EL AUTOR Y CONSUMADOR DE LA VIDA

Rev. Julio Ruiz, pastor
(Juan 11:1-44)
INTRODUCCIÓN: El tema que plantea si hay vida después de la muerte, ha sido siempre intrigante para muchos. Los libros y películas que se han hecho con el fin de arrojar cierta luz sobre el particular, han tenido sus éxitos al momento de la aparición. A los agnósticos y escépticos les parece un tema trivial.

Mientras que las corrientes del pensamiento oriental lo aceptan, solo que para ellos en lugar de haber resurrección hablan de una “reencarnación”. La idea de poseer un cuerpo nuevo, sin las limitaciones propias de los padecimientos terrenales, ha llegado a ser favorito en todo seguidor de Jesús. El judío tenía su seguridad a este respecto. Ellos sabían del “arrebatamiento” de hombres como Enoc y Elías, sin llegar a ver la muerte. Los profetas Elías y Eliseos fueron testigos de la resurrección de muertos. Ambos fueron usados para dar vida a personas que habían sido reconocidas muertas (1 Reyes 17:18-22; 2 Reyes 4:32-34) Ciertamente el pecado introdujo la muerte, pero Dios ya había creado al hombre para que tuviera vida. La verdad que nos señala la Biblia es que la muerte no es el fin de las cosas sino “la sala donde nos vestimos de inmortalidad”, como lo expresara alguien. La doctrina sobre la resurrección se va a desarrollar en su máxima amplitud con la llegada de Jesucristo. Fue este uno de sus temas dominantes. Hizo alusión a ella diciendo que moriría, pero que al tercer día resucitaría. En el presente pasaje quedó demostrado que no solo él y los demás resucitarían para el futuro, sino que ahora mismo, considerando que él es el Autor de la vida podía dar vida a lo que había estado muerto. La resurrección de Lázaro es uno de los milagros más contundentes que la Biblia nos presenta para mostrarnos porque Jesucristo es el mismo Dios, con el mismo poder para resucitar a los muertos. Con Jesús tenemos la certeza de que “el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá” v. 25b. Veamos por qué.

I. COMO AUTOR DE LA VIDA ÉL TIENE CONTROL DE LAS CIRCUNSTANCIAS
Jesús tenía una deferencia especial por los hermanos Marta, María y Lázaro. El hogar de ellos era como su regazo para su ocupado ministerio. Estando fuera de allí se le notificó que, “el que amas está enfermo”. Marta y María sabían cuánto amaba Jesús a Lázaro, y que a través de su poder, él podía también sanarlo. Los judíos allí presentes hicieron el mismo reconocimiento v. 37. El llamado de misericordia de estas nobles hermanas debió ser respondido de una forma inmediata. Mas Jesús no hizo esto. Es más, de una forma deliberada se quedó dos días en el sitio donde estaba trabajando. Alguien podría haber podía haber tildado a Jesús de insensible frente por la actitud asumida. Pero Jesús se mueve fuera de nuestras propias circunstancias. Para él el tiempo y la premura no cuentan. Él está fuera de todo eso como el Señor que controla y domina. Es probable que el corazón de aquellas amorosas mujeres se llenó de más congojas al ver que la comisión enviada para traer a Jesús regresó sin él, y con ello se había perdido la esperanza de la sanidad de sus hermano. Pero Jesús va más allá de nuestras circunstancias y necesidades. Él está por encima de lo que “pedimos o entendemos”. Ellas tenían la esperanza de una sanidad, pero Jesús estaba pensando en una resurrección. Las circunstancias planteaban —por lo urgente y apremiante del caso— una intervención inmediata. Pero la verdad es que mientras nosotros estamos viendo el final de todo, para Cristo apenas es el comienzo. ¡Qué asunto tan maravilloso es saber que Dios tiene control de todas las circunstancias, por muy adversas y difíciles que nos vengan, y que nos parezcan! Necesitamos aprender la lección de esta historia. Jesús es el Autor y consumador de la vida. Él tiene poder para sanar o para resucitar. Necesitamos aprender de la serenidad y firmeza como Jesús aborda cada circunstancia. Nosotros pudiéramos ver “muerte y luto” en alguna calamidad, pero Jesús nos dice que todo lo que nos puede estar pasando es, “…para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” v. 4. ¡Oh, amados hermanos, si tan solo tuviéramos la percepción de que cada tribulación, pena o angustia que nos venga es para que el Hijo de Dios sea glorificado! ¿Quién se glorifica en nuestro dolor? ¿Quién recibe la alabanza en nuestras tribulaciones?

