PROFECIA

EL GRAN AVANCE

Por Ray C. Stedman.
En el capítulo 4 de Apocalipsis el apóstol Juan se ve trasladado a la presencia de Dios en el cielo, donde vio el trono de Dios y la corte celestial. Aunque la escena del capítulo 5 sigue estando en los cielos, el tema cambia de la alabanza al Creador a la alabanza al Redentor.
Ambos temas se reflejan con frecuencia en los himnos cristianos. Una de mis alabanzas favoritas alaba a Dios por su sabiduría creadora y dice:



Canto al maravilloso poder creador de Dios, Que hizo que surgiesen las montañas, que extendió por doquier los mares, y creó las grandes extensiones del cielo. Canto a la sabiduría que ordenó, que el cielo hoy gobernase. La luna brilla llena porque él lo mandó y las estrellas le obedecen.

Es al mismo tiempo nuestra obligación y nuestro privilegio alabar al Creador por todo cuanto tenemos, la vida, nuestros talentos y habilidades, todo ello procede de su poder creativo.

Pero el tema más importante en las Escrituras es el amor redentor y esto es algo que debiéramos de reflejar también con frecuencia:

Me glorío en la cruz de Cristo, que se yergue sobre la ruina del tiempo. Toda la luz de la sagrada historia, gira sublime alrededor de su cabeza.

En el capítulo 5 la mirada de Juan se posa nuevamente sobre el trono de Dios y contempla una extraña visión que describe en estos primeros versículos:

“Vi en la mano derecha del que estaba sentado sobre el trono, un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. También vi a un ángel poderoso que proclamaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y de desatar sus sellos?, Pero ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro; ni siquiera mirarlo. Y yo lloraba mucho, porque ninguno fue hallado digno de abrir el libro, ni siquiera de mirarlo.”

Lógicamente al leer este pasaje se suscitan interrogantes como las siguientes: ¿Qué representa el libro? ¿Por qué está sellado? ¿Qué se necesita para poder abrir el libro? En realidad no es un libro, sino un pergamino, un rollo de papel o de pergamino con siete sellos al final, de modo que al romperse los sellos se desenrolla el pergamino y se puede leer la escritura sobre él. Cuando lleguemos la semana que viene al capítulo 6, el abrir estos sellos y desenrollar el pergamino revelará ciertos acontecimientos de gran importancia, que habrán de suceder en la tierra. Entonces sabremos exactamente lo que significa el pergamino. Al ir desenrrollandose vamos del capítulo 6 hasta el 9 y no es hasta el capítulo 10 donde encontramos el pergamino completamente desenrrollado y termina con el sonido de las siete trompetas, que se revelan al romperse el séptimo sello.

En el capítulo 10, versículo 7, se nos da una clave en cuanto al significado del pergamino. En él se le dice a Juan:

“Sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él esté por tocar la trompeta, también será consumado el misterio de Dios, como él lo anuncia a sus siervos los profetas.”

De modo que este pergamino es un libro de “misterio, el Misterio de Dios, que responde a las preguntas que se han estado haciendo los hombres durante generaciones enteras y que nadie ha podido contestar. ¿Por qué no podemos resolver los grandes interrogantes de la humanidad? En la actualidad oímos hablar mucho acerca de los progresos conseguidos por la humanidad, los tremendos avances tecnológicos, las maravillas que ha producido la ciencia y nos golpeamos en la espalda y nos decimos: “estamos a punto de alcanzar la perfección. Pero si echamos un vistazo atrás a la historia nos encontramos con que los problemas realmente importantes, aquellos con los que nos debatimos todos los días, siguen siendo los mismos con los que se han venido encontrando hombres y mujeres desde el amanecer de los tiempos: el problema de la guerra, de los conflictos entre los seres humanos, los problemas del crimen, del mal, de los prejuicios. Todos estos problemas nos han venido acompañando. Por muy atrás que volvamos en la historia nadie ha sido capaz de avanzar en su resolución y los seguimos teniendo, tal y como sucedía en el principio. ¿Por qué no podemos por lo menos resolver estas cosas? ¿Por qué no somos capaces de hallar soluciones a estos problemas? El pergamino nos ofrece la respuesta a esta pregunta.

