La desesperación de tener que agradar

El deseo de agradar a los demás y de no fracasar en el intento mantiene en esclavitud a millones de cristianos y les roba tranquilidad y la oportunidad de vivir la vida a la que han sido llamados. Sin embargo, Cristo ofrece un camino alternativo …

Siento pesar al recordar el día en que Juan corría a mi lado. El tenía veinticinco años y gozaba de muy buen estado físico. Por eso, no necesitaba esfuerzo alguno para mantener mi ritmo. Como le sobraba el aliento comenzó a contarme que se sentía deprimido. Le pregunté si había identificado alguna razón por su tristeza. «El miedo al fracaso» me respondió, sin titubear.

Durante el resto de nuestra trayectoria intenté mostrarle que podía descansar, pues Dios nos ama sin tomar en cuenta nuestro desempeño; aun cuando no alcancemos nunca el éxito, su amor hacia nosotros sigue constante. Le aseguré que Dios, a diferencia de las personas, no le da la espalda a los fracasados. Dos semanas más tarde, sin embargo, yo lloraba sin consuelo: Juan se había quitado la vida.

 

Juan le temía al futuro. Aunque se había esforzado, nunca logró revertir su desesperación. Su muerte me despedazó. Yo había buscado tanto una oportunidad de amarlo. Mis consejos y mis oraciones, junto al cuidado de otros cristianos, no le ayudaron. Nada, absolutamente nada, consiguió revertir su desánimo, y él se penó con el más terrible acto; nos castigó a todos nosotros.

 

La angustia y la depresión son parte de nuestra existencia. Varios personajes de la historia secular y bíblica intentaron huir a oscuras cavernas en momentos similares. Abatidos, ni siquiera imaginaban encontrar fuerzas que les devolvieran las esperanzas. Esa apatía no les quitaba solamente el sueño; despiertos, se veían obligados a vivir con un pesimismo infinitamente triste. Estos pensamientos morbosos, sin embargo, no son tan intolerables como para terminar de manera tan horrible.

 

Por el trágico suicidio de Juan descubrí que las personas no temen necesariamente a la muerte; más bien se sienten apabulladas por no saber vivir. Inevitablemente la muerte pierde su terror, porque ellos quieren evitar una vida sin valor, que viene de creer que nuestra existencia no posee importancia alguna.

 

El escritor Milan Kundera afirmó: «Todo el mundo encuentra difícil aceptar que eventualmente desaparecerá, desconocido y desapercibido, en un universo indiferente». Esto nos ayuda a entender por qué algunas personas realizan semejantes esfuerzos por lograr algo extraordinario, aun si eso significa cometer un crimen. Todos queremos ser valorizados en la vida y recordados después de muertos.

 

Meses más tarde me enteré que Juan había pasado gran parte de su infancia intentando agradar a su padre, sabiendo que nunca lo iba a lograr. En la adolescencia jugaba fútbol con los ojos puestos siempre en las gradas, esperando espiar la sonrisa de aprobación que nunca llegaba. Juan se graduó de ingeniero pero, avergonzado, no lo festejó. No fue suficiente el hecho de haber obtenido las mejores notas en todas las materias. Así, al proyectar su vida futura, solamente veía por delante más fracasos.

 

Me preocupa que el mundo religioso occidental enfatice tanto las rigurosas exigencias de un Dios difícil de agradar. La mayoría de los evangélicos jamás estaríamos de acuerdo con las letras de la canción de Gilberto Gil: «Si yo quisiera hablar con Dios, tengo que aceptar el dolor, tengo que comer el pan que el diablo amasó, tengo que apretar el gatillo, tengo que lamer el piso». A pesar de esto, el comportamiento de muchos avala el contenido de la música. La espiritualidad que prevalece en la actualidad oprime al pueblo con intolerables cargas. Se multiplican en nuestras tierras las congregaciones que no permiten a la gente olvidar sus deudas delante de un Dios que es implacable a la hora de defender su ley.

 

En esta religión ninguno encuentra descanso, ya que todos los reveses de la vida se deben a nuestras flaquezas humanas y todo contratiempo se relaciona directamente con el pecado o las brechas por las que el diablo se infiltra. Multitudes llenan esas iglesias, deseosas de saber cómo pueden agradar a un Dios astuto. De esa manera le rinden culto sin jamás esperar de parte de él un gesto de afecto o compasión. Todo se resume en encontrar la forma de apartar el mal «y alcanzar la bendición». Si alguno anhela conquistar el amor divino deberá realizar sacrificios, pasar por ritos punitivos y, claro, ofrecer ofrendas.

 

Las personas no necesitan de esta clase de religión. El peso de vivir ya es suficiente. Ellos necesitan de un mensaje diferente: Dios no deja de amar, aun cuando sus hijos no lo merecen. Su amor es leal. Nada hará menguar su compromiso de ofrecer lo mejor de sí mismo para que sus hijos crezcan.

 

En la parábola del hijo pródigo el padre le asegura al hijo mayor: «Todo lo que tengo es tuyo». Esa frase debe resonar en la cabeza de cada cristiano, pues contiene la declaración bíblica de que somos coherederos con Cristo. El Señor no aprecia a las personas por su capacidad de cumplir mandamientos o alcanzar los más altos niveles de santidad. El ama gratuitamente.

 

Lloré por la muerte de Juan. Pero esa tragedia también me ayudó a afianzar mi concepto de la gracia. El bien que Dios trae a la vida de sus hijos no viene ligado al desempeño de ellos ni abandona él a los fracasados.

 

No existe razón para temerle al fracaso, porque ninguno necesitar justificar el amor de Dios. Punto y aparte. De esta manera, cualquiera puede recibir una invitación al gran banquete divino y encaminarse rumbo al fantástico proyecto de ser formado a la misma imagen de Cristo Jesús.

Por Ricardo Gondim.

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