II. COMO AUTOR DE LA VIDA ÉL ES SENSIBLE AL DOLOR HUMANO
Jesús les había dicho primero a sus discípulos que su amigo Lázaro dormía v.11. Esto despertó en ellos una respuesta lógica, pero a la vez carente del significado teológico que Jesús estaba viendo en ese momento. Ellos pensaban que si Lázaro dormía, sanaría v. 12. Pero Jesús abiertamente les informa que Lázaro ha muerto v.14, y hasta se alegra por ellos v. 15. Toda esta escena pareciera mostrarnos a un Jesús insensible y calculador. Pero contrario a esto, en ninguna otra historia podemos ver la profundidad y sensibilidad de sus sentimientos por el dolor humano como en aquí. En ella se ve no sólo la parte afectiva hacia una familia, sino el compartimiento del dolor a tal punto de mover sus más profundas fibras como un humano cualquiera. El versículo 33 no podía ser más gráfico para mostrarnos el corazón del Maestro. Los términos “estremeció” y “conmovió”, que nos dicen tanto de la intimidad profunda de su ser, significan que Jesús experimentó lo que se ha conocido como una “violenta indignación”. Muchos son los comentarios que han surgido sobre esta frase. Nos parece que la visión que Jesús tiene sobre la muerte, sus estragos en medio de los hombres y su proximidad a la cruz para morir también, pero a su vez para vencer a este terrible enemigo, pudiera haber sido la causa del estremecimiento de su espíritu. Jesús supo cuanto dolor produce la muerte. Él pasó por ese proceso, aunque con su muerte venció el poder de la muerte. Fue por eso que Pablo dijo, “sorbida es la muerte en victoria” (1 Cor. 15:54) Esto nos dice que ningún dolor humano es ajeno para nuestro Señor. Los gritos de angustia por una enfermedad, por la pena de un infortunio, por la injusticia que se comete a diario, por las lágrimas que se derraman frente a tanto dolor y miseria no le son extraños. Él fue el “varón de dolores” y “experimentado en quebranto”, de acuerdo a la profecía de Isaías 53. La Biblia nos dice que “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que fue tentado en todo…” (He. 4:15) El dolor de esas dos hermanas, así como el de los que las consolaban, produjeron un derrame visible de lágrimas por parte del Señor v.35. ¡Qué escena tan conmovedora! ¡Qué momento tan emotivo y tan solemne! El Hijo del Hombre y el Hijo de Dios llorando. No cabía, para los que esperan otro Mesías, ver al supuesto “ungido” de Dios llorar. Este Mesías no era compatible con las aspiraciones revolucionarias y los sentimientos de libertad que había en el corazón del pueblo de Israel. Pero el Creador del universo, el Salvador y sustentador de nuestras almas, “lloró” y con esto nos dice que él es sensible frente a la tragedia humana. Nadie podrá juzgar a Dios porque él sea indiferente con el padecimiento de los hombres. Doquiera haya lágrimas en los ojos de los hombres, allí estará siempre la presencia de nuestro Señor para enjugarlas. Doquiera haya lágrimas, allí vendrá nuestro Salvador para consolarnos.

