Publicado El: Mie, sep 8th, 2004

UNA DEUDA CONDONADA

(Luc. 7:36-50)
INTRODUCCIÓN: ¡Qué alivio trae una deuda cancelada! Sostenemos luchas diarias por mantenernos solventes en todo. Los compromisos no pagados se constituyen en una amenaza para nuestra paz y un caldo de cultivo para el stress y la ansiedad. No ha sido el primero que ha tenido la fatídica opción de quitarse la vida frente a la imposibilidad de no cancelar sus deudas. Y la verdad es que hay deudas que sencillamente no se pueden pagar. Las deudas externas de tantos países pobres son un ejemplo de ello.

Solemos oír de la renovación de la deuda, o de un nuevo tratamiento para pagarla. Pero muchos países apenas pueden cancelar los intereses de las mismas; de allí que los expertos en economía reconocen la necesidad de condonar las deudas, especialmente a los países más pobres. Ahora bien, si estas deudas son impagables, ¿qué decir de nuestros pecados? ¿Cómo se podrá pagar la gran deuda de nuestras faltas? Es de notar que una de las grandes peticiones de la oración del Padre nuestro tiene que ver con esto. Así leemos: “Perdona nuestras deudas..”. Al final de la vida, cuando nosotros tengamos que dar cuenta al Señor por todas nuestras acciones, se descubrirá que tenemos una gran insolvencia delante de Él. El pasaje para hoy nos habla de deudas, perdón, misericordia y mucho amor. Aquí tenemos el encuentro entre la miseria y la misericordia, entre el orgullo y la justicia, y entre los críticos y el perdón. Hay tres personajes centrales: la mujer, a quien se describe como “pecadora”. De ella no se conoce ni es importante su identidad. (La tradición de que ella era María Magdalena data desde la época del papa Gregorio el Grande, pero no tiene apoyo en el relato). Está el fariseo llamado Simón, quien manifiesta un gran orgullo y desprecio; y está Jesús, el hombre que hará la diferencia entre estas dos personas. Acerquémonos, pues, a este texto considerando las actitudes de estos dos personajes, y reconociendo la gran deuda de la que todos somos deudores: aquella que tiene que ver con nuestros pecados. Saquemos las lecciones que emergen de este extraordinario pasaje. Aprendamos de esta mujer la grandeza del amor por Jesucristo.

ORACIÓN DE TRANSICIÓN: Tracemos tres ideas directrices sobre esta clase de deuda

I. LA NATURALEZA DE LA DEUDA
1. Las deudas para con Dios son impagables.. Los dos deudores representan a la humanidad en sus diferentes condiciones. Bien pudiera uno pensar que el que debía menos se le hacía más fácil para pagar. Pero a la hora de solventar las cuentas, ninguno de los dos pudo cancelarla. Por lo que sabemos de la enseñanza de Jesús, el ejemplo de los dos deudores es una clara referencia al fariseo y a la mujer pecadora. La gran suma de 500 denarios que representa mayores pecados, es aplicable a la mujer; mientras que la suma de los 50 se atribuye al fariseo, quien seguramente se jactaba de tener menos pecados por la actitud que asume de enjuiciar a la mujer en sus pensamientos. Pero a la hora de rendir cuentas, nadie es tan bueno delante de Dios que tenga suficientes méritos para pagar su deuda. Sencillamente la deuda no puede pagarse.

2. Las deudas para con Dios tienen que ver con nuestras faltas. La vida disoluta en la que seguramente se movía aquella mujer, la había hecho un ser con un gran vacío cuyos resultados podrían ser: una mala reputación, una gran pena en su alma, una perturbación en su conciencia, y a lo mejor una sensación de sentir dedos señaladores sobre sus pesados hombros. El calificativo de “pecadora” le hacía vivir bajo una carga que ya no pudo soportar más. Ella sabía que su mayor deuda para con Dios tenía que ver con sus pecados. Pero la deuda del fariseo, aunque pudiera considerarse en menor cuantía, tenía proporciones que no disminuía en nada con los de esta mujer. Reveló el gran pecado del orgullo al notar la proximidad de esta mujer a la persona de Jesús. Reveló el pecado del menosprecio al calificarla sin tener misericordia. Pero a su vez reveló el pecado de la descortesía hacia al Señor quien siempre es digno de lo mejor de nuestra consideración. Por lo tanto, ambos casos, indican que todo hombre es pecador delante de Dios. (Rom. 3:9, 22b,23), y que están separado de él por su pecado (Is.53:4). Tal condición le hace estar bajo juicio eterno, a menos que reconozcan que “no pueden pagar la deuda” y se la confiese a su “acreedor” divino.

