Publicado El: Dom, oct 3rd, 2004

GEDEÓN Y LOS 300

Gedeón vivió en una de las épocas más desalentadoras de la historia de Israel. Un tiempo de apostasía y de confusión. Sin embargo, aun en ella resplandece la gracia de Dios en un hombre débil, tímido, que se puso en las manos de Dios para dar “la buena batalla.” La época de Gedeón es muy representativa de nuestra propia época, y la figura de Gedeón también lo es de quienes conforman el remanente fiel del presente tiempo.

Caos en Israel



El libro de los Jueces contiene el tramo de la historia de Israel que media entre Josué y Samuel. Entre ambos profetas, de reconocida fidelidad, hay un largo período muy oscuro.

Muerto Josué y toda su generación, el pueblo se volvió a los baales, por lo cual se encendió contra ellos el furor del Señor. La mano de los enemigos se hizo pesada y fueron despojados y humillados. En estas circunstancias, el Señor levantó jueces para que los librasen, pero, pasado el tiempo de un juez, otra vez se apartaban. Trece jueces fueron levantados para guiar al pueblo en este período, pero el final era siempre el mismo. Así lo resume el último versículo del libro: “En estos días no había rey en el Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía” (21:25).

Tal vez el más fiel de los jueces fue Gedeón, cuya historia se narra en los capítulos 6, 7 y 8 de este libro.

Desde el primer versículo del capítulo 6, somos ya introducidos en lo que eran aquellos tiempos: “Los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová; y Jehová los entregó en manos de Madián por siete años.” Los israelitas sembraban y cosechaban, pero no comían de ello. Criaban ganado, ovejas, bueyes y asnos, pero no les aprovechaba. Los madianitas venían a la tierra como langostas, y sus camellos eran innumerables. A su paso no dejaban nada. Israel conoció entonces el hambre y la frustración de trabajar sin aprovechar lo trabajado. Nada quedaba del pueblo vencedor, al cual Dios había dicho, por boca de Moisés, que haría caer “temblor y espanto” sobre sus enemigos (Éx.15: 15-16).

Tal como el tiempo de los jueces es nuestro tiempo. La apostasía cunde por todos lados. El pueblo de Dios se ha olvidado de las misericordias de Dios e impera la incredulidad. Los enemigos de Dios han tomado por asalto los diversos ambientes cristianos, y ha sido mancillado el testimonio de Dios. En tal desastrosa situación, los verdaderos hijos de Dios sufren el robo de su paz y de su herencia. El fruto de su esfuerzo es devastado. Viven expuestos a infinidad de peligros. Se sienten como en campo raso, sin defensa, y sin escudo. ¿Cuál es la causa? ¿Estará en Dios que se ha olvidado de ellos? ¿Es que se ha olvidado Dios de su heredad? No es así. Es por el pecado, es porque se han dejado los caminos santos del Señor, y se han levantado altares a los ídolos.

Sin embargo, aún en estos tiempos, Dios se ha reservado un remanente tiene fiel. Hoy también hay gedeones que son levantados por el poder de Dios para resistir la anormalidad y vencer las batallas de Dios.

La Escritura nos dice que Israel clamó al Señor y Dios le envió un profeta, el cual les dijo que todo lo que ellos estaban viviendo era consecuencia de la desobediencia a su voz (6:8-10). Y luego, en su misericordia, el Señor envía su ángel, quien se le aparece a Gedeón (6:11).

Un valiente, escondido

Dice la Escritura que, en ese momento, “Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas”. Gedeón sacudía el trigo en el lagar, no en la era. Nosotros sabemos que la era es el lugar donde se sacude el trigo. El lagar es donde se exprime la uva, donde se hace el vino. Este es un signo, entonces, de anormalidad. Gedeón sacude el trigo en el lagar, para defenderse de los enemigos, porque la era no ofrecía seguridad. Él está escondido en su propia casa.

El ángel saluda a Gedeón con estas palabras: “Jehová está contigo, varón esforzado y valiente” (6:12). Si el ángel dice que Gedeón era esforzado y valiente, es porque de verdad lo era. Pero, ¿cómo es que los hombres valientes estaban escondidos del enemigo? Si los esforzados estaban en esa condición, ¿que quedaba para los medrosos? ¡Oh, es que el brazo del hombre es incapaz para salvar, es que la fuerza y la valentía del hombre de nada sirven, si Dios no salva! De nada servían la fuerza y la valentía de Gedeón. Era una fuerza inútil. Cuando peleamos las batallas de Dios nos damos cuenta de la inutilidad de nuestra capacidad y de nuestras armas.