Annie Dillard, una de las escritoras de nuestros días, y hace lo que considera “la principal pregunta teológica de todos los tiempos: “¿qué demonios está pasando, que me lo expliquen? ¿Se siente usted alguna vez así? Hay cosas que suceden en su vida y usted no las comprende y parece que no tienen ni significado ni razón de ser. Usted se dice a sí mismo disgustado: “¿Qué es lo que está pasando aquí? Esa es la pregunta a la que contesta el pergamino. ¿Cómo se las arreglará Dios para enderezar todos estos líos y *****plir la promesa de una edad dorada, para que los hombres puedan vivir en un mundo sin guerras, sin derramamiento de sangre, sin odio, sin prejuicios, cuando desaparecerán el dolor, la muerte y las lágrimas? ¿De qué modo se conseguirá esto? Los hombres han estado soñando con un mundo en paz, una utopía en la tierra, durante siglos, pero nadie ha encontrado la respuesta.

La semana pasada mi esposa se encontró en una revista contemporánea la descripción de lo que un escritor considera el mundo perfecto. He aquí lo que dice:

Un mundo sin tareas en el hogar. Donde no exista el abuso de las drogas. Sin prejuicios. Una relación que funcione. Más tiempo con nuestra familia. Una educación decente para todos. Aire y agua limpia. La píldora para el control de la natalidad para hombres. Un coche realmente fabricado para familias. Salud (sin que exista el SIDA). La felicidad (sin que exista la guerra). Un lugar de trabajo de cara a la familia y la amistad. ¡Ese sería un mundo perfecto!

Evidentemente esta persona no espera que Dios tenga mucho que hacer a la hora de conseguir que esto suceda, pero eso es lo que han estado esperando los hombres. Es el propósito de este pergamino desvelar la manera en que Dios va a hacer realidad estas cosas y de eso se trata el libro de Apocalipsis.

Juan dice que este pergamino, estaba escrito tanto por dentro como por fuera. Los antiguos rara vez escribía en ambos lados de un pergamino porque normalmente uno de los lados era duro y desigual y generalmente se suavizaba uno de los lados para poder escribir sobre él. Cuando ambos lados de un pergamino estaban escritos era indicación de un mensaje completo e importante y es lo que parece indicarnos aquí, que lo que se dispone a revelar, según iremos viendo, es un relato complejo y complicado y, como veremos, eso es cierto. Se escribió a fin de indicar que no había manera alguna de cambiarlo. Dios lo había escrito y no había posibilidad de que nadie lo cambiase. Hay una famosa línea del Rubaiyat de Omar Khayyam que dice:

El dedo que se mueve ha escrito y habiéndolo hecho Sigue adelante; ni toda la piedad ni la inteligencia Podrán eliminar ni media línea escrita, Ni podrán todas tus lágrimas borrar una palabra de ella.

Como dijo Pilato acerca de lo que había escrito en la cruz: “lo que he escrito, escrito está y nada puede cambiarlo.

