DEL ESTERCOLERO AL TRONO

Por Charles Spurgeon
“Y levanta del polvo al pobre. Y al menesteroso alza del estiércol, para hacerles sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo.” (Salmo 113:7, 8)
Este texto trata especialmente de la obra de la gracia de Dios. En este caso vemos mejor que en otro alguno la condescendencia infinita de Dios en su trato con el hombre se vale de lo que es vil para el mundo y de lo de ningún valor para reducir a nada lo que se jacta de algo. Elige para sí mismo lo que con desprecio desecha el mundo.


Cubre el tabernáculo del testimonio con piel de foca, elige piedra tosca, sin labrar como material para construir el ara, una zarza cual candelabro para su manifestación ardiente y un pobre pastorcillo de ovejas para ser el «hombre según su corazón». Las personas y cosas que desprecian los hombres son a menudo de gran estima a la vista de Dios. Halla decenas de millares que por su estado y dignidad merecen un estercolero y les eleva llevándolos en sus potentes brazos de misericordia, hasta sentarlos entre los príncipes de su pueblo.

Con motivo del texto fijémonos, pues, en dónde halla sus escogidos, cómo les eleva y dónde les coloca.



I. Dónde los halla

La expresión del texto implica que se hallan en la categoría social más baja. Muchos de los elegidos del Señor no sólo se hallan entre los obreros, sino en las filas de los más pobres hijos del trabajo. Hay personas cuya penosa ocupación apenas produce lo bastante para proporcionarles el alimento suficiente para mantener el alma unida al cuerpo y, no obstante, llegan a poseer pan espiritual en abundancia. Muchos visten miserablemente, llevando remiendo sobre remiendo, mas a pesar de ello, ante Dios, ni Salomón en el apogeo de su gloria, estaba vestido como uno de ellos. Algunas de las biografías más hermosas contienen la vida y hechos de cristianos elevados de la mayor miseria. Y ¿quién no ha contemplado con el mayor placer a esas personas afligidas de diversas calamidades, que han tenido que ir a parar en algún asilo, a esos creyentes en Dios que comen de gracia el pan cotidiano por carecer de fuerzas y de ocasión para ganárselo con sus propias manos? Pobre oyente que me escuchas esta mañana v te sientes casi indigno de sentarte en uno de estos asientos del lugar del culto, te suplico no te imagines que la pobreza sea un impedimento de elevación a la categoría de príncipe para con Dios. Todo lo contrario. La gloria del Evangelio es que ha de ser predicado a los pobres.

Pero, evidentemente, el texto tiene un sentido más espiritual. El estercolero es un lugar donde se echan las cosas inútiles; las cosas gastadas, ya inservibles para todo uso, se echan a la basura. Acaso desde su primitivo y apropiado uso, se les ha dado ya dos o tres anos, más o menos adecuados, pero ahora sólo sirven de estorbo, y de consiguiente se echan a la basura para que se lleve lejos. ¡Cuántas veces los elegidos del Señor se han sentido semejantes a tal desecho, inútiles para todo uso, dignos solamente de ser tirados a la basura! Tú, querido amigo, tal vez en este momento te reconoces tal nulidad. Esta apreciación te causa tristeza, pero es, sin embargo, señal de salud. Cuando nosotros nos tenemos en poco Dios nos tiene en gran estima. Dios resiste al soberbio, pero da gracia al humilde. «El no quebrará la caña cascada; ni apagará la mecha que humea.» Aunque seas digno tan sólo de ser echado a la basura, su misericordia tierna te tendrá en cuenta y te elevará entre los príncipes de su pueblo.

Quizás ofrezca más consuelo tener presente que el estercolero es el lugar de destino para las cosas inmundas y repugnantes. De tales cosas acostumbramos a decir: «¡Fuera esa peste!» Cuando una cosa entra en descomposición, procuramos librarnos de ella en seguida. ¡Qué triste! Triste es que tengamos que aplicar esto a alguno de nuestros semejantes, pero es preciso hacerlo. ¡Oh amigo!, si el pecado te hace sentir enfermo, la cabeza enferma, el corazón fatigado, y si desde la cabeza hasta los pies te parece podrida llaga y corrupción, todavía el amor del Señor de gloria bajará hasta ti. Aun cuando al robo hayas añadido el homicidio y al homicidio iniquidad, la misericordia divina te busca y la sangre de Cristo aún es capaz de limpiarte de toda vileza. Todo aquel que se arrepiente y cree en El, queda justificado de todo aquello de que la ley de Moisés no le podría justificar.

El pecado es un mal horroroso, un veneno fatal; sin embargo, y aun cuando hubiere penetrado en tu alma y en tu cuerpo hasta hacerte repugnante, moral y físicamente, la gracia infinita de Dios, manifestada en Cristo Jesús, es capaz de levantarte de tanto embrutecimiento y degradación v constituirte en glorioso trofeo de su gracia.