II. LAS ACTITUDES FRENTE A LA DEUDA
1. La actitud del Fariseo. Hemos dicho que el fariseo era un hombre orgulloso. Su actitud quedó reflejada cuando condenó en su mente a Jesús porque este se dejó tocar de una mujer pecadora v.39. No pudo reconocer a Cristo ni siquiera como profeta, a quien por seguro ya había visto con sus señales y prodigios v. 39. Fue todo un descortés al no *****plir con él las más elementales normas sociales que se tenían para los invitados v. 44-46. No tuvo agua para los pies. Para el tiempo de Jesús, los caminos eran solo huellas de tierra y el sistema de calzado consistía mayormente en suelas con tiras que se sujetaban a la parte de arriba del pie. El agua fresca para aliviar esos cansados y heridos pies era una buena señal de hospitalidad. Además, cuando el visitante llegaba se le ponía la mano sobre el hombro y se le daba el beso de la paz, pero él no lo hizo. También había la costumbre de poner una pizca de incienso o en su defecto se echaba una gota de agua de rosas sobre la cabeza del visitante, pero esto tampoco hizo Simón con su invitado de honor. Este hombre con esa actitud sencillamente dijo que no le importaba Jesús. Estaba consciente que no necesitaba nada y por lo tanto no sentía amor. Él invitó a la mesa al joven Maestro de Galilea pero no lo invitó a su corazón. Tuvo a Jesús de huésped en su casa pero no le dio la bienvenida a su corazón. Las actitudes de muchos hombres, tan parecidas al fariseo, revelan que no tienen deudas pendientes con Dios; de allí su indiferencia y autosuficiencia.
2. La actitud de la mujer. En cuanto a la mujer, se nos dice que era una pecadora. Se trata de una mujer con muy mala reputación en el pueblo. No se menciona que era una prostituta, pero sus pecados eran notorios en la ciudad. Seguramente era una mujer arrepentida, pues todos sus gestos que presentó hacia Cristo, revelan un gran sentido de gratitud. No había sido invitada a la cena, pero ella supo que allí estaba Jesús. A lo mejor esa sería la única vez que ella podría demostrar su amor y reverencia hacia el único que le podía perdonar sus pecados. De esta manera se nos presenta una historia que solo un narrador de la estatura de Lucas pudo hacerla. Es una mujer humillada y arrepentida v. 38. Se colocó detrás de Jesús a sus pies. Se dio cuenta que no era digna de derramar el perfume sobre su cabeza. Estuvo allí postrada llorando copiosamente sin levantar su rostro. A lo mejor consideraba que sus pecados eran como una separación entre aquel ser tan santo y su condición pecaminosa. Utilizó como toalla lo más importante que una mujer tenía, su propio cabello. Esa mujer en todo momento reconoció su pecado. Esta es la condición más importante delante de Dios para obtener la cancelación de esta deuda. El mayor problema con el que se enfrenta la gracia, es encontrarse con corazones que no reconocen que son pecadores y por lo tanto no necesitan de la salvación gratuitamente ofrecida. Esta mujer hizo las tres cosas que no hizo el fariseo hacia Jesús. Primero, lo amó mucho v.42, 41.Besó sus pies como una demostración de profunda gratitud v. 38; pero a su vez derramó en ellos un perfume de alto precio v.38. Y es que la entrega a Jesús debe venir acompañada no solo de un corazón arrepentido sino con un corazón agradecido, expresado a través de nuestras mejores ofrendas. Hay gente que dice amar a Jesús pero nunca le da un “regalito”. Toda adoración a él va acompañada de una ofrenda de amor.

