Publicado El: Dom, may 28th, 2006

Guerra Interior: La codicia sexual

Por Anónimo.

Había en mí dos sentimientos contradictorios: por un lado, el deseo sobrecogedor de ser limpiado y por otro, el deseo de aferrarme a los placeres eróticos. Esto debe de ser lo que Pablo quiso decir en algunos pasajes de Romanos 7. ¿Pero dónde estaba Romanos 8 en mi vida?

Un informe señala que durante una convención de pastores se alquiló el mayor número de películas pornográficas en la historia del hotel. Es indudable que tantas tentaciones sexuales descaradas, el bombardeo constante del doble sentido y de los argumentos a favor de la indulgencia inevitablemente atraen.

Muchas justificaciones tientan al líder cristiano. “Tengo que saber lo que pasa… El “voyerismo” es mejor que el adulterio… Necesito moderación; la abstinencia total no es necesaria.”

No hay respuestas fáciles. Tampoco podemos bloquear nuestros cerebros ni nuestras glándulas. Sin embargo, Apuntes Pastorales lo invita a leer este artículo escrito por un hombre que sirve a tiempo completo en el ministerio. Es un artículo directo, sin tapujos, pero consideramos importante que así sea. La tentación sexual en sus diversas formas siempre ha seducido a los cristianos, pero las oportunidades de nuestros días y el clima en que vivimos le dan a este artículo gran relevancia para todos nosotros.

Escribo este artículo en forma anónima porque siento vergüenza, no sólo por mi mujer y por mis hijos, sino sobre todo por mí mismo. Hablaré de mi lucha personal con la codicia sexual. Creo que mi experiencia no es fuera de lo común y quizás sea típica de pastores, escritores y conferencistas. (Sé que no estoy solo porque las pocas veces que compartí mi lucha con amigos cristianos, respondieron con historias parecidas a la mía.)

Recuerdo la noche en que experimenté por primera vez el apetito carnal desmedido. Durante la adolescencia me había deleitado con la revista Playboy pero mi despertar a la codicia sexual fue años más tarde, ya casado, durante un viaje lejos de mi hogar. Sentado en la habitación del hotel, mientras hojeaba una guía de las posibles actividades en la ciudad, volvía una y otra vez a la foto inquietante de una bailarina exótica. Se veía fresca y atrayente; y estaba sin ropa. La primera vez que vi el aviso, como cristiano instintivamente descalifiqué su show porque iba más allá de mis límites.

Sin embargo, mientras miraba un programa de TV insípido, el cuerpo de la chica se me aparecía diciendo: “¿Por qué no?”.

Para ser un cristiano eficaz tenía que experimentar la vida en su totalidad, ¿verdad? ¿Acaso Jesús mismo no comía con pecadores y prostitutas? Yo podía ir como un observador, en el mundo pero no del mundo. Los razonamientos se apilaban para fundamentar mis deseos, y en diez minutos estaba en un taxi rumbo a la “zona roja” de la ciudad. Quizás Dios se presentaría, borraría mis deseos y me convencería de que yo estaba equivocado. Incluso se lo pregunté tímidamente. ¡No hubo respuesta!

Entré al bar y allí me enfrenté con la nueva experiencia de pedir un trago. Animado por mis primeros sorbos de whisky, me senté con los ojos pegados al escenario.

La chica era lo que había prometido el aviso. Empezó su actuación vestida y nos hacía desear quitándose lentamente cada prenda con una sonrisa provocadora. La miraba sin poder creerlo. Para terminar, en un marco de luces centelleantes cruzó el escenario desnuda.

Dos horas después, salí del bar con una sensación extraña, una excitación intensa y sorprendido de que en realidad no me había pasado nada. En pocas horas, uno se da cuenta de que en cierto sentido todo cambió, pero por otro lado todo sigue igual. Uno sigue siendo la misma persona.

La codicia sexual, se distingue por ser invisible, escurridiza y difícil de identificar. Lo que pasó esa noche, ¿fue un pecado? Al principio me dije que no. Para considerarlo codicia sexual, me decía hay que mirar a una mujer deseando tener relaciones sexuales con ella. ¿Acaso no era eso lo que Jesús había dicho? En realidad no podía recordar haber deseado relaciones con esa chica. Fue algo más privado, más lejano. Lo que pasó fue algo rápido que se desvaneció sin dejar huellas. Al menos eso creí entonces.