El celo y la humildad de Gedeón

Sin embargo, Gedeón estaba consciente de la caída de Israel, porque responde al ángel con gran celo: “Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en manos de los madianitas.” Gedeón conoce la palabra de Dios, la cual habla de maravillas ocurridas en otro tiempo a favor de su pueblo. Gedeón ama a Israel y se duele con el estado de postración que padece. Él no está conforme con la anormalidad. Él espera la vindicación de Dios. Sus palabras brotan como una dramática llamada de auxilio. Gedeón estaba consciente del problema de Israel. Sabe que Israel no es un pueblo llamado para estar sojuzgado. Entonces Dios, al ver su corazón angustiado, fue a él para alentarlo a pelear las batallas de Dios. Dios se manifiesta a aquellos que esperan en su salvación, y que no se conforman con las cosas como están, que no se resignan a la derrota sólo porque los demás estén derrotados, que no se conforman con la anormalidad sólo porque estén rodeados de ella, y porque muchos la legitimen.

Entonces Dios prueba el corazón de Gedeón, diciéndole: “Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de las manos de los madianitas. ¿No te envío yo?” El Señor le insta a que use su fuerza, “tu fuerza”, y le ofrece su respaldo. Si Gedeón confía en sí mismo, dirá: “Sí Señor, yo puedo, yo iré”. Pero Gedeón conocía su pequeñez y conocía al Señor.

El Señor siempre nos da la posibilidad de echar mano primero a nuestras fuerzas. Luego, cuando hemos fracasado, echamos mano a lo suyo. Así que tenemos siempre ante nosotros, en nuestro servicio, dos caminos: el de nuestras fuerzas y el de los recursos de Dios. Y normalmente nosotros, en nuestra presunción, echamos mano a lo nuestro. Creemos que en nosotros hay capacidad, hay buenas ideas (“Con esto salvo la situación”), y aun los primeros intentos parece que dan resultado. Hay algún fruto. Hay buen ánimo, emoción –mucha emoción–, fogosidad, cánticos entusiastas. Nos llenamos de gloria. Luego, a poco andar, comenzamos a cansarnos, los cánticos empiezan a parecer repetitivos. Las formas siguen iguales, pero la gloria se esfuma. Reaccionamos, buscamos culpables, herimos al hermano, sembramos muerte y cosechamos muerte. Entonces –recién entonces– acudimos a Dios. Y Él, en su misericordia, nos oye y nos salva. Ahora estamos dispuestos a renunciar a lo nuestro y a reputarlo por basura, para seguir un camino más excelente. Este camino es, a veces, lento, difícil, y comienza, invariablemente, con una pérdida del yo y una afirmación de la gloria de Dios. Pero es un camino seguro.

¿Cómo evitar un fracaso doloroso y un “largo itinerario por el desierto”? Veamos a Gedeón.

Gedeón no intenta siquiera probar con sus propios medios. Él conoce a Dios y conoce su propia impotencia, por lo cual dice: “Ah, Señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre.” Aunque el Ángel ha visto alguna fuerza en Gedeón, él no ve nada en sí mismo. Gedeón reconoce que no tiene nada, y que no es nada. “¿Con qué salvaré yo a Israel?” lo primero aquí es con qué. Él no tiene nada. Y luego dice “¿Con qué salvaré yo?” Él no es nada. “¿Quién soy yo para salvar?”, dice Gedeón. Además, dice que su familia es pobre en Manasés* , y que él es el menor de ella. Gedeón no tenía rangos ni títulos que ostentar. Cuando dice que él es el menor de la casa de su padre nos hace recordar a David entre sus hermanos, cuando Samuel iba a ungir al futuro rey de Israel. De verdad, Dios “no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Sam. 16:7)

La humildad la de Gedeón nos muestra que ante la presencia de Dios vemos verdaderamente lo que somos. Ante Él apreciamos nuestra absoluta nulidad. Sólo quien anda delante de Dios puede decir: “¡Ay de mí!”. Sólo el ver a Dios mata en nosotros toda presunción y vanagloria. “En tu luz veremos la luz” (Sal.36:9. Ver también Is. 6:5; Hch.9:6; Ap.1:17).

