Publicado El: Lun, nov 6th, 2006

CARACTERÍSTICAS DE UNA ORACIÓN INTERCESORA

Por Rev. Julio Ruiz. Efesios 1:15-23. Hay muchas clases de oraciones ofrecidas, más no todas son sinceras. Hay aquellas que se hacen siguiendo una letra escrita, repetida a través de las generaciones. Hay aquellas adornadas de justificación y adulación personal, como la que hiciera el fariseo comparada con la del publicano y pecador.

Hay aquellas donde ya uno sabe cómo comienzan y cómo terminan. Hay otras que se convierten en una especie de saludo al Señor para comenzar el día y una corta despedida antes de ir a la cama. Hay algunas que son “una lista para el supermercado” de todo lo que necesito, sin que haya en ella el sentido de la gratitud y la alabanza. Por cierto que Santiago nos advierte que hay oraciones no ofrecidas y otras no respondidas. En el primer caso, porque no se ora con frecuencia y  en la dirección correcta, mientras que la otra se hace “para gastar en vuestros deleites”. Los discípulos al parecer estaban bien conscientes sobre la necesidad de saber orar, hasta el punto de pedirle a su Maestro: “Enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos”. No sabemos la forma cómo Juan enseñó a sus discípulos, pero tuvo que ser bien reconocido, por el testimonio de lo que ya se conocía, pero también por la calidad de vida que Juan llevaba como el precursor de nuestro Señor. El apóstol Pablo fue un hombre que aprendió a orar. Si nos acordamos que él era un fariseo tenemos que concluir que él rechazó ese tipo de oraciones legalistas y de justificación propia, por aquella que encarnada la gloria y honra a Dios, así cómo la intercesión y gratitud por los hermanos en la fe. En el presente pasaje tenemos esa clase de oración. En ella podemos ver los elementos distintivos de una oración sincera. Con esto Pablo nos orienta sobre la importancia, la secuencia y el objeto de nuestras oraciones. Veamos eso en este capítulo.

 

I. LA QUE NACE POR LA FE EN CRISTO Y EL AMOR DE HERMANOS

 

Pablo, después de haber hecho toda una exposición de gran altura teológica sobre nuestra salvación y seguridad eterna, considera todo aquello como una poderosa razón para referir sus próximas palabras. “Por esta causa”, es la frase que lo lleva a presentar su próxima oración. Es como si dijera que, por cuanto, tenemos todo lo anterior expuesto, ahora es necesario que se considere todo esto de modo que sean dignos representantes de tan alta gracia. Pablo fue notificado de la fe para con el Señor y del amor que estos hermanos habían demostrado hacia los demás. Hablamos, entonces, de las dos cosas que debiera caracterizar a una iglesia verdadera: Fidelidad a Cristo y amor por los hombres. Esto dio origen a su próxima oración. ¡Cuánta bendición es para un obrero del Señor cuando sabe que su congregación tiene una gran fidelidad hacia su Señor y un gran amor entre sus hermanos! Por lo menos al principio esto fue una nota distintiva de esta iglesia por mucho tiempo, aunque más adelante, cuando Juan dirige su mensaje a las siete iglesias, tuvo una queja contra esta recordándoles que habían dejado “el primer amor”. Sin embargo, esta iglesia nació con estas características, lo cual le daban su punto de honor. Hay una especie de fidelidad a Cristo que no siempre se expresa en amor por los hombres. El tiempo de los ermitaños reflejó esa tendencia. Los enemigos del evangelio a través de los años han desatado una foraz persecución contra aquellos que piensan diferentes a ellos. Sin embargo, el cristianismo verdadero ama a Cristo y a todos los hombres. Una verdadera oración tiene este punto de partida. Debe haber un doble amor. 