Ahora Juan oye la invitación hecha a todo el universo, proclamada por un poderoso ángel, diciendo que si alguien puede abrir el libro que de un paso al frente. “¿Quién es digno de abrir el libro? Es la pregunta la que forma la base de toda la política. En cada uno de los años electorales es eso, precisamente, lo que preguntamos ¿no es cierto? “¿Quién es digno? ¿Quién de entre nosotros es capaz de guiarnos a fin de encontrar soluciones a los problemas que hace siglos que tenemos? ¿Quién es suficientemente listo? ¿Quién es lo bastante moral? ¿Quién es digno? A lo largo de los siglos hemos contado con muchos voluntarios. Nabucodonosor, en el Antiguo Testamento, afirmó ser capaz de conseguirlo, presumiendo de la manera tan inteligente como había construido la gran ciudad de Babilonia, pero no tardó su imperio en venirse abajo. Alejandro el Grande creía haberlo logrado y a la edad de 32 años lloró porque no le quedaban más mundos por conquistar, pero unos pocos meses después se envenenó con una bebida y también desapareció su imperio. Julio César condujo a las legiones de Roma por toda la faz de Europa, intentando establecer un mundo en el cual prevaleciese la paz romana. Pero a la postre también cayó bajo el asalto de los bárbaros del norte. Carlomagno en Francia intentó hacer lo mismo y también Napoleón. Hitler, en sus días, pensó que estaba estableciendo un Reich de mil años de duración que gobernaría el mundo, pero todo fracasó y fracasó de modo espantoso.

Ni siquiera los mejores hombres entre nosotros podría conseguirlo. Reverenciamos el nombre de George Washington y la sabiduría de nuestro primer Presidente, pero no fue capaz de conseguir un mundo en paz. Ni siquiera Abraham Lincoln, con su gran corazón, lleno de compasión tanto por el norte como por el sur, pudo resolver los problemas básicos de la humanidad. ¿A quién deberíamos añadir a la lista? He leído hace poco que hay un movimiento por ahí, cuyo propósito es añadir a Ronald Reagan al Monte Rushmore. No creo que lo consiga, pero ni siquiera los cuatro rostros que allí se encuentran pudieron resolver los problemas de la historia.

¡No es de sorprender que Juan llorase! Lloró de manera inconsolable, nos dice, porque nadie podía quitar los sellos del libro para ver lo que había en su interior y nadie sabía cómo hacerlo. Ninguno de los dirigentes de la tierra tiene ni la menor idea de cómo resolver los temas que dividen al hombre y que impiden que nos amemos los unos a los otros.

Pero Juan se entera de que el problema ya está resuelto. Los 24 ángeles, el consejo celestial alrededor del trono de Dios, conoce la respuesta. Uno de ellos le dijo:

“Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha venido para abrir el libro y sus siete sellos.”

“El León de la tribu de Judá y “la Raíz de David son ambos títulos judíos, que se refieren a las profecías del Antiguo Testamento, que predicen que habría uno de la tribu de Judá y de la familia de David que por fin gobernaría sobre la tierra y resolvería sus problemas. Por lo tanto, estos títulos se refieren al Rey de los Judíos, el mismo título que Pilato inscribió en la cruz de Jesús. ¡El Rey de los Judíos! El es el que triunfa sobre su muerte y puede traer el reino de Dios al mundo.

¡Pero cuando Juan se vuelve para contemplar al León de Judá, al que ve es al Redentor del mundo, al que mataron! “Y vi a un Cordero de pie, como inmolado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios enviados a toda la tierra.

Esperaba ver a un León, pero lo que vio fue un Cordero, con las marcas de la muerte aun sobre él. Uno de los himnos más conmovedores, que jamás ha escrito la ciega Fanny Crosby, dice:

Le conoceré, le conoceré, como redimido junto a El estaré, Le conoceré, le conoceré, ¡por las huellas de los clavos en sus manos! Esas marcas de la muerte se encuentran aun en el Cordero y lo estarán por toda la eternidad. En estos dos símbolos, el León de Judá y el Cordero como inmolado, Juan ve la unión de dos temas que aparecen por toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. ¡Los leones son un símbolo de majestad, de poder, de gobierno y de autoridad. Los leones conquistan, los corderos se someten! Aquí nos presentan a Uno que conquista sometiéndose. Los símbolos unen las promesas terrenales hechas a Israel y el llamamiento celestial hecho a la iglesia.

