
|







|
 |
 |
 |
 |
Primero su voluntad, luego nuestros deseos
La urgente misión de la Iglesia
--------------------------------------------------------------------------------

Cuando Cristo dijo que "los campos ya están blancos para la siega",
hablaba de que "el campo es el mundo". Algunos argumentan que la
Gran Comisión fue solo para los discípulos de Cristo y no para hoy.
Pero la Iglesia como depositaria del evangelio, tiene un serio
deber que cumplir. Los que niegan este deber, con su falta de
obediencia a su claro mandato, niegan a su Señor. Por Jonatán
Lewis
--------------------------------------------------------------------------------
Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones..." (Mateo
28:19).
Las circunstancias, los consejos de hermanos y un sentimiento de
paz son formas de conocer la voluntad de Dios para nosotros. Pero
nuestra búsqueda de la voluntad de Dios, ¿comienza realmente en el
lugar correcto? ¿Podemos, legítimamente, considerar primero
nuestros propios deseos, circunstancias y necesidades, y luego
procurar la dirección de Dios?
La vida de Cristo nos sugiere que debemos invertir el orden de
nuestra búsqueda. Él dijo: "Mi comida es que haga la voluntad del
que me envió..." (Juan 4:34). Cristo comenzó por comprender la
voluntad de Dios, sus deseos y propósitos. Luego ajustó su vida y
sus acciones en conformidad con esa voluntad.
¿Cómo conoció el Señor Jesús la voluntad del Padre? Estaba
íntimamente empapado con las Escrituras. A menudo expresaba: "Como
está escrito...". Conocía perfectamente el propósito de Dios tal
como estaba en la Palabra. Cristo comprendió que su papel
particular consistía en el cumplimiento de esa Palabra y, a través
de la oración, se comprometió a la obediencia: "Pero no se haga mi
voluntad, sino la tuya".
Cristo no eligió según sus propios deseos, ni permitió ser
influido por circunstancias o expectativas de otros. Él permaneció
obediente aun cuando fue tentado por Satanás a tomar una ruta
corta hacia el gobierno del mundo. Y eligió la obediencia
inclusive cuando esta significó el sufrimiento y una muerte cruel
en la cruz.
Cristo, la Gran Comisión y su Iglesia
Si observamos a la Iglesia primitiva, vemos con claridad que
Cristo intentó durante todo el tiempo que sus discípulos fueran
los líderes de la primera comunidad de creyentes que habría de
reunirse en su nombre. Nos parece extraño que sus instrucciones
finales no tengan ninguna relación con los asuntos del gobierno de
la Iglesia, ni con el tipo de edificios que debían ser erigidos o
el orden de los servicios, sino que Él habla acerca de ir y hacer
discípulos a todas las naciones.
Si reconocemos que Él establece su Iglesia y que esta debe ser el
agente de Dios para la continuación del cumplimiento de su
propósito en el mundo, entonces podremos ver que las palabras
últimas de Cristo de "ir y hacer discípulos" fueron muy oportunas.
Cristo no ignoraba el hecho de que estos hombres pronto iban a
necesitar información adicional sobre el funcionamiento de la
Iglesia. Él había prometido darles el Espíritu Santo, el cual
había de guiarlos a toda la verdad. Igualmente valioso fue el
entrenamiento que les dio durante el curso de los tres años de su
ministerio terrenal. Les había demostrado el principio más
importante del liderazgo: el servicio, y les había dado su nuevo
mandamiento de "amarse los unos a los otros", como la base de toda
relación personal. El amor debía ser el vínculo por medio del cual
la Iglesia de Cristo se ligaría.
Mientras Él los entrenaba, a la vez ampliaba la visión de los
discípulos, de tal manera que estos iban comprendiendo el
propósito para el cual la Iglesia existía. Jesús les dio una
perspectiva hacia todas las naciones. Los desafió a que miraran
los campos "porque ya están blancos para la siega" y les dio a
conocer en términos ciertos que "el campo es el mundo". Al
entrenarlos para trabajar con amor, se aseguraba que la Iglesia
entendiera la base sobre la cual debía funcionar internamente Al
darles una perspectiva hacia todas las naciones, se aseguraba que
la iglesia comprendiera su propósito en el mundo.
La iglesia y su deber
Siempre ha habido gente que argumenta que la Gran Comisión
únicamente se aplicó a los discípulos de Cristo y que la iglesia
no tiene que identificarse con esa perspectiva. Pero esta posición
está directamente en contra de la voluntad de Dios revelada a su
pueblo. Como depositaria del evangelio, la Iglesia tiene un serio
deber que cumplir. Los que niegan este deber, con su falta de
obediencia a su claro mandato, niegan a su Señor.
En los últimos versículos de Mateo 24 y en el capítulo 25, las
enseñanzas de Cristo se relacionan con su segunda venida y con lo
que harán, mientras lo esperan, aquellos que le profesan fidelidad.
A los que reconocen a Cristo y su soberanía se les ha confiado la
preciosa posesión del evangelio. Además, Cristo siempre ha
otorgado dones a sus discípulos, para que funcionen en conjunto a
fin de glorificarle y edificar su Iglesia. Es esta Iglesia, en sus
muchas y variadas expresiones, la que debe llevar a cabo el gran
trabajo de la evangelización del mundo.
Responsabilidades y privilegios de la Iglesia.
El libro de los Hechos describe el papel de la Iglesia en la
evangelización del mundo entonces conocido. Testimonio dinámico,
persecución y equipos misioneros fueron elementos usados por Dios
para desarrollar esta labor. Aunque Pablo fue llamado de una forma
única y preparado como apóstol, tan solo debido a su obediencia a
la voluntad de Cristo se manifestó en su ministerio efectivo.
Mucho crédito merecen también los que se unieron a él para los
esfuerzos específicos de su misión.
La fundación de comunidades de creyentes que continúen viviendo
sus vidas en "koinonía", es la meta de la evangelización. Como un
organismo vivo, cada iglesia crece y se reproduce a sí misma
mediante el testimonio, el establecimiento de iglesias hijas y el
envío de equipos misioneros. Cada iglesia tiene el deber sagrado
de cumplir su parte, en cuanto a la Gran Comisión del Señor, según
los dones y la habilidad que Él le haya concedido.
Extraído de "Misión mundial", por Jonatán P. Lewis, Editorial
Unilit.
|
|
|
|
 |
 |