Felicidad para crecer

Muchas parejas cometen el error de pensar que el decir: «¡Sí, quiero!» significa «¡Lo logramos!». Dan por sentado que el solo hecho de subir las gradas hacia el altar es como si ya hubiesen saltado los escalones al séptimo cielo; la realidad, sin embargo, es otra.

Mi querida Karina:

Algunos sociólogos dicen que esta expectativa la han creado las películas románticas de Hollywood en el cine y la televisión. Otros acusan a los escritores románticos. ¿Está tal vez la falla en los compositores de música?

En realidad, encontrar la raíz no es tan importante como entender totalmente este hecho: originalmente el matrimonio puede haber sido «concebido en el paraíso», pero en la vida diaria se parece más a uno de esos juegos de piezas para armar. Hay que pegar un poco aquí, poner relleno en unas resquebrajaduras allá, martillar un poco, limar las asperezas de un costado, aplanar algo del otro lado, tallar una pieza, doblar levemente esta sección, barnizar, dar unos pasos hacia atrás para observar mejor, limpiar, encerar y lustrar, hasta que al final tienes algo de gran belleza que te dará alegría para siempre.

Si buscas en tu diccionario en la sección de la «f» encontrarás esta importante definición: «La felicidad resulta de lograr lo que uno considera bueno… El contentamiento es una clase pacífica de felicidad, en la cual uno descansa sin más deseos, aun cuando todos ellos no hayan sido satisfechos».

Estas palabras son aplicables incluso a las mejores uniones. El matrimonio no convierte por milagro a las personas imperfectas en perfectas. Cada ser humano tiene fallas. Esto, lamento informarte, incluye a Vicente y también te incluye a ti.

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Enfrentar un desafío de tal magnitud es para quienes piensan con madurez. Todos, alguna vez, hemos estado enamorados de la «imagen de ensueño» de quien algún día sería nuestro amante perfecto. Si cualquiera de los dos insiste en aferrarse a sus fantasías sin ponerse límites, pronto experimentará grandes desilusiones.

Recuerdo a una joven novia que regresó bastante alterada de su luna de miel. Se había casado con un hombre mayor. Todos habíamos pensado que sería un buen partido, tomando en cuenta sus circunstancias. Pero cuando conversó conmigo, estaba conmocionada. Simplemente no podía sobreponerse a la primera noche en la que él se había quitado los dientes postizos y los había puesto en un vaso sobre la mesa de noche. Había insistido en dejar encendida una luz tenue durante la relación amorosa. Pero esas mandíbulas infernales sonriéndole desde el vaso impedían en ella toda respuesta. Siempre supo que él tenía dientes postizos, ¡pero nunca se había preguntado qué hacía con ellos en la noche!

Gracias a Dios, la mayoría de los golpes que resquebrajan la imagen de nuestro «compañero ideal» no son de tan mal gusto. Pero los golpes llegarán. Por eso es importante dejar de lado los infantilismos. Uno de estos puede ser algún fantasma que haya quedado de los héroes de tu niñez.

Si te aferras demasiado a ellos, puedes correr el riesgo de incurrir en un par de errores serios. Puedes llegar a malgastar mucho tiempo y energías tratando de convertir a tu pareja en algo que él no debe ser. También puedes estar concentrándote tanto en lo que él no es, que no puedes ver las cosas hermosas que hacen de él lo que es.

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En casi todas las personas que llegamos a conocer bien descubrimos que hay ciertos defectos que son parte del precio que deben pagar por sus virtudes. Una persona atractiva no es sólo una colección de diversas partes, buenas y malas, esparcidas al azar. Lo que la hace interesante es la forma en que ha organizado esas partes.

Lo mismo ocurre en la construcción del hogar. En una combinación marital, dos personas sabias tratarán de organizar sus partes en un todo que será bueno para ambos. El observarse mientras se trabaja en esto y el ayudarse a lograrlo constituyen la dinámica de un matrimonio en pleno funcionamiento.

Por lo tanto, no te conviertas en víctima del embelesamiento. Ni tú misma eres sin defectos, y te sentirías muy incómoda si Vicente fuese la excepción a la regla. Los muchachos tienen fallas, y los hombres jóvenes llegan al matrimonio sin madurar totalmente.

Observa honestamente sus defectos. Observa en el espejo tus propias debilidades, y estudia luego la forma de combinar las fallas de ambos con los puntos fuertes respectivos, para lograr la mejor mezcla posible.

Cuando te casas, te vuelves más vulnerable a las desilusiones y heridas que nunca antes en tu vida. Pero has decidido que vale la pena el riesgo. Has escogido sabiamente. Pues sólo a través de este hecho tendrás la oportunidad de experimentar la bendición de lo que es el proceso de «unificación» (llegar a ser uno) de dos personas.

Hay un escrito en mis archivos que es nuestro favorito. Fue hecho por un niño de diez años llamado Tomás como composición para la escuela. En el mismo hay una palabra que sobresale. Éste es el tema:

¿Qué es el amor?

El amor es algo que hace que dos personas piensen que son hermosas, aunque todos los demás piensen lo contrario. Hace, también, que se sienten muy juntos en un banco donde sobra espacio. Es algo que hace que dos personas estén silenciosas y quietas cuando te mueves alrededor de ellas, pero que, cuando creen que te has ido, hablen de rosas y sueños. ¡Y esto es todo lo que sé sobre el amor, hasta que crezca!

Esperemos que Tomás sea uno de los afortunados que aprende que el amor crece mejor si encuentra a alguien con quien puede compartir esta palabra clave: «¡Crecer

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¡Bien, Tomás! ¡Bien también Karina y Vicente, y cada uno de nosotros que enfrentó el desafío de transformar nuestras rosas y sueños en realidad, detrás de nuestras propias puertas!

A tu madre y a mí nos gusta creer que ambos son maduros para su edad. Pero no debemos olvidar que madurez es, en parte, saber dónde necesitamos madurar más.

Te hemos oído decir: «Vicente y yo estamos profundamente enamorados». Si el amor de ustedes resulta increíblemente maravilloso o angustiosamente terrible dependerá muchas veces de la palabra de Tomás: «¡Crecer

Los mejores deseos para que su amor madure,

Papá

Por Dr. Charlie Sheed.

Tomado del libro Cartas a Karina