II. Cómo el Señor lo efectúa

Cuando el culpable, inútil y desgraciado pecador oye que Cristo Jesús vino al mundo a buscar y salvar lo perdido esa pobre alma dirige la vista hacia El, como diciendo: «Señor, tú eres mi último recurso. Si tú no me salvas, estoy perdido para siempre; de ti depende en absoluto mi salvación, porque yo no puedo ayudarme; no puedo añadir ni siquiera un hilo a la tela del vestido de tu justicia. Si tú no has completado la obra de salvación, no tengo nada para agregar a ella. Si tú no has pagado del todo el precio del rescate, no tengo ni un céntimo para completarlo. Señor, estoy ahogándome, me hundo, a ti me acojo; sálvame por tu amor y misericordia.»

Toda mi esperanza

en ti descansa.

Llegando el alma a este punto, ya está fuera del estercolero. Desde el momento en que el pecador se abandona así a la misericordia divina, cesa de ser pecador perdido. Dios borra de una plumada, como si dijéramos, sus culpas. Ya no se halla culpable en su presencia, sino justificado por la sangre de Cristo. Es salvado por gracia, mediante la fe, no por obras: es don de Dios. Ya puede levantarse de su arrepentimiento en saco y ceniza, cantando un nuevo cántico en honor del Cordero inmolado que le redimió, no con oro y plata, sino con su preciosa sangre. Así por el don de su Hijo unigénito aceptado por el perdido, Dios eleva a sus elegidos de su estado de perdición y ruina, haciéndoles ver y sentir que están sobre el estercolero y que no pueden librarse de la miseria ellos mismos.

Todo cristiano presente en esta congregación, cualquiera que haya sido su vida anterior, se halla perfecto a la vista de Dios, mediante la obra de Jesús. La justicia inmaculada de Dios le es atribuida mediante la fe, de suerte que se halla «acepto en el Amado». Los hijos de Dios salvados del estercolero disfrutan de la seguridad completa de la salvación. Están seguros de que están a salvo, pudiendo decir con Job: «Sé que mi Redentor vive.» No dudan de si son hijos de Dios o no, porque el Espíritu rinde testimonio a su espíritu que son hijos de Dios, nacidos de arriba. Cristo es su hermano mayor. Dios es su Padre y les rige el espíritu filial, mediante el cual dicen: «Abba Padre.» Están convencidos de que «ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura podrá apartarles del amor de Dios que es en Cristo Jesús, su Señor». Pregunto a cada uno de vosotros, de corazón entendido, si esto no es estar entre los príncipes de su pueblo.

Los hijos de Dios, favorecidos por la gracia divina, tienen el privilegio de tener comunión con Cristo Jesús. Como Enoc, andamos con Dios. Como una criatura anda con su padre llevada de su mano, mirándole el rostro, así los elegidos de Dios andan con su Padre celestial, del modo más íntimo, familiar y confiado, hablándole, explicándole sus tristeza, escuchando de su boca de gracia los secretos de su amor. La comunión con Jesús es cosa de más precio que el diamante más precioso de cualquier diadema imperial, de más precio que la corona más hermosa que vista el primer rey de la tierra.

Pero no es esto todo. Los creyentes son favorecidos con la gracia santificadora del Espíritu Santo. Dios, el Espíritu, mora en el cristiano verdadero por humilde que sea entre los hombres: es un templo ambulante en el que reside la divinidad. El Espíritu de Dios mora en nosotros y nosotros en él. Y este Espíritu santifica diariamente la vida y obra del cristiano, de manera que todo lo hace como para Dios; si vive, vive para Dios; si muere, le es ganancia. Queridos, en verdad es estar sentado entre príncipes el experimentar la influencia santificadora del Espíritu del Señor.

Además, muchos santos reciben, por añadidura, la bendición de ser útiles y hacemos hincapié en esto especialmente porque de linaje real es todo hombre positivamente útil a sus semejantes. No creáis que exagero; hablo la pura verdad: es príncipe verdadero quien hace bien a sus semejantes. Ser capaz de sembrar perlas sacándolas de la boca puede constituir a uno príncipe de cuento de hadas; pero si los labios son bendición para las almas de los hombres llevándoles al Salvador, esto es ser príncipe de verdad. Alimentar al hambriento, vestir al desnudo, levantar al caído, enseñar al ignorante, animar a los tristes, fortalecer a los vacilantes y conducir a los creyentes al trono de Dios, esto, hermanos, es andar revestido de un brillo que cordones y estrellas, órdenes y condecoraciones, jamás pueden conferir al hombre.

