Publicado El: Vie, abr 25th, 2014

El niño y el pordiosero

Eramos la única familia en el restaurante con un niño. Yo senté a Daniel en una silla para niño y, me di cuenta que todos estaban
tranquilos, com


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Eramos la única familia en el restaurante con un niño. Yo senté a Daniel en una silla para niño y, me di cuenta que todos estaban
tranquilos, comiendo y charlando.
De repente, Daniel pegó un grito con ansia y dijo: “Hola amigo!”golpeando la mesa con sus gorditas manos.

Sus ojos estaban bien abiertos por la admiración y su boca mostraba la falta de dientes en sus encías.
Con mucho regocijo él se reía y se retorcía. Yo miré alrededor y vi la razón de su regocijo. Era un hombre andrajoso con un abrigo en su hombro sucio, grasoso y roto. Sus pantalones eran anchos y con el cierre abierto hasta la mitad y sus dedos se asomaban a través de lo que fueron unos zapatos.
Su camisa estaba sucia y su cabello no había recibido una peineta por largo tiempo. Sus patillas eran cortas y muy poquitas y su nariz tenía tanta venitas que parecía un mapa. Estábamos un poco lejos de él para saber si olía, pero seguro que olía mal.

Sus manos comenzaron a menearse para saludar. “Hola bebito,como estas muchachón,” le dijo el hombre a Daniel.

Mi esposa y yo nos miramos, “¿Qué hacemos?”

Daniel continuó riéndose y contestó, “Hola, hola amigo.”

Todos en el restaurante nos miraron y luego miraron al pordiosero. El viejo sucio estaba incomodando a nuestro hermoso hijo. Nos trajeron nuestra comida y el hombre comenzó a hablarle a nuestro hijo como un bebe.
Nadie creía que era simpático lo que el hombre estaba haciendo. Obviamente, él estaba borracho. Mi esposa y yo estabamos avergonzados. Comimos en silencio menos
Daniel que estaba super inquieto y mostrando todo su repertorio al pordiosero, quien le contestaba con sus niñadas.

Finalmente terminamos de comer y nos dirigimos hacia la puerta. Mi esposa fue a pagar la cuenta y le dije que nos encontraríamos en el estacionamiento.

El viejo se encontraba muy cerca de la puerta de salida.

“Dios mío, ayúdame a salir de aquí antes de que este loco le hable a Daniel”, dije orando, mientras caminaba cercano al hombre. Le di un poco la espalda tratando de salir sin respirar ni un poquito del aire
que él pudiera estar respirando.

Mientras yo hacía esto, Daniel se volvió rápidamente en dirección hacia donde estaba el viejo y puso sus brazos en posición
de: “cárgame.”

Antes de que yo se lo impidiera, Daniel se avalanzó desde mis brazos hacia los brazos del hombre.

Rápidamente el muy oloroso viejo y el joven niño consumaron su relación amorosa. Daniel, en un acto de total confianza, amor y
sumisión, recostó su cabeza sobre el hombro del pordiosero.
El hombre cerró sus ojos y pude ver lágrimas corriendo por sus mejillas.
Sus viejas y maltratadas manos llenas de cicatrices, dolor y duro trabajo suave, muy suavemente, acariciaban la espalda de Daniel. Nunca dos seres se habían amado tan profundamente en tan poco tiempo. Yo me detuve aterrado. El viejo hombre se meció con Daniel en sus brazos por un momento,
luego abrió sus ojos y me miró directamente a los míos. Me dijo en voz fuerte y segura:

“Usted cuide a este niño.”

De alguna manera le conteste. “Así lo haré”, con un inmenso nudo en mi garganta.

El separó a Daniel de su pecho, lentamente, como si tuviera un dolor. Recibí a mi niño y el viejo hombre me dijo: “Dios le bendiga, señor. Usted me ha dado un hermoso regalo.”

No pude decir más que un entrecortado gracias. Con Daniel en mis brazos, caminé rápidamente hacia el auto. Mi esposa se preguntaba por qué estaba llorando y sosteniendo a Daniel tan apretadamente, y por qué yo estaba diciendo: “Dios mío, Dios mío, perdóname.”

Yo acababa de presenciar el amor de Cristo a través de la inocencia de un pequeño niño que no vio pecado, que no hizo ningún juicio un niño que vio un alma y unos padres que vieron un montón de ropa sucia. Yo fui un cristiano ciego, cargando un niño que no lo era. Yo sentí que Dios me estuvo preguntando: ¿”Estás dispuesto a compartir tu hijo por un momento?” El compartió a su hijo por toda la eternidad.

El viejo andrajoso, inconscientemente, me recordó: “Les aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.” (Lucas 18:17)

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