Estas palabras de Gedeón nos recuerdan, además, a Pablo diciendo de sí mismo que era menos que el más pequeño de todos los santos (Ef.3:8). Viéndole de este modo, uno podría pensar que Dios se equivocaba al escoger a este hombre. “Un acomplejado”, diríase en la terminología moderna. Pero es que ante Dios no cabe otra posición.

La señal: la ofrenda

Entonces Gedeón pide una señal. Él desconfía de sí mismo, de su propia percepción espiritual. No quiere equivocarse. Son tiempos peligrosos. Por eso pide una señal. Así también nosotros debemos probar los espíritus, y someter nuestras percepciones al juicio de Dios y de los demás hijos de Dios. Hay situaciones tan importantes en la vida del creyente en que se hace necesario eliminar toda forma de duda, sobre todo en este tiempo en que Satanás se disfraza como ángel de luz, para engañar, si fuere posible, aun a los escogidos.

Gedeón pidió una señal delante de Dios para asegurarse de que su percepción espiritual era correcta. Gedeón estaba solo. Nosotros tenemos una ventaja sobre él: no estamos solos; estamos en la iglesia. Nosotros debemos someter nuestras percepciones ante los hermanos más maduros para no equivocarnos. Un hombre solo no es confiable, porque hoy está el Cuerpo. En medio de la asamblea de los santos es donde podemos conocer con mayor seguridad la voluntad de Dios y asegurar nuestros corazones delante de Él. Es verdad que Dios puede darnos señales aún hoy día tal como hizo con Gedeón, pero estando el Cuerpo, lo más probable es que Dios nos confirme su voluntad a través de los hermanos.

Luego Gedeón presenta una ofrenda. Él la ofrece debajo de la encina, pero el ángel le corrige, diciéndole que la ofrezca sobre la peña. Entonces –y sólo entonces–, el ángel hizo subir fuego de la peña, que consumió la carne y los panes sin levadura. Todo esto tiene una significación espiritual. La ofrenda no se puede ofrecer en cualquier lugar. Sólo en Cristo Dios nos acepta. No hay sacrificio acepto si no es sobre la base de la justicia de la Roca –que es Cristo– y de su sacrificio. Entonces, el fuego puede subir de ella. Gedeón podía presentar su ofrenda, pero sólo Dios podía encenderla. Dios tiene el fuego, y con el fuego la ofrenda es quemada, y sube a Dios en olor grato. Y entonces la ofrenda es recibida.

De la misma manera ocurriría cientos de años después, con los holocaustos presentados por Elías ante los sacerdotes de Baal. Elías presentó el sacrificio, pero Dios lo encendió. Dios sólo derrama su fuego sobre aquello que está en la Roca. El Espíritu Santo, el fuego de Dios (Lc.3:16), es derramado sobre aquellos que han recibido al Señor y se han ofrecido a Él en ofrenda grata. La ofrenda tiene que ser quemada y reducida a cenizas. Así también nosotros, tenemos que morir para que Dios tenga ganancia.

La ofrenda de Gedeón era modesta (sólo un cabrito). No es comparable a la ofrenda que presentó, por ejemplo, Abraham, que consistió en una becerra, una cabra, un carnero, una tórtola y un palomino (Gén.15:9). Los tiempos de Abraham eran de abundancia. Estos –los de Gedeón– son tiempos de escasez. Nosotros hoy también vivimos días de escasez, de anormalidad, en que el testimonio de Dios es puesto en cuestionamiento incluso por muchos cristianos. Nosotros, como Gedeón, tenemos poco que ofrecer hoy al Señor, sólo un cabrito, pero procuremos que esto poco sea nuestro todo. Así, no importa cuán poco sea, Él nos podrá usar como lo hizo con Gedeón.

Derribando los ídolos

Luego de ofrecer la ofrenda, Gedeón se da cuenta de que ha hablado con el Ángel de Jehová y se llena de temor. Pero Dios le dice que no morirá. Entonces, Gedeón edifica allí altar a Jehová, y lo llama “Jehová-salom” (“Jehová es paz”). Una vez que la ofrenda es ofrecida sobre la Peña, el creyente entra en la presencia de Dios como adorador. Habiéndose hecho la paz con Dios por medio del sacrificio de sangre, levanta ahora un altar para la comunión personal, indispensable para quien quiera servir a Dios delante de los hombres.