III. EL ACREEDOR DE LA DEUDA
El acreedor representa al Señor. Él es “el Padre nuestro” de quien son y por quien proceden todas las cosas. El triple derecho de pertenencia que Él ejerce sobre nosotros le da la potestad de constituirse como único dueño, señor y soberano de nuestras vidas. Ningún comité especial le pidió a Dios que nos creara, ni ningún ser más cercano a Él le solicitó que nos sustentara o algún rey poderoso le diseñó un plan para que nos salvara. Su creación, sustentación y redención fueron actos exclusivos de su purísima voluntad e incomparable amor para nuestras vidas. En esta historia el “acreedor” es Jesucristo. Tanto el fariseo como la mujer, y los demás presentes, no tenían méritos para cancelar la deuda por sus pecados. Era necesario una condonación para ellos. La palabra más grande en cualquier lenguaje se llama “perdón”. Y el único que puede perdonar y olvidar se llama el Señor. El perdón humano siempre será limitado.
1. Jesucristo tiene la solvencia para condonar el pecado. Cuando Jesucristo dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados” v. 48, hubo una reacción que seguramente se oyó en toda la casa: “¿Quién es éste, que también perdona pecados?” v. 49b. Los judíos sabían que el único ser que podía perdonar pecado se llama Dios; pero Jesucristo lo dijo aquí y lo había dicho en otras ocasiones; él también podía perdonar los pecados. Si él tiene la solvencia para perdonar pecados, entonces, es uno igual con Dios, y a su vez es uno en quien no hay pecado. De esto da testimonio la Biblia y no da lugar a que se piense lo contrario. “…pues el fue tentado en todo igual que nosotros, pero sin pecado” (He. 4:15b) Es más, por declarar esto, fue llevado a la cruz. Jesucristo no tiene nada que ver con la naturaleza pecaminosa. Aunque fue encarnado, su naturaleza divina no le permitió participar del pecado; de allí que él sea el único que puede perdonarlos, borrarlos y limpiarlos.
2. Jesucristo tiene el poder para condonar el pecado. Aquella mujer, a quien nadie podía cambiar, le dio la orden para sentirse libre de su culpa y condenación a la que estaba sometida por sus pecados. El poder de Jesús es tan igual para levantar a un paralítico, echar fuera demonios, levantar a los muertos, reprender a los vientos o perdonar todos los pecados. Al comenzar su ministerio refirió la profecía concerniente a ese poder, cuando dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Luc. 4:18,19). Jesucristo tiene el poder para perdonar todos nuestros pecados. No importa sin son “500″ o si son “50″, él puede perdonarlos porque esa deuda es imposible que sea pagada con nuestras propias obras. Martín Lutero decía que las obras que pretenden alcanzar la salvación desconociendo lo que ya Dios hizo a través de Jesucristo, son como sacrificios de abominación que él rechaza airadamente.
3. Jesucristo entregó su vida para condonar los pecados. Decimos que le pertenecemos a Dios por el derecho de creación y de sustentación; por lo menos hasta allí muchos reconocen que Dios es su “acreedor” eterno. Pero Dios fue más allá de la creación y la provisión; él pagó con su Hijo lo que nos correspondía pagar a nosotros con nuestras propias vidas. Bien podíamos decir que la única deuda que tenía que ser cancelada por nosotros, Dios la canceló sacrificando a su Hijo en una tosca y vulgar cruz. Así dice la Biblia: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3) Nos parece tan extraño que Dios pudiera haber estado involucrado en la muerte de su Hijo con fines redentores. Si me permiten la expresión, -y espero con ello no irreverenciar su nombre- Dios fue el “autor intelectual” de la muerte de su Hijo. Por supuesto eso es algo que no puede conciliarse. Pero esto es lo que la Biblia dice: “Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta sus pecados” (2 Co. 5:18, 19) Y Pedro, en su célebre sermón del Pentecostés, dijo que Cristo “fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch. 2:23). De esta manera tenemos que solamente Jesucristo, a través de su muerte expiatoria, puede condonarle a los hombres la gran deuda de sus pecados.
CONCLUSIÓN: A un judío -y especialmente si era un rabino- le estaba prohibido tocar cosas inmundas, tales como: un leproso, un cadáver, etc. El ser tocado por una mujer, y sabiendo que era pecadora, era romper con todo lo establecido y someterse al juicio público. Jesucristo tocó a los leprosos y a los cadáveres, pero también se dejó tocar por una mujer pecadora. Eso formó parte de su descenso y amor por la humanidad. Con su actitud él hizo posible la solvencia de los insolventes. Así tenemos que el Acreedor Divino es movido en todo por su propio amor. La deuda es cancelada mediante la muerte de Cristo en la cruz 1.P.1:18-20, y nunca más será demandada. ¿Cuál será la respuesta a tan grande gesto de amor y misericordia? ¿Lo será como el de esta mujer hasta caer a los pies de Jesús en postración y adoración, o lo será como la del fariseo Simón, de orgullo y de rechazo?