La culpa me alcanzó esa misma noche. Cuando regresé al hotel, ya estaba haciendo oraciones llorosas pidiendo perdón. Por un tiempo, y como resultado de ese sentimiento de culpa, me limité a ver películas y revistas pornográficas. Durante más de diez años estuve en una guerra sin tregua.

A menudo he pensado en que la codicia sexual no se parece a nada de lo que he experimentado. La mayoría de las cosas que más nos divierten y nos causan emoción, pierden cierto entusiasmo y atracción una vez que las hemos experimentado. El sexo es diferente. No hay mucho que descubrir ni analizar. Cada persona conoce las formas, colores y tamaños básicos de los órganos sexuales. Sin embargo, el mayor conocimiento no reduce su atractivo. ¾ No hay otra experiencia que tenga esa fuerza salvaje.

He tratado de analizar la codicia sexual y fraccionarla hasta llegar a sus componentes. ¿Acaso nuestras hormonas y cromosomas no podrían haber sido dispuestas de manera que las personas pudieran más fácilmente hallar satisfacción con un solo compañero? ¿Por qué no habremos sido creados como los animales, que, salvo en ciertos períodos, viven su rutina diaria casi sin pensar en el sexo? Podría manejar mejor dicha codicia si supiera que sólo me atacará en mayo u octubre. Lo que me vuelve loco es no saber y ser continuamente vulnerable.

La codicia sexual es como desear sal cuando uno se está muriendo de sed. ¿Por qué no habremos sido hechos sólo con ansias por el agua para así quitar la sal de los kioscos de revistas, los programas de TV y las películas? Usted dirá que Dios no es el que me hace codiciar sino que yo elijo hacerlo y probablemente Dios lo permite como una oportunidad para ejercitar mi virtud. Sí, lo entiendo, pero algunos de ustedes saben por experiencia propia (como yo) que esas perogrulladas piadosas, si bien son correctas, pierden importancia frente a lo que sucede en mi organismo cuando voy a la playa o tomo una de esas revistas.

Muchos de ustedes saben lo que es caminar con la mirada a la altura del pecho, hojear con ansias la revista Time en busca de una fotografía sexy, desear que hubiera cadenas en las habitaciones de los hoteles para no salir, a no ser que haya películas pornográficas en el cuarto. También saben lo que es revolcarse en la culpa de esa obsesión y orar llorando con toda la fe que uno pueda reunir para que Dios nos libere.

También saben lo que se siente cuando el domingo uno predica sobre la gracia, la obediencia o la voluntad de Dios, con los recuerdos de la noche de codicia sexual todavía frescos en la mente. Uno se las arregla para terminar el sermón prometiendo que no va a permitir que le afecte tanto la próxima vez hasta que, al final del culto, una mujer muy atractiva se acerca sonriendo para saludarlo y felicitarlo por el mensaje. La resolución desaparece. Y mientras ella le cuenta la bendición que fue el mensaje, uno la está desvistiendo mentalmente.

Mi primera experiencia de codicia sexual no fue la última. He visto alrededor de 15 películas pornográficas. La multitud en esos cines no es como otras con que me relaciono: me recuerdan que ese no es mi lugar, que soy sapo de otro charco. Y desde el punto de vista técnico, estético y erótico las películas son aburridas. Sin embargo, cuando anuncian una nueva en el diario, se me hace agua la boca.

Aprendí rápidamente que la codicia sexual va en una sola dirección. Uno no puede volver a un nivel más bajo y estar satisfecho. Una revista estremece, una película excita, un show en vivo inflama la sangre… Nunca llegué a la prostitución, pero experimenté la naturaleza insaciable del sexo lo suficiente como para sentirme aterrado. La codicia sexual no satisface; incita a más.

Por momentos esa obsesión llegó a parecerme más bien una posesión. Recuerdo una oportunidad en que sentí miedo. Estaba de viaje y pasé por un bar que anunciaba bailarinas desnudas. Este show no era como los strip tease que había visto. La chica aparecía desnuda desde el comienzo, y sin vergüenza se contoneaba a pocos centímetros de mi cabeza. Tenía la mirada clavada en mí. Eso era tan cercano, tan íntimo que me pareció, por un momento aterrador, que se asemejaba más a una relación que a una actuación. Lo que sentí sólo puede llamarse posesión.

Salí del bar tambaleando. Sentí que había cruzado una línea divisoria y que ya no podría recuperar la inocencia. Ese fin de semana tenía compromisos importantes pero, en cada uno de ellos, las imágenes imborrables de la muchacha llenaban mi mente.