Luego, el creyente tendrá que pasar por una prueba más, antes de recibir la unción del Espíritu para servir. Si bien el Espíritu Santo permanece en nosotros desde cuando creímos, sin mediar requisito alguno, la unción del Espíritu que nos capacita para el servicio, viene después. Esa misma noche, Dios se aparece a Gedeón y le ordena derribar el altar de Baal, cortar la imagen de Asera que estaba en la casa de su padre, y levantar altar a Jehová en la *****bre de un peñasco.

¡Había ídolos en la casa de este israelita! ¡Qué terrible! ¿Qué quedaba del temor a Dios y de las claras admoniciones de la ley en cuanto a la idolatría? Esta es la causa de por qué el pueblo estaba en opresión. Los israelitas tenían ídolos en sus propias casas. ¿Cómo podían ser librados así? ¿Acaso no sabían que fue Dios, el Dios que no acepta ser prefigurado en imágenes, el que les sacó de Egipto y les dio la tierra que poseían?

La idolatría estaba condenada y prohibida en los dos primeros mandamientos, lo cual era suficiente para demostrar su pecaminosidad. ¿No había enviado el Señor un terrible juicio a causa de la idolatría en Baal-peor? (Núm. 25).

Un ídolo es toda falsa deidad. Es todo aquello que nos puede hacer creer que por su virtud seremos salvados o protegidos. Pablo nos exhorta a huir de la idolatría (1ª Cor.10:14) y Juan nos advierte acerca de ella (1ª Jn.5:21). La idolatría es también “veneración”, es decir, un amor excesivo y excluyente hacia lo que no es Dios. Cuando uno superpone algo a Dios, eso es un ídolo. Cuando el Señor dice que el ama a padre, madre, hijo o hija más que a Él, no es digno de Él, está derribando ídolos, objetos de veneración.

Derribar los ídolos significa barrer con todo lo que reclama nuestra atención o nuestro amor por encima del Señor. Esto significa entrar en conflictos con quienes nos rodean y aun hasta recibir amenazas, pero el que vence sobre ellos será llamado Jerobaal (enemigo de los ídolos).

¡En los cielos suena muy bien este nombre! Es bueno ser conocido como uno que destruye ídolos. Es buena cosa ser, en este sentido, un iconoclasta. El mundo está lleno de ídolos a los cuales es preciso derribar para que Dios pueda actuar. Si hay un pecado que irrita al Señor, ese es la idolatría (Éx.32:19-29). El pueblo de Dios tuvo que sufrir 70 años de cautiverio en Babilonia para aprender esto.

Luego, Gedeón edifica altar a Jehová y sacrifica un toro con la madera de la imagen de Asera que había derribado. El primer altar había sido levantado para adoración personal; este segundo altar fue erigido para testimonio a toda su familia y su ciudad. Lo hecho por Gedeón esa noche, con ayuda de algunos siervos, causó revuelo al día siguiente. Pero, desde entonces, comenzaron a saber que Dios estaba con él. Porque el Espíritu vino sobre él, y al sonido del cuerno, toda su familia se le unió. Su testimonio había sido eficaz. Primero atrajo a su padre, luego atrajo a toda su familia. Más adelante habría de ser notorio a todo Israel.

El Espíritu sobre Gedeón

Una vez derribados los ídolos, podía Gedeón entrar en batalla. Porque entonces vino sobre él el Espíritu de Dios* . Hay una estrecha relación entre el derribar los altares de los ídolos y la recepción del Espíritu Santo, que nos capacita para el servicio. Este asunto es de fundamental importancia para un siervo que espera poder agradar a Dios. Si no puede solucionar este asunto, no podrá recibir la unción del Espíritu Santo para servir ¿Quiénes pueden entrar en las batallas de Dios? Aquellos que han recibido el Espíritu Santo. ¿Quiénes son aquellos que reciben el Espíritu? Los que han derribado los altares de los ídolos. No podremos predicar con unción si no hemos sido capacitados por el Espíritu. Y esta capacitación está condicionada por nuestra consagración. En la medida en que algo es quitado del trono de nuestro corazón, el Señor es más entronizado en ese lugar. Si nuestro corazón está libre de idolatría, el Señor podrá ejercer toda autoridad en nosotros, y Satanás será vencido en todo lugar a través de nosotros. La prueba de nuestra consagración está en la destrucción de los ídolos.