 

II. LA QUE SE HACE UN DÍA Y EL OTRO TAMBIÉN

 

Estas notas sobresalientes de la iglesia de Éfeso levantaron al apóstol para decir que  “no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones…”. El tipo de oración que Pablo hacía por la iglesia no se limitaba a un culto de oración o algunos minutos después de levantarse o antes de acostarse. La frase “no ceso” formaba parte de su vida devocional. Para este hombre la oración era asunto serio. Sus muchas ocupaciones, acompañadas de sus largos períodos de viajes y aquellos cuando estuvo preso, no eran excusas para dejar de orar por los demás. En él vemos a un hombre de intercesión continua. Las palabras que Jesús refirió a sus discípulos cuando estaban en el Getsemaní de velad y orad para no entrar en tentación, las había hecho suyas. En la oración que apunta hacia lo que es supremo, y que es hecha sin que se apague el fuego de la intercesión, la que Pablo menciona “haciendo memoria” de sus hermanos es digna de ser considerada. El hacer memoria de los hermanos en nuestras oraciones habla de un reconocido amor y una franca preocupación por ellos. Cuando nuestras oraciones están repletas de nosotros mismos nos perdemos la bendición de la intercesión. La Biblia nos habla de la importancia del ministerio de la intercesión. Esto es así porque el enemigo común de nuestras almas “anda como león rugiente tratando a quien devorar”. Es un gozo saber que ahora nuestro Señor Jesucristo asume la posición de Intercesor. Él no sufre de cansancio para dejar de hacerlo ni un solo día. Un hombre o una mujer de Dios que convierte sus oraciones en santas intercesiones a favor de otros rodearán a tal persona de bendiciones en lugar de críticas y murmuraciones. Una familia cristiana que enseña a sus hijos a interceder por sus hermanos de la iglesia; que les ponen a orar con sus nombres y necesidades, estará cerrando las puertas al chisme, la difamación y aquello que afecte su testimonio. Mantengamos la práctica de la oración constante e intercesora. Ella hará de la iglesia un lugar de continua bendición. Tengamos un ministerio de intercesión constante.

 

III. LA  QUE PIDE LO QUE  MÁS IMPORTA

 

La oración debe tener un propósito. Debe tener implícita la búsqueda de lo que quiere el cielo para nosotros. Pablo nos habló de dos asuntos que debieran ser anhelados cada vez que nos disponemos a orar; que Dios nos “de espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él”. Es obvio que esta petición parte del hecho que los recipientes de la carta tienen al Espíritu Santo, quien es el único que puede traer las dos cosas que Pablo pide, y que son dadas por “el Dios de nuestro Señor Jesucristo”. Se ha dicho que sabiduría es la “capacidad de pensar, de tomar decisiones y de actuar de acuerdo con los propósitos de Dios”. La persona sabia no es aquella que tiene la mente atiborrara  de conocimientos, sino aquella que camina orientada por los caminos del Señor. El “espíritu de revelación” es la capacidad de recibir nuevas palabras que brotan de la Palabra misma. Es ver cómo el acercamiento a ella me revela verdades que habían estado ocultas o  no tan claras e inteligibles. Se estima que cuando pedimos esto a Dios en oración, lo demás viene como consecuencia. Llegamos a cometer “infracciones espirituales” por falta de sabiduría. Y también llegamos a tener un gran desconocimiento bíblico porque no somos osados en pedir que Dios nos conceda siempre ese “espíritu de revelación”. Esto es tan importante buscarlo, pues cada vez que tengamos esa nueva palabra revelada esta debiera determinar la forma cómo conducirnos en nuestra vida cristiana.

 

IV. LA QUE NOS HACE VER TODO LO QUE NOS PERTENECE

 

La oración, según la perspectiva de Pablo, plantea, en primer la lugar la necesidad de que Dios alumbre los ojos de nuestro entendimiento. La palabra “alumbrar” tiene la connotación de traer luz sobre algo que está oscuro. Tenemos la tendencia de poseer un entendimiento cerrado y oscuro ante ciertas verdades que debemos saber y vivir. El creyente debe vivir con un entendimiento alumbrado pues de esta manera conocerá cuál es la esperanza a la que el Señor le ha llamado. Esto es así porque la esperanza es lo que nos sostiene y nos mantiene en la ruta del cielo. Pablo nos dice que además de la esperanza, cuando nuestro entendimiento es alumbrado, llegamos a saber “cuáles son las riquezas de la gloria de la herencia de los santos”. Pablo  aborda el tema de la herencia de los creyentes como algo que debiera llenarles de seguridad. Ya lo ha expresado en su la doxología anterior. En la medida que el creyente sabe de su herencia ya no vive como un mendigo o un pordiosero. Se comporta como un heredero de semejante riqueza. Pablo nos dice que las riquezas de esa herencia tiene que ver con la gloria de Dios. Y la gloria de Dios, la que se nos recomienda una y otra vez exaltarla,  es el tema de sus escritos y la razón de toda su esperanza. Ninguna otra gloria debiera ser buscada en la tierra sino aquella que pertenece a nuestro Dios, de la cual llegamos a ser los herederos. Las oraciones necesitan ser dirigidas en este propósito. Necesitamos que Dios alumbre nuestro entendimiento para ver todo lo que él nos ha reservado aquí y luego en el cielo.