Publicado El: Mie, sep 8th, 2004

UNA DEUDA CONDONADA

(Luc. 7:36-50)
INTRODUCCIÓN: ¡Qué alivio trae una deuda cancelada! Sostenemos luchas diarias por mantenernos solventes en todo. Los compromisos no pagados se constituyen en una amenaza para nuestra paz y un caldo de cultivo para el stress y la ansiedad. No ha sido el primero que ha tenido la fatídica opción de quitarse la vida frente a la imposibilidad de no cancelar sus deudas. Y la verdad es que hay deudas que sencillamente no se pueden pagar. Las deudas externas de tantos países pobres son un ejemplo de ello.

Solemos oír de la renovación de la deuda, o de un nuevo tratamiento para pagarla. Pero muchos países apenas pueden cancelar los intereses de las mismas; de allí que los expertos en economía reconocen la necesidad de condonar las deudas, especialmente a los países más pobres. Ahora bien, si estas deudas son impagables, ¿qué decir de nuestros pecados? ¿Cómo se podrá pagar la gran deuda de nuestras faltas? Es de notar que una de las grandes peticiones de la oración del Padre nuestro tiene que ver con esto. Así leemos: “Perdona nuestras deudas..”. Al final de la vida, cuando nosotros tengamos que dar cuenta al Señor por todas nuestras acciones, se descubrirá que tenemos una gran insolvencia delante de Él. El pasaje para hoy nos habla de deudas, perdón, misericordia y mucho amor. Aquí tenemos el encuentro entre la miseria y la misericordia, entre el orgullo y la justicia, y entre los críticos y el perdón. Hay tres personajes centrales: la mujer, a quien se describe como “pecadora”. De ella no se conoce ni es importante su identidad. (La tradición de que ella era María Magdalena data desde la época del papa Gregorio el Grande, pero no tiene apoyo en el relato). Está el fariseo llamado Simón, quien manifiesta un gran orgullo y desprecio; y está Jesús, el hombre que hará la diferencia entre estas dos personas. Acerquémonos, pues, a este texto considerando las actitudes de estos dos personajes, y reconociendo la gran deuda de la que todos somos deudores: aquella que tiene que ver con nuestros pecados. Saquemos las lecciones que emergen de este extraordinario pasaje. Aprendamos de esta mujer la grandeza del amor por Jesucristo.

ORACIÓN DE TRANSICIÓN: Tracemos tres ideas directrices sobre esta clase de deuda

I. LA NATURALEZA DE LA DEUDA
1. Las deudas para con Dios son impagables.. Los dos deudores representan a la humanidad en sus diferentes condiciones. Bien pudiera uno pensar que el que debía menos se le hacía más fácil para pagar. Pero a la hora de solventar las cuentas, ninguno de los dos pudo cancelarla. Por lo que sabemos de la enseñanza de Jesús, el ejemplo de los dos deudores es una clara referencia al fariseo y a la mujer pecadora. La gran suma de 500 denarios que representa mayores pecados, es aplicable a la mujer; mientras que la suma de los 50 se atribuye al fariseo, quien seguramente se jactaba de tener menos pecados por la actitud que asume de enjuiciar a la mujer en sus pensamientos. Pero a la hora de rendir cuentas, nadie es tan bueno delante de Dios que tenga suficientes méritos para pagar su deuda. Sencillamente la deuda no puede pagarse.

2. Las deudas para con Dios tienen que ver con nuestras faltas. La vida disoluta en la que seguramente se movía aquella mujer, la había hecho un ser con un gran vacío cuyos resultados podrían ser: una mala reputación, una gran pena en su alma, una perturbación en su conciencia, y a lo mejor una sensación de sentir dedos señaladores sobre sus pesados hombros. El calificativo de “pecadora” le hacía vivir bajo una carga que ya no pudo soportar más. Ella sabía que su mayor deuda para con Dios tenía que ver con sus pecados. Pero la deuda del fariseo, aunque pudiera considerarse en menor cuantía, tenía proporciones que no disminuía en nada con los de esta mujer. Reveló el gran pecado del orgullo al notar la proximidad de esta mujer a la persona de Jesús. Reveló el pecado del menosprecio al calificarla sin tener misericordia. Pero a su vez reveló el pecado de la descortesía hacia al Señor quien siempre es digno de lo mejor de nuestra consideración. Por lo tanto, ambos casos, indican que todo hombre es pecador delante de Dios. (Rom. 3:9, 22b,23), y que están separado de él por su pecado (Is.53:4). Tal condición le hace estar bajo juicio eterno, a menos que reconozcan que “no pueden pagar la deuda” y se la confiese a su “acreedor” divino.