Luego que se le reunió todo el pueblo, y que vino el Espíritu sobre Gedeón, él todavía pide una nueva señal. Ahora es la señal del vellón de lana. Esto lo hizo dos veces. Podría parecer excesiva la desconfianza de Gedeón. Puede hasta sonar como una desconfianza hacia Dios. Pero, ¿qué hemos de ver nosotros? Que es necesario desconfiar de sí mismo siempre. Es así en el comienzo de nuestros tratos con Dios, es así en el transcurso de ellos y también al final. En esto no pecaremos. En tanto sea una desconfianza de nosotros mismos, no pecaremos. Tenemos que asegurar nuestro corazón, nuestras percepciones y asegurarnos de estar sirviendo en las fuerzas del Señor. Si, después de hacerlo, hallamos que no vamos por el camino correcto, entonces debemos detenernos y esperar el tiempo y la ocasión del Señor.

De 32.000 a 300

En el capítulo 7 vemos que Israel contaba con treinta y dos mil hombres dispuestos para la batalla. Pero Dios no necesitaba tantos. “No sea – dijo – que se alabe Israel contra mí, diciendo. Mi mano me ha salvado” (7:2). Entonces los selecciona hasta que quedan diez mil, y luego los vuelve a seleccionar hasta que sólo quedan trescientos. Dios prescinde de los veintiún mil setecientos, porque sólo necesita trescientos.

La verdad es que Dios no tenía ninguna intención de hacerlos pelear. Ellos simplemente iban a ser testigos de cómo Dios peleaba por ellos. De todas maneras, en el campo de batalla, estos trescientos deberían enfrentar a ciento treinta y cinco mil (8:10). La proporción es, exactamente, de uno a cuatrocientos cincuenta. Por cada israelita habían cuatrocientos cincuenta madianitas. Y es la misma proporción de Elías con respecto a los profetas de Baal, en el monte Carmelo (1 Re.18:22). Dios es plenamente glorificado cuando un creyente confía solamente en Dios al enfrentar a cuatrocientos cincuenta enemigos. Así, no hay ninguna posibilidad de vanagloria, como no la hubo para Israel ante los madianitas. Es así también con nosotros, pues, por muchos que seamos, siempre vamos a ser pocos si consideramos la cantidad de los enemigos que nos rodean. Así y todo, el Señor nos lleva de triunfo en triunfo, y de victoria en victoria.

La batalla de Gedeón

La batalla de Gedeón es un tipo de las batallas espirituales de los hijos de Dios en este tiempo. Veamos algunos aspectos de esta tipología:

Al igual que en Gedeón, la victoria de unos pocos, favorece a todo el pueblo de Dios. Son pocos los que participan (los “escogidos”), pero su victoria favorece a los muchos (a todo el pueblo de Dios). Trescientos vencen para que todo el pueblo de Israel disfrute de la victoria. “Así fue subyugado Madián delante de los hijos de Israel, y nunca más volvió a levantar la cabeza. Y reposó la tierra cuarenta años en los días de Gedeón” (8:28). Los trescientos de Gedeón son los que están dispuestos a pelear las batallas de Dios llevando en su corazón a todos los hijos de Dios.

Al igual que en el caso de Gedeón, nuestras batallas se dan sobre la base de una victoria ya obtenida por el Señor Jesucristo. Gedeón, antes de entrar en batalla, tuvo claro testimonio de que ya estaba ganada (7:9-15). Dios le habló por boca de sus propios enemigos, lo cual fue para él una prueba irrefutable de la victoria que Dios le había dado. Aquí vemos una demostración más de la paciencia del Señor para con este siervo. Paso a paso lo fue guiando, aun en medio de su debilidad. Con paciencia y ternura infinitas soporta su debilidad y le fortalece. Así también hace con nosotros. Siendo los más débiles de los hombres, Él nos fortalece y nos hace más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Cristo venció, y nosotros hemos venido para coger el botín. El Señor ató y venció al hombre fuerte, y nosotros tomamos sus despojos. ¡Bendita y sin igual es la victoria de Cristo en la cruz del calvario!

