lámpara, aparentemente estaba continuamente alimentado por el aceite de los dos
olivos. Mediante esta visión, llega la seguridad para Zorobabel
que Dios, mediante su Espíritu, cumpliría su propósito. Zorobabel
había comenzado la construcción del templo y la completaría. Manteniendo la
vigilia, el Señor de toda la tierra es ayudado por dos ungidos, que obviamente
son Josué (3:1-10) y Zorobabel (4:1-14; Hageo 2:20-23).
Ciertamente dramática es la siguiente visión.
Zacarías ve un rollo volante, fantástico de tamaño, unos 4,5 por 9 mtrs, que anuncia una maldición contra el robo y el
perjurio. La maldición es enviada por el Señor para consumir toda la culpa que
hay sobre la tierra (5:1-4).
Inmediatamente después, llega lo necesario para
suprimir la maldad. Una mujer, que representa la iniquidad de la tierra, es
llevada a Babilonia en un ánfora.
En la visión final, unos carros de guerra parten de
los cuatro puntos cardinales para patrullar la tierra. De nuevo, el Señor de
toda la tierra ejerce un control universal como lo hizo en la primera visión
mediante los jinetes (6:1-8).
La situación en Jerusalén se aproximaba rápidamente
a un estadio crítico cuando Zacarías entregó esta serie de mensajes, que le
llegaron durante la noche en visiones. Habían pasado exactamente cinco meses
desde la reconstrucción del templo en su comienzo, en respuesta al mensaje de Hageo. Mientras tanto Tatnai y
otros oficiales persas habían llegado a Jerusalén para investigar lo que allí
ocurría, implicando que los judíos estaban rebelándose contra Persia (Esdras
5-6). Aunque no ordenan un inmediato cese de los trabajos, toman nota de todos
los nombres de los jefes judíos y hacen una relación formal a Darío. No está
indicado cuanto tiempo transcurrió desde el envío del mensaje al rey hasta que
recibieron su respuesta. Es probable que los judíos no conociesen el veredicto
del rey de Persia, cuando Zacarías comenzó sus profecías. Sin duda, habría
muchos que se preguntaron por cuanto tiempo estarían en condiciones de
continuar el programa constructivo emprendido. Ya habían sido detenidos una
vez; podría ocurrir de nuevo. El problema de su inmediato futuro que dependía
del decreto del rey persa, molestó bastante a la comunidad judía.
Durante los días de la incertidumbre, el profeta
tuvo un mensaje alentador. Mediante aquella serie de visiones nocturnas, le
llegó la seguridad de que Dios, que vigila sobre toda la tierra, había
prometido la restauración de Jerusalén. Las naciones, a cuyas manos los
israelitas habían sufrido tanto, iban a ser destruidas, como los cuatro
carpinteros destruyeron los cuatro cuernos. La paz y la plenitud estaban
aseguradas en la promesa de la expansión de Jerusalén fuera de sus murallas.
Puesto que la muralla de la ciudad proporcionaba seguridad contra el enemigo en
los tiempos del Antiguo Testamento, el pacífico lugar más allá de las murallas
implicaba libertad de ser atacado. En la visión de Josué se hizo provisión para
una adecuada intercesión a favor de Israel. Inmediatamente después se le dio
la seguridad de que Zorobabel sería revestido de
poder por el Espíritu de Dios para completar la construcción del templo. A
pesar de la maldición aplicada a los malvados y pecadores, la iniquidad estaba
siendo realmente suprimida de la tierra. En conclusión, la patrulla de carros
bajo el mando del Señor de la tierra, llevaría la tranquilidad a los
reconstructores del templo. A todos aquellos que fueron receptores del mensaje
del profeta y ejercitaron su fe en Dios, aquella oportuna palabra tuvo que
haberles proporcionado un verdadero aliento, en momentos en que tanta ansiedad
existía mientras se recibía el veredicto de Darío.
