Publicado El: Jue, sep 21st, 2006

El uso inapropiado de la ira para ejercer el control sobre los niños

Por Dr. James Dobson. El error más común, y tal vez el más costoso en la disciplina, es el uso inapropiado de la ira para ejercer el control sobre los niños. No existe un método más ineficaz para controlar a un ser humano de cualquier edad que el uso de la irritación y de la ira. No obstante, a ninguna otra cosa recurren más los padres para asegurarse el control de la situación.

El error más común —y tal vez el más costoso— en la disciplina infantil es el uso inapropiado de la ira para ejercer el control sobre los niños. No existe un método más ineficaz para controlar a un ser humano de cualquier edad que el uso de la irritación y de la ira. No obstante, a ninguna otra cosa recurren más los padres para asegurarse el control de la situación. Un maestro decía: «Soy un educador profesional, pero odio la tarea diaria de dictar clases. Mis alumnos son ingobernables y debo gastar la mayor parte del tiempo tratando de controlar la disciplina». ¡Cuán profundamente frustrado y amargado debe sentirse por esta diaria rutina que tiene que seguir año tras año! ¡Créame: esa modalidad es agotadora …y además, no resulta!

Considérese a sí mismo. Supóngase que vuelve a casa del trabajo una tarde, manejando su propio automóvil y que excede el límite de velocidad. Parado en la esquina está un policía de civil que también ya salió de su trabajo y espera el autobús. No tiene auto patrullero ni motocicleta. No está uniformado; no porta armas. Tampoco puede expedirle una multa, porque ha dejado todo en la estación de policía. Entonces, como lo ve a usted cometer una infracción, no puede hacer más que gritarle insultos a todo aquel que pasa demasiado rápido. ¿Usted reduciría la velocidad simplemente porque él levanta el puño en señal de protesta? ¡Por supuesto que no! Cuanto más, lo saludará y seguirá de largo. Lo único que conseguirá él con su ira es parecer un loco digno de risa.

Por el contrario, nada tiene tanta influencia sobre la manera de conducir que el ver de pronto un auto blanco con las puertas negras que nos sigue con diecinueve luces rojas dando vueltas y estridente sirena. Cuando el auto se detiene, un digno y cortés patrullero se aproxima a nuestra ventana. Mide 1,95 metros de alto, tiene voz de trueno y lleva dos pistolas. «Señor —nos dice firme, sin perder la cortesía— nuestro radar nos indica que usted está conduciendo a 160 km. por hora en esta zona, donde la máxima es de 80. ¿Me permite su licencia de conducir, por favor?» Él abre su libreta de notas y se dirige hacia usted. No ha revelado ninguna hostilidad ni expresado ninguna crítica, pero usted se queda de una pieza. Tiembla nerviosamente mientras busca el pequeño documento, sí, ese de la horrible foto en que parece otra persona. ¿Por qué sus manos están húmedas y la boca seca? ¿Por qué su corazón está caminando más rápido de lo normal? Porque el curso que van tomando los acontecimientos es imprevisible.

 

¿POR QUÉ LA IRA NO FUNCIONA?

 

Lo que tiene verdadera y genuina influencia en la conducta es la acción disciplinaria, no la ira. Estoy convencido de que la ira de los adultos produce en los niños un cierto sentimiento de irrespeto que es destructivo. Ellos perciben que nuestra frustración está causada por nuestra propia incapacidad para controlar la situación. Ante ellos representamos la justicia, hasta el momento en que nos ponemos a llorar, movemos las manos agitando el aire y empezamos a proferir insultos y amenazas.

No estoy recomendando que los padres y maestros oculten sus legítimas emociones a los niños. Tampoco sugiero que actúen como robots insensibles que reprimen todos sus sentimientos. Hay momentos, especialmente cuando nuestros hijos son tan altaneros o desobedientes, que irritarnos es completamente apropiado. De hecho, esto debe ser expresado o apareceremos como ausentes irreales. Mi énfasis apunta simplemente al hecho de que la ira a menudo se transforma en una herramienta usada conscientemente con el propósito de influir en la conducta. Pero la ira es inefectiva y deteriora las relaciones entre las generaciones.