Resulta extraño la cantidad de comentaristas del Apocalipsis que pasan por alto el elemento judío que es evidente en estos símbolos y que es sencillamente otra clave del hecho de que Israel va a volver a ocupar el centro del escenario. Cuando el pergamino empieza a desenrollarse Dios está llamando de nuevo a la nación para el *****plimiento final de promesas que han estado esperando durante muchísimo tiempo, pero que nunca se han hecho realidad. Ahora tenemos ante la vista la historia del mundo, y en este momento la clave de esta historia es la nación de Israel, que se encuentra por toda la Biblia. No habrá bendición final para toda la tierra hasta que sea bendecida Israel. El apóstol Pablo lo declara de un modo muy evidente en el capítulo 11 de Romanos donde dice: “Porque si la exclusión de ellos resulta en la reconciliación del mundo, ¡qué será su readmisión, sino vida de entre los muertos! Ha llegado el momento de la restauración de Israel, como predijeron los profetas y como ve Juan en su visión. Esta unión del León con el Cordero es la base de las novelas infantiles (y para los adultos que sean como niños) escritas por C.S. Lewis, tituladas “Las Crónicas de Narnia. Un león muy grande, llamado Aslan, gobierna de modo majestuoso y ruge en triunfo, pero lo hace porque se somete a la muerte por causa de los personajes malvados, controlados por la Bruja Blanca, pero al final el reino de Narnia es liberado de su esclavitud al invierno y llega la primavera al mundo. Todo ello es un uso precioso de estos símbolos.

Jesús gobernará el mundo como León de Judá y lo hará con vara de hierro. De modo que el Salmo segundo declara: “¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos traman cosas vanas? Se presentan los reyes de la tierra y los gobernantes consultan unidos contra Jehová y su ungido….¡Yo he instalado a mi rey en Sión, en mi monte santo! Sión es simbólica de Jerusalén y en ella reinará Jesús con una vara de hierro y como vasija de alfarero la desmenuzará si se resisten a ese reinado. Todo ello está anunciado en este gran salmo profético.

Nuestro Señor reina como el León de Judá, pero si alguien es débil y dubitativo, impotente o carente de esperanza, encontrará a un Salvador compasivo, ¡porque este León es además un Cordero! Como Cordero de Dios está lleno de misericordia y de gracia, pero si alguien abusa de esa gracia y comienza a llevar una vida rebelde y desafiante, ¡que se ande con cuidado porque este Cordero también es un León!

Según la visión de Juan, este Cordero tiene siete cuernos. Los cuernos se refieren en las Escrituras al poder y el siete es el número de la plenitud, de modo que el Cordero tiene todo el poder sobre la base de su muerte. Recordemos de qué manera lo expresa en Hebreos: “Por esto también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios. Jesús mismo declaró después de la resurrección: “Todo poder me es dado en el cielo y en la tierra.

Los siete ojos nos hablan acerca de una inteligencia y un discernimiento absolutos, por medio del Espíritu Santo, un entendimiento de todos los movimientos conflictivos de la historia humana. Estos siete ojos son los siete Espíritus de Dios que, como ya hemos visto, es un símbolo del Espíritu Santo. En el primer capítulo del evangelio de Juan se dice, acerca de Jesús que “no necesitaba que nadie le hablase acerca del hombre porque sabía lo que había en él. El entiende a la humanidad y, por lo tanto, es digno de tomar el libro y de quitarle sus sellos.

De modo que Juan le ve con el libro (o pergamino) con los siete sellos en sus manos.

“Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Cada uno tenía un arpa y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos. Ellos entonaban un cántico nuevo diciendo:

¡Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos! Porque tú fuiste inmolado y con tu sangre has redimido para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación. Tu has constituido en un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra!

Esta es la alabanza del cielo y todos los que están allí comprenden el significado de la historia y la solución que forma parte del programa de Dios. Cada uno de estos ancianos tiene un arpa y copas llenas de incienso, fragancias que, como se nos dice, son las oraciones de los santos y el Cordero inmolado es el centro de su alabanza.