Extraordinaria y predictiva
fue la acción simbólica del profeta (6:9-15). Con una corona de oro y plata y
acompañado por tres judíos de Babilonia, Zacarías coronó a Josué como sumo
sacerdote.[10] Muy
significativo también fue la elección de Josué, para significar el Renuevo que
construiría el templo cuando las naciones desde lejos, le prestarían su apoyo a
ayuda.[11]
La gloria, el honor y la paz acompañan a este gobernante en su combinación,
única de realeza y sacerdocio. Estas dignidades estaban separadas en Judá incluso en los días de Zacarías.
La corona simbólica era para estar colocada en el
templo como monumento conmemorativo. El mensaje del profeta sería certificado
por la inmediata ayuda que iban a recibir (6:15).
Tampoco se indica con, qué prontitud les llegó la
respuesta de Darío. Pero llegó con el veredicto favorable a los judíos. Darío,
el rey persa, no solamente anuló el intento de Tatnai
y sus colegas de gobierno para detener la construcción, sino que ordenó que
ellos ayudasen a los judíos con suministros materiales y con tributos y ayuda
económica (Esdras 6:6-15).
Dos años transcurrieron, en el programa de
construcción. Una delegación de Betel llega a Jerusalén con una consulta
referente al ayuno.[12]
Zacarías les recuerda que la ira de Dios había caído sobre Jerusalén a causa de
que sus antepasados no obedecieron la ley ni escucharon a los profetas, quienes
les habían advertido (7:4-14). El Señor de los ejércitos es celoso por Sión y restaurará Jerusalén. Los que queden serán reunidos
desde el este y desde el oeste de tal forma que una ligazón satisfactoria y de
dependencia mutua será forjada entre Dios y su pueblo (8:1-8).
La inmediata aplicación a su auditorio es dada en 8:9-19. La
admonición de Zacarías es que se redoblen los esfuerzos en el programa de
reconstrucción. Dios hizo a Israel un objeto de burla entre las naciones, pero
ahora se ha propuesto hacer el bien para su propio pueblo. Permitirá que la
verdad, la justicia y la paz prevalezcan entre ellos. Permitirá también que el
ayuno se torne en, días de alegría.[13]
Cuando Dios es reconocido en Jerusalén, el pueblo ambicionará el favor divino.
Los judíos serán buscados por las naciones porque reconocerán que Dios está con
su pueblo (8:20-23).
No se da la fecha para la última parte del libro de
Zacarías. Puesto que no se dan referencias al proyecto de la reconstrucción, es
verosímil que este mensaje fuese dado tras la dedicación del templo.
Presumiblemente esto representa en, mensaje de Zacarías durante un período
posterior de su carrera profética.
Mientras que las naciones circundantes están sujetas
a la ira de Dios (9:1-8), Jerusalén tiene proyectos de contar con un rey
triunfante (9:9-10). Aunque humilde y sencillo en apariencia, el rey es justo y
llevará la salvación. En, su universal dominio, hablará de paz a todas las
naciones.
En nombre de Jerusalén, el Señor de los ejércitos
ejercitará su poder protector contra el enemigo (9:11-17). El salvará a los
suyos, ya que son el rebaño de su pueblo. Como una oveja sin pastor, los
israelitas están desperdigados, pero Dios les rescatará. Castigando a los
falsos profetas y pastores, Dios reunirá su rebaño, Efraín junto con Judá. Ellos vendrán desde todas las naciones, incluso desde
tierras distantes, mientras que el orgullo de los paganos caerá por tierra
(10:1-12).
Los pastores infieles de Israel están a punto de ser
consumidos en un terrible juicio (11:1-3). Mediante un segundo acto simbólico,
Zacarías es invitado a convertirse en el pastor de Israel (11:4-7).[14]
En un sentido, el profeta está actuando con la capacidad del Señor de los
ejércitos, quien es el verdadero pastor de Israel.[15]
Mientras que él asume este papel, Dios describe la terrible suerte que aguarda
a Israel en manos de los falsos pastores. Israel está condenada. En vano, el
pastor intenta salvar a su rebaño, pero éste le detesta. Patético también el
sino del rebaño entre los traficantes de ovejas cuyos pastores no se cuidan de
ellas. De igual manera, Dios expondrá a Israel a sufrir entre las naciones, a
causa de haber rechazado a su verdadero pastor.