 

LA HISTORIA DE ENRIQUE

 

Enrique está en segundo grado y llega a la casa como un torbellino de actividad. Ha estado moviéndose y molestando desde que se levantó a la mañana. Increíblemente, todavía parece poseer buen exceso de energía para gastar. Su madre, la señora Martínez, no está en las mismas condiciones. Ha estado de pie desde el momento en que se levantó a las 6:30 de la mañana. Preparó el desayuno para la familia, lavó los platos, despidió a su marido que se iba al trabajo, envió a Enrique a la escuela y luego se enfrentó con un arduo día de trabajo, mientras trataba de evitar que sus otros dos pequeños se maten entre sí. En el momento en que Enrique vuelve de la escuela, ella lleva ocho horas de trabajar sin descanso. Los niños no descansan. Así que, ¿por qué deberían hacerlo las madres?

A pesar del cansancio de la mujer, sabe que el día aún no ha terminado. Todavía le restan, por lo menos, seis horas de trabajo, lo que incluye ir al almacén, preparar la cena, lavar los platos, bañar a los dos más pequeños, ponerles los pañales, acostarlos; ayudar a Enrique con sus tareas escolares; orar con él; lavarle los dientes; leerle un cuento; darle las buenas noches y traerle por lo menos cuatro vasos de agua en los últimos cincuenta minutos de la noche. Con sólo pensar en el agotador trabajo de la señora de Martínez, yo ya comienzo a deprimirme.

Enrique no usa de tanta «empatía» con ella, y llega de la escuela con ánimo belicoso. No encuentra nada interesante que hacer; así que se dedica a irritar a su madre. Atormenta a uno de los chiquillos hasta que lo hace llorar, le tira la cola al gato, y derrama el agua del perro. La madre le regaña, pero Enrique hace como si no oyera. Se va al cajón de los juguetes y empieza a sacar juguetes, cajas de plástico y camioncitos. Ahora la señora de Martínez sabe que alguien tendrá que ir a limpiar todo el desparramo y tiene una vaga noción acerca de quién será la encargada de tal labor. Su voz se deja oír nuevamente. El pulso de la mamá comienza a acelerarse a esta altura de los acontecimientos, y empieza a sentir una pequeña jaqueca. Finalmente, el día termina con la última responsabilidad, mandar a dormir a Enrique.

Pero Enrique no desea irse a dormir, y sabe que a su cansada madre le costará por lo menos media hora antes de poder meterlo en la cama. Enrique no hace nada que vaya contra sus deseos, a menos que su madre tenga mucha ira y lo zurre. Comienza el proceso de incubación de la señora Martínez ante la reticencia de su hijito para bañarse y prepararse para ir a la cama.

Enrique, de ocho años, está tirado en el suelo jugando con sus juguetes. Su mamá lo ve, mira el reloj y le dice: «Enrique, ya son casi las nueve de la noche (exagerando treinta minutos); guarda los juguetes y ven para bañarte». Ahora Enrique y su mamá saben que ella no lo bañará inmediatamente. Simplemente, se lo dice para que vaya pensando en que lo bañará dentro de un rato. Se habría caído muerta si él hubiese respondido inmediatamente a su orden. Luego de unos diez minutos la madre le dice de nuevo: «Enrique, se está haciendo tarde y mañana tienes que levantarte temprano; guarda los juguetes y ve a meterte en la bañera». Ella sabe que todavía no le obedecerá. Su mensaje real es: «Se está acercando el momento, hijo». Enrique da vueltas y mete uno o dos juguetes en la caja para demostrar que ha oído. Luego se sienta para seguir jugando unos minutos más. Pasan seis minutos, y nuevamente se oye la voz de la madre, esta vez con más fuerza y un dejo de amenaza: «Escúcheme, jovencito, le he dicho que se mueva y hablo en serio». Para Enrique esto significa que debe guardar los juguetes y dirigirse al baño. Si su madre lo persigue rápidamente, entonces debe cumplir el mandato a toda prisa. Sin embargo, la mente de la madre se distrae un poco antes de que ella cumpla la última etapa del ritual. Enrique tiene unos minutos suplementarios para seguir jugando.

