Procure la paz en su familia

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Dios nos permite experimentar crecimiento permanente

Dios nos permite experimentar crecimiento permanente

Por Fernando Alexis Jiménez

Cuando asumimos la tarea de edificar una familia sólida, sin pretenderlo pero como consecuencia directa, estamos sentando las bases del tipo de hogar que construirán nuestros hijos. Estamos influenciando en nuestros hijos y trazándoles la ruta de cómo deberán pensar y actuar en casa. Ahora, comprometernos en esa labor no es fácil porque probablemente encontraremos luchas, enfrentaremos derrotas pero, a la par, disfrutaremos de las victorias que –si las sabemos asumir–, nos alentarán para seguir adelante.

            Un ingrediente esencial es que revisemos el entorno familiar en el que fuimos edificados. Quizá podamos enumerar el cúmulo de fallas de nuestros progenitores. ¿Podemos repetirlos nosotros? Por cierto que no. Debemos evaluar las consecuencias que tuvieron esas fallas, generalmente en la forma como impactaron nuestras vidas, para fijarnos la tarea—con ayuda de Dios—de no repetirlos mismos patrones de conducta equivocados.

            Nuestra meta debe ser edificar relaciones sólidas con nuestros hijos, brindarles confianza, tornarnos sus amigos para que ese clima de confianza que se deriva del acercamiento con ellos, nos permita conocer sus inquietudes y ayudarles a resolverlas.

            Se ha preguntado: ¿Qué patrones de comportamiento aprendidos de sus padres está reflejando en la familia hoy?¿Qué prácticas o costumbres conserva de ellos?¿Qué podría corregir para que la relación familiar funcione, con ayuda del Señor Jesús?

            Cuando aprendemos a valorar la relación en familia y se lo expresamos claramente al cónyuge y a los hijos, estamos sembrando las semillas para que ellos hagan lo mismo. No basta con sentir algo positivo hacia ellos, es necesario que se lo expresemos con palabras y con hechos.

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            Si leemos el Salmo 127 aprendemos que la familia es una bendición. Si sentimos que el cónyuge o los hijos son una carga, estamos limitando esas bendiciones. Si ponemos freno al llamado que tenemos de expresar el amor a nuestra familia, también estamos levantando barreras a esas bendiciones que el Señor tiene para nosotros (Cf. Salmo 37:30)

            Es esencial que no solo sintamos algo por nuestro cónyuge e hijos sino que se lo expresemos. ¿Cómo se los demostramos? Cuando tomamos tiempo para escucharlos, les manifestamos comprensión, aceptamos las diferencias y no las miramos como un abismo, cuando les transmitimos alegría, les motivamos, valoramos sus sentimientos e ideas. Puede que ahora no vemos gran avance, pero sin duda estaremos ejerciendo una influencia transformadora en el hogar. ¡Dios valora esa disposición de nuestro corazón!

            ¿Qué genera impedimentos y ahonda la brecha? Portarnos hostilmente con la familia. Criticarles, no mostrarles afecto, expresarles indiferencia, estar a la defensiva cuando nos hablan, manifestar autoritarismo o quizá machismo—en el caso de los esposos–, hablar mal de nuestros familiares cercanos cuando tenemos alguna diferencia con ellos, evidenciar frialdad y desinterés con ellos, no perdonarles, asumir un comportamiento intimidatorio y reaccionar con agresividad.

            Es importante que periódicamente hagamos un alto en el camino y evaluemos cómo es nuestro comportamiento a nivel familiar de cara a aplicar correctivos oportunos y sostenibles en el tiempo, es decir, duraderos, aplicando el principio de la perseverancia.

            Cuando el pueblo de Israel estaba camino a la deportación hacia Babilonia, como consecuencia de su pecado, Dios les habló a través del profeta Jeremías y les animó: “Procurad la paz de la ciudad a la cual os deporté, y rogad por ella al Señor, porque en su paz tendréis vosotros paz.”(Jeremías 29:7. RVR 2000)

            Esas palabras impactan: “Procurar la paz”. Generar las condiciones para que haya armonía, que es cuanto debemos hacer para revisar errores, corregirlos y edificar una familia sólida. Luego nos insta a rogar, orar, clamar. En este caso, no debemos jamás de presentar al Señor nuestra relación familiar en las oraciones que elevamos al Señor diariamente.

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            Hacer un alto en el camino implica perdonar y pedir perdón a nuestra familia (1 Juan 2.9-11). Recuerde que el trato que damos a la pareja y a los hijos, contribuye a edificarlos o les hiere emocionalmente. Les prepara para enfrentar situaciones difíciles de la vida o les genera inseguridad (Cf. Efesios 6:4; Colosenses 3.21)

            En todo este proceso–que vale la pena emprender y perseverar en el intento—de edificar familias sólidas con ayuda de Dios, debemos aprender a controlar nuestras reacciones. Recuerde que una palabra inapropiada genera heridas, destruye, edifica barreras en las relaciones interpersonales (Leer Santiago 1:20; Efesios 4:26, 27).

            Le invito a considerar lo que enseña Gary Smalley: “Cuando buscamos el perdón de aquellos a los que hemos causado daño, los libramos de las sogas opresoras que cortan la circulación de la vida. También nos liberamos a nosotros, desatando los nudos que nos tienen cautivos.”(Gary Smalley. “El hombre y su familia”. Libro “Siga hacia la meta”. Editorial Unilit. 2010. EE.UU. Pg. 159) No se de por vencido en la tarea de edificar una familia sólida. Es un trabajo que comienza cuando sabemos valorar a nuestro cónyuge y dar amor a nuestros hijos (1 Pedro 3.7)¡Es tiempo de comenzar! Si no ha recibido a Jesús como Señor y Salvador, hoy es el día para que lo haga. No se arrepentirá. ¡Dios debe gobernar su familia!

Léanos en www.bosquejosparasermones.com y www.mensajerodelapalabra.com

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Etiquetas: crecimiento