Publicado El: Lun, ago 9th, 2010

Conociendo al Espiritu Santo

Aquí en la Iglesia de Times Square, cantamos un corito que motiva aplaudir que va así:

Mándalo abajo, Señor, mándalo abajo. Señor, permite que tu Espíritu Santo venga acá abajo. Lo necesitamos, Señor, mándalo acá abajo.

Nosotros cantamos otros, coros similares, rogándole al Espíritu Santo que baje.


Pero lo cierto es, que el Espíritu Santo ya esta aquí. El bajo del
cielo en la Aposento Alto en Pentecostés. ¡Y el nunca se ha ido!


Jesús prometió, “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para
que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el
mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo
conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros. “ (Juan
14:16-17).


Considera una frase que Jesús usa aquí: “pero vosotros lo conocéis.”
Recientemente, mientras leía esas palabras en mi estudio al preparar
este mensaje, no las podía sacudir. Me doy cuenta que realmente no se
mucho del Espíritu Santo.

La
iglesia habla mucho acerca del Espíritu. Enseñamos una doctrina del
Espíritu Santo. Hablamos acerca de ser llenos con el Espíritu, caminar
y vivir en el Espíritu, tener los dones del Espíritu, recibir consuelo
del Espíritu.


Pero es posible conocer todas las doctrinas del Espíritu Santo y aun no
conocerle a el. Si yo te preguntara, “¿Recibiste el Espíritu Santo?”
¿Cómo contestarías?


Algunos dirían, “Si, yo recibí el Espíritu cuando Jesús me salvo. Fue
el Espíritu Santo quien me trajo al reino de Cristo.” Otros
contestarían, “Si, he recibido el Espíritu, porque hable en lenguas
cuando el entro a mi vida. Yo oro en el Espíritu, y las lenguas son la
evidencia que le he recibido.”


Sin embargo, recibir el Espíritu es más que una sola experiencia. La
palabra “recibir” significa “echar mano de aquello que es dado.” En
resumen, recibir es desear una capacidad expandida para mayor
conocimiento de quien es el Espíritu y de que se trata su ministerio.
De hecho, el Espíritu Santo no es recibido por alguien hasta que se le permite tomar completo control del templo de esa persona.


Pablo le pregunto a los Gálatas, “¿Cómo recibieron el Espíritu? ¿No lo
recibieron por fe?” Entonces el declara, “Ustedes declararon por fe que
lo que recibieron del Espíritu lo recibieron por fe. Así que, ¿ha
habido un continuo ‘ministerio del Espíritu’ a ustedes por fe? ¿Están
ejercitando la fe para ir mas profundo en el Espíritu?”


Aquí tenemos algo sorprendente:
Dios nos ha dado el gran regalo de su Espíritu,
quien toma residencia en nuestros corazones,
pero nosotros actuamos como que el no esta aquí.



Sabemos que el Espíritu Santo esta aquí en la tierra y que el nunca se
ha ido. Sabemos que él mora en nosotros, haciéndonos su morada,
nuestros cuerpos convirtiéndose en su templo. Sin embargo, la mayoría
del tiempo vivimos como si el Espíritu estuviera en algún lugar en el
cosmos, no en nuestro medio o dentro de nosotros.


Lo cierto aquí es que el Padre no envió su Espíritu para demostrarnos
cuan interesado él esta en cada aspecto de nuestras vidas. El Espíritu
Santo fue enviado como nuestro amigo, nuestro consolador, nuestro guía.
En vista de este sorprendente hecho, la pregunta para cada uno de
nosotros es, “¿cuan bien conozco yo al Espíritu? ¿Realmente lo conozco
en estas formas?”


Jesús aclara que el Espíritu Santo debe ser para nosotros todo lo que
Cristo fue a sus propios discípulos cuando el estaba aquí en la tierra.
Considera:


Jesús le dice a todo aquel que le sigue, “No los dejare sin consuelo.”
El nos esta diciendo, en otras palabras, “Les envío a Uno quien los
defenderá y guardara. No los dejare impotentes, vulnerables a los
engaños de Satanás. Regocíjense, porque les estoy enviando a Uno que el
poder del cual es mayor que cualquier otro poder en el universo.”


Jesús dice que no tan solo el Espíritu esta aquí, viviendo en mí. El
también dice que yo lo conozco. Por lo tanto, tengo que preguntarme:
¿Cómo conozco yo al Espíritu? ¿Cuáles son las marcas, la evidencia, que
me hace conocerle, que me haga reconocer su presencia permanente, para
experimentar su cercanía?

Simplemente, yo conozco el Espíritu Santo por los cambios que él esta obrando en mí.
Yo no conozco el Espíritu meramente al mirar los cambios que el ha
hecho en otros. Puedo verlo reflejado en mis hermanos y hermanas, pero
yo conozco al Espíritu solo por su obra en mi propia vida.