Ya vemos: Enrique y su mamá están entrelazados en un juego de un solo acto. Ambos conocen las reglas de tal juego y el papel que desempeña el otro. La escena entera está programada y preparada como una tarjeta de computadora. Siempre y cuando la madre desea que Enrique haga algo que no le gusta, ella va progresando a través de diversas etapas de voz airada comenzando con calma y terminando en tono amenazante. Enrique no tiene que moverse hasta que el tono alcanza el punto de la ira. ¡Qué juego tan tonto! Hasta que la mamá se hace obedecer por el tono amenazante ha estado malgastando todo el tiempo. Su relación con el chico está contaminada, y esto hace que ella termine cada día con un tremendo dolor de cabeza. Ella no logra obediencia al instante. Tiene que invertir veinte minutos hasta llegar la límite de la ira.

Es mejor usar la acción para obtener acción. Hay cientos de herramientas que podrían coadyuvar a una respuesta esperada. Algunas de ellas envuelven dolor para el chico, mientras que otras le ofrecen un premio. El pequeño dolor puede proveer excelente motivación para que el niño cuando llega en el momento adecuado. Podemos ver que los padres podrían tener algunas maneras de hacer que sus hijos deseen cooperar, más que simplemente obedecerles porque les dicen que deben hacerlo. Para aquellos a quienes no se les ocurre un método, yo les sugiero este: Hay un músculo ubicado en la base del cuello. Los libros de anatomía le llaman el «músculo trapezoide». Y cuando uno lo aprieta con fuerza envía el siguiente mensaje: «Esto duele, hay que evitarlo a toda costa». El dolor es muy pasajero y no causa ningún daño. Cuando el caballerito ignora las órdenes de mamá, tal vez le convendría saber que ella puede recurrir a esta salida tan práctica.

Volvamos a la escena de la mamá queriendo castigar a Enrique. Ella debería haberle dicho que tenía quince minutos para poner la alarma del reloj, para que sonara pasado ese lapso. Nadie, ni un chico, ni un adulto gusta de interrumpir repentinamente lo que está haciendo. Cuando llegara el tiempo mamá debería haberle dicho tranquilamente que se fuera a bañar. Si no se movía inmediatamente, ella podría haber recurrido al músculo que duele cuando lo aprietan. Y si Enrique sabe que este procedimiento se repetirá invariablemente, se moverá antes de recibir las consecuencias.

Existen algunas personas entre mis lectores que piensan que la deliberada y premeditada aplicación del dolor a un niño expresa falta de amor. Les pido a estos escépticos que me escuchen: Consideremos las alternativas. Por una parte hay un constante sermoneo y roce entre los padres y el niño. Cuando el niño descubre que detrás de los millones de palabras que escucha no hay sino amenazas, deja de oírlas. El único mensaje que entiende es cuando se alcanza cierto grado de emoción, lo cual significa insultos y alaridos a la vista. Se empuja al niño en la dirección opuesta perturbando los nervios de la mamá y forzando la relación padre-hijo. Pero la limitación más importante del uso de estas reprimendas verbales es que al final se recurre al castigo físico de todas maneras. Así que en vez de ser una disciplina administrada con calma y de una forma juiciosa la madre se siente enervada y frustrada, y castiga rudamente a su inquieto hijo. No existe razón para que ocurra tal tipo de enfrentamiento. La situación podría haber culminado de una manera bien distinta si la actitud paterna hubiese sido de una serena confianza en sí misma. Hablándole suavemente, casi con cortesía, la mamá le dice a Enrique: «Sabes lo que pasa cuando no me obedeces. No veo ninguna razón por la cual yo tenga que hacerte sufrir en esta noche para lograr tu cooperación. Pero, si insistes, te aplicaré el jueguecito. Cuando suene el reloj me hará saber cuál es tu decisión». El chico tiene que hacer una elección, y ya se le ha dicho claramente lo que su madre espera de él. No necesita gritarle. No necesita amenazarlo con quitarle la vida. No precisa trastornarse. Simplemente, ha dado una orden. Por supuesto, mamá tendrá que demostrar una o dos veces que aplicará el asunto si es necesario. Y a través de los meses el niño constatará si ella se mantiene en el timón de gobierno. No existe la más mínima duda en mi mente acerca de cuál de estas dos actitudes es la menos dolorosa y la menos hostil entre padres e hijos.