Las armas de nuestra milicia

Las armas que Gedeón utiliza no son aptas para una batalla como la que él dio. No sirven para vencer a un enemigo de carne y hueso. Necesariamente tienen que ser, entonces, armas espirituales (2ª Cor.10:4). Ellas consistían en trompetas y en teas ardiendo dentro de sendos cántaros. La trompeta es la Palabra de Dios, anunciadora de victoria. La trompeta asegura la intervención de Dios, un prodigio. En el Nuevo Testamento, Pablo menciona la trompeta para referirse a la palabra de Dios dicha por un profeta, que prepara al pueblo para la batalla (1ª Cor.14:8). Considerando que la batalla ya estaba ganada, la trompeta simplemente anunciaba al victoria. Las teas ardiendo nos hablan de corazones encendidos por el Espíritu Santo, y consumidos de amor por el Señor. Y los cántaros que habían de romper son vasos de greda o barro que representan la carne, el yo. La carne debe ser quebrantada para que brille la tea ardiendo. La carne encubre y limita la acción del Espíritu, por eso hay que quebrar el vaso de barro para que brille lo que hay dentro (2ª Cor.4:7). Nótese que cada combatiente debía quebrar su propio cántaro: este es un asunto personal.

Hay aquí tres aspectos de una consagración que posibilitan las victorias del Señor. La Palabra poderosa, los corazones llenos del Espíritu Santo y el yo quebrantado. Tres armas invaluables. Tres señales seguras de victoria. Esta debe ser necesariamente nuestra experiencia espiritual. Hemos de saber usar la Palabra de Dios (2ª Tim.2:15), hemos de ser llenos del Espíritu (Ef.5:18), y hemos de negarnos a nosotros mismos (Lc.14:26). Sólo así podremos vencer como hizo Gedeón.

La victoria del Señor

Luego, frente al enemigo, no hay nada más que hacer. Ninguna fuerza, ninguna violencia. Sólo ser testigos de la victoria del Señor. Ver cómo Dios confundía a el enemigo y lo ponía en retirada. Cada uno de los trescientos sólo debía permanecer firme: “Y se estuvieron firmes cada uno en su puesto en derredor del campamento; entonces todo el ejército echó a correr dando gritos y huyendo” (7:21). Esta posición “firmes” nos recuerda los tiempos de normalidad, cuando, en los días de Moisés, Dios preparaba a su pueblo para cruzar el Mar Rojo: “No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis” (Éx.14:13). Este sólo versículo de Jueces 7:21 nos muestra lo que es el retorno a la normalidad. Esta es la posición del pueblo de Dios: firmes en la fe, proclamando la victoria de la Cruz y contemplando su efecto entre los enemigos de Dios. ¡Cómo nos recuerdan esas palabras también las divinas exhortaciones de los apóstoles: ese “Estad, pues, firmes”, de Efesios 6:14, o ese “Estad firmes en la fe; portaos varonilmente” de 1ª Corintios 16:13; o ese “Al cual (al diablo) resistid firmes en la fe” de 1ª Pedro 5:9.! ¡Oh cristianos, esta es vuestra gloriosa posición: firmes, firmes, firmes!

Cuando los madianitas emprenden la huida, entonces Gedeón invita a todo Israel para que se sume a la persecución. “Y juntándose los de Israel, de Neftalí, de Aser y de todo Manasés, siguieron a los madianitas.”

Una lección de humildad

Y entonces ocurre un hecho insólito. Los hombres de Efraín reconvienen fuertemente a Gedeón por no haberlos llamado cuando él iba a la guerra contra Madián. Y aquí, ante este argumento absurdo, Gedeón demostró la pureza del carácter de un hombre de Dios. Él pudo haberles enrostrado su anterior cobardía para sacudirse el yugo madianita, pero les responde minimizando su propio mérito y destacando la victoria que ellos, los efrainitas, habían conseguido, capturando a Oreb y Zeeb. Su respuesta humilde aplaca la ira de los de Efraín: “¿Qué he hecho yo ahora comparado con vosotros? ¿No es el rebusco de Efraín mejor que la vendimia de Abiezer? Dios ha entregado en vuestras manos a Oreb y a Zeeb, príncipes de Madián; ¿y qué he podido yo hacer comparado con vosotros?”. Gedeón dice aquí que lo peor de Efraín era superior a lo mejor de Manasés. Desde el día de la bendición de Jacob, en que puso a Efraín antes que a Manasés, siendo éste el primogénito, los de Manasés se sentían menoscabados ante Efraín. Y ahora, aunque Dios usa a uno de Manasés para libertar al pueblo, y para bendecir a Efraín, éste aún se considera el más pequeño y está más dispuesto a reconocer las victorias de ellos antes que las propias.