Me hice una promesa, una más entre tantas. Me prometí que sólo compraría Playboy u otras revistas eróticas “respetables”. Mi inhabilidad para mantenerme puro sólo necesitaba algunos límites, me dije. Estas son algunas de las justificaciones en las que basaba mi conclusión de contener la codicia sexual en vez de cortarla por lo sano:

  • El desnudo es un arte.
  • La revista Playboy y similares tienen artículos excelentes.
  • Un poco de estimulación beneficiará la vida sexual en mi matrimonio.
  • Otros hacen cosas peores.
  • ¿Qué es la codicia sexual, al fin y al cabo? El deseo de tener relaciones sexuales con un compañero específico. Yo experimentaba una excitación general y no un deseo específico. Algunos de estos conceptos (o quizás todos) tienen algo de verdad. Los usaba como un manto para poder atenuar la guerra interior que me atormentaba. Para mi total desconcierto, varias veces había sentido cómo la lujuria hacía eclosión y cobraba un poder siniestro.

Cabe aclarar que mi vida no giraba alrededor de la codicia sexual. Pasaban días, meses, sin buscar una revista o una película pornográfica. Y muchas veces lloraba delante de Dios implorando que me quitara ese deseo. ¿Por qué no recibía respuesta? ¿Por qué Dios me maldecía con libertad de decisión cuando esa libertad me alejaba de él?

Leí muchos libros y artículos sobre la tentación pero no fueron de mucha ayuda. Los consejos de los diferentes escritos se podrían resumir de la siguiente manera: “Simplemente deja de hacerlo”. Aunque intelectualmente podía estar de acuerdo con su teología y sus consejos, no había un cambio en mí.

La mayor parte de ese tiempo odiaba el sexo. Desde ya que conocía su placer, pero sólo eran cortos momentos que se contraponían a días y días de angustia y culpa. No podía conciliar mis fantasías con la experiencia rutinaria del sexo en el matrimonio. Comencé a ver el sexo como un error de Dios. Al final sólo causa tristeza, me decía. Con el sexo, cualquier crecimiento espiritual parecía inalcanzable.

He descrito mi caída en cierto detalle no para despertar un interés lascivo ni para aumentar la desolación del que está pasando. Cuento mis luchas porque son reales y para demostrar que hay esperanza, que Cristo vive, y que su gracia puede cortar el círculo vicioso de la codicia sexual y la desesperación.

En cuanto al efecto de la codicia sexual en mi matrimonio, no lo destruyó, no me empujó a una relación adúltera ni a la prostitución. Fue más sutil. Principalmente me llevó a restarle valor a mi esposa como ser sexual. Si admiro un póster de Playboy, Miss Octubre tiene una sonrisa cálida e incitante. Ella está conmigo en la sala de mi casa. Se quita la ropa sólo para mí y me deja observarla.

La verdad es que si me sentara al lado de Miss Octubre en un avión, no me daría ni la hora ni mucho menos se desvestiría para mí. Si yo tratara de iniciar una conversación, seguramente me pararía en seco. Sin embargo, por haber recorrido cada centímetro de su cuerpo en la fotografía, comienzo a mirar a mi esposa desde esa perspectiva. Ella debería tener la sonrisa, las curvas, las piernas, la melena pelirroja y los ojos chispeantes de Miss Octubre. Comienzo a concentrarme en los defectos insignificantes de mi esposa y pierdo de vista el hecho de que es una mujer encantadora, cálida y atractiva, y que soy muy afortunado por haberla encontrado.

El sexo en mi matrimonio se convirtió en una válvula de escape para la pasión que crecía en mi interior. Nunca había hablado del tema con mi esposa, pero estoy seguro de que ella lo percibía. Creo que empezó a verse como un objeto sexual en el sentido de que no era objeto de pasión o romanticismo, sino de mi necesidad física.

Con todo, la dualidad sexual palidecía ante la dualidad espiritual. Imaginen la brecha que había en mí cuando dirigía un retiro espiritual un fin de semana donde veía la admiración y las lágrimas de compromiso de mis oyentes, y terminaba en mi cuarto devorando el último número de Playboy? No podía conciliarlo, pero, tampoco podía evitarlo.

Había en mí dos sentimientos contradictorios: por un lado, el deseo sobrecogedor de ser limpiado y por otro, el deseo de aferrarme a los placeres eróticos. Esto debe de ser lo que Pablo quiso decir en algunos pasajes de Romanos 7. ¿Pero dónde estaba Romanos 8 en mi vida?

Aun cuando la codicia sexual estaba bajo control, todavía sentía que mantenía un rincón secreto infranqueable para Dios.