 

DIAGRAMA DE LA IRRITACIÓN

 

Una comprensión de la interacción que se dio entre Enrique y su mamá puede ser muy útil para aquellos padres que se han convertido en «gritones» y no saben por qué. Echemos una mirada al proceso de esa tarde.

 

PROGRESIÓN DEL ENFADO A LA IRA

  • Estalla la paciencia al acostarse.
  • No se lava las manos y llega tarde a cenar.
  • Atormenta a otro hermanito y revuelve los juguetes.
  • Derrama el agua del perro.
  • Llegada del colegio ¡Explosión!

Estalla la paciencia al acostarse.

Notemos que Enrique saludó a la mamá frente a la puerta, lo que representa un punto de irritación muy bajo. Desde ese instante, sin embargo, su emoción creció y fue intensificándose hasta el momento de la explosión final del día. Por su última exhibición de ira en el momento de acostarlo, la señora de Martínez le demostró a Enrique que había estado advirtiéndole y que ahora estaba lista para entrar en acción. Como podemos ver, muchos padres, aun aquellos que son muy permisivos, tienen un límite en la escala hasta el cual no castigarán, pero, inevitablemente, luego de esa línea vendrá el castigo.

 

COMO EL NIÑO MUESTRA QUE SABE

 

El asunto sorprendente en cuanto a los chicos es que ellos saben exactamente dónde se encuentra tal línea trazada por sus padres. Nosotros los adultos les revelamos nuestras pautas de acción por lo menos en una docena de formas sutiles. El momento en que usamos sus nombres completos (¡Pablo, Rafael, vete a la bañera!), o el momento en que hablamos abruptamente (¡Jovencito! ¡Te digo! ¡Debes comer!). Nuestra cara se pone roja, nos levantamos de la silla, y entonces el caballerito sabe que ha llegado el momento de obedecer.

Los niños han identificado las circunstancias que preceden inmediatamente a la acción disciplinaria y presionarán a los padres hasta llegar a tales límites, pero rara vez irán más allá en forma deliberada. Una o dos veces, Enrique ignorará el proceso emocional de su mamá sólo para ver si ella tiene el coraje de cumplir lo que ha prometido. Cuando tal interrogante haya sido respondido, cumplirá lo que tiene que hacer en el tiempo preciso para evitarse el castigo.

 

LA GRAN VERDAD SOBRE LA IRA

 

He dicho que la ira paterna a menudo le ofrece al niño señales de que se está llegando al límite de la acción. Sin embargo, él reacciona reticentemente sólo cuando mamá o papá «se ponen malos», indicando que están dispuestos a recurrir al castigo. Por otro lado, los padres observan que la obediencia del niño se da simultáneamente con su ira y erradamente concluyen pensando que es su explosión emocional lo que obliga al niño a someterse. Entonces, para controlarlo en el futuro, la ira será algo necesario. Han entendido mal la situación.

Volviendo al incidente de Enrique la madre le dijo seis o siete veces que fuera a bañarse. Sólo cuando ella «levantó presión» él fue a la ducha, haciéndole creer que su ira producía la obediencia. ¡Ella está errada! No fue la ira lo que envió a Enrique al baño. Fue la acción inminente. Su ira no fue nada más que una señal de que el tiempo de estiramiento había acabado. ¡Y Enrique se cuida de esto!

