Publicado El: Dom, oct 3rd, 2004

Motivación: Crecer espiritualmente en el camino correcto

Enviado por Joshua C.
CUALIDADES DE UN AUTÉNTICO CREYENTE EN CRISTO
El Crecimiento del Creyente
“Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación”.
1 Pedro 2:2
El nacimiento es nuestra introducción a la vida y la vida es la invitación de Dios para que crezcamos. El crecimiento es la expresión natural de la vida; donde hay vida, crecimiento hay.



El crecimiento del creyente en Cristo está gobernado por algunos principios básicos, entre otros:

• Crecemos desde adentro.
• Crecemos de un modo balanceado.
• Crecemos mediante nutrición, ejercicios y limpieza.
• Crecemos en atmósfera de amor.
• Crecemos a una imagen predeterminada: Parecernos a Jesucristo.
• Crecemos para glorificar a Dios en carácter y conducta.

Antes de que consideremos estos principios de crecimiento espiritual en detalle, es menester responder: ¿Por qué nosotros, como hijos de Dios, queremos crecer espiritualmente? ¿Qué motivos nos obligan a crecer espiritualmente?

EXPRESAR VIDA

La primera respuesta es porque el crecimiento es la expresión normal de la vida. El crecimiento espiritual es inherente a la vida espiritual. Si verdaderamente hemos nacido de nuevo, entonces la nueva vida dentro de nosotros tiene que expresarse a sí misma y transformar lo que somos y hacemos.

Si eres hijo de Dios, entonces tú eres participante de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4); y esta es una razón más que suficiente para tu crecimiento. “Por esto mismo” (2 Pedro 1:5)—por cuanto posees la naturaleza divina—has de “añadir a tu fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor” (2 Pedro 1:5-7).

En Su Parábola del Sembrador (Mateo 13:1-9, 18-23), Jesús describe cuatro tipos de suelos que representan cuatro diferentes tipos de corazones y sus respuestas a la semilla que la Palabra de Dios es. El primer corazón es demasiado duro; por lo tanto, no puede recibir la semilla. El segundo corazón es demasiado frívolo, sin carácter, de modo que la semilla no puede echar raíces en él. El tercer corazón está demasiado lleno, no hay espacio allí para que la planta pueda crecer y dé fruto. El cuarto corazón representa a la persona que de verdad ha nacido de nuevo, lo cual se prueba al llevar “fruto en toda buena obra” (Colosenses 1:10).

Oír la Palabra de Dios simplemente no es evidencia alguna de salvación. Sólo cuando recibimos la Palabra, la cultivamos y producimos fruto es que comprobamos que hemos nacido dentro de la Familia de Dios. Y, debido a que el fruto tiene en sí mismo la semilla para obtener más frutos, hay una constante y creciente cosecha de la gloria de Dios. Jesús la describe como “fruto… más fruto… mucho fruto” (Juan 15:1-8).

LLEVAR ALEGRÍA AL PADRE

Un segundo motivo para crecer espiritualmente es que podamos llevar alegría al Padre. Padres y abuelos se deleitan al ver madurar a sus hijos y nietos, y nuestro Padre que está en el cielo se regocija al ver que Sus hijos se hacen más y más parecidos a Su Hijo amado. Pablo declaró: “Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más” (1 Tesalonicenses 4:1). Complacer a Dios es glorificar a Dios y glorificar a Dios es el máximo privilegio en la tierra.

Tu Padre en el cielo no es pasivo ni indiferente en Su relación contigo. Él activa y amorosamente desea que tú seas “hecho conforme a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29). Él se regocija por cada victoria que tú experimentas, Él siente cada prueba que tú sufres y Él observa cada paso de crecimiento que tú das a través de Su poder: “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino” (Salmos 37:23). ¡Cuán maravilloso es que el Dios eterno se deleite en ti cuando tú aprendes a andar así como al Él le place que andes!

¡Qué desafortunado que somos cuando nuestra relación con el Padre es fría y mecánica y nos volvemos como el hermano mayor del hijo pródigo! Acatamos

las reglas, hacemos el trabajo y servimos al Padre; pero carecemos de la relación amorosa con el Padre, esa que a Él le proporciona alegría (véase Lucas 15:25-32). El hijo que abandonó el hogar ocasionó gran tristeza al padre, pero el hijo que se quedó en el hogar hirió el corazón de su padre igual que si hubiera abandonado el hogar también. Tal como el profeta Jonás, el hijo mayor hizo la voluntad del padre pero no deleitó el corazón del padre (Jonás 4).

Cuando crecemos en la vida espiritual, esto es lo que nuestro Señor quiere que disfrutemos:


“El que me ama,
mi palabra guardará;
y mi Padre le amará,
y vendremos a él,
y haremos morada con él”
(Juan 14:23).