Aquí Gedeón nos enseña que hay que reconocer las victorias de otros y despreciar las nuestras. Gedeón dio respuestas de paz a los hombres violentos, y con ello los aplacó y pudo seguir adelante en su obra. ¡Qué distinto es lo que suele verse en nuestros días! Los más pequeños triunfos espirituales se ensalzan por los mismos que los alcanzaron, para incrementar un currículum que se publica a los cuatro vientos. Qué fácil es que la soberbia suba al corazón cuando Dios, en su misericordia, nos da algunos triunfos. Como si ellos no fueran posibles sólo por la victoria de Cristo, sin la cual viviríamos en la más profunda y terrible postración. ¿Quién de nosotros conocería la más mínima victoria si no fuera porque el Señor en su misericordia nos hace partícipes de la suya, única victoria digna de todo encomio? ¡Quiera el Señor hacernos verdaderamente humildes!

Una pérdida en los afectos

Pero hay también algo aquí que resultó extremadamente doloroso para Gedeón. Sus hermanos murieron en la batalla contra Zeba y Zalmuna, reyes de Madián. Ese fue, tal vez, el mayor precio que Gedeón hubo de pagar por las victorias a que Dios le llevó. “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? – dijo el Señor – Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana y madre” (Mt.12:48,50). Cuando nos ofrecemos delante de Dios tenemos que estar dispuestos a que haya pérdida en los afectos personales. Cuando esto ocurre es tremendamente doloroso, pero necesario. “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc.14:26).

Sólo Jesús es el Señor

Concluida la victoria, los israelitas se acercan a Gedeón y le dicen: “Sé nuestro señor, tú, y tu hijo, y tu nieto; pues que nos has librado de la mano de Madián. Mas Gedeón respondió: No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros.” Los israelitas estaban agradecidos de Gedeón, porque los había librado de la mano de los madianitas. Ese agradecimiento les lleva a ofrecerle una especie de monarquía hereditaria. Podría ser rey él y luego su descendencia. ¡Qué tentación! Él, siendo un hombre proveniente de una pequeña familia, y ésta, a su vez, de una tribu poco importante en Israel, podría llegar a ser rey. La imagen de los honores y las riquezas deben de haber pasado fugazmente por su mente en ese momento, pero se negó a ello. Aunque él no podía saber en ese tiempo la historia posterior de Israel, su negativa de ese día posibilitó a Dios desarrollar su plan para con el reino eterno del Mesías. Porque si Gedeón lo hubiese aceptado, ¿cómo habría sido posible después la entronización del Vástago de Isaí? ¿Cómo se habría podido *****plir el propósito de Dios en cuanto a la descendencia real, que debía ser de la tribu de Judá? Gedeón hizo bien en renunciar a sus propios intereses para que Dios pudiera establecer su reino eterno sobre su pueblo.

Luego de la victoria, es fácil ceder a la tentación de ejercer señorío sobre los demás. Gedeón fue tentado, y así ocurrirá siempre en medio del pueblo de Dios. Los hijos de Dios suelen ser agradecidos y sumisos con los siervos que son usados por Dios. Y pueden, eventualmente, hacerles ofrecimientos que son gratos a la carne, pero que ponen en serio riesgo el reinado del Señor sobre su pueblo. Sólo el Señor debe reinar y señorear sobre su pueblo. Un hombre de Dios puede ser ejemplo de los demás, tal como Gedeón, que dijo: “Miradme a mí y haced como yo” (7:17), pero no su señor. “No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1ª Pedro 5:3).

Es, pues, la vida de Gedeón y su época, una figura muy clara de nuestra época y de quienes pretendemos hoy servir al Señor. Que el Señor nos ayude para aprender de aquí las lecciones

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