II. LAS ACTITUDES FRENTE A LA DEUDA
1. La actitud del Fariseo. Hemos dicho que el fariseo era un hombre orgulloso. Su actitud quedó reflejada cuando condenó en su mente a Jesús porque este se dejó tocar de una mujer pecadora v.39. No pudo reconocer a Cristo ni siquiera como profeta, a quien por seguro ya había visto con sus señales y prodigios v. 39. Fue todo un descortés al no *****plir con él las más elementales normas sociales que se tenían para los invitados v. 44-46. No tuvo agua para los pies. Para el tiempo de Jesús, los caminos eran solo huellas de tierra y el sistema de calzado consistía mayormente en suelas con tiras que se sujetaban a la parte de arriba del pie. El agua fresca para aliviar esos cansados y heridos pies era una buena señal de hospitalidad. Además, cuando el visitante llegaba se le ponía la mano sobre el hombro y se le daba el beso de la paz, pero él no lo hizo. También había la costumbre de poner una pizca de incienso o en su defecto se echaba una gota de agua de rosas sobre la cabeza del visitante, pero esto tampoco hizo Simón con su invitado de honor. Este hombre con esa actitud sencillamente dijo que no le importaba Jesús. Estaba consciente que no necesitaba nada y por lo tanto no sentía amor. Él invitó a la mesa al joven Maestro de Galilea pero no lo invitó a su corazón. Tuvo a Jesús de huésped en su casa pero no le dio la bienvenida a su corazón. Las actitudes de muchos hombres, tan parecidas al fariseo, revelan que no tienen deudas pendientes con Dios; de allí su indiferencia y autosuficiencia.
2. La actitud de la mujer. En cuanto a la mujer, se nos dice que era una pecadora. Se trata de una mujer con muy mala reputación en el pueblo. No se menciona que era una prostituta, pero sus pecados eran notorios en la ciudad. Seguramente era una mujer arrepentida, pues todos sus gestos que presentó hacia Cristo, revelan un gran sentido de gratitud. No había sido invitada a la cena, pero ella supo que allí estaba Jesús. A lo mejor esa sería la única vez que ella podría demostrar su amor y reverencia hacia el único que le podía perdonar sus pecados. De esta manera se nos presenta una historia que solo un narrador de la estatura de Lucas pudo hacerla. Es una mujer humillada y arrepentida v. 38. Se colocó detrás de Jesús a sus pies. Se dio cuenta que no era digna de derramar el perfume sobre su cabeza. Estuvo allí postrada llorando copiosamente sin levantar su rostro. A lo mejor consideraba que sus pecados eran como una separación entre aquel ser tan santo y su condición pecaminosa. Utilizó como toalla lo más importante que una mujer tenía, su propio cabello. Esa mujer en todo momento reconoció su pecado. Esta es la condición más importante delante de Dios para obtener la cancelación de esta deuda. El mayor problema con el que se enfrenta la gracia, es encontrarse con corazones que no reconocen que son pecadores y por lo tanto no necesitan de la salvación gratuitamente ofrecida. Esta mujer hizo las tres cosas que no hizo el fariseo hacia Jesús. Primero, lo amó mucho v.42, 41.Besó sus pies como una demostración de profunda gratitud v. 38; pero a su vez derramó en ellos un perfume de alto precio v.38. Y es que la entrega a Jesús debe venir acompañada no solo de un corazón arrepentido sino con un corazón agradecido, expresado a través de nuestras mejores ofrendas. Hay gente que dice amar a Jesús pero nunca le da un “regalito”. Toda adoración a él va acompañada de una ofrenda de amor.