He escrito todo este capítulo sólo para transmitir este mensaje: No se necesita la ira para controlar a un niño. Se necesita la acción, y sólo ocasionalmente. Más allá usted puede aplicar la acción en el momento conveniente, pero el niño vivirá contento dentro de los límites fijados. De hecho, a medida que se recurre más a la acción para enfrentar el conflicto, se requiere menos castigo. Un buen apretón del músculo trapezoide no podrá ser un gran disuasor al final de dos horas de escaramuza, mientras que es más que adecuado hacerlo cuando el conflicto es mínimo.

 

EL MEJOR MOMENTO PARA LA ACCIÓN

 

El doctor Spock, refiriéndose a los padres que recurren demasiado tarde, dice: «La pusilanimidad paterna no evita las actitudes desagradables; las hace inevitables». Si usted no fija su posición a tiempo, un niño, por su misma naturaleza, se verá compelido a empujarlo para ver hasta dónde puede llegar. La rebeldía del chico entonces ‘hace que el resentimiento paterno se vaya acumulando hasta que finalmente explota en un despliegue de ira’. Esto es justamente lo que he querido decir desde hace trece años».

Incluida en esa afirmación hay una comprensión de la infancia que muchos adultos logran intuitivamente, mientras que otros nunca la alcanzan. Implica un delicado equilibrio entre el amor y el control, reconociendo que una razonable y consistente línea de acción no lesiona la autoestima, sino que representa una fuente de seguridad para un niño inmaduro.

Por razones que no puedo captar, parece que los padres comprenden este principio mejor que las madres. Así es muy común que una madre me diga: «No entiendo a mis chicos. Hacen exactamente lo que su padre les ordena, pero a mí no me obedecen en igual forma». La conducta de ese niño no es ningún misterio. Son lo suficientemente perspicaces para darse cuenta de que papá recurre a la acción mucho antes que mamá. Ella gritonea e insulta. Él actúa con tranquilidad.

 

¿PUEDE SU NIÑO MANIPULARLO?

 

Cuando yo era niño a menudo solía pasar la noche en casa de un amiguito insoportable que parecía conocer por anticipado cada movimiento de sus padres. Eduardo parecía un general del ejército que descifraba el código del enemigo, lo que le permitía manejarlo y derrotarlo. Una noche, luego que nos metieron en cama, Eduardo me hizo una pasmosa descripción del malhumor de su padre.

Me dijo: «¡Cuándo mi papá se pone furioso usa unas palabrotas que te asombrarán!».

Le contesté: «¡No te creo!»

El señor Domínguez era un hombre alto y reservado que parecía tener un muy buen control de sí mismo. Yo no podía concebir que pudiera usar el vocabulario que él me decía.

«¿Quieres que te lo pruebe?», me dijo malévolamente. «Todo lo que tenemos que hacer es ponernos a hablar y a reír en vez de dormir. Mi papá vendrá una y otra vez para hacernos callar. Se irá exasperando cada vez más y más, y vendrá para ponernos en vereda. Entonces le oirás sus palabras. ¡Espera y verás!»

Tenía más dudas acerca del plan, pero quería ver al digno señor Domínguez en su faz secular. Así que Eduardo y yo mantuvimos a ese pobre hombre yendo y viniendo como un «yo-yo» cerca de una hora. Como lo había predicho Eduardo, cada vez que volvía venía más hostil y enojado. Estaba nervioso y a punto de explotar, pero Eduardo, que ya había pasado por la experiencia, me dijo: «No falta mucho».

Finalmente, ya cerca de la medianoche, sucedió. La paciencia del señor Domínguez se agotó. Vino tronando por el pasillo del cuarto y parecía que echaba abajo la casa con sus pisadas. Atravesó la puerta, se abalanzó sobre la cama de Eduardo que se protegió debajo de tres o cuatro frazadas. Y surgieron de sus labios las palabrotas como una avalancha. En muy pocas ocasiones había escuchado tantas. Yo estaba sorprendido, pero Eduardo parecía deleitado.

Todavía, mientras su padre golpeaba las frazadas y largaba palabrotas, Eduardo se asomó y me dijo: «¿Oyes? ¿Eh? ¿No te lo había dicho? ¿Viste que las dice?» ¡Y es una maravilla que el señor Domínguez no haya matado a su hijo en ese momento!