Como puedes ver, la obra que el Espíritu Santo hace en nosotros es tan
personal. Mi cuerpo es su templo, y en mi, el ministra diariamente
nuevas revelaciones de Cristo. Es su obra que me ha hecho volverme del
mal, a tener hambre y sed de justicia, a ansiar continuamente, “Ven,
Señor Jesús.”


Permíteme hablarte ahora acerca de los dos ministerios primordiales del
Espíritu. Cuando nosotros conocemos su ministerio y creemos que él esta
obrando en nosotros, entonces somos capaces de elevarnos por encima de
las pruebas y los temores. Su ministerio hasta nos permite mirar la
muerte de frente y mantenernos llenos de esperanza y gozo.


1. Considera primero el ministerio de consuelo del Espíritu Santo.



Jesús llama al Espíritu Santo “El Consolador.” Es una cosa conocer al
Espíritu Santo como nuestro Consolador. Pero también debemos saber como el nos consuela, para que podamos distinguir cual consuelo es de la carne y cual es del Espíritu.


Por ejemplo, considera al hermano o hermana en Cristo quien esta
abrumado por la soledad. Esta persona ora por el consuelo del Espíritu
Santo y espera que ese consuelo venga como un sentimiento. El lo
imagina como un suspiro repentino del cielo, como un sedante espiritual
a su alma. En su pensar, el consuelo viene como un dulce adormecer de
la mente, trayendo unas pocas horas de alivio.


Pero a la mañana siguiente, el sentimiento de paz se ha ido. Como
resultado, el comienza a creer que el Espíritu Santo ha negado su
pedido. ¡No, nunca! El Espíritu Santo no nos consuela manipulando
nuestros sentimientos. Su forma de consolar es vastamente diferente y
es detallada claramente en la Escritura. No importa cual sea el
problema, prueba o necesidad, su ministerio e consuelo es llevado a
cabo al traer verdad: “… el Espíritu de verdad…” (Juan 14:16).


El hecho es, nuestro consuelo viene de lo que sabemos, no del que
sentimos. Solo la verdad predomina los sentimientos. Y el ministerio
consolador del Espíritu Santo comienza con esta verdad fundamental: Dios no esta enojado contigo. El te ama.


“y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue
dado.” (Romanos 5:5). El significado griego aquí es aun más fuerte que
lo que la traducción sugiere. Dice que el amor de Dios “sale a chorros”
en nuestros corazones por el Espíritu Santo.


La imagen aquí es de un corazón que esta sobrecargado



Una carga insoportable puede ser ocasionada por temor, vergüenza,
tristeza, aflicciones, tentaciones, desanimo. Pero, sin importar la
causa, el consuelo es necesario.


Ahora, repentinamente, se escucha una voz, haciendo eco a través de
cada pasillo del alma. Es la voz del Espíritu Santo, declarándole a esa
alma, “Nada puede separarte del amor de Dios.”


Esta verdad – una vez creída – rápidamente se convierte en un chorro de
agua viva, llevándose cada tropiezo. “Pero el Consolador, el Espíritu
Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho.” (Juan 14:26, énfasis añadido).


En esta forma, el Espíritu Santo juega una parte central en nuestra
adopción de hijos al Padre. El Espíritu es el maestro en nuestro diario
caminar con Cristo, y nosotros somos sus estudiantes. Y el nos enseña
que somos adoptados. Nosotros somos la familia de Dios, sus hijos e
hijas.


¿Cómo trae el Espíritu esta verdad a la memoria? El nos recuerda la mas
gloriosa proclamación jamás dicha por Jesús: “Yo soy el Hijo de Dios.
Yo tengo un Padre en el cielo. Y mi Padre me ama.”


Las palabras de Jesús aquí se hacen nuestras palabras, al ser adoptados
en la familia del Padre, haciéndonos hermanos y hermanas en Cristo. “Y
por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de
su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gálatas 4:6).


Es el Espíritu Santo quien clama de nosotros, “Recuerda lo que Jesús
dijo: tu eres un hijo, una hija del Dios Todopoderoso. Tú tienes un
Padre en el cielo que te ama. Así que recuerda quien eres. Tu no estas
solo. Mantén las palabras de Jesús en tu mente: ‘Dios te ha amado, tal
como me ama a mi.”


Esta verdad que el Espíritu de
hijo mora en mi se ha convertido
en una gran fuente de paz y consuelo
en mi caminar con el Señor.



El enemigo puede entrar como una inundación sobre mí, llevándome bajo
temor, culpa o estrés. Pero yo puedo invocar esta oración
inmediatamente: “Espíritu Santo, minístrame ahora, enséñame, hazme
recordar. Recuérdame las promesas de Jesús acerca de mi seguridad como
hijo de Dios.”