Así como recuerdo el momento en que desperté a la codicia sexual puedo recordar el comienzo de mi compromiso a la sanidad y restauración. También sucedió durante un viaje, cuando hablé en una conferencia sobre vida espiritual.

En ese entonces estaba practicando un régimen bastante estricto de “lujuria controlada”. Pero esa noche me encontré recorriendo las calles de la zona roja de la ciudad. Encontré un show en vivo de muchachas desnudas sobre una plataforma giratoria que se podía ver a razón de tres minutos por 25 centavos. No hay arte, belleza, ni baile. La mujer es un mero objeto sexual. Los hombres están aislados en cabinas como animales enjaulados. No hay vínculo alguno. Las chicas están tan aburridas que se las puede oír hablar de los precios de los alimentos. Con todo eso, allí estaba yo, a tres días de hablar un retiro sobre la vida espiritual. Esa noche la culpa y la vergüenza me abatieron como olas furiosas. Nuevamente vi la imagen desoladora de lo bajo que había caído.

Había sentido ese remordimiento antes. Sin embargo, lo que más me conmocionó fue que mi viaje al retiro, antes siempre placentero, no me produjo nada de placer. Me sentía igual que si hubiera estado en mi casa leyendo el diario y bostezando. Ese pensamiento me perturbó. Mi mente volvía una y otra vez a aquella cabina mugrienta. ¿Me estaba volviendo loco? ¿Iba a perder toda sensación que valiera la pena? ¿Sería que mi alma se estaba vaciando?

A duras penas me las arreglé para terminar la conferencia y todos aplaudieron mis charlas; todos fueron bendecidos. Esa noche, solo en mi cuarto, no me dediqué a la pornografía, sino que me puse a pensar en lo que me había sucedido en esos diez años, y no me gustó.

Tres días después pasé una noche en casa de un gran amigo, pastor de una de las iglesias más grandes de la zona. Nunca antes había compartido con alguien detalles de mi vida lujuriosa, pero mi dualidad estaba llegando a tal punto que sentí que debía hacerlo. Mi amigo me escuchó en silencio con compasión y sensibilidad mientras le contaba algunos incidentes y mis temores.

Después que terminé mi relato se quedó sentado mucho tiempo con la mirada triste. Yo esperaba sus palabras de consejo, de consuelo, de sanidad o algo. Necesitaba que alguien me dijera: “Tus pecados te son perdonados”. Primero le tembló el labio, los músculos de su cara se crisparon y comenzó a llorar; eran gemidos profundos.

Mi amigo no lloraba por mí, sino por él. Comenzó a contarme de su propio viaje por el camino de la codicia sexual. Había llegado a sus consecuencias lógicas de la lujuria: prostitución, y hasta orgías. Incluso su matrimonio se estaba derrumbando en medio de un juicio de divorcio.

Durante un par de semanas viví bajo una nube de terror y fatalidad. ¿Había cruzado una línea invisible que dejaría mi alma manchada para siempre? ¿Marcharía yo también como mi amigo hacia la destrucción sistemática de mi cuerpo y alma? ¿No había salida para él ni para mí?

Un mes después de la cónversación con mi amigo leí un breve libro de memorias, “Lo que creo de Frances Mauriac.” En un capítulo sobre la pureza, Mauriac llega a la conclusión de que sólo hay una razón para seguir la pureza: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5.8). La pureza, señala Mauriac, es la condición necesaria para amor sublime, para obtener la posesión superior a cualquier otra: Dios mismo.

Las bienaventuranzas indican que los pecados son impedimentos para el crecimiento espiritual. Si pecamos los que sufrimos somos nosotros pues no habrá desarrollo en nuestro carácter ni gozaremos de la imagen de Cristo que hubiéramos tenido de no haber pecado.

Este pensamiento fue como una alarma a mis oídos. Comprendía lo que me estaba perdiendo por seguir alimentando mi codicia sexual: estaba limitando mi intimidad con Dios. El amor que él ofrece es tan trascendente y pleno que requiere que nuestras facultades sean purificadas para poder contenerlo.¿Podría Dios darme otra sed y otra hambre distinta de lo que yo nunca había podido satisfacer? ¿Podría el Agua Viva apagar la sed de la codicia sexual?

Conocía la vida de Mauriac lo suficiente como para saber que su observación era la culminación de una vida de lucha. El había llegado a esa conclusión como la única justificación posible para la abstinencia. Quizás, la disciplina y el compromiso que implica permitirle a Dios purgar las impurezas, conformaban el primer paso esencial hacia una relación con Dios que yo nunca había conocido.