Aunque abandonada a las naciones para el juicio,
Israel tiene un lugar en los planes de Dios. El día llegará en que Israel se
convertirá en una piedra onerosa para las naciones. Sión
se sentirá reforzada y Judá emergerá con. la victoria
sobre todas las naciones que han ido contra ella (12:1-9).
En este día de victoria, los israelitas se tornarán
en un espíritu de gracia y de súplica a Aquel que una vez rechazaron
(12:10-14).[16] El
pueblo de Jerusalén tendrá y se servirá de una fuente para limpiarse del pecado
y la suciedad. No sólo el pueblo, sino que también la tierra será limpiada. Los
ídolos serán barridos de la memoria y los falsos profetas relegados al olvido
(13:1-6).
El sufrimiento y la pena del verdadero pastor
tendrán como resultado la dispersión de las ovejas. Aunque perecerán dos
tercios del pueblo, el remanente sobrevivirá a los fuegos purificadores. Esos
tornarán a Dios y reconocerán
que es el Señor (13:7-9).
En el día del Señor, todas las naciones serán
reunidas en Jerusalén para la batalla. Desde el monte de los Olivos, el Señor
resistirá a los enemigos y se convertirá en el rey de toda la tierra. Jerusalén
con un suministro de agua sobrenatural, quedará establecida con seguridad. La
oposición presa del pánico se desintegrará de tal forma que la riqueza de todas
las naciones será recogida sin interferencia. Todos los supervivientes irán a
Jerusalén a adorar al Rey, el Señor de los ejércitos, y a guardar la Fiesta de
los Tabernáculos. Con Jerusalén establecida como el punto focal de todas las
naciones, el culto a Dios será purgado de toda impureza en forma tal, que toda
la vida pueda redundar en su magnificación.
Malaquías —el aviso profetice
final —Malaquías 1:1 - 4:6
La única mención del nombre "Malaquías" está en el primer versículo de este libro.
Puesto que Malaquías significa "mi
mensajero" la Septuaginta lo considera como un
nombre común. El hecho de que todos los otros libros en este grupo están
asociados con los nombres de los profetas, favorece el reconocimiento de Malaquías como su nombre propio.
Es difícil afirmar el tiempo en que se desarrolló el
ministerio de Malaquías. El segundo templo ya estaba
en pie, el altar de los sacrificios en uso y los judíos y su comunidad se
hallaban bajo la jurisdicción de un gobernador persa. Esto coloca su actitud
subsiguiente a los tiempos de Hageo y Zacarías,
cuando el templo había sido reconstruido. Se conoce tan poco respecto a la
condición del estado de Judá desde la dedicación del
templo a la llegada de Esdras, que es imposible fijar una fecha concluyente
para las profecías de Malaquías. El contenido del
libro ha conducido a algunos a Malaquías con los
tiempos de Nehemías.[17]
Otros prefieren fecharle con anterioridad a la estancia de Esdras en
Jerusalén, aproximadamente en el 460 a. C.[18]
Malaquías tiene la distinción de ser el último de los profetas hebreos.[19]
Llega como un mensajero final para advertir a una generación apóstata.
Con vigorosa claridad, perfila la vida y la esperanza final del justo en
contraste con la maldición que aguarda a los malvados. Su mensaje entra en las
siguientes subdivisiones:
I. Israel como nación favorecida de Dios Malaquías 1:1-5
II. La falta de respeto de Israel hacia Dios 1:6-14
III. Reproche a los sacerdotes infieles 2:1-9
IV. La Judá infiel 2:10-16
V. Requerimientos de Dios 2:17-3:15
VI. El destino final de los justos y los malvados 3:16-4:6
La peculiar relación de Israel con Dios es el tema introductorio del mensaje de Malaquías.