Aún más; el mundo tiene la idea de que somos gente sin dicha. Los escritores nos pintan a los caballeros andantes cual personas animosas, valientes y llenas de gozo y entusiasmo, mientras que los pobres puritanos eran gente desdichada, detestando los días festivos, aborreciendo los juegos y entretenimientos lícitos, caritristes y miserables, siendo una lástima que bajaran al infierno porque ya lo tenían en esta vida. Esto es falso; absolutamente falso, o por lo menos caricatura grosera. El regocijo de los caballeros no era más que chisporroteo de espinas bajo la olla; pero en los pechos de los puritanos moraba un gozo profundo e inagotable.

Pero sea como fuese, lo positivo es que nosotros que confiamos en Jesús somos la gente más bienaventurada y feliz del mundo; y esto no naturalmente, porque algunos de nosotros somos melancólicos por naturaleza; no siempre circunstancialmente, porque algunos de nosotros somos extremadamente pobres; pero en nuestro interior somos verdadera y positivamente felices, y podéis creerlo, el gozo de nuestro corazón no puede ser aventajado por ningún otro. Ni por el doble del oro que hay en todas las Indias mentiría en este caso: si hubiera de morir como un perro mañana, no cambiaría mi lugar con hombre alguno debajo del cielo en lo que toca a gozo y paz del alma, porque el ser cristiano y saberlo, disfrutar de este hecho, conocer la elección y comprender el glorioso llamamiento de Dios, esto proporciona más bienaventuranza, paz y gozo, en diez mi-nutos, que el que se halla cien años en las moradas del pecado.

Así que, leyendo en el texto que «nos hace sentar con los príncipes», no pienso tanto en la figura retórica que, como todas, cojea; porque Dios nos coloca muy por encima de todos los príncipes terrestres, y si no fuera por lo que sigue, sería mejor prescindir de la figura; pero esto lo explica: «príncipes de su pueblo»> es decir, príncipes de otra sangre; grandes de otro reino. Entre los tales hace Dios morar a los suyos.



III. Dónde los hace sentar

«Entre los príncipes.» Ya hemos indicado la idea, pero vamos a fijarnos en otro aspecto del caso. «Entre príncipes» es el lugar de sociedad escogida. No se admite a cualquier en tal círculo distinguido. Entre tales aristócratas no debe meterse el plebeyo. Sangre azul circula por sus finas venas y no se puede esperar que el carmesí común se permita avivar la corriente lánguida. Pero ¿el verdadero cristiano? Pues éste también vive en sociedad muy distinguida. Oigamos: «Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (Juan 1:3). ¡Hablar de sociedad selecta! Ninguna hay más distinguida que ésta. Somos «linaje escogido, real sacerdocio, gente santa.» No nos liemos llegado al monte de Sinaí, sino al monte de Sión v a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celeste, y a la compañía de muchos millares de ángeles, y a la congregación de los primogénitos que están alistados en los cielos (Hebreos 12:18-24). Esta es la sociedad escogida.

Por otra parte, aunque los soberanos tengan sus días y sus horas de audiencia, el príncipe será recibido mientras el pueblo ha de mantenerse a distancia. Así también en lo espiritual, el hijo de Dios tiene acceso libre al trono del cielo a toda hora. Nuestros privilegios son de la mayor importancia. «Porque por él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo espíritu al Padre.» «Lleguémonos, pues, confiadamente, al trono de la gracia -dice el apóstol- para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16). Tal es nuestra sociedad elegida, tal nuestro privilegio de palacio y de trono.

Se supone que entre los príncipes hay riqueza abundante. Pero, ¿qué y cuál es la riqueza de los príncipes de la tierra comparada con la de los creyentes? Pues, «todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios». El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no os dará también con Él todas las cosas?

Los príncipes tienen también poder especial. El príncipe ejerce influencia; maneja el cetro en sus dominios. Y así, nosotros, somos hechos «reyes y sacerdotes para Dios y reinaremos para siempre jamás». No somos reyes de tal o cual dominio de triple corona, y no obstante tenemos triple dominio: reinamos sobre el espíritu, alma y cuerpo. Reinamos sobre el reino unido del tiempo y de la eternidad: reinaremos en el venidero, para siempre jamás.

Los príncipes disfrutan de honor especial. Las masas desean ver al príncipe y se deleitarían en servirle. Se le concede el primer puesto en el reino: es de sangre real y es preciso que se le estime y respete. Queridos, oigamos la Palabra: «Y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús», de modo que como participamos de su cruz participaremos de sus honores.

Pablo fue arrebatado del estercolero de la persecución y no obstante no es inferior a nadie en la gloria; y tú aun cuando fueras el primero de los pecadores, no tendrás más mala suerte cuando venga el Señor en su gloria. Pero como te redimió con su sangre y te honró en la tierra, así te honrará en el estado futuro, haciéndote sentar consigo y reinar entre los príncipes de su pueblo para siempre jamás. ¡Bendiga Dios estas palabras por amor de Jesús! Amén.

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