Una mente transformada por la Palabra de Dios

“Cuando nuestros hijos son pequeños, hacen tantas preguntas que a veces uno tiene que decirles, en un tono no muy espiritual: ‘¡No pregunten más!’”.
No pasa un día sin que cada uno de nosotros haga alguna pregunta, o que alguien nos haga una pregunta a nosotros. ¿Cómo le va? Muy bien, ¿y usted? ¿Cómo está la familia? ¿Qué hora es? ¿Cuánto cuesta?

Un profesor mío solía decir, “muchas veces las preguntas son más importantes que las respuestas”. Cristo, el Gran Maestro, fue experto en su manejo de preguntas. No solamente en las que Él hacía, sino también en cómo respondía las preguntas que se le hacían.

Cuando yo era estudiante en el seminario bíblico, junto con otros alumnos soliamos discutir qué le preguntaríamos a Jesús cuando llegáramos al cielo. ¿Por qué Él permitió sufrimiento en la tierra? ¿Por qué permitió que entrara pecado al mundo? ¿Cómo puedo saber su voluntad para mi vida? ¿Cómo puedo distinguir entre la voz de Él y lo que es mi propia voluntad?

Después de varios años en el ministerio, mi pregunta era “Señor, ¿por qué escogiste utilizar a hombres y mujeres imperfectos para hacer tu obra aquí en la tierra, cuando tu lo pudieras haber hecho? Ultimamente, mi manera de pensar ha cambiado.

Ahora me pregunto, ¿qué me preguntará Jesús al llegar a las puertas del cielo? Creo que todos hemos pensado en algún momento sobre esto, y esta clase de pregunta forma parte de nuestro crecimiento espiritual. A medida que crecemos podemos notar un cambio en la clase de preguntas que hacemos.

Tal vez la pregunta más importante en las Escrituras se encuentra en los Evangelios. Mateo describe la interacción entre Jesús y uno de los fariseos:
– Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?

– Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente-le respondió Jesús-.

Muchos de nosotros podemos decir que amamos a Dios de todo corazón y con todo el alma. Pero, ¿con toda nuestra mente? Nos acercamos a Dios por medio de nuestro corazón, por medio del alma. Pero nuestro crecimiento espiritual es a través de nuestra mente.

Todo comienza con el estudio de la Palabra. De Pablo aprendemos: “…renovaos en el espíritu de vuestra mente” (Efesios 4:23) y “…transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento…” (Romano 12:2).

Cuando Juan el Bautista, Cristo mismo y los apóstoles predicaban el evangelio en el primer siglo, enfatizaban el concepto de arrepentimiento. “Arrepentíos y bautizaos…” En el griego, la palabra arrepentir es metanoia, que literalmente significa un “cambio en la manera de pensar”. Muchos adoraban en espíritu, pero no en verdad.

Entonces, ¿qué podemos hacer para que nuestra mente en realidad forme parte de nuestro crecimiento espiritual?

Primero, en la adoración. Cristo dijo (Juan 4:22-24) que buscaba personas que lo adoraran en espíritu y en verdad. No es tan importante dónde o la forma en que adoremos tanto como nuestra motivación. La verdad acerca de Dios está manifiesta en las Escrituras y debemos estudiarlas para conocer mejor quién es Dios y sus propósitos para con nosotros.

Segundo, en las oraciones. Pablo escribió: “Yo oraré con el espíritu, pero también oraré con el entendimiento…” (1 Corintios 14:15). Esto no significa que “entendemos” todo. Más bien, muchas de las oraciones de David, por ejemplo, eran en forma de preguntas.

Tercero, en la conducta. Cuando Adán y Eva fueron tentados a pecar, fue por medio de su mente que Satanás los convenció a desobedecer el mandamiento de Dios. Fueron tentados con la posibilidad “de ser como Dios”. Lo opuesto de esto es el ejemplo mismo de Cristo: “Haya, pues, en vosotros este sentir [esta manera de pensar] que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y … se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:5-8).

Finalmente, en el estudio de la Palabra. “…la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

En todo este proceso de crecimiento espiritual están las preguntas que tendremos. No nos sorprendamos al tener más preguntas que respuestas. No olvidemos que hay cosas del Espíritu que solamente se entienden por el espíritu.

El autor de Hebreos cita al salmista con esta pregunta: “¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que le visites?” (Hebreos 2:6; Salmo 8:4) “…somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio…” (Hebreos 3:14).

En el desarrollo de nuestra vida espiritual se requiere el espíritu correcto y la manera de pensar correcta. Muchos buenos libros se han escrito para ayudarnos en el desarrollo de nuestra vida espiritual y debemos aprovechar de ellos. Que Dios nos dé la sabiduría para saber qué se requiere para tener una mente renovada, y de esa forma llegar a tener una vida transformada.

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Sobre el autor

Vernon Peterson, doctor en Administración de Educación y Antropología Cultural, es gerente de Editorial Patmos