 

V. LA QUE PRESENTA A CRISTO COMO EL GRAN INTERCESOR

 

Una de las cosas sorprendentes del pensamiento paulino es que cuando comenzaba un tema, añadía tantos nuevos  y profundos elementos, que al lector le cuesta seguirle la pista porque hay en todo ese contenido  un mosaico de exquisitos temas teológicos, por demás interesantes, que es difícil agotar su significado en una sola exposición. Ese es el caso que tenemos con los próximos versículos cuando aborda el tema de nuestro Intercesor divino. ¿Qué es lo que hace a Jesús nuestro gran Intercesor? ¿Por qué él se constituye en la razón principal de nuestras oraciones?

1. La Supereminente Grandeza de su Poder v.19. Toda una oración para hablarnos del tamaño del poder de Dios que opera en nuestro Señor Jesucristo. Ese poder que está a nuestra disposición requiere ser usado cuando ejercemos el ministerio de la oración intercesora.

2. Ese Poder lo Resucitó de entre los Muertos v.20 Si había sobre el poder de Dios, incluso, sobre todo lo creado, incluyendo el mundo visible e invisible, la Biblia nos dice que el soberano y omnipotente Dios demostró de una manera determinante su gran poder en el acto de la resurrección de Cristo. Aunque para muchos esto pareció ser un absurdo, este fue un hecho testificado por muchos de los que le vieron después de muerto. Esto es importante que se diga, porque no podría el Señor interceder por nosotros si primero no hubiese resucitado. Por esta razón es que nuestras oraciones las hacemos en su nombre. Pablo añade que después de su resurrección Dios lo sentó en su diestra en el cielo mismo.

3. Ante él se sujetan todos los demás poderes v.21. Este es uno de los versículos más contundentes de las Escrituras para hablarnos del señorío de Cristo. No hay ningún poder arriba o abajo que no esté bajo su dominio. Con esto Pablo nos dice que nuestro Intercesor eterno es capaz de tener victoria sobre todo aquello que para nosotros resulta imposible. Que no hay poder en la tierra que no pueda ser vencido con su poder.

4. Poder Entregado a la Iglesia. Este pasaje no podía terminar mejor. Después que hablo de las  esferas espirituales donde está Cristo intercediendo con un poder ilimitado sometiendo todo bajos sus pies, nos dice que “que lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia”. ¡Esto es una buena noticia! Note que la Biblia no dice que ese poder se lo dio a algún hombre o gobierno específico en la  tierra. Se lo dio a la iglesia porque ella “es su cuerpo”; la más hermosa figura para decirnos lo que significamos para él y para los hermanos, respeto a lo que nos une, pero a través de ella Cristo, con su plenitud, lo llena todo. El propósito eterno de Dios tiene que ver con la iglesia. De ella, Cristo es la cabeza y ella es su cuerpo. Eso habla de vida y pertenencia. Pablo corona toda esta exposición diciéndonos que la oración verdadera encuentra su expresión en el cuerpo de Cristo. Que es un privilegio muy grande ser parte de ella; y que podemos a través de la iglesia encontrar la mejor manera para adorar al que es Cabeza y Señor de ella.

 

PRIMERA IGLESIA BAUTISTA

 

Delta, 16/05/2004

Rev. Julio Ruiz, pastor

Mensajes basados en la

Carta de los Efesios

  

 

 

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