El Espíritu entonces clama en mi, “Recuerda a Abba, tu Padre. Tu eres
justificado, y tienes acceso a el. Ahora, clama de tu alma esta
proclamación: “Yo soy hijo de Dios. ¡Ahora yo camino en el Espíritu de
hijo!”


“Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les
dio potestad de ser hechos hijos de Dios.” (Juan 1:12). “Todos los que
son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios…” (Romanos
8:14).


De igual manera, Pablo nos dice que como hijos e hijas de Dios, nos es
dado el mismo Espíritu que estaba en Cristo. “Y si el Espíritu de aquel
que levantó de los muertos a Jesús está en vosotros, el que levantó de
los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales
por su Espíritu que está en vosotros.” (Romanos 8:11).


¿Ves cuan importante es este papel del Espíritu? A veces yo me puedo
sentir espiritualmente muerto. Puedo sentirme frío en mi corazón, sin
vida, como si el fuego en mi es tan solo una chispa ahora, un llama
parpadeante. Pero la realidad es, hay una fuerza de vida que siempre
esta obrando en mí.


Si yo creo la Palabra de Dios, y yo confío en Cristo, entonces sin
importar como me siento –sin importar como yo pueda juzgarme a mi mismo
o me sienta condenado – el Espíritu de Cristo en mi aun esta respirando
vida a mi alma. Dios aun me esta amando, y el Espíritu esta aun
obrando.


Piensa por un momento acerca de un precioso ser querido que conoces,
alguien que quizás este sufriendo o en su cama de muerte. El cuerpo
mortal de ese ser querido se esta gastando. Pero nosotros sabemos que
todos los que están en Cristo están en un proceso de resurrección.
Ciertamente, el mismo Espíritu que invadió el templo de Cristo en la
tumba también viene a levantar a tu preciado a vida eterna. En el punto
de profundo sufrimiento, el Espíritu dice esta consoladora verdad en
el: “Vas a tu Abba Padre.”


Otra fuente de consuelo es saber
y creer que el Espíritu Santo ha venido
a hacer guerra contra las lujurias
y atractivos de nuestra carne.



“… porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu
es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo
que quisierais.” (Gálatas 5:17).


Una guerra interna aun ruge dentro de nosotros. Cada cristiano puede
decir, “Yo se que Dios me ama. Lo conozco como mi Padre, y yo se que
soy su hijo. Yo se que soy justificado a los ojos de Dios, y tengo
acceso a mi Señor. Pero aun hay una guerra dentro de mí. Aun lucho
contra pensamientos carnales, contra horribles tentaciones. Y esta
guerra nunca parece terminar.”


Amado, esta guerra es una realidad para cada cristiano. Pensamos cosas
que no son dignas de Cristo. Miramos cosas que no debemos, somos
tentados por cosas que no debiéramos ser tentados, escuchamos cosas a
las cuales no debemos prestar oído. Y todo esto nos hace sentir
indignos e impuros.


Estas batallas pueden ser tan intensas y tan frecuentes, que a veces
sentimos como que estamos perdiendo la guerra. Hasta el apóstol Pablo
se sintió así, gritando en angustia: “¡Miserable de mí! ¿Quién me
librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24).


Sin embargo, en contesta a nuestro clamor, el Espíritu Santo viene con
verdad que trae consuelo: “No os ha sobrevenido ninguna prueba que no
sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser probados más de lo
que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la prueba la
salida, para que podáis soportarla.” (1 Corintios 10:13).


En resumen, Pablo dice, tú estas peleando la misma guerra que es
experimentada por santos piadosos por todo el mundo. Tu prueba no es
algo peculiar o especifico a ti. El apóstol Pedro nos asegura también:
“Amados, no os sorprendáis del fuego de la prueba que os ha
sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciera.” (1 Pedro
4:12).


Dios dice que hay poder en mi que es mayor que mi carne.


“… porque mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo.” (1 Juan 4:4).


La razón por la cual tu carne se ha levantado – la razón por la cual
Satanás te ha inflamado—es porque tú has invitado al Espíritu dentro de
ti y que tome control. Es tan simple como eso: tú estas siendo tentado
porque el Espíritu ha estado haciendo cosas maravillosas en ti. Y su
obra ha despertado la ira de Satanás.


Cierto, que tu carne es enemistad contra el Espíritu. Pero el Espíritu
Santo es más que vencedor sobre tu carne. Nosotros sencillamente
tenemos que darnos cuenta que esta batalla nunca va a terminar en
nuestra vida. Por eso es que Pablo nos da estas palabras: “(Dios)
juntamente con la prueba la salida, para que podáis soportarla.” (1
Corintios 10:13). Aquí otra vez esta la verdad del Espíritu Santo que
nos trae consuelo: Tenemos un escape de cualquier temor de ser vencidos.

Esta verdad nos muestra tres cosas importantes, cosas que debemos pedirle al Espíritu que nos recuerde:

  • “Mi
    guerra interna es una lucha común para todos. Por lo tanto, no voy a
    tragarme la mentira de que soy un extraño, impuro hijo de Dios.”
  • “Debo siempre estar conciente – debo mantener un sentir continuo –
    que Dios me ama tanto que el me ha dado su propio Espíritu. El es tan
    tierno y se preocupa tanto por mi, que el ha enviado el Espíritu Santo
    para que pelee mis guerras. El Espíritu no ha venido como algún espía,
    investigándome para encontrar iniquidad. El solo tiene mi bien, mi
    beneficio, en mente.”
  • “Debo echar fuera toda condenación. Tengo que pedirle al Espíritu
    que traiga a mi mente las palabras de Pablo: ‘Ahora, pues, ninguna
    condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan
    conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.’ (Romanos 8:1).”

Ahora considera otro aspecto del ministerio del Espíritu Santo.


2. El Espíritu Santo ha venido a guiarnos a una vida de oración.



“De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué
hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo
intercede por nosotros con gemidos indecibles.” (Romanos 8:26).


Considera lo que Pablo esta diciendo aquí acerca del papel del Espíritu
Santo en nuestra vida de oración. Nos confundimos acerca de la oración,
haciéndola parecer tan complicada. Si vas a cualquier librería
cristiana, encontraras muchos libros sobre este tema, con fórmulas
detalladas sobre como orar.


Esta multitud de teorías pueden traer confusión, trayendo toda clase de
preguntas acerca de la oración: ¿Cuándo es que la oración se convierte
en intercesión? ¿La intercesión es medida por fervor, o bullicio, o el
tiempo que paso de rodillas? Me instruyen a orar según la voluntad de
Dios, pero ¿Cómo conozco su voluntad? ¿Y como puedo oro? ¿Cuentan las
oraciones mentales? Exactamente, ¿Por qué cosa oro?”


Tal confusión puede ser abrumante, y hace que pocos oren. Pero nunca
hubo un tiempo cuando las oraciones del pueblo de Dios son más
necesitadas que ahora. Vivimos en un mundo enloquecido. Aun en su
tiempo antiguo, Pablo dijo de la tierra, “Toda la creación ahora gime.”


Los ecólogos nos dicen que las capas de hielo del mundo están
derritiéndose, que diluvios inundaran la ciudad de Nueva York y la
mayor parte de la costa Este. En el futuro, nos dicen, que el
calentamiento global matara toda vida vegetal. Predicen que la tierra
quedara desolada, totalmente inhabitable.


Las cargas de estrés causadas por tales reportes ahora están abrumando
a la gente mundialmente. Y los cristianos no están exentos del estrés.
Pablo dice, “Aun nosotros que tenemos el Espíritu gemimos, esperando
ser liberados de esta mundo inestable. Ansiamos nuestra redención.”


Mientras los eventos globales empeoran, conspirando robarle la paz a la
gente, sociedades en todas partes están buscando una fuente de
consuelo. Pero no lo están encontrando en psicoterapia, en religión
muerta, en cause, ni aun en caridad.


Nuestra única fuente para tal tiempo es la oración de fe.


La Biblia nos ha dicho, “El mundo no conoce a Cristo. Y ellos no le recibirán. Pero tu lo conoces a el.

En esta etapa de mi vida y ministerio, una de mis mayores
preocupaciones tiene que ser que yo mantenga mi vida de oración. Cuando
descuido la oración, contristo el Espíritu de Dios en mí. Si, es
posible para nosotros contristar al Espíritu Santo. Pablo alude a esto
cuando escribe, Y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios,…”
(Efesios 4:30).

Ciertamente, el Espíritu comparte el dolor de Dios por la
incredulidad y falta de oración de su pueblo. Considera solo unas
cuantas maneras poderosas en que el Espíritu Santo juega un papel en
nuestras oraciones:

  • Es durante la oración que el Espíritu Santo manifiesta la presencia de Cristo en nosotros.
  • Es durante la oración que el Espíritu sella las promesas de Dios en nuestros corazones.
  • Es durante la oración que el Consolador pronuncia esperanza a nosotros.
  • Es durante la oración que el Espíritu suelta ríos de consuelo, paz y descanso en nuestra almas.

Estos días, mi oración es esta, “Espíritu Santo, mantenme en
comunión cercana con Jesús. No me permitas descuidar mi tiempo a solas
con Aquel que ama mi alma. Mantenme sobre mis rodillas. Entonces
conoceré tu consuelo.”

Te animo: haz esta tu oración también.

Por David Wilkerson. Usado con permiso por World Challenge,
P. O. Box 260, Lindale, TX 75771, USA.




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