El arpa simboliza la música de la creación inanimada. No solo es que todas las criaturas del universo alabarán a Dios y se unirán a adorarle ante él por su amor redentor, sino que la creación misma, las rocas, los árboles, las montañas, las colinas, el mar, todo lo que hay en la tierra, le alabarán. Muchos de los salmos reflejan esto en preciosos pasajes. De igual modo que las cuerdas del arpa vibran en armonía, toda la creación vibrará en una armoniosa alabanza a Dios, cada uno de sus elementos *****pliendo la intención que Dios le había concedido en el principio.

Además los ancianos presentan las oraciones de los santos. ¡Qué interesante que el cielo entienda que nosotros, que somos los redimidos, también contribuimos a la obra de la redención! No podemos poner el fundamento (cosa que Jesús ha realizado perfectamente), pero contribuimos mediante su aplicación por toda la tierra. Pablo escribe, en su epístola a Timoteo: “Por esto exhorto, ante todo, que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres….delante de Dios nuestro Salvador, quien quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad. Eso es lo que consiguen las oraciones. Cuando usted está preocupado por una persona y ora por ella ante el trono de Dios está usted haciendo posible una aplicación de la obra de la redención en ese corazón humano. Esto es algo que debiera estimularnos mucho en nuestras oraciones, porque forman parte del programa de Dios.

Y Juan nos dice que les oyó entonar un cántico nuevo. Los 24 ancianos y las cuatro criaturas vivientes alrededor del trono están entonando un cántico que ellos mismos no han experimentado nunca. Es algo nuevo para ellos porque, como ángeles, no han sido nunca redimidos. Han tenido que aprender acerca de la redención contemplando de qué modo Dios aplica su gracia a los pecadores, voluntariosos, rebeldes, desafiantes, a los hombres y mujeres como nosotros, que quieren hacer las cosas a su manera, pero que a pesar de ello, Dios les llama, les perdona, les restaura y les salva. Este es el cántico que han aprendido los ángeles de los santos.

Hay otro himno que también expresa esto. No lo cantamos mucho estos días, pero el coro dice:

Santo, santo, santo, es lo que cantan los ángeles

Y espero ayudarles a hacer que resuenen las cortes celestiales.

Pero cuando cantemos la historia de la redención deberán doblar sus alas,

porque los ángeles no sintieron nunca el gozo que produce nuestra salvación.

Este es el motivo de la alabanza celestial: ¡es la muerte de Jesús! No su enseñanza, ni su maravillosa vida de compasión o sus milagros y maravillas, ni su poder, sino el derramamiento de su sangre a favor de los pecadores de todos los tiempos. No tomo nunca la copa de la santa cena sin pensar en las palabras de Pedro: “habéis sido rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual heredasteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero sin mancha y sin contaminación. No conozco ningún otro pensamiento en toda la literatura que pueda derretir el corazón humano más que el concepto de que nosotros, que merecemos la muerte, hemos sido dados vida al precio de la sangre de Jesús. Eso es lo que hace que brote ese nuevo cántico de redención. El antiguo cántico es uno de creación, pero el nuevo es el canto de los redimidos.

Hay un coro que he cantado desde que era un joven creyente y que aun canto para mi mismo cuando me enfrento con una fuerte tentación que me atrae y me siento tentado a dejarme arrastrar por ella y es un cántico sencillo:

Me sacó de la arcilla cenagosa.

Colocó mis pies sobre la roca firme.

Hoy puso un canto en mi ser,

¡Un canto de alabanza, aleluya!