El Señor de los ejércitos ha elegido a Jacob. Edom,
que desciende de Esaú, el hermano gemelo de Jacob, no
volverá a estar en condiciones de afirmarse sobre Israel. El dominio del Señor
se extenderá más allá de las fronteras de Israel para incluir a la sojuzgada
tierra de Edom (1:2-5).
Pero Israel ha deshonrado a Dios. Al ofrecerle
animales impuros o robados en sacrificio, el pueblo demuestra su falta de
respeto hacia Dios. Ellos no se atreverían a tratar a su gobernador en esa
forma. El nombre de Dios es reverenciado entre las naciones, pero no en Israel.
El no será tratado de esta manera por su pueblo elegido. El fraude garantiza la
maldición divina (1:6-14).
Los sacerdotes son retirados para su retribución.
Dios ha hecho una alianza con la tribu de Leví de tal
forma que mediante ellos, el conocimiento y la instrucción pueden ser
impartidas al pueblo. Por infidelidad en su responsabilidad, llegarán a ser
despreciados por el pueblo a quien ellos conducen (2:1-9).
El pueblo de Judá ha profanado el santuario,
por los matrimonios mixtos con gentes paganas. Las esposas extranjeras han
introducido la idolatría. Igualmente cargados con el divorcio, el pueblo no
puede ganar la aceptación de sus ofrendas ante el Señor de los ejércitos
(2:10-16).
Después de todo esto, Malaquías
recuerda bruscamente a su auditorio que han enfadado a Dios por su fracaso en
buscar los caminos justos. Dios está a punto de enviar a su mensajero a su
templo para juzgar, purificar, y refinar a su pueblo. Los cargos contra ellos
son: brujería, adulterio, falsos juramentos, el fallo en entregar los diezmos,
y la injusticia social hacia los asalariados, las viudas, los huérfanos y
extranjeros. Por su conducta, ellos han menospreciado la sabiduría de servir a
Dios fielmente (2:17-3:15).
Dios es conocedor de aquellos que le temen, ellos
son su especial posesión. Registrados en el libro del recuerdo, los justos
están designados para la salvación en el día de la ira de Dios. Aquellos que
han sido presuntuosos y han promovido la maldad, perecerán como el rastrojo en
un campo en llamas tras la cosecha. El temor de Dios, por otra parte, se
acrecentará (3:16-4:3).
En conclusión, Malaquías
exhorta a su propia generación para que obedezca la ley de Moisés (4:4-6). Con
el terrible día del Señor pendiente, el profeta les recuerda que el juicio será
precedido por un período de misericordia aligerado con la llegada de Elías. Predictivo en importancia, el nombre "Elías"
sugiere un tiempo de resurgimiento mediante un individuo enviado por Dios. Tal
persona, ya ha sido prometida (3:1). Cuatro siglos más tarde, este mensajero
fue identificado (Mat. 11:10,14).
***

J E R U S A L E N
[1] Para una más completa discusión de los tiempos de
Zacarías y Hageo, ver capítulo XVI
[2] Amplias revoluciones ocurrieron durante los primeros
años del reinado de Daño-Tanto si influyeron o no en las actividades de estos
dos profetas, no se indica en sus escn tos, aunque Pfeiffer, en Introduction
to the Old
Testament, pp. 602-607, interpreta a Hageo 2:6-9 y a Zacarías 2:6 y ss.,
como referencias para las condiciones no establecidas de esta época. Ver
también Albright, The
Biblical Feriad, p. 50. Ciertamente, Esdras 5
representa a Darío como muy favorablemente inclinado hacia los judíos.
[3] Esta fiesta era
observada en el 7.° mes, desde el 14." al 21.° día. Comparar Lev. 23:34.
[4] Por este
tiempo, Zacarías ya había entregado su mensaje de apertura sobre el
arrepentimiento. Nótese la cronología para estos dos profetas: Durante el 2,°
año de Darío:
1.er mensaje de Hageo
(1:1), 6.° mes, l.er día.
Comienza la reconstrucción (1:15), 6.° mes, 24.° día (1:15).