“Jehová está en medio de ti, poderoso,
Él salvará;
Él se gozará sobre ti con alegría;
Él callará de amor;
Él se regocijará sobre ti con cánticos”
(Sofonías 3:17).

*****PLIR LOS PROPÓSITOS DE DIOS

Queremos crecer espiritualmente porque en el crecimiento, podemos *****plir los propósitos para los cuales Dios nos salvó: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

La palabra griega que traduce “hechura” es poeima; ésta significa “algo hecho” y nos da también la palabra española poema. El cristiano que se jacta en decir “Yo soy una persona que he llegado donde estoy por mi propio esfuerzo”, no entiende este principio básico: Dios debe trabajar EN NOSOTROS antes de que Él PUEDA TRABAJAR A TRAVÉS DE NOSOTROS. Él debe prepararnos para lo que Él ha preparado para nosotros.

Una de las pocas ventajas de ser un “santo veterano” es el privilegio de poder voltearse para ver cómo Dios le ha preparado y guiado durante su tiempo de peregrinaje en Cristo. El Dr. A. T. Pierson decía, “la Historia es Su historia”; y estaba en lo cierto. Dios debe trabajar en nosotros antes de que Él pueda trabajar a través de nosotros, y Él trabaja en nosotros cuando “crecemos en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18).

El saber que mi Padre en el cielo está en control de las circunstancias, trae gran confianza y paz a mi corazón; y si estoy rendido a Él y creciendo, Jehová *****plirá su propósito en mí” (Salmos 138:8). Los creyentes maduros siempre tienen un lugar de servicio preparado para ellos; por lo tanto, no tienen que promoverse a sí mismos ni usar maniobras políticas para abrir las puertas a través de las cuales Dios quiere que caminen. Su garantía está en Apocalipsis 3.8: “He aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar”.

VIVIR PARA ÉL

Buscamos crecer espiritualmente de modo que la gracia de Dios en nuestras vidas no se despilfarre: “Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios” (2 Corintios 6:1).

Dios ha pagado un alto precio para que Su gracia esté disponible para nosotros. De modo, pues, que andar deliberadamente por nuestros propios caminos y vivir sólo para complacernos es recibir Su gracia en vano. Así, ponemos una etiqueta en la Cruz con un precio más barato y afligimos al Espíritu Santo que vive dentro de nosotros. Cristo murió nuestra muerte para que podamos vivir Su vida para Él y Él hace la gracia disponible para nosotros de modo que podamos vivir efectivamente para Su gloria.

Con una salud endeble y al *****plir 52 años, el misionero C. T. Studd fue entrevistado por un joven reportero para su diario. Éste le preguntó por qué iba a abandonar a su esposa, familia y país para irse a África, donde, según los médicos, probablemente moriría. “¿Qué?” Le espetó Studd. “¿Alguien le ha hablado esta noche sobre el sacrificio del Señor Jesucristo? Si Jesucristo, siendo Dios, murió por mí, entonces ningún sacrificio que yo haga por Él puede ser demasiado grande para mí”. Obviamente, la gracia de Dios no se despilfarró en C. T. Studd.

Un buen amigo de David le preguntó sobre qué iba a ser su hijo una vez se graduara en la universidad. David, tajante, le respondió, “Un adulto”. Este padre estuvo vertiendo sus recursos sobre su hijo, pero éste era tan sólo un estudiante, “muriéndose por el grado, por las notas”. La educación para este joven no era preparación para servir; era simplemente un atajo para escaparse de sus responsabilidades en la vida. Pareciera que lo que el padre le estaba dando era en vano porque el hijo no tenía intención alguna de conseguir un empleo y convertirse en un ciudadano útil. De esta manera, el padre lo que obtuvo fue un hijo agradecido, “¡NADA MÁS!”.

OBEDECER LOS MANDAMIENTOS DE DIOS

Una cosa más debe motivarnos: el deseo de obedecer los mandamientos de Dios.

El Nuevo Testamento está lleno de admoniciones que se refieren directamente a nuestro crecimiento y madurez espirituales. Jesús dice, “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Entre las últimas palabras escritas por Pedro, están: “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18). Pablo escribió muchas admoniciones prácticas, tales como: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:2); “mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre” (1 Timoteo 6:11); y “sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Efesios 5:1).

Si estamos satisfechos con “la vida de siempre”, podemos ignorar estos mandamientos o arrojarlos lejos; pero si mucho queremos a Dios en nuestras vidas, buscaremos obedecerlos. Así, y sólo así, descubriremos la gloriosa libertad que proviene del *****plir la voluntad de Dios.

Pronto revisaremos los principios del crecimiento espiritual y estudiaremos su aplicación en nuestra vida cotidiana.

¡Cristo esté en vosotros!

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco,
y me siguen, y yo les doy vida eterna;
y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”

Juan 10: 26-28

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