La combinación de dos factores me preparó para intentar nuevamente un acercamiento a Dios en confesión y fe: por un lado, el pavor que me produjo la dolorosa historia de mi amigo pastor y por otro, el rayo de esperanza de que la búsqueda de la pureza podría transformar el hambre insaciable que había sentido por diez largos años. Oré sin esconder nada, y Dios me oyó.

Debía dar un paso de arrepentimiento doloroso pero necesario. El arrepentimiento, señala C.S. Lewis, “no es algo que Dios demanda de ti para recibirte y que te podría evitar si lo deseara; es simplemente la descripción del regreso”. Para mí, el regreso debía incluir una charla con mi esposa, que había sufrido en silencio todos la esos años. Yo había pecado contra ella, y la había ofendido tanto como a Dios. Quizá mi impureza había impedido que nuestro amor creciera, de la misma forma que había bloqueado el amor que podía experimentar con Dios.

Le conté casi todo, sabiendo que le estaba poniendo una carga que quizás no pudiera soportar.

La había lastimado. Sólo ella sabía cuánto. Durante diez años, ella había visto cómo una neblina invisible me había cautivado, haciéndome actuar en forma extraña, alejándome de ella.

Ahora ella confirmaba sus sospechas. Debe de haberle parecido un rechazo: “no eras suficiente para mí en el aspecto sexual y tuve que buscar en otro lado”.

Aun así, a pesar del dolor, me dio su perdón y su amor. Consideró a mi enemigo su enemigo. Abrazó mi sed. Me amó que con un amor sorprendente, incomprensible y totalmente inmerecido.

Ya hace un año de esa conversación con mi esposa. En ese tiempo, ocurrió un milagro. La guerra interior terminó. En una ocasión, fallé nuevamente, un mes después. Fui a otro show barato. No habían transcurrido ni diez segundos cuando empecé a sentir un terror despavorido. La sangre golpeaba en mis sienes. El mal se estaba apoderando de mí. Tuve que salir del show inmediatamente.

Corrí, lo más rápidamente que pude para alejarme del lugar y me di cuenta de que había cambiado mucho: antes me sentía seguro al ceder a la lujuria, pero ahora me sentía seguro huyendo de la tentación (2 Ti 2.22). Pedí al Señor fuerzas y me fui.

Aparte de ese encuentro, no he vuelto a tener esa compulsión. Por supuesto que las chicas con blusas o vestidos cortos me llaman la atención (¿para qué las usan si no?) pero el terror ya no existe. Los kioscos de revistas perdieron su fuerza de atracción. Hace doce meses que paso frente a ellos Sin tomar una revista. Tampoco volví a entrar a un cine de películas pornográficas.

No puedo negar que era placentero. Sin embargo, he ganado una suerte de alarma que me alerta cuando pierdo el rumbo. Por fin después de diez años, tengo una conciencia y una reserva de fuerzas a mi disposición. Me ha sido necesario mantener una comunicación abierta y honesta con Dios y con mi esposa.

He tenido dos nuevas experiencias que, debo admitir, han colmado y contrarrestado totalmente la pérdida de las experiencias de la codicia sexual.

En primer lugar, comprobé que Dios cumplió su parte del trato. He llegado a verlo como no lo había conocido antes. He tenido experiencias con Dios que me han sorprendido por su profundidad e intimidad, experiencias de un orden que no sabía que existía. Algunos de esos momentos fueron mientras leía la Biblia u oraba, otros, al conversar con otras personas, y el más memorable, debido a mi ocupación, fue mientras predicaba en una conferencia. Esas experiencias me tocaron, me humillaron, me renovaron y me limpiaron. No había conocido ese nivel de experiencia espiritual y tampoco lo había buscado. Dios se me había revelado.

También sucedió algo que ni siquiera le había pedido a Dios. La pasión está volviendo a mi matrimonio. Mi esposa es nuevamente el centro del romanticismo. Su cuerpo, no el de otra, está cobrando gradualmente la atracción que yo había canalizado en otras fuentes. El acto sexual, que antes había sido irritante y traumático, tanto como una experiencia placentera, está volviendo a tener el misterio, la trascendencia y el deleite indescriptible, partes de su diseño original.

Estos dos hechos que ocurrieron con tan poco tiempo entre sí me mostraron por qué los místicos, incluyendo los autores bíblicos, suelen emplear la experiencia de la intimidad sexual como metáfora de éxtasis espiritual.

 Leadership.

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