2.° mensaje de Hageo (2:1), 7.° mes, 21.°
día. l.er mensaje de Zacarías, 8.° mes.
3.er y 4.° mensajes de Hageo,
9.° mes, 24." día. Visiones nocturnas de Zacarías (1:7), 11." mes,
24.° día. Durante el 4.° año de Darío (7:1), 9.° mes, 4.° día.
[5] Aunque las
lluvias del 9.° mes tuvieron un decidido efecto sobre las cosechas en el
siguiente año, nótese que Hageo hizo esta predicción
mientras que las semillas se hallaban aún en los graneros.
[6] Ver C. F. Keil, The Twelve
Minor Prpphets, Vol. II,
[7] Para un
tratamiento representativo de Zacarías, asignando 9-14 al período griego, ver Pfeiffer, op. cit., 607-612. Para una discusión de las variadas
teorías sobre dos Zacarías, ver Young, op. cit., pp.
269-273. Para una interpretación de Zacarías como uno solo, ver The New Bible Commenlary, pp.
748-763. Ver también a C. L. Feinberg, God
Remembers, (Wheaton, 111.: Van Kampen Press,
1950). Nótese la selecta bibliografía de Feinberg con su valoración para ulterior estudio, pp.
281-283.
[8] Zacarías
comenzó su ministerio aproximadamente dos meses más tarde que Hageo cuando
el programa de la construcción ya había sido completamente activado
[9] Ver Is. 4:2 y 11:1, Jer. 23:15, Zac. 6:12. Ver
también Is. 42:1 y 52-13
[10] El plural
«coronas» en hebreo, denota una simple corona de oro y plata mezclados o varias
diademas. Ver Keil, op.
cít., en su comentario sobre 6:11.
[11] Normalmente la
corona real era entregada al gobernante político. R. H. Pfeiffer,
op. cit., pp.
605-606, cambia el texto, leyendo «Zorobabel» por
«Josué», en 6:11, y afirma que Zorobabel estaba
coronado en secreto, pero suprimido como gobernador por los persas. Falta la
evidencia que apoye esta teoría. Ver New Bible Commentary, p. 754. Albright, op. cit., p. 50, no ve indicación de que Zorobabel fuese, de ningún modo, desleal a la corona.
[12] Ver también Keil, op. cít., en la discusión de esta referencia.
[13] Nótense los
días del ayuno y los eventos conmemorados por los judíos en el cautiverio:
4.° mes, 9." día - Las puertas de Jerusalén derribadas por Nabucodonosor Jer. 39:2-3;
52:6-7.
5." mes, 10.° día - La quema del
templo. Jer. 52:12-13.
7.° mes, 3.er día
- Muerte de Gedalías. II Reyes 25:22-25.
10.° mes, 10.° día - Comienzo del sitio a Jerusalén.
II Reyes 25:1.
[14] Para un resumen
de las variadas interpretaciones de este pasaje, ver Feinbcrg. op. cit., pp. 197-217.
[15] Ver Ezeq. 34:11-31, Is. 40:10-11, y
otros que están claramente identificados ton '' último Mesías. Comparar también
Salmo 23 y Juan 10.
[16] Ver Zac. 11:8, donde el verdadero pastor es detestado.
[17] C. F. Keil, op. cit., pp. 423-429, siguiendo a Vitringa
en enlazar a Malaquías con Nehemías. E. J. Young, op. cit., p. 276, apoya esta posición.
[18] Ver R. H. Pfeiffer, op. cit., p. 614. y J. T. H. Adamson,
«Malaquías», en The
"en the Bible Commentary, pp. 764-767.
[19] Para profetas
fechados más tarde por ciertos eruditos del Antiguo Testamento, ver '* °Jscusión representativa de Anderson,
Understanding the
Oíd Testament, p. 449, para Joel, 503-504 para
Jonás, y 515-520 para Daniel. No se dispone de evidencia histórica para fijar
una fecha precisa para Joel, Jonás y Daniel y no son considerados como
personajes históricos por Anderson.