III. EL ACREEDOR DE LA DEUDA
El acreedor representa al Señor. Él es “el Padre nuestro” de quien son y por quien proceden todas las cosas. El triple derecho de pertenencia que Él ejerce sobre nosotros le da la potestad de constituirse como único dueño, señor y soberano de nuestras vidas. Ningún comité especial le pidió a Dios que nos creara, ni ningún ser más cercano a Él le solicitó que nos sustentara o algún rey poderoso le diseñó un plan para que nos salvara. Su creación, sustentación y redención fueron actos exclusivos de su purísima voluntad e incomparable amor para nuestras vidas. En esta historia el “acreedor” es Jesucristo. Tanto el fariseo como la mujer, y los demás presentes, no tenían méritos para cancelar la deuda por sus pecados. Era necesario una condonación para ellos. La palabra más grande en cualquier lenguaje se llama “perdón”. Y el único que puede perdonar y olvidar se llama el Señor. El perdón humano siempre será limitado.
1. Jesucristo tiene la solvencia para condonar el pecado. Cuando Jesucristo dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados” v. 48, hubo una reacción que seguramente se oyó en toda la casa: “¿Quién es éste, que también perdona pecados?” v. 49b. Los judíos sabían que el único ser que podía perdonar pecado se llama Dios; pero Jesucristo lo dijo aquí y lo había dicho en otras ocasiones; él también podía perdonar los pecados. Si él tiene la solvencia para perdonar pecados, entonces, es uno igual con Dios, y a su vez es uno en quien no hay pecado. De esto da testimonio la Biblia y no da lugar a que se piense lo contrario. “…pues el fue tentado en todo igual que nosotros, pero sin pecado” (He. 4:15b) Es más, por declarar esto, fue llevado a la cruz. Jesucristo no tiene nada que ver con la naturaleza pecaminosa. Aunque fue encarnado, su naturaleza divina no le permitió participar del pecado; de allí que él sea el único que puede perdonarlos, borrarlos y limpiarlos.
2. Jesucristo tiene el poder para condonar el pecado. Aquella mujer, a quien nadie podía cambiar, le dio la orden para sentirse libre de su culpa y condenación a la que estaba sometida por sus pecados. El poder de Jesús es tan igual para levantar a un paralítico, echar fuera demonios, levantar a los muertos, reprender a los vientos o perdonar todos los pecados. Al comenzar su ministerio refirió la profecía concerniente a ese poder, cuando dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Luc. 4:18,19). Jesucristo tiene el poder para perdonar todos nuestros pecados. No importa sin son “500″ o si son “50″, él puede perdonarlos porque esa deuda es imposible que sea pagada con nuestras propias obras. Martín Lutero decía que las obras que pretenden alcanzar la salvación desconociendo lo que ya Dios hizo a través de Jesucristo, son como sacrificios de abominación que él rechaza airadamente.
3. Jesucristo entregó su vida para condonar los pecados. Decimos que le pertenecemos a Dios por el derecho de creación y de sustentación; por lo menos hasta allí muchos reconocen que Dios es su “acreedor” eterno. Pero Dios fue más allá de la creación y la provisión; él pagó con su Hijo lo que nos correspondía pagar a nosotros con nuestras propias vidas. Bien podíamos decir que la única deuda que tenía que ser cancelada por nosotros, Dios la canceló sacrificando a su Hijo en una tosca y vulgar cruz. Así dice la Biblia: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3) Nos parece tan extraño que Dios pudiera haber estado involucrado en la muerte de su Hijo con fines redentores. Si me permiten la expresión, -y espero con ello no irreverenciar su nombre- Dios fue el “autor intelectual” de la muerte de su Hijo. Por supuesto eso es algo que no puede conciliarse. Pero esto es lo que la Biblia dice: “Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta sus pecados” (2 Co. 5:18, 19) Y Pedro, en su célebre sermón del Pentecostés, dijo que Cristo “fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch. 2:23). De esta manera tenemos que solamente Jesucristo, a través de su muerte expiatoria, puede condonarle a los hombres la gran deuda de sus pecados.
CONCLUSIÓN: A un judío -y especialmente si era un rabino- le estaba prohibido tocar cosas inmundas, tales como: un leproso, un cadáver, etc. El ser tocado por una mujer, y sabiendo que era pecadora, era romper con todo lo establecido y someterse al juicio público. Jesucristo tocó a los leprosos y a los cadáveres, pero también se dejó tocar por una mujer pecadora. Eso formó parte de su descenso y amor por la humanidad. Con su actitud él hizo posible la solvencia de los insolventes. Así tenemos que el Acreedor Divino es movido en todo por su propio amor. La deuda es cancelada mediante la muerte de Cristo en la cruz 1.P.1:18-20, y nunca más será demandada. ¿Cuál será la respuesta a tan grande gesto de amor y misericordia? ¿Lo será como el de esta mujer hasta caer a los pies de Jesús en postración y adoración, o lo será como la del fariseo Simón, de orgullo y de rechazo?

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