Estuve despierto aquella noche pensando sobre el episodio. Me hice el propósito mental de que nunca, cuando yo creciera, me dejaría manipular por un niño. ¿Se da cuenta de cuán importantes son las técnicas disciplinarias a fin de que un niño respete a sus padres? Cuando una serie de problemas puede reducir a su poderoso padre a una masa de temblores y frustraciones, entonces hay unas cuantas cosas que cambian en la relación. Y se pierden algunos valores muy hermosos. El niño va incubando una actitud despectiva que hará erupción cuando llegue a la explosiva adolescencia. Lo que deseo sinceramente es que cada adulto entienda esta simple característica de la naturaleza humana.

 

DOS HOMBRES QUE COMPRENDEN A LOS NIÑOS

 

Cerca de mi hogar, en Arcadia (California) hay un hombre curtido que comprende muy bien la forma como piensan los niños. Trabaja en una escuela, tiene aproximadamente sesenta años de edad y gran parte de su vida la ha dedicado a dicho trabajo. Es instructor de natación y tiene una sorprendente comprensión de los principios de la disciplina. Disfruto viéndolo trabajar. Y existen unos cuantos chicos ya más experimentados que podrían explicar porqué tiene tanto éxito con los principiantes. No es suave ni delicado en su manera de ser y más bien tiende a la aspereza. Cuando el niño se sale de la línea que le ha marcado en el agua, le mira de frente y le dice: «¿Quién te dijo que te movieras? ¡Quédate en el lugar que señalo hasta que te diga que nades!» Les llama a los chicos «hombres del mañana» y otra serie de apelativos. Pero, ¿me puede usted creer que los niños aman al señor Ramírez? ¿Por qué? Porque ellos saben que él también les ama. Dentro de sus ásperos modales está implícito un mensaje de afecto que puede escapar a un observador adulto. El señor Ramírez jamás abochorna intencionalmente a un niño. Y se preocupa por aquellos que no pueden nadar tan bien. Logra el delicado equilibrio de la autoridad con el cariño que tanto atrae a los niños. El señor Ramírez entiende el significado de la disciplina con amor.

Cuando estaba en la escuela secundaria tenía un entrenador de atletismo que me atraía en la misma forma. Era el maestro en su momento, y nadie se atrevía a desafiar su autoridad. Me hubiese enfrentado solo ante bravos leones antes de atacar al señor Hernández. Sí; en verdad le temía. Y todos le temíamos. Pero él nunca abusó de su poder. Me trató cortés y respetuosamente y me concedió toda la dignidad que yo precisaba en aquel tiempo. Relacionada con su aceptación del individuo existía una obvia autoconfianza y capacidad para conducir a un puñado de adolescentes rapaces que hubiesen devorado a cualquier profesor menos capaz. Y fue por eso que aquel entrenador de mi adolescencia tuvo más influencia en mi vida que ninguna otra persona en aquella edad. Él sabía el significado de la disciplina con amor.

Ningún padre puede ser igual al señor Ramírez o al señor Hernández y yo no le sugeriría que trate de serlo. No sería sabio que una madre demostrara en el hogar la aspereza apropiada para un campo de juego o una piscina de natación. Cada persona debe tener su enfoque de la disciplina dentro de sus características personales y las respuestas que logre naturalmente. Sin embargo, el principio básico es el mismo para hombres y mujeres; madres y padres; entrenadores y maestros; pediatras y sicólogos:

  • Disciplina con amor
  • Razonable introducción a la responsabilidad y el auto control
  • Liderazgo paterno con un mínimo de ira
  • Respeto por la dignidad del niño
  • Límites realistas que sean mantenidos con firmeza
  • Uso de premios y castigos

Este es el sistema que Dios, el Creador, aprueba.

 

© Unilit, 1990. Tomado con el debido permiso del librito Controle las rabietas de su hijo, de la serie «Guías de bolsillo»

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