Recuerdo claramente una escena de cuando me hice hombre, hace 50 años en la ciudad de Chicago. Era el Domingo de Pascua y yo vivía en una pequeña habitación en el YMCA de la Avenida Norte. Me levanté antes del amanecer, me vestí para asistir a un culto de amanecer en el Campo del Soldado y mientras lo hacía mi vista se fijó en un himnario abierto sobre la cómoda ante mi. Estaba abierto en un himno que dice: “Bajo la cruz de Cristo. Leí las palabras de la segunda estrofa que decían:

Sobre la cruz de Jesús a veces mis ojos ven la forma moribunda de Aquel que murió allí por mi; y desde mi corazón dolorido y con lágrimas confieso dos maravillas– la maravilla de su amor redentor y mi indignidad. Sentí que mi corazón se derretía al leer aquellas palabras, pues era plenamente consciente de mi propia indignidad, pero al pensar en la maravilla del amor redentor sentí como si las paredes de aquella habitación desapareciesen y también yo me encontrase con aquella enorme multitud en los cielos, cantando acerca de la maravilla de la redención, del amor de Dios por la humanidad, manifestado en la cruz.

Mientras Juan lo observa, todo el universo se ve envuelto en la maravilla de ese amor sacrificado y oye el enorme volumen de aquel sonido:

“Y miré y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los seres vivientes y de los ancianos. El número de ellos era miriadas de miríadas y millares de millares y decían a gran voz: “Digno es el Cordero, que fue inmolado, de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.

“Y oí a toda criatura que está en el cielo y sobre la tierra y debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que hay en ellos diciendo:

“Al que está sentado en el trono y al Cordero sea la bendición y honra y la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

“Los cuatro seres vivientes decían: “¡Amen! Y los veinticuatro ancianos se postraron y adoraron. Esta es claramente la base de los coros finales del oratorio del “Mesías de Handel, que acaba con uno de los números musicales más hermosos que jamás se han escrito. “Digno es el Cordero. Al final todo el mundo se une en una declaración repetida “Amen, amen, amen. Es una presentación conmovedora y lo más cerca que tenemos en la tierra a la escena descrita aquí.

Reconocerá usted que esta es la misma escena que presenta el apóstol Pablo en su epístola a los Efesios en la que dice: “Existiendo en forma de Dios, él no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Y precisamente por ello, “por lo cual también Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra (las mismas divisiones que ve Juan) y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre que Jesucristo es Señor. Esa es la alabanza de todo el universo: todo el mundo, no solamente los que están en el cielo y los que han quedado en la tierra, sino los que están debajo de la tierra (una referencia a los que ya han muerto en incredulidad y se encuentran en el infierno), el cielo, la tierra y el infierno, todos juntos, reconocen el señorío de Jesús. Algunos lo confesarán gustosamente porque han entendido y se han apropiado de la muerte de Cristo para sí mismos. Otros reconocerán a regañadientes que es realmente el Señor. Muchos que actualmente se burlan de las Escrituras, que desprecian la Biblia y desafían las normas morales de Dios, admitirán por fin que estaban equivocados y que han derrochado su vida, que han seguido una quimera, una ilusión, una fantasía durante toda su vida, pero por fin se eliminan las ilusiones y toda la creación reconoce el señorío de Cristo.

Juan contempla esta visión. ¡Es algo que aún no ha sucedido en la tierra, pero sucederá! Cuando se abre del todo el libro de los siete sellos, el cielo y la tierra se unirán en reconocerlo. Ese es el propósito de toda la historia. Cada uno de los acontecimientos históricos durante todos estos siglos está relacionado con y se mueve hacia esa meta final de la historia.

Obliga a que examinemos la pregunta con la que nos tendremos que enfrentarnos. Todo el que se encuentra en esta sala tendrá que participar en esta alabanza, pero lo que hemos de preguntar es: ¿Estará usted junto a los que confiesan gustosamente el señorío de Jesús o con los que reconocen a regañadientes que él tiene razón y son ellos los que están equivocados? ¡Solo usted puede responder a esa pregunta!



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Nº de Catálogo 4197

Apocalipsis 5:1-14

Noveno Mensaje

14 de Enero, 1990



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