III. COMO AUTOR DE LA VIDA ÉL ES SEÑOR DE LAS PROMESAS

Jesús no está sujeto a ningún tipo de tiempo. Lo mismo le es el ayer, el hoy y el mañana. Marta sabía que Jesús podía *****plir sus promesas, pero que lo haría en el futuro. Por un momento ella se olvidó de lo que Jesús era capaz de hacer en el presente, y presentó la queja que está dominada más por el dolor y la pena, que el reconocer que el Cristo presente también puede cambiar todas las cosas. Note el sentimiento de dolor, tristeza y desilusión que se esconde en estas palabras: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto” v. 21. Su fe en el Señor estaba gobernada por su presencia. No cabía en ella la posibilidad que Jesús obrara también en su ausencia. Somos muy dados a olvidarnos que Jesús está presente ahora, y lo mismo le es haber actuado en el pasado que actuar en el presente. Marta también se olvidó que Jesús podía actuar allí mismo, cuando dijo: “Tu hermano resucitará” v. 23. En ella había una esperanza para el futuro, mientras que Jesús le está indicando que su presencia puede cambiar las promesas del mañana. Marta sabía que su hermano resucitaría al tiempo que se diera la resurrección de los muertos, pero en su mente no cabía la idea de que su hermano pudiera volver a vivir ahora. Pero es que el Autor de la vida también es Señor de las promesas. Para Jesús, lo que ha prometido para el futuro se puede convertir en una promesa del presente. A Jesús no lo gobiernan ni las circunstancias ni el tiempo. Bien pudiera suceder que nuestra fe esté basada en una historia pasada y en una esperanza futura, pero nos olvidamos de quien está con nosotros en el presente. Si Jesucristo es el mismo “ayer, hoy y siempre” (he. 13:8), entonces debiéramos vivir bajo la continua confianza de que él puede hacer grandes cosas ahora. No tenemos más que una vida para vivirla. El futuro está seguro, pues el Señor está allá. El pasado nos recuerda que Jesús nos acompañó en cada una de las pruebas y nos dio sus victorias. Pero el presente es el asunto que más importa. En medio de cualquier dolor que nos agobia, cualquier pena del corazón, cualquier quebranto del espíritu, cualquiera lágrimas que se estén vertiendo, Jesús nos dice, “he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28:22b) Marta enfrentó una “crisis” de creencia. Era imposible que su hermano volviera a vivir. Estaba muerto, estaba enterrado, estaba en una cueva, tenía una gran piedra cubriendo la tumba, tenía cuatro días de muerto y ya hedía v.38,39. ¡Imposible que ocurra otra cosa! Pero que asombroso es ver a Jesús conducir al incrédulo bajo la sombra de sus promesas: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” v.40. La verdad es que no vemos la gloria de Dios demostrarse con más frecuencia, porque nuestra fe en Jesús no es capaz de ver que detrás de lo increíble se levanta el Dios de lo imposible. No importa de que tamaño sea el problema, ¡creamos para que veamos la gloria de Dios!

IV. COMO AUTOR DE LA VIDA ÉL PUEDE VOLVER A DARLA
No sabemos la enfermedad que condujo a Lázaro a la muerte. No sabemos que edad tenía. No sabemos que trabajo hacía. No sabemos que planes tenía. El asunto que sí sabemos era que todas estas cosas que podía tener, la muerte, cual ladrón de la vida, se las había arrebatado. Pero Jesús se hizo presente para hacer la restitución. La forma como él obró la resurrección de Lázaro no podía ser más espectacular. Su gran conmoción frente al sepulcro; la seriedad, seguridad y autoridad con que se apresta para el ejercicio de este gran poder; aquella multitud viendo semejante escena; su oración alzando sus ojos hacia el cielo; su extraordinaria voz que fue oída en medio de toda aquella multitud y también por la muerte y por Satanás, tuvo que ser algo indescriptible. Y todo esto llega a su clímax, cuando desde el fondo de la cueva, donde yacía aquel cuerpo putrefacto, sale un cuerpo con vida caminando, atado de las manos por las vendas puestas y con su rostro envuelto en el sudario v.43,44. Todo esto para confirmar que cuando Jesús está presente, también se hace presente la vida. Y es que la obra de Jesús es completa. Él tiene poder para poner y quitar la vida. Él es Señor de la muerte y de lo imposible. Ante su extraordinaria voz, lo que está “muerto” tiene que venir a la vida. Sirva esta historia para recordarnos esto. A Jesús le ha sido dada “toda autoridad en los cielos y en la tierra” (Mt. 28:18) Su poder no se ha agotado. Él quiere seguir dando vida a todo aquello que ahora está muerto y que resulta imposible levantarse frente a la incapacidad humana. No hay nada imposible para él. Esta historia termina con algo que es curioso pero que encierra una verdad eterna. Lázaro salió atado de pie a cabeza. Jesús pudo haber roto esas vendas como lo hizo él en su resurrección, pero él dejó esa tarea a los demás. A Jesús le corresponde dar vida a las cosas muertas, pero a nosotros nos corresponde “desatadle, y dejarle ir”. A Jesús le corresponde hacer lo imposible, a nosotros lo posible. Pero como le preguntó a Marta, nos pregunta a nosotros también: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? v. 40.

CONCLUSIÓN: El milagro de la resurrección de Lázaro es sin duda uno de los más impresionantes en las Escrituras sagradas. El mismo ha sido presentado por Juan para confirmarnos que Jesucristo es Dios; que él tiene el mismo poder para resucitar a los muertos, como Dios también lo ha tenido. En esta historia podemos ver que Jesús es el Autor de la vida. Como tal él tiene control de las circunstancias; es sensible al dolor humano; es Señor de las promesas, pero sobre todo, él puede dar vida a lo que ha estado muerto. Sin embargo, para que esto ocurra él busca creyentes a sus promesas, gente lista para “quitar la piedra” y “desatar” los obstáculos que impiden el milagro de Jesús en nuestras vidas.

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