Publicado El: Lun, nov 6th, 2006

LA HERMOSURA DE LOS ANCIANOS ES SU VEJEZ

Por Rev. Julio Ruiz. La verdad de las técnicas modernas para darle una nueva apariencia a cada rostro, es que inconscientemente no queremos llegar a la  edad cuando la piel comience a mostrar sus líneas de expresión; término conocido en el argot popular como arrugas. De modo, pues, que la gente trata de revertir el proceso  de envejecimiento.

Así, los que van descubriendo flacidez en su piel comienzan a hacerse cirugías plásticas faciales, mientras que otros optan por el método de ponerse inyecciones con el fin de mantener la frescura de la juventud. Pero la verdad no puede ser tapada. La batalla por conservar nuestra apariencia juvenil está perdida. El proceso de desgaste de nuestro cuerpo nos  revela que hay tres etapas para cada vida: la niñez, la juventud y la vejez. De manera que en lugar de perder el tiempo y el dinero en lo inevitable, deberíamos dedicarnos a cultivar aquellas cualidades internas que son las que si permanecen y las que mejor hablan de nuestro rostro interno. Esto lo escribimos para reflexionar sobre lo que escribió Myron Taylor, cuando dijo: "El tiempo puede arrugar la piel, pero la preocupación, el odio y la pérdida de ideales arrugan el alma".

 

En el proverbio de hoy nos topamos con una sabiduría que debiera ser atendida por todos: “La gloria de los jóvenes es su fuerza, y la hermosura de los ancianos es su vejez” (Proverbios 20:29). Note usted que mientras a los jóvenes se les enaltece por su fuerza, la ancianidad es alabada porque en ella brota otro tipo de belleza. Es obvio que la “hermosura” a la que el sabio hace mención no es la que corresponde a la física, propia de la niñez y la juventud.  Pero lo que él si quiere decirnos es que cada época, cada episodio de la vida, tiene su propio primor. Si tomamos el ejemplo de la naturaleza podemos decir que una es la hermosura del árbol en sí, otra la de la flor, y la otra la del fruto. De igual manera la ancianidad tiene su propia estética llena de surcos de trabajo y de un caudal de experiencias. La vida es como las cuatro estaciones del año. Con la llegada del otoño, las hojas verdes y frescas de la primavera cambian de color. La producción de alimentos quedó cumplida durante el verano. Colores con matices  brillantes, amarillos, anaranjados y rojos, dan al otoño una belleza comparable al verdor de la primavera. Así también la hermosura y lozanía de lo que produjo la juventud, comienza a dar paso a la madurez, a las canas, a la experiencia y al consejo sabio, tan necesario para otras edades.

 

Pero en honor a la verdad, tenemos que admitir que no siempre se usa esa hermosura de los abuelos. El sentirse que ya sus fuerzas le han abandonado por el desgaste de los años; el que ya su presencia es como un estorbo para otros; el saber que ya no se sienten útiles para nada; o el vivir con el recuerdo de sus propias experiencias, sin que sean oídas, ahonda en ellos un estado de soledad, y esto les lleva a algunos a exclamar: “No me deseches en el tiempo de la vejez; no me desampares cuando mi fuerza se acabe…” (Salmo 71:9) Esa hermosura, reflejada bellamente en sus canas, debiera ser tomada en cada familia por el testimonio de sus años vividos, para ser una "biblioteca de consulta". Los abuelos cumplen una función de continuidad y transmisión de tradiciones familiares. Nadie está en mejor condición que ellos para  ayudar a los padres y a los nietos a comprender principios olvidados con demasiada frecuencia, y sin embargo tan esenciales para la conducción de la familia de hoy. Será por eso que alguien dijo que, "se aprende más de diez abuelos que de diez expertos en temas familiares". Nuestro mundo necesita la admonición y la orientación de  los de edad avanzada. Sus canas y sus arrugas nos merecen respeto y admiración.

 

Quisiéramos hacer con ellos hoy, lo que nos gustaría que hicieran con nosotros mañana. El anciano dio todo de sí mismo, ahora espera un poco de nosotros. Recordemos lo que nos dice otro proverbio a este respeto: "Corona de honra es la vejez que se halla en el camino de justicia" (Proverbios 16:31).Mas sin embargo, se espera que esa  “corona de honra”, a la que debemos también encomiar, haya sido el producto de una vida  que ha honrado debidamente a su Dios. Los que así han vivido, y se aprestan para ir a un pronto encuentro con Dios, les aguarda esta promesa:  “Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré" (Isaías